La base estaba demasiado silenciosa, demasiado pasiva, sin movimiento. Ni un trooper parecía estar en los alrededores. Las usuales prisiones imperiales nunca eran de esta manera. Algo estaba sucediendo y Zeb le desesperaba no saber cuál era la razón tras tanta extrañeza.

-Zeb regresa a la nave.- Hera informó desde el comunicador. Más su voz sonaba con cierto nivel de alarma pero no le estaba apurando al lasat para que regresase a la nave como en otras misiones de escape.

-¿Qué pasa?- preguntó Zeb con curiosidad, Hera tardó unos segundos en contestarle solo para decirle que regresara y que le explicaría todo en la nave. El lasat se alejó de su lugar de escondite tratando de caminar entre las naves con discreción para llegar al Fantasma, hasta que paró repentinamente cuando se encontró con un trooper volteando hacia su dirección. Sacó su arma y la posicionó en modo de ataque, con respiraciones profundas esperaba a la horda de troopers que vendrían, pero la ironía del silencio se presentó en su lugar.

Zeb se asomó nuevamente y notó una fila de stormtroopers parados como estatuas. Inmóviles ante cualquier sonido y faltantes de reacción incluso si lasat pasaba su mano constantemente sobre sus cascos. Con una risilla interna el rebelde empujó a uno de estos troopers con un golpe en el pecho haciendo que este se desplomara en el suelo. Solo que para que se levantara inmediatamente y tomara la misma postura de antes dejando a Zeb desconcertado ante este comportamiento, siendo que le era muy familiar.

Con calma empezó a remover el casco de dicho trooper, revelando un rostro con una sonrisa macabra y temblorosa bajo unos ojos llorosos llenos de temor y sufrimiento.

-Hola Zeb.- dijo el trooper con la voz distorsionada. –Qué bueno es verte apestoso. Me gustan los nuevos anillos alrededor de tus tobillos. – Después todos los troopers se derrumbaron al suelo como muñecos sin vida, con cierto nivel de empatía el lasat acercó sus dedos al cuello del soldado frente a él en busca de sentir un pulso, una sensación de alivio caer sobre él cuando notó que este solo estaba inconsciente, esperando que haya sido el caso de todos.

-Ezra.- dijo como un susurro.

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-¿Por qué tan callados?- preguntó Ezra a Kanan y Sabine, los tres yendo camino al Fantasma que había aterrizado tranquilamente sobre la plataforma Imperial, y ahora tenía su rampa abierta. Hera y Zeb esperándoles con sus armas en manos, ambos dispuestos a disparar en cualquier situación hostil que pudiera resultar. –Veo que me extrañan.

-Te fuiste por culpa de tus propias acciones.- comentó Kanan con angustia en su voz a la que su ex padawan no replicó, dejando un silencio incomodo entre las tres personas hasta que llegaron a la nave. Hera estaba con una posición firme frente al chico de ojos azules, que se había dejado crecer el cabello sin pasar sus orejas, diferente a la última vez que lo había visto, pero en el fondo ella seguía viendo a aquel huérfano de Lothal que adoptó alguna vez.

-Quítenle las esposas Kanan.- ordenó Hera suspirando. –Y Zeb, Ezra compartirá cuarto contigo mientras se quede con nosotros.- añadió alejándose del grupo y hacia la cabina del piloto, los demás desapareciendo dejando a Zeb y Ezra solos en aquella plataforma ambos con expresiones serias en ese silencio incómodo.

Una risa ahogada se escapó de los labios de Ezra, pero parecía más una risa nerviosa. Zeb solo se le quedó observando al chico que ponía su palma sobre su frente aun riendo a algo que solo el comprendía.

-Lo siento.- comentó sin aliento. –Es que me puse nervioso.- añadió mirando a Zeb con una mirada que hacía al lasat olvidar el sufrimiento que había pasado toda la tripulación durante los años pasados.

Zeb se acercó a este y le removió las esposas. –Has crecido un poco, pero sigues siendo el niño de siempre.- comentó el lasat sacudiendo el cabello azulado de Ezra, quien tenía una mirada de emociones mixtas sobre su rostro. –Vamos, tienes que acomodar tus cosas.- añadió el lasat.

-No pasamos por ellas cuando me sacaron de la celda.- comentó el chico de cabello azulado con una timidez impropia de él, Zeb levantó la ceja extrañado puesto que sospechaba de las posibles intenciones del chico frente a él.

-Bien, te acompañaré por ellas.- dijo el lasat con derrota en su voz pero tras su espalda activaba su comunicador así como una alarma para la tripulación en caso de que no regresase en más de dos horas. Zeb dio un suspiro cuando empezó a seguir a Ezra, que caminaba alegremente hacia la silenciosa prisión imperial.

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Hera y Kanan estaban sentados en la cabina del piloto, ambos en silencio. Las manos de Kanan temblando sobre sus rodillas y lágrimas amenazando con salir de los ojos de la twi´lek que mordía su labio para evitar llorar.

Había veces en los que ellos dos, no ocupaban las palabras para saber los pensamientos del otro, el silencio para ellos era una manera de expresarse uno con el otro, mientras que para otras personas llegaba a ser una incomodad.

El jedi se quitó su máscara dejándola en el asiento al lado de él con calma. Pasivamente tomó la mano de la twi´lek que seguía observando hacia fuera de la nave con sus ojos húmedos.

Hera durante los pasados meses se había sentido un tanto incompleta, ya no encontraba la misma pasión que solía tener antes por la Rebelión y era notable en los resultados dados en las misiones. Pero esos momentos de silencio junto a Kanan, era lo que la mantenía a flote en el espiral oscuro de emociones que sentía a cada momento, eso que la mantenía sin hundirse en la enorme tormenta que inundaba su mente y la luz que evitaba que se desvanecería en una sombra. Hacía que una sonrisa honesta se dibujara en su rostro, una que Kanan añoñaría ver.

La puerta se abrió abruptamente y una mandaloriana con pasos resonantes y una voz llena de enojo y desesperación entró gritando:

-¿Por qué rayos no me dijeron que teníamos que rescatar a ese maldito?- exclamó Sabine respirando fuertemente a través de su casco. – ¡No podemos trabajar con ese monstruo! Debería morir, y dejar de existir.- exclamó la mandaloriana con el pánico creciendo en su persona. -¿Saben qué? – preguntó como un susurro lleno de frustración. -¡Lo voy a matar ahora mismo!- exclamó con sacando su pistola de su estuche. Kanan y Hera ambos dando un suspiro de sorpresa y preocupación por la mandaloriana que cerró la puerta inmediatamente poniendo un seguro por fuera, dejando a los dos espectros encerrados en la cabina del piloto.

Hera golpeaba la puerta de la cabina llamando el nombre de Sabine, pero algo le decía que la chica hacía mucho que se había ido a la plataforma de entrada.

Kanan solo estaba sentado en silencio tratando de encontrar el aura de Ezra, y enviarle una advertencia sobre la mandaloriana que pensaba matarlo, le quería sugerir que huyera, esperando que su ex padawan después de tanto tiempo le empezará a escuchar.

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Zeb nunca se había sentido más desconcertado mientras caminaba a través de los pasillos de aquella prisión junto a Ezra.

Cuando recién iban llegando a la entrada principal del edificio principal, a los troopers se les estaba empezando a quitar cualquier efecto que el chico de ojos azules tenía sobre ellos, estaban comenzando a ser libres de esa terrorífica habilidad, Zeb sentiría un poco alivio si no le preocuparía el hecho de querer saber cómo iban a pasar por las cosas de Ezra sin tener una pelea, o de que si siquiera iban a ser capaces de hacerlo.

Un trooper cerca de ellos iba a empezar a gritar la palabra "¡Rebeldes!", pero se vio interrumpido por Ezra que con voz firme dijo:

-Cállate.- y el trooper se silenció, dejando a este sobando su garganta tratando de sacar las palabras. Ezra tomó un hondo respiro en suma concentración y susurró. –Quietos.- la sangre en las venas de Zeb se heló ante las palabras, sentía como si todo su cuerpo se encontrase en un gran calambre. Un sentimiento muy familiar el cual no le agradaba volver a sentir. El chico volteó hacia él y una realización de culpa se pintó en su rostro. El lasat sentía su visión ponerse borrosa y su cabeza se sentía como si estuviera bajo el agua. Era como estar prisionero dentro de su propio cuerpo con este actuando por aparte de su mente. –Zeb. – le susurraba Ezra mientras le agarraba por ambos brazos. –Tienes voluntad propia.

-La tengo.- respondió Zeb débilmente. –Mía, y solo mía.- añadió sintiendo como si un peso se liberara de su cuerpo, su movilidad regresaba y la opresión en su pecho desvanecía. Sus músculos se sentían un poco duros, pero con el tiempo se le quitaría.

-Vamos Zeb, no tenemos tiempo que perder.- comentó el chico caminando un poco más lento de lo usual hacia la prisión. –Por cierto, me gustan eso anillos en tus pies, ¿legado de la cultura de Lasan? – Zeb asintió con un sonido de su garganta mientras estiraba su cuello. –Eso es agradable.- añadió Ezra, y luego continuó caminando.

Los pasillos estaban silentes e inmóviles, las personas en ellos parados como estatuas a excepción de Ezra y él mismo que caminaban hacia el almacén de las instalaciones. Tardaron un poco más de lo esperado con cada parada que daba el chico para comandar a un trooper cercano a realizar algo humillante, y claramente en contra de su voluntad, como si se tratasen de un simple títere. Pero Ezra aunque recibiera la mirada de desaprobación por parte del lasat no paraba de dar órdenes hasta unos minutos después, haciendo a Zeb agradecer internamente que no se lo hacía a él mientras que por primera vez un sentimiento de compasión por la situación de los troopers nacía dentro de él.

Una vez en la bodega Ezra observó todas las cajas desesperándose al no saber dónde estaban sus cosas. Este salió hacia el pasillo y llamó al trooper que vigilaba la puerta.

-Necesito que me des mis cosas, así que tráemelas.- ordenó Ezra con una voz firme y mirada fría, inusual en el chico. –Soy Ezra Bridger, el prisionero 12K.- terminando el chico de hablar el trooper caminó con la espalda firme hacia las numerosas cajas seleccionando una en específico, la tomó entre sus dos manos y con una extraña gentileza la colocó en el suelo frente a los pies de Ezra, que lo miraba maliciosamente. Zeb tenía un mal presentimiento al ver una pequeña sonrisa de locura dibujarse en el rostro de Ezra. –Ahora por un poco de diversión.- dijo con una voz llena de veneno. –Trooper quítese su casco.- ordenó en burla, el soldado obedeció revelando el rostro de un hombre joven con una expresión llena de temor. –Qué cara tan miserable. Sonría un poco.

Y así hizo el trooper.

-Bueno, abra la caja.- el soldado con una sonrisa forzada empezó a abrir la caja lentamente. –Sonría más soldado.- el trooper forzó aún más la sonrisa más amplia mientras que Zeb solo sentía un nudo en la garganta con cada palabra que salía de la boca de Ezra.

-¿A qué lleva todo esto Ezra?- preguntó Zeb con un tono de curiosidad desesperada, pero el chico le ignoró y continuó con sus órdenes.

-Ahora saque uno de los sables de luz y enciéndalo trooper.- y como un títere el soldado acató las ordenes inmediatamente. –Ahora, quiero que lo acerque a su brazo.- la mano del soldado paró por un momento y lágrimas empezaron a surgir de los ojos del trooper, hasta que empezó a hacerlo con manos temblorosas. –Lentamente.- añadió el chico.

El soldado empezó a acercar el sable, y gemidos de dolor escapaban de sus labios mientras el calor del sable le quemaba su piel. Una sonrisa de alegría se dibujaba en el rostro de Ezra, mientras veía con emoción como el trooper formaba contacto con su piel y el sable de color verde.

-¡Para!- gritó Zeb dándole una bofetada al chico, haciendo que el trooper tirara el sable al suelo haciendo que este se desactivara. La cabeza de Ezra seguía titeada con la mirada vacía hacia la pared –Eso no está bien Ezra. Eres mejor que esto.

-Lo que sea.- dijo el chico entre murmureos tomando la caja entre sus manos y levantándola del piso. Finalmente se acercó al trooper que se encontraba tembloroso en el suelo llorando por la quemadura en su brazo, este mostraba gran temor con cada paso que Ezra daba al acercarse. –Duerme y recupérate.- le susurró al soldado.

Una vez que este estuviera inconsciente, ambos caminaron nuevamente a través de los silenciosos pasillos, llegando notablemente más rápido sin las paradas de Ezra para forzar a troopers a hacer cosas, el chico solo caminaba cabizbajo frente a Zeb, que realmente sentía en un enigma de pensamientos respecto al chico que caminaba frente a él, aquel que le causaba temor y odio pero al poco tiempo se veía a sí mismo incapaz de tenerle odio a alguien que consideraba familia sobre la adversidad.

No tardaron en estar nuevamente en la plataforma principal de aterrizaje de las instalaciones imperiales, donde Ezra paró nuevamente.

-Duerman y olviden.- dijo el chico como un susurro junto con una respiración honda y nuevamente siguió caminando.

Una nueva onda en la fuerza se esparcía, una que Ezra había procurado ignorar durante su ausencia en el Fantasma, una que ahora gritaba advertencias sobre la nave a la que el lasat y el chico se acercaban. Una sonrisa se dibujó en el rostro del chico mientras ignoraba aquella advertencia caminando hacia la plataforma abierta del Fantasma. Donde Ezra podía percibir un aura que parecía estar en una tormenta de emociones como odio, temor y una gran tristeza, que le esperaba con una sed de venganza y necesidad de matar.

En la plataforma los pies de Ezra tanto como los de Zeb se vieron adheridos al suelo de metal debajo de sus pies, limitando su movilidad. El lasat tenía una cara de sorpresa y esfuerzo al tratar de mover sus pies, pero el chico tenía una expresión neutral.

-Es inútil Zeb.- dijo el chico. –La plataforma esta magnetizada, y supongo que tener anillos de metal alrededor de tus pies es malo en estas situaciones.- comentó con una pequeña risilla entre palabras, haciendo que Zeb se sonrojara un poco ante el comentario de los anillos que estaba empezando a usar, aquellos que usaban los guerreros de su cultura al pasar cierta edad. –Y solo hay una experta en la nave capaz de esto, ¿no es así? ¿Sabine?

La mandaloriana surgió de entre un escondite entre cajas con su casco puesto y con un arma en su mano temblorosa.

-¿Vienes para tomar cuentas de algo?

Sabine rápidamente se quitó el casco de su cabeza. Sacudiendo un cabello de color castaño con puntas de deslavadas de varios colores y lágrimas corriendo por sus mejillas, pero más notable era la cicatriz que corría desde su parpado hasta cierta parte de su mejilla, dejando su ojo permanente sellado e inservible para ver.

-¡Te vengo a matar maldito!- exclamó Sabine entre sollozos.

-Recuerda esto.- dijo Ezra con una voz baja. –Tú decides.

Un disparo se escuchó aquel día en esa nave, creando junto con esa inmóvil prisión imperial, un paisaje silencioso.

Bueno, esto es todo por este capítulo jaja

Espero lo hayan disfrutado mucho jeje

Y no se les olvide poner algún comentario, o seguir la historia

Lo aprecio mucho :3

Que la fuerza les acompañe

Nuyen236