C36

Te amo —susurró TK en mis labios antes de volverme a besar. Sus manos grandes se posaron en mis mejillas y sentí cómo mi cuerpo entero le correspondía con la misma intensidad. Enredé mis piernas a su cadera y en un movimiento lo sentí penetrarme. Aquello fue como derramar locura a través de mis venas y lo abracé del cuello para besarlo aún más. Sentí el peso de su cuerpo caer sobre mí y me entregué al delicioso ritmo al que nuestra pasión nos llevaba.

Sin dejar de moverse bajó su mano derecha por mi cintura, acariciando mis senos y mi abdomen. Sus ojos azules se clavaron en mi cuerpo mientras mis uñas se clavaban en su espalda. Besó mi cuello y fue dando pequeñas mordidas que apenas y lograba sentir. Salió de mí y entre besos y caricias fue bajando hasta llegar a mi entrepierna. Lo dejé hacer conmigo lo que le placiera. Lo dejé explorar con su lengua aquellos rincones que sólo a él le pertenecían. Me aferré a las sábanas y ahogué un gemido mientras mi cuerpo se tensaba y mis piernas temblaban. Él siguió sin importarle que hubiera terminado y aquello sólo hizo que el placer siguiera aumentando hasta repetir un par de veces más la situación.

Besó mis senos y sonrió al verme. Lo tomé del rostro y besé sus labios aún mojados. Quise girarme para quedar sobre él pero no lo permitió; en cambio sujetó mis manos alzándolas sobre mi cabeza y siguió besándome sin darme oportunidad de acariciarlo. Sentí su miembro erecto en mi entrepierna y me enredé a su cadera dejándolo entrar de nuevo.

Aquello me provocó un gemido.

Y mientras aceleraba el ritmo soltó mis manos y se aferró a mi cintura. Acaricié su rostro y mordí su labio inferior.

Se movía sobre de mí y nos miramos. Sonreímos.

Te amo —dije antes de besarlo y sentirlo explotar adentro de mí.


Aquél día amaneció despejado y soleado por lo que decidí salir un rato a caminar entre el campus. Saludé a un par de soldados, compañeros de Adam y me senté a leer bajo un árbol. Iba a ser una semana desde que mi esposo se fue a Liverpool y en varios días no había querido salir de la habitación.

Esos días había estado haciendo recapitulación de todo lo vivido desde la última vez que hablé con TK. Los ataques, el refugio, Adam, nuestra boda… había hecho cosas que en mi sano juicio ni si quiera por un reto me hubiera atrevido a hacer y todo por él. Mi vida había cambiado tanto en menos de un año y lo único que ansiaba con desesperación era que todo volviera a ser como antes. Que pudiéramos andar tranquilamente paseando, comprar un vuelo a Madrid e ir a pasar el fin de semana, ir de fiesta toda la noche. Despertar al lado de mi guapísimo novio y pegarme a su pecho para sentir su calor, para no dejarlo ir…

Nunca debí haberlo dejado ir. En ocasiones me reprochaba a mí misma por haber sido egoísta, por haber aceptado ese trabajo en Nueva York y no haberme quedado con TK. ¡Qué más daba el trabajo! Ni siquiera había obtenido lo que esperaba de él y, por el contrario, esa decisión me había costado perder a la persona que más amaba en la vida.

Cada recuerdo dolía con la intensidad de un incendio y lo peor del caso es que no podía evitarlos.

— Hola, Kari. ¿Cómo te va?

— ¡Maggy, hola! Bien. Ven, siéntate —me moví un poco para que pudiera sentarse sobre el mantel y puse el libro que estaba leyendo a mi lado. Mi amiga se veía algo nerviosa y noté pequeñas marcas de sangre en sus uñas—. ¿Todo bien? —sus ojos aceitunados me miraron con preocupación y pronto se llenaron de lágrimas.

— ¡Ay, Kari! He hecho algo terrible.

— ¿Qué pasa? ¿Qué hiciste? —le ofrecí un pañuelo y puse una mano en su rodilla para infundirle confianza. Maggy era una guapa australiana que acababa de llegar de Escocia junto a su prometido. Un sargento al mando que parecía más su padre que su pareja. Nos conocimos durante la cena de bienvenida y nos habíamos hecho buenas amigas.

— Si te cuento me prometes no decirle a nadie —asentí—. Júralo que ni a Adam vas a decirle, Kari.

— Tranquila, Maggy. No diré nada. Lo prometo —volvió a romper en llanto y se cubrió el rostro con una mano.

— Engañé a Marrs.

— ¿Qué! —abrí los ojos asombrada ante su confesión. Pese a que no la conocía mucho, Maggy no parecía ser ese tipo de chicas—. ¿Cuándo? ¿Cómo fue?

— En Escocia. Mientras vivíamos allá tuve una aventura con un soldado.

— ¡Dios bendito! ¿Marrs sabe? —ella negó con la cabeza y se sonó la nariz.

— ¿Crees que seguiría viva si lo supiera? —se me enchinó la piel de tan sólo imaginarlo. Aunque Marrs era tranquilo sólo una vez lo había visto gritarle a un soldado y no deseaba volver a repetir esa escena—. No sé qué hacer, Kari. Me siento tan mal.

— ¿Por haberlo engañado? —nuevamente negó con la cabeza—. ¿Entonces? Ya estás aquí, Maggy. Olvídate de lo que pasó y…

— Ese es el problema. No puedo. Me enamoré de… de él —entendí que no quisiera mencionar el nombre del chico o por respeto a él o por falta de confianza. Quizás, después de todo, seguía pensando que iría corriendo a contarle el chisme a mi esposo en cuanto llegara.

— ¡Ay, Maggy!

— ¡No quiero casarme! De hecho no quería volver.

— ¿Y el soldado qué te dijo? ¿Hablaste con él?

— Sí. Muchas veces. Para él sólo era una aventura.

— Desafortunadamente así son los hombres aquí y más en esta situación. Al menos ya no volverás a verlo.

— No. Sí voy a verlo —fruncí el ceño ante la seriedad con que lo dijo—. Marrs va a mandar traer soldado de allá y él viene en el grupo.

— Maggy, mira… no soy experta en estos temas, el único consejo que puedo darte es que si no amas a Marrs no te cases con él. Déjalo, pero que no sea por el soldado. Déjalo porque tú no quieres estar con él, porque no eres feliz a su lado —sus ojos aceitunados volvieron a llenarse de lágrimas y se acercó a abrazarme.

— Muchas gracias, Kari —susurró con la voz quebrada—. Eres como mi hermana.


Acababa de darme un delicioso baño y mandé pedir sándwiches a la habitación. Me había puesto una camisa negra de Adam que por alguna razón me hacía sentir como cuando pasaba todo un día vistiendo la ropa de TK en el departamento, además que adoraba el olor a hombre.

Me senté sobre la cama y apenas llevaba dos páginas hojeadas la puerta se abrió.

— Hola, guapa —Adam entró con su maleta casi a punto de abrirse.

— Hola —saludé sorprendida y él se acercó a darme un beso en la mejilla—. Creí que volverías hasta el sábado.

— Otro comandante se quedó a cargo del trabajo y pedí que me dejaran volver. Quería verte —sus ojos azules me miraron con ternura haciéndome sonrojar y sonreí.

— Pues me alegra tenerte —nos miramos por una fracción de segundos hasta que él reaccionó.

— ¿Qué ha habido de nuevo?

— No mucho. Lo de siempre.

— Suena divertido —sonreí simplemente y él comenzó a desvestirse.

— Pedí un sándwich para cenar. ¿Quieres que te pida algo?

— No tengo mucha hambre, realmente. Quizás sólo café —asentí—. Voy a darme un baño —y tras meterse a la regadera yo seguí leyendo.

Estuve pensando en Maggy y lo penosa que era su situación, pero no muy distinta a la mía. La diferencia es que el soldado que se había ganado su corazón vivía cerca de ella mientras que TK…

Minutos luego trajeron la cena justo al tiempo que Adam terminó de bañarse. Nos sentamos en la pequeña mesa que había en la habitación a comer y beber café.

— ¿Y cómo te fue? —pregunté tras dos largos minutos de silencio.

— Muy bien. Liverpool está intacta. Acondicionaron The Cavern Pub y fuimos varias veces a cantar y beber cerveza. La próxima vez voy a llevarte —yo sonreí—. Ah, te traje un regalo —se levantó y fue a su maleta. Sacó una bolsita con marihuana. Sonreí y le di un trago a mi café. Adam se acercó y me la dio.

— Huele rico.

— Al parecer la traían unos colombianos. Podemos fumar hoy, si quieres.

— ¿Nosotros? —lo miré extrañada. Aunque me había confesado que había probado la droga hacía unos años antes ahora cuando había y yo consumía él se abstenía. Adam asintió.

— ¿Cómo van los preparativos de la boda del sargento Marrs? Escuché que quiere que seamos testigos pero él no me lo ha pedido —me mordí el labio y terminé de comer.

— No he platicado mucho con Maggy. Supongo que la pobre anda apurada con todo eso.

— ¿Recuerdas cuando nos casamos? —soltó de pronto—. Recuerdo que ese día estaba tan emocionado y no podía creer que el ángel que vi en el metro en Nueva York me estuviera dando el «sí, acepto» —sonreí ante el recuerdo.

— No se me olvida tu faceta de acosador en el mall.

— ¿Acosador? ¿Yo? —se levantó y fue a abrir la pequeña caja fuerte que estaba guardada en un buró junto a la cama. Sacó una pipa de madera y sonrió mientras volvía a la mesa. Comenzó a rellenarla de hierba mientras los de servicio al cuarto vinieron por los platos.

Fumamos una buena cantidad, él ahogándose con la primera inhalada. En efecto era marihuana de buena calidad. Nos sentamos en la cama, uno en frente del otro y no tardó mucho en surtir efecto en nuestro sistema.

Adam me acarició un brazo lentamente y en cada toque me causaba escalofríos. Sus ojos azules se posaron en los míos y sentí como si una fuerza magnética mantuviera nuestras miradas fijas una en la otra. Acaricié su rostro y sonreí al sentir su barba crecida en la palma de mi mano. Pronto sus dedos pasaron a mi pierna y fue subiendo y bajando por mi muslo sin llegar a la entrepierna. Sentía que el estómago se contraía y para cuando reaccioné él estaba a escasos centímetros de mí. Me acerqué a besarlo, primero despacio, después con más ganas hasta que me empujó para recostarme y cayó sobre mí.

Estaba excitado. Podía sentirlo. Bajé el pantalón de su pijama y él se apresuró a quitárselo. Hice lo mismo con la playera que llevaba quedando únicamente en ropa interior. Adam me besó el cuello, los senos, el abdomen… nos deshicimos de las prendas que nos quedaban para hacer el amor. Con locura, con excitación, con ganas…


Ya merito la termino! Chan chan chan...