C31

Para cuando tuve tiempo de sentarme a respirar y tomar un descanso ya era la señora Garner. La ceremonia fue bastante sencilla, siendo un reverendo de la capilla quien nos había casado. Decidimos hacer una fiesta en el jardín de la iglesia. Me alegró mucho darme cuenta que mi decisión no sólo estaba a punto de llevarme con mi amado sino que había alegrado por ese día las vidas de todos los que vivíamos bajo el túnel. Gracias al apoyo del comandante se preparó chilli y puré de papa, y entre las monjas del convento hornearon un pastel de vainilla.

Adam se había mantenido distante luego de que nos declararan marido y mujer. Supuse que quería darme espacio para asimilar el evento y disfrutar por esa última ocasión de aquellas personas a quienes no sabía si volvería a ver. El avión llegaría temprano por nosotros y Adam me había pedido dormir con él en el hotel para ahorrar tiempo por la mañana, además de no levantar sospechas. Después de todo, ésta sería nuestra noche de bodas.

En cierto momento de la fiesta mientras todos bailaban música country me alejé del bullicio para escabullirme entre una jardinera en el patio trasero de la iglesia. Me senté en una banca y tomé una gran bocanada de aire mientras me relajaba. El cielo estaba despejado y cubierto por millares de estrellas. Hacía mucho tiempo que no se sentía tanta paz en la ciudad y pedí para mis adentros que pronto volviera esa quietud de manera permanente. Me pregunté cómo estaría TK. ¿Estaría a salvo? ¿Lo habrían enviado a la guerra? ¿Estaría…? El solo pensamiento me aterraba poniéndome la carne de gallina.

— ¿Todo bien, Kari? —la voz de Adam me sobresaltó y al voltear lo vi acercarse con dos cervezas en la mano. Tomé una botella y sonreí.

— Sí. Sólo necesitaba un momento a solas.

— Oh, lo lamento. Puedo irme si…

— No, no, no —lo detuve antes de que se levantara. Él llevaba su uniforme de soldado y olía muy rico, mientras que yo llevaba un vestido blanco bastante sencillo que entre varias mujeres me habían diseñado cuando anuncié que me casaba—. Quédate —él asintió y por un rato permanecimos en silencio bebiendo la cerveza.

— Kari cuando lleguemos a Londres… viviremos en una localidad cerca de la base central.

— Claro, entiendo.

— No será sencillo que salgas sin supervisión, al menos las primeras semanas… —parecía algo nervioso y sonreí.

— Adam, relájate. Yo sé bien que buscar a TK no será cosa sencilla pero el poder estar de aquél lado del mundo ya es suficiente para mí —él asintió.

— Hay algo que me gustaría pedirte —lo miré esperando a que siguiera hablando y él se levantó poniéndose frente a mí. Estiró su mano derecha y esbozó una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Bailarías conmigo?

— Pero no hay música —respondí riendo pero él no cambió de postura. Tomé su mano y me levanté.

Comenzamos a balancearnos a un ritmo inexistente. En ese momento agradecí que Adam hubiese aparecido aquél día en el aeropuerto con el café. Era el ángel que llegó a mitad del infierno para recordarme que mientras tuviera esperanza, todo era posible. Que no debía rendirme aunque me sintiera agotada pues alguien sonreía con mi esfuerzo, por mucho o poco que éste fuera. Y ésta boda era prueba de ello. Me recargué en su hombro y cerré los ojos. Sin duda alguna recordaría ese momento por siempre. Falso o no, el acto de generosidad de Adam trascendería por años.

Aún me cuestionaba cómo le diría a TK que acepté ser la esposa de otro hombre. Dadas las condiciones suponía que él entendería, y después de todo, quizás él habría hecho lo mismo por mí. Porque de eso se trata el amor, ¿no? De hacer locuras por la otra persona. Porque lo vale. Porque un amor sin riesgos ni aventuras es insípido. Un amor sin pasión no es amor.


Aquella tarde había acompañado a mi madre a ir de compras. Nos encontraríamos con mi hermano afuera del mall al centro de la ciudad. Para ser primavera, aún hacía mucho frío. Aunque claro, París siempre es frío. Había militares en cada esquina y los pocos civiles que se arriesgaban a salir, así como nosotros, se veían apresurados por querer hacer compras rápidas. Y no los culpaba, la presencia de aquellos gorilas era intimidante.

Entramos a una joyería en la que mi madre se probó varios relojes y collares de perlas. Siempre me pedía mi opinión y terminaba respondiendo lo mismo: «se ven muy bien, mamá». Y entonces mis ojos se perdieron mirando un anillo de oro, bastante sencillo, delgado, con brillantes a su alrededor.

— Disculpe, ¿puede mostrarme ese anillo? —le pedí a la vendedora quien amablemente se acercó para sacarlo de la vitrina.

— Es edición única, señor. Se hicieron sólo tres ejemplares —dijo ella. Yo miré la joya sintiendo que…

— Hijo, ¿estás bien? —preguntó mi madre. La miré y fruncí el ceño.

— Mamá, ¿tú tienes un anillo igual? —lo acerqué para que lo viera y ella negó con la cabeza sin perder su porte elegante—. Yo conozco éste anillo —los ojos azules de mi madre se abrieron impresionados y de reojo volteó a ver la vendedora quien permanecía atenta a la escena.

— Quizás en alguna fiesta una de tus tías llevaba uno igual, hijo —negué con la cabeza y seguí mirando aquél anillo intentando recordar por qué me era tan familiar.

— Dijo que sólo hay tres ejemplares, ¿verdad? —me dirigí a la chica de cabello negro y ojos verdes. Ella asintió y se mojó los labios.

— Uno fue enviado a Italia, el otro a Londres y éste. El diseñador es un hombre que no busca promoverse a través de la cantidad sino de la calidad de su trabajo —le devolví la joya a la mujer mientras intentaba atar cabos. Si yo había vivido en Italia era posible que ahí hubiese visto el otro ejemplar. La pregunta era, ¿qué hacía yo en una joyería?

Sin más salimos de la tienda y caminamos a lo largo del mall. Mi mente intentaba cruzar la pared de ladrillos que se interponía entre el pasado y el presente. Pero al menos haber reconocido aquél anillo me hacía pensar que los recuerdos comenzaban a colarse entre las grietas y quizás si continuaba viendo escenarios conocidos los recuerdos se agruparían con intención de salir hasta derrumbar la pared…

— Hijo, ¿cómo estás? —la voz de mi madre me hizo salir del ensimismamiento y me encontré con Matt frente a nosotros.

— Excelente. ¿Tienen hambre? —yo asentí y mi madre negó con la cabeza—. Bueno, me llevaré al enano a comer y tú vuelve con papá a la casa.

— ¿Y dejarlos solos? —exclamó mi madre pero Matt se echó a reír.

— Vamos, mamá. Necesito un tiempo de hombre a hombre con TK, ¿verdad? —volteó a verme y yo sonreí.

— Sí, mamá. Volveremos más tarde —le di un beso en la mejilla y me encaminé con mi hermano hacia el área de restaurantes. Mamá murmuró algo pero no alcanzamos a comprender qué era y al voltear la vimos caminar hacia el sentido opuesto a nosotros.

Subimos por las escaleras eléctricas mientras Matt me iba platicando de que planeaba volver a su casa con Sora y con Matty. Y no lo culpaba, estar en casa de mis padres en ocasiones se sentía como vivir enjaulado. Mientras mamá cuestionaba todo lo que platicábamos y hacíamos, papá ni siquiera preguntaba cómo estábamos. Los extremos entre privacidad y falta de ella eran abrumadores. Llegamos a un restaurante de hamburguesas y pedí una con tocino y queso, y una cerveza para acompañar.

— Has estado muy callado, enano —murmuró Matt cuando nos llevaron las cervezas.

— Matt, hay… hay algo que quiero contarte —murmuré en un tono de voz bajo sintiendo cierta preocupación de que alguien estuviese escuchándonos.

— ¿Qué pasa?

— Hoy… recordé algo —los ojos azules de mi hermano se abrieron como platos y escupió la cerveza por la boca mojándome todo.

— Lo siento —dijo riéndose mientras yo lo maldecía secándome con una servilleta—. ¡Mierda, TK! Esas sí que son noticias. ¿Qué recordaste?

— No fue un recuerdo del todo. No estoy seguro. Estaba con mamá en una joyería y vi un anillo.

— Ajá.

— Y me pareció tan familiar, Matt. Era como si ya lo hubiera visto.

— Mmm —mi hermano le dio un trago a su bebida y frunció el ceño. En ese momento el mesero llegó con nuestra orden—. ¿Y tenía algo especial el anillo? —negué con la cabeza mientras le daba una mordida a la deliciosa hamburguesa.

— La señorita me dijo que habían hecho tres ejemplares. Uno está en Italia, otro en Londres y el otro aquí. Pero de verdad… cuando lo vi sentí algo —Matt sonrió mientras masticaba sus alimentos. Durante un rato comimos en silencio. Yo esperaba a que él dijera algo referente al tema pero para mi sorpresa no lo hizo.

— TK, ¿el nombre Kari te suena familiar?

— No.

— ¿De verdad? ¿Hikari? ¿Kari? ¿Yagami? —intenté hacer memoria pero nada. No había un click en mi cerebro.

— No, Matt. No me suena. ¿Quién es? —mi hermano suspiró profundamente y negó con la cabeza.

— Es… nadie —le dio una mordida a su hamburguesa y por alguna razón sentí que estaba ocultándome algo.

— Matt, tú… ¿tú convivías conmigo antes del accidente? —mi hermano sonrió mientras le daba un trago a su cerveza.

— Sí. No nos veíamos siempre pero hablábamos casi todos los días.

— ¿Y cómo era mi vida? —Matt me miró atentamente como si estuviese decidiendo si responder o no, lo cual me puso más nervioso.

— Vamos a caminar y te cuento.

Nos dirigimos por el largo pasillo del mall hacia la salida. Algunas tiendas ya estaban cerrando y noté que el sol se había puesto. Mi hermano no decía nada y yo no quería preguntar más. Quizás no era prudente que supiera de mi vida, aunque…

— Vivías en Alemania antes de mudarte a Italia —dijo él de pronto rompiendo el silencio entre los dos. Yo lo miré de reojo—. Vivías con alguien.

— ¿Con quién?

— Su nombre es… o era, Hikari. Pero todos le decíamos Kari. Era tu novia —mi mente intentaba colarse entre la pared de ladrillos en busca de algún recuerdo que asociara a esa chica o a Alemania pero no había nada—. Se comprometieron el año pasado.

— ¿Y qué pasó? ¿Por qué ella no estaba conmigo? —Matt me miró y no supe si sentía pena, tristeza o simplemente no sabía qué decir.

— Ella vivía en Nueva York. Después de que se graduaron le ofrecieron un trabajo allá y tú estabas en Italia. Quiero pensar que ella sigue allá.

— ¿Por qué mamá no me dijo eso?

— Mamá no la quería, enano —me detuve en seco poco antes de llegar a la entrada del mall. Matt se detuvo también y tomó una gran bocanada de aire—. Nunca la quiso. Ustedes llevaban poco más de 3 años juntos pero ella nunca la aprobó. Cuando ocurrió el accidente y supimos que habías perdido la memoria ella…

— Ella decidió que tuviera una vida nueva en donde Kari no existe —mi hermano agachó la cabeza apenado.

— Lo siento, TK. Intenté hablar con ella pero ya sabes cómo es… —estaba furioso. Sentía un calor emanando de mis entrañas. ¿Cómo se había atrevido a arrancarme mi vida? Lo recordara o no, ¡era mi vida!

— Vámonos —le pedí a Matt.

— TK, por favor no… no le cuentes a mamá.

— Dije, vámonos —también estaba molesto con él pero no era el momento ni el lugar para discutir una situación así. Lo haría, sí, pero estando todos.

Salimos del mall en silencio. Apreté los puños intentando controlar la ira y para nuestra sorpresa había varios remolques de soldados bloqueando la entrada. Habían cerrado varias calles y parecían estar reclutando hombres. Muchos niños se escondían entre sus padres y muchas mujeres lloraban desesperadas pidiendo que no se los llevaran.

Y entonces las súplicas de un hombre llamaron mi atención. Llevaba una niña de aproximadamente seis años en sus brazos. Por sus mejillas escurrían lágrimas y él le suplicaba a un enorme soldado que no se lo llevara pues la pequeña quedaría huérfana ya que él era todo lo que tenía, pero aquél gorila parecía indiferente y lo sujetaba de un brazo queriendo hacerlo subir a un remolque. Sin pensarlo me dirigí a ellos.

— ¡TK! ¡TK, espera! —Matt intentó detenerme pero la fuerza que me movía a ellos era más fuerte.

— Suéltelo —le pedí al soldado quien al verme aventó al hombre que tropezó y casi cae si no es porque mi hermano lo sostiene.

— ¿No entiende lo que dice? ¿Si se lo lleva la niña se quedará huérfana?

— Ese no es nuestro problema. Necesitamos hombres sean como sean.

— Entonces lléveme a mí en su lugar.

— ¿Qué! —mi hermano exclamó sorprendido—. ¿Has perdido la cabeza, TK? ¡No puedes ir a pelear!

— Dile a mamá que ni ella ni tú pueden decidir por mí ahora —y diciendo esto Matt comprendió de lo que se trataba. Estaba enojado con él por haberme ocultado mi pasado y no se los perdonaría pronto. Subí al remolque mientras aquél civil me agradecía con lágrimas en sus ojos. Corrió con su niña en brazos. Seguían subiendo hombres al camión y entre la multitud que era empujada por los militares para abordar, la imagen de mi hermano fue desapareciendo. Esa fue la última vez que vi a Matt.


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