C30

Anduve vagando por la casa de mis padres durante un largo rato. Entré al sótano en donde se hallaba un piano de cola que mamá había dicho que nos obsequiaron a mi hermano y a mí desde niños para poder tomar clases y practicar diariamente. Estuve mirando varios álbumes de fotografías de mi infancia, en los colegios, vacaciones en familia, pero ninguna imagen me parecía familiar. Era como observar un libro por primera vez. Miré vídeos de la boda de algunos parientes con la esperanza de hallar rostros familiares pero mi esfuerzo resultó en vano.

¿Qué sería de mi vida antes del accidente? ¿Cómo era mi trabajo? ¿Qué experiencias había atesorado en mis recuerdos de universidad y ahora habían desaparecido? Mientras los médicos y la ciencia seguían buscando un remedio para revertir el efecto del polvo amnésico miles de personas ahora deambulaban por las calles, así como yo, sin siquiera recordar su lugar de nacimiento. Mi rutina se conformaba por un diario paseo por la casa y el jardín; al menos dos veces a la semana mamá me permitía acompañarla a hacer compras. Matt había prometido venir a vernos, lo cual era algo que ansiaba. Ni siquiera recordaba el rostro o la voz de mi hermano. Había muchas preguntas que quería hacerle. Por algún presentimiento sentía que él podría brindarme algo de claridad acerca de mi pasado.

Mientras hojeaba un álbum de fotos por tercera vez escuché que alguien llegó a la casa llamándome. Salí del sótano y me topé con mi padre en la sala.

— Hijo, ¿cómo estás?

— Mejor —sonreí—. ¿Y mamá?

— El chofer la llevó a acompañar a tu hermano a la estación de trenes —mis ojos se abrieron como platos.

— ¿Matt llega hoy?

— Así es. Él y su familia se quedarán aquí por una temporada —asentí simplemente y permanecimos por eternos segundos en silencio. Mi padre se había mantenido al margen de mi situación y habíamos tenido pláticas muy limitadas mientras que mamá se encargaba de contarme las historias de mi infancia.

— Papá…

— ¿Si? —sus ojos marrones me miraron inexpresivamente. Abrí la boca un par de veces mientras mi cerebro buscaba las palabras adecuadas para formular la pregunta.

— ¿Por qué no venía a verlos tan seguido? —mi padre frunció el ceño y se acomodó el bordillo de los lentes sobre la nariz.

— Estabas ocupado. La escuela y luego el trabajo.

— ¿Sólo eso? —me miró lo que me parecieron años de tiempo pero sin abrir la boca. Suspiró profundamente y luego asintió—. Pensé que… había habido alguna discusión entre nosotros.

— Lo que hubo antes ya no importa, hijo. Estás aquí. Sano y salvo. Y es eso por lo que tu madre y yo damos gracias diariamente —sonreí y enseguida él salió de la sala y subió las escaleras. Sabía que se encerraría en su oficina durante un par de horas, o hasta que mamá regresara.

A pesar de que estaba con mi familia y había corrido con la suerte de salir vivo, como él lo dijo, de aquél incidente en el mall, a pesar de que tenía a mis padres juntos y nos hallábamos todos en el mismo lugar frente a la estruendosa guerra que se vivía en el mundo, yo seguía sintiendo que algo me faltaba, algo más allá de mis recuerdos, más allá de las memorias disueltas en el olvido, algo que diariamente me causaba punzadas en el pecho haciendo querer desaparecer el vacío que sentía. Sí, estaba en casa, pero no aquél lugar no era mi hogar.


Por la calle rondaban las ratas, saliendo de entre las alcantarillas y escombros apilados en la acera. Había un olor peculiar a amoniaco en el ambiente. Todos aquellos panorámicos decorados con luces neón ahora eran restos de tela colgada de los edificios. Montañas de vidrios juntos en una esquina brillaban bajo las escasas luces mercuriales que aún seguían funcionando. El pavimento estaba cubierto de una gruesa capa de polvo y agradecí llevar botines aquella noche para que no entrara nada a mis pies. Si no lo hubiese conocido antes, quizás no sabría que me hallaba en el Times Square. Uno de los sitios turísticos más importantes en el mundo. Cuántas películas y celebridades habían cruzado por ahí dándole más importancia a la que tenía y ahora… no quedaba nada de eso.

Entramos al Hard Rock Café y mis ojos tardaron en ajustarse a las luces parpadeantes. El sonido de la música electrónica me envolvió de inmediato en el ameno, relajado y divertido ambiente que los soldados y algunas mujeres que no reconocía estaban teniendo. Adam me guio hasta la barra en donde uno de sus compañeros nos dio dos cervezas. Apenas mis labios probaron el alcohol se me escapó un suspiro de emoción y desee haber podido llevar a Davis. Hacía tanto tiempo que nos encerraron en refugios que ya extrañaba lo que era estar de fiesta.

— ¿Su jefe sabe que están aquí? —le pregunté al ojiazul y él me indicó con su dedo índice hacia el frente en donde un hombre bailaba desenfrenadamente al centro de un grupo de personas.

— Es por él que estamos aquí, Kari —sonreí simplemente y me alegré, una vez más, de cerciorarme que aquello no me metería en problemas—. ¿Quieres bailar?

— Me muero de ganas —Adam sonrió y me tomó de la cintura, guiándome a la pista de baile. Cerré los ojos y me dejé llevar al ritmo de la música olvidándome de todo lo demás.

Y así transcurrieron dos horas en las que no me despegué a pesar de que el ritmo musical había cambiado varias veces. Algunos compañeros de Adam se nos acercaron y reí a montones al verlos bailar y tropezar con sus propios pies pues estaban demasiado ebrios como para coordinar un paso. Algunas chicas se acercaron intentando platicar conmigo aunque el escenario no se prestaba para charlar. Por lo que alcancé a comprender eran enfermeras y algunas tenían acento británico. Me preguntaron si Adam y yo éramos pareja pero sólo me limitaba a sonreír y seguir bebiendo cerveza.

Entrada la noche y ya no pudiendo contener mi vejiga, fui hacia el baño dándome cuenta que ya estaba ebria. Me miré en el espejo sobre el lavamanos y el cuarto alrededor daba vueltas. Me sentía cansada y hambrienta pero no quería irme aún aunque en varias ocasiones Adam miraba su reloj y pensé que quizás él tendría trabajo por la mañana y no quería irse por mí.

Me sorprendí al salir y verlo de pie, recargado en la pared, esperándome.

— Hey… —sus ojos azules se posaron en mí y del bolso de su chamarra sacó una bolsa de marihuana y una pipa.

— Creo que ya es hora de irnos, preciosa. Podemos continuar la fiesta allá —lo miré sin estar segura a qué se refería y no dándole tanta importancia, a decir verdad. Asentí simplemente, lo tomé de la mano y juntos salimos del lugar pero antes de cruzar la calle para ir a su camioneta alguien lo detuvo. Al girarnos nos hallamos con su jefe.

— Adam —dijo el hombre de cabello negro y ojos marrones. Tenía acento francés aunque quizás ya mi sistema auditivo estaba desvariando por el alcohol.

— General —Adam no soltó mi mano y noté que enlazaba sus dedos entre los míos.

— Le pedí a Ross que él se encargara de la ronda matutina y de recibir los víveres de Colombia. Te veo por la tarde para platicar sobre tu salida a Londres.

— Como usted diga, General… —se hizo un momento de silencio un tanto incómodo en donde sólo nos mirábamos sin saber qué decir—. Sobre eso, jefe…

— ¿Si?

— Kari y yo vamos a casarnos —volteó a verme y yo sonreí, intentando ocultar la sorpresa de la noticia.

— Felicidades —exclamó el hombre fornido.

— Planearemos la ceremonia para ésta semana e irnos juntos.

— Haz lo que creas conveniente, hijo. Dentro de poco no quedará mucho de ésta ciudad —pasé saliva sin siquiera imaginarme de qué estaría hablando. Adam le dijo un par de cosas más acerca del trabajo para desviar el tema y enseguida nos encaminamos a su vehículo.

— Espera —me detuvo antes de que entrara.

— ¿Qué pasa? —fruncí el ceño. Adam se inclinó y me besó. Estuve a punto de quitarlo cuando me tomó de la cintura.

— Mi jefe sigue viéndonos. Sígueme el juego —de reojo noté la silueta del hombre a la entrada del Hard Rock Café y lo único que atiné a hacer fue enredar mis brazos en el cuello de Adam y besarlo con ganas.


Se avecinan días oscuros.