C32
—¿Pero cómo lo dejaste que se fuera! ¿En qué estabas pensando! —exclamó la señora Ishida con furia. Matt caminaba de un lado a otro en la sala mientras Sora y su padre simplemente se mantenían al margen de aquella conversación.
—TK no quiso escucharme, mamá. Ya sabes lo testarudo que se pone cuando se enoja.
—¡Exacto! Por eso mismo, ¿por qué le contaste lo de…? —Nancy hizo una pausa y miró a Sora de reojo quien esperaba a que dijera alguna ofensa para intervenir—. Lo de Hikari.
—¡Mamá, él estaba recordando! Además te dije que yo no estaba de acuerdo con que se le ocultara la verdad. Tenía derecho a saber.
—¡Aun así…!
—Basta ya —el señor Ishida se levantó del sillón sorprendiéndolos a todos—. Seguir discutiendo aquí no lo va a traer de vuelta. Matt, vamos a buscarlo —el rubio asintió simplemente agradeciendo la intervención de su padre.
—Yo voy con ustedes…
—No. Tú te quedas en casa con Sora. Lo último que Takeru debe estar deseando es verte —dijo Hiroaki—. Vamos, hijo.
Nancy bufó de coraje y miró a la pelirroja como si esperara a que ella los detuviera y al ver que ni siquiera se movió al ver salir a su suegro y su esposo, corrió a la entrada intentando no tropezar con los enormes tacones que llevaba.
—¡Matt, espera! —se acercó al rubio antes de que éste subiera al auto y lo sostuvo de la camisa intentando recuperar la respiración.
—Mamá, déjanos ir…
Matt le indicó a su padre en dónde estaba la base militar donde vio por última vez a su hermano y Hiroaki condujo hasta allá con rapidez. El día comenzaba a oscurecer, quedando un cielo nublado y gris, con un poco de lluvia ligera típica de los días parisinos. Ya no había mucha gente en las calles, después de todo el temor que engendraron los ataques pasados habían sembrado la costumbre de acogerse en sus hogares y refugios temprano aunque el toque de queda había sido anulado hacía un par de meses.
Pero, ¿cómo volver a vivir paseando tranquilamente cuando los ataques habían acabado con la magia de vivir en una ciudad multicultural? Quizás aunque se declarara fin a la guerra la situación social no volvería a ser la misma, tendrían que pasar años para que cada país volviera a retomar el modus vivendi habitual. Si tras los resquicios del ataque a las torres gemelas en Nueva York, aquella preciosa ciudad no había vuelto a ser la misma desde entonces, ahora una catástrofe como la que ocurría ahora de tal magnitud, definitivamente el rumbo de la historia quedaría marcado en un antes y después de la guerra.
Llegaron a la base militar en donde sólo estaba un camión y unos cuantos soldados alrededor. Ya la multitud de gente se había disipado y parecía como si ahí no hubiera ocurrido nada antes. Hiroaki y Matt se bajaron del auto y se acercaron a un militar de cabello negro azabache y ojos verdes, tenía perfil de italiano, con su piel bronceada, pestañas largas y cejas tupidas.
—Buenas tardes, oficial —saludó Hiroaki extendiendo su mano derecha.
—Buenas tardes —saludó el hombre.
—Supe que hace rato estaban enlistando hombres para llevarlos como apoyo al ejército.
—Así es.
—¿Usted sabe a dónde los llevaron? —el soldado lo miró con cierto desdeño y enseguida dirigió su mirada a Matt quien permanecía en silencio al lado de su padre. Hiroaki suspiró y siguió hablando—. Mi hijo se fue en uno de los camiones como recluta. Él acaba de padecer un accidente y aún no se recupera del todo. Me temo que fue un malentendido y necesito que vuelva a casa con nosotros —el soldado asintió simplemente y pareció relajarse un poco.
—Lamento informarle que los civiles ahora se encuentran de camino a Manchester y de ahí serán enviados a Edimburgo y Múnich.
—¿Qué! —Matt pareció más alarmado que su padre—. ¡No pueden llevarse a TK!
—Oficial, ¿hay alguna manera de intervenir el traslado y recoger a mi hijo? —preguntó Hiroaki de lo más tranquilo posible.
—Espere un momento, por favor —el oficial se retiró de ahí acercándose a otro grupo de soldados.
—¡Papá, hay que hacer algo! —exclamó el rubio, aún consternado.
—Matthew, todo esto me resulta tan trágico como a ti, pero si pierdes la compostura frente a estos hombres no nos ayudarán. Al menos sabemos a dónde enviaron a TK.
—¿Pero cómo iremos hasta Reino Unido! Aún no hay trenes ni aviones…
—¿Señor…? —el oficial ojiverde se acercó a ellos y Matt soltó un bufido.
—Ishida —el soldado medio sonrió.
—Señor Ishida, me informaron que en éste momento los civiles se encuentran en la base Hyde Park Barracks en Londres. Al amanecer serán trasladados a sus destinos.
—¿Londres? Oficial, debe haber alguna manera de que detengan ahí a mi hijo, como le comento, él está…
—Lo lamento, señor, pero todos los civiles han firmado su compromiso de defender el país ofreciendo sus servicios al ejército. Me temo que no hay algo que pueda hacer en ese caso —Hiroaki cruzó miradas con Matt quien sólo apretó los puños y exhaló profundamente.
Supongo que dejar ir no es algo exclusivo sino que a todo mundo le sucede. Llega ese momento en donde aferrarse a una esperanza sin bases resulta tan ingenuo como cruzar la calle cuando el semáforo está en verde. Ojalá desde que nacemos se nos enseñara que la vida es una aventura llena de drama, de sueños, risas, lágrimas, ilusiones, amor… y que al paso en ella irán ocurriendo eventos que no serán de nuestro agrado y quizás vayan a traer amargura al alma pero se requiere que sean vividos con la misma intensidad con la que se vive un beso de mamá antes de dormir, para poder seguir avanzando ahora con una experiencia nueva que, con algo de suerte, nos deja un tesoro invaluable: la sabiduría.
Si cuando era niña alguien me hubiese advertido que en los momentos de llanto cuando siento que ya nada tiene sentido, donde la ansiedad se entierra en mis huesos hasta inmovilizarme en cama con la espantosa idea de que no podré salir de ese encierro es donde más debo aferrarme a la fe en que todas las cosas tienen su razón de ser, nada existe sin propósito (excepto las cucarachas, creo), y esto que vivo pasará… me habría ahorrado regaños de profesores por no asistir a la universidad y no tener cómo explicar que me hallaba hundida en tristeza por una situación que al fin y al cabo había pasado y yo no quería soltar.
Dejar ir.
Esa es una de las principales lecciones que la vida me había otorgado a través de la pérdida de mis padres y aún años después de ello me costaba muchísimo hacerlo. ¿Y a quién no? Si cuando parece que hemos hallado el cielo en la tierra ocurre un desastre natural que nos mueve de lugar y tener que volver a levantarse para encontrarlo de nuevo cuesta una eternidad. Eso, sin mencionar que a veces la sacudida por el desastre nos deja unas cuantas heridas; pero, ¿vale la pena seguir buscando ese pedacito de cielo? Y es la pregunta que a diario mi cerebro hace y el corazón grita cansinamente que sí, que seguirá bombeando sangre en mi sistema con la finalidad de volver a hallar ese lugar.
Es así como que he aprendido a interpretar la vida y su mecanismo funcional. Todo es cuestión de avanzar e ir disfrutando del camino, ayudando a otros heridos que no saben cómo levantarse porque no entienden que el cielo sigue ahí, sólo cambió de posición debido a una causa natural pero deben seguir para hallarlo. Darle un propósito al propósito porque de esa forma se gana experiencia y sabiduría. La vida misma va dejando en el camino armas que podemos utilizar para protegernos cuando otro desastre ocurra y de esa manera ya no salir con las mismas heridas que antes. Dejar ir es un proceso simultáneo de complejidad y simplicidad. ¿Vale la pena hacerlo? Yo creo que sí…
Pero, ¿qué hay cuando se trata de dejar ir algo que vale tanto o más que la vida misma? ¿Se debe correr el riesgo de seguir avanzando aunque eso pueda significar el olvido o se debe mantener firme en la búsqueda de la felicidad? ¿Cómo saber si ese pedacito de cielo sigue aún en la tierra?
Y mientras poco a poco iba sintiendo que me ahogaba en la sensación de incertidumbre que las dudas imprimían en mis pensamientos escuchaba una lejana aunque familiar voz masculina que me llamaba. Apenas y un eco de mi nombre pero vibraba en las paredes de mis orejas como si estuviese usando un altoparlante. Abrí los ojos con mucha pesadez pues apenas y comenzaba a caer en el sueño cansino y poco a poco sentí que mi sistema fue activándose nuevamente hasta perder algo de pereza. Levanté la vista para hallarme con los azulados ojos de Adam mirándome consternados.
—Hola —murmuré sintiendo la boca pastosa—. ¿Qué pasa? —eché un ojo a la ventana y me di cuenta que aún estaba oscuro afuera.
—Nada, es que estabas quejándote y pensé que te sentías mal.
—¿Quejándome?
—Pues decías algo pero no logré comprender qué era. ¿Te sientes bien? —asentí simplemente y se me escapó un bostezo. Fue entonces que me percaté que él vestía únicamente su pantalón de franela de la pijama y llevaba el torso desnudo.
—Sólo estoy cansada.
—Apenas llevamos dos días aquí, Kari. Es normal… ah todo esto, en la mañana tengo junta con un General de la tropa de Italia por si te despiertas y no me ves aquí. Puedes pedir que te traigan el desayuno al cuarto.
—Gracias —el guapísimo oficial con el que ahora estaba casada sonrió simplemente y se encaminó de vuelta al sofá en donde estaba durmiendo. Fue entonces que recordé lo que estaba soñando y esa sensación de ansiedad al vivir en incertidumbre y como si de una alarma preventiva se tratara, mi corazón saltó acelerado haciéndome sentir… ¿insegura?—. ¿Adam?
—¿Eh? —él se detuvo y volteó antes de salir de la recámara. Lo miré a los ojos mientras dudaba en si debía o no hacerlo… éramos marido y mujer, después de todo, pero…
—¿Puedes… puedes dormir conmigo… esta noche? —sus ojos se abrieron sorprendidos pero tan sólo se mantuvo mirándome sin moverse siquiera un centímetro. Me mordí el labio al pensar en que quizás él pudiera tomar la situación de otra manera…
—¿Estás segura? —asentí y él soltó un suspiro. Se acercó hasta acostarse al lado mío en la cama. Me acerqué a él alegrándome de sentir su calor corporal y ni uno de los dos dijo algo.
Cerré los ojos y me transporté a una de las tantas noches en que me hallaba en la misma situación con TK. Sintiendo su calor, su aroma, su presencia penetrar hasta mi alma. Mi mano en su pecho dibujando líneas al azar, su respiración en mi rostro, lenta y pausada, su corazón acelerado, nuestras piernas entrecruzadas, y él… con sus preciosos ojos azules que me hacían sentir en casa.
Y ahí estaba Adam junto a mí. Acariciando mi cabello con lentitud como si disfrutara el roce de cada fibra contra su piel. Sus ojos me miraban pasibles como si entre el silencio estuviesen diciendo muchas cosas. Mis dedos abandonaron la razón para ir a jugar con la curiosidad de la sensación al tacto de su barba crecida. Su piel era suave y muy calientita. Mi cuerpo se acercó un poco más a él pese a que había mucho espacio de cama a mi espalda. Me agradaba sentir su calidez, no porque la habitación estuviese fría, sino porque me hacía sentir un agrado familiar. Adam me miraba a los ojos pero de tanto en tanto sus ojos se desviaban a mis labios. La distancia entre nosotros era sexualmente perturbadora. Acaricio una de mis mejillas y cerré los ojos disfrutando de aquella sensación.
—Adam…
—¿Si?
—Bésame.
I'm back, bitches!
