Hola a todos. Bueno, antes que nada, no me esperaba tantos reviews con el prólogo!!!Es el primer fic de universo alterno que intento hacer y aún no sé como saldrá, pero espero que los capítulos os gusten tanto como a mí me está gustando escribirlos :D

Las actualizaciones… me han preguntado si será cada dos semanas… lamento deciros que no lo sé. Puede ser cada dos semanas, cada tres o cada mes, o de repente de un día a otro me puede dar por subir un capítulo. Para los que ya conoceis mi situación, os podeis saltar este párrafo, para los que no, teneis que leer esto para comprenderme un poco: estudio el último año de carrera en la universidad, me estoy sacando el carné de conducir, voy al gimnasio y trabajo… así que tengo poco tiempo para escribir como espero que entendais. Por eso no puedo comprometerme a tener listo un capítulo cada dos semanas porque nunca me comprometo a hacer algo que no estoy segura de poder cumplir. Así que no puedo daros una fecha de actualización aunque eso sí, intentaré que no sea más de tres semanas por capítulos, ¿de acuerdo?

Qué mas?? Aps, sí, acepto, como en todos mis fics, sugerencias. Si quereis alguna escena en particular o teneis alguna idea que os gustaría que saliera en el fic, podeis decírmelo e intentaré incluirla ¿vale?

Mmmm pues creo que eso es todo… Ah, no!! La lista de los que me habéis dejado reviews alegrándome… a ver… sois…

PauMalfoy, Suri Evans, dusquinha, marina, anabel, Sweetangel-M, harrymaniatica, Belin03, Keikleen, Manuel, Rosa cipagauta, noiraaa, Duciell, beautifly92, FENIXGIRL,sheyla, DRAGON.RRQ, Natty-Black, Terry Moon, Mariet Malfoy Snape, unkatahe, mariapotter2002, oromalfoy, MissPotter1004, consue, Y0misma, Karenzita, Pixie tinkerbell, Klass2008, pekelittrell, nazath

Y ahora sí, os dejo con el primer capítulo… Espero que sea de vuestro agrado y nos leemos abajo. Divertios!!!

Capítulo 1. A puertas cerradas

Hacía un día espléndido, el hombro le molestaba pero podía moverlo, con cierta dificultad desde luego, pero sólo era una leve molestia. Podría estar en el parque paseando o de compras, necesitaba comprar una nueva chaqueta… la que tenía no le cerraba del todo a la altura del pecho y no estaba dispuesta a pescar una pulmonía porque su pecho hubiera decidido, contra todo pronóstico, crecer un poco más a aquella edad.

Podría estar en la librería, revisando la última remesa de libros o en la herboristería eligiendo un té al azar para tomarlo junto a la ventana en una lluviosa tarde tonta en la que no tienes nada que hacer porque por una vez parece que las cosas se han tranquilizado en el barrio y apenas hay trabajo en el hospital.

Podría estar en cien sitios diferentes… y ¿dónde estaba? En la comisaría de policía. Sentada en una silla, limpia, sí, pero también vieja que le estaba dejando un buen dolor en su trasero por ser dura e incómoda, y eso por no pensar en la cantidad de delincuentes que podrían haber pasado por allí sentándose en aquella misma silla. Dio un respingo y se levantó. Prefería estar de pie.

Resopló por debajo de la nariz y miró hacia el pequeño despacho en el que el agente Draco se había encerrado con otro hombre que parecía ser su superior… aunque por los aspavientos que estaba haciendo el agente rubio podría decir casi segura que no le tenía demasiado respeto en aquellos momentos. Cuando el moreno que estaba sentado dándole la espalda a ella negó con la cabeza, Malfoy golpeó la mesa que separaba a ambos con tanta fuerza que las hojas apiladas se tambalearon y un lapicero que contaba sólo con tres bolígrafos cayó al suelo. Ninguno de los dos se molestó en recogerlos, ninguno de los dos apartó la mirada del otro. Hermione decidió que cuanto más alejada estuviera de ese despacho mejor.

Miró a su alrededor buscando algo con lo que entretenerse. Era una oficina de policía normal. Un mostrador para recibir a la gente en la entrada donde una estricta mujer de aspecto severo y de edad algo avanzada, vestida con uniforme negro y rojo y el cabello sujeto en un firme moño sobre su cabeza atendía con un rictus de seriedad en su rostro a todo el que le preguntaba algo. Junto al mostrador, una pared de medio metro con una puerta de esas que los restaurantes utilizan en las cocinas para facilitar la entrada y la salida de los camareros, ya que basta darles un ligero empujón para que se abran hacia donde uno desea; por esa puertecita había entrado ella siguiendo a Malfoy, quien había dejado su bolsa en el mostrador pidiéndole a la mujer que la guardara unos momentos.

El suelo era negro, de baldosas negras, parecidas a las que ella tenía en el suelo de la cocina; y las paredes blancas, estaban forradas de corcho donde habían colgadas con chinchetas diferentes secciones… gente desaparecida, criminales más buscados y órdenes de alejamiento eran algunos de los rótulos grandes que podían leerse.

Un agente pasó por su lado conduciendo a una mujer que llevaba las manos esposadas a la espalda; Hermione se apartó rápidamente para dejarles pasar y el policía pelirrojo se lo agradeció con una sonrisa dulce. Ella correspondió el gesto.

Cuando atravesó la puertecita de medio metro, Malfoy la condujo por el pasillo de la izquierda, hacia la sala donde estaba ahora, llena de mesas, sillas, ordenadores, máquinas de escribir, agentes sentados, otros de pie, cafeteras, papeleras que parecían no haber sido vaciadas nunca, ruido de archivadores abriéndose y cerrando, gritos, teléfonos sonando varios sonidos más que Hermione decidió no querer investigar para conservar la cordura que, su madre insistía, en que era poca. Al fondo de esa sala, habían varios despachos y a la derecha de estos, unas escaleras que subían y otras que bajaban, seguramente, a las celdas provisionales. Hermione se encontró a sí misma preguntándose si quería saber cómo sería pasar una noche allí.

Estiró el cuello para ver el pasillo de la derecha e hizo un mohín de disgusto cuando vio una puerta cerrada. Bufó. Tendría que encontrar otra cosa que hacer.

Se acercó hasta el tablón de "niños desaparecidos" y se le encogió el corazón. Habían fotografías de niños de tan solo tres años… ¿quién podría querer hacerle daño a un niño tan pequeño? Clavó sus ojos en el cártel de al lado y fulminó con su mirada un retrato robot bajo el rótulo de "criminales peligrosos", contestándose a sí misma que seguramente uno de ellos podría querer hacerlo.

Bufó. Aún no entendía cómo estaba allí… Había planeado irse del hospital aquella misma mañana, pero cuando estaba haciendo la maleta, el rubio insoportable de Malfoy había aparecido con su mirada fría, sus pantalones tejanos y su camiseta negra de media manga, dejando entrever la sobaquera con la pistola bajo la chaqueta tejana que llevaba puesta y con una sonrisa arrogante le había pedido, más bien ordenado, que tenía que acompañarle a la comisaría y aunque ella le había recordado que el día anterior le había dejado muy claro que no iba a ir a ningún sitio salvo a su casa, él había tomado la bolsa, la había cerrado y la había guiado, tomándola de la cintura, de forma firme pero suave, hacia el deportivo rojo aparcado en la puerta del hospital.

Resopló. Aquel rubio cada vez le caía peor.

(flashback)

Tenía la garganta seca, agua, quería agua. Notaba su hombro tirante y le dolía la pierna izquierda; aire fresco se colaba por algún rincón del lugar donde estaba y la cama era bastante incómoda, nada que ver con el suave colchón que tenía en casa.

En casa… ¡su casa!,¡Amanda! Abrió los ojos de golpe. Mala idea. La luz blanca de la habitación la cegó haciendo que maldijeran en voz alta y se removiera incómoda en aquel lugar.

-Tranquila Hermione, te harás daño –una voz conocida llegó hasta sus oídos.

-¿Neville? –preguntó sin estar demasiado segura de lo que había pasado para que estuviera en lo que parecía ser una cama de hospital con Neville a su lado.

-¿Te molesta la luz? –ella asintió-. Espera, bajaré la graduación… -Hermione escuchó como los pasos del médico se alejaban de la cama para seguramente dirigirse al interruptor de la luz-. Ya está… puedes abrirlos… despacio… llevas varias horas inconsciente.

Hermione obedeció y pese a que Neville había apagado la luz de la habitación dejando únicamente la luz de la mesita, la mujer parpadeó un par de veces para acostumbrarse. Claro que no pudo acostumbrarse demasiado antes de que Neville la enfocara con una pequeña linterna a los ojos asegurándose de que sus pupilas estaban perfectas.

-Estoy bien –insistió ella pero dejando que Neville la revisara pacientemente.

-Has estado cinco horas inconsciente, tienes un feo morado en el muslo, una herida en el pie y un rasguño de bala en el hombro y estás bien ¿verdad? –preguntó el hombre con sarcasmo-. Deja de quejarte y espera que haga mi trabajo.

-Yo puedo hacerlo, soy médico, ¿recuerdas?

-Ahora no. No llevas la bata con la plaquita y tu nombre –bromeó él anotando algo en un cuaderno antes de tomar la muñeca de la mujer y tomar el pulso-. ¿Se puede saber qué te ha pasado?

-Amanda… ella está... –se detuvo en su explicación y miró al médico.

A sus treinta años Neville había dejado de ser aquel niño obeso y tímido que había conocido hacia tanto tiempo como su vecino; ahora tenía una carrera, era el mejor neurólogo de Londres y estaba casado con Luna, la dueña de una revista local, algo extravagante, pero una bellísima persona a la que ella tenía la suerte de conocer bastante bien.

-¿Cómo llegué aquí? –preguntó-. ¿Y por qué estás tú aquí?

-Bueno, cuando alguien se da un golpe en la cabeza como con el que tú llegaste, suelen avisar a un neurólogo ¿uhm? –dijo anotando algo más-. Tu pulso está bien y las pupilas también… ¿te encuentras bien?

-Estoy perfectamente, así que dame el alta, tengo que ir a la policía para…

Ojos fríos. Ojos grises mirándola fijamente. Olor a manzana y menta. Se estremeció.

-¿Quién me ha traído, Neville?

-El agente Malfoy –contestó el hombre mirándola-. Hermione, ¿en qué lío te has metido? –le preguntó-. ¿Qué es eso de disparos y Amanda… qué… -suspiró-… Menos mal que tú estás bien.

Hermione asintió.

-¿Qué puedo decirte? Mi padre me enseñó como sobrevivir –sonrió con amargura cuando él le apretó la mano suavemente en un intento de consolarla-. ¿Puedo irme a casa?

-Por mí sí, pero el agente que te trajo quiere hacerte unas preguntas.

-¿Está aquí? –preguntó ella sorprendida. Neville asintió-. Está bien, dile que pase, pero luego podré irme a casa, ¿verdad? Tengo mucho trabajo que hacer.

Neville la miró. No le parecía demasiada buena idea dejarla ir a casa tal y como estaba actuando. Trabajo. Cuando Hermione Granger decía "tengo mucho trabajo que hacer" sólo podía significar dos cosas: la primera era que había discutido con su familia… otra vez… y la segunda que quería mantener su mente ocupada para no pensar en algo en lo que no quería pensar. Siempre era así. Hermione siempre se refugiaba en el trabajo para huir de sus problemas… había gente a la que le daba por practicar deportes de riesgo, otros escribían en diarios, otros como él, disfrutaba relajándose en su pequeño invernadero cuidando de sus plantas y sus flores, alejándose de la realidad… pero cuando Hermione quería huir, se refugiaba en el trabajo. Siempre lo había hecho, incluso estando en el instituto… Él la conocía bien, había sido amigo de ella desde siempre y cuando Anthony Granger, el padre de Hermione, murió apenas ella se graduó de la primaria, contando con solo doce años, ella se había volcado de lleno en los libros.

Ahora, cuando llegaba el aniversario de la muerte de Anthony, la chica podía pasar una semana prácticamente viviendo en el hospital, apenas durmiendo hasta el punto de que él tenía que acompañarla hasta su casa para asegurarse que se tomaba una ducha, dormía al menos siete horas seguidas y comía algo más saudable que la horrible comida de la cafetería del hospital que había estado comiendo hasta el momento.

-Le diré que pase y hablaremos de tu baja después –le informó con algo de miedo sabiendo que ante aquella palabra ella iba a explotar.

-¡No pienso coger la baja! –le gritó ella.

Ahí estaba. Volcán Granger. Así era como la llamaban los chicos que llegaban a aquel hospital para hacer prácticas y que habían tenido la desgracia de encontrarse en alguna ocasión a Hermione enfadada… aunque ese apodo también había circulado entre los compañeros de la doctora y también entre los superiores…

-La cogerás –le replicó Neville abriendo la puerta-. Agente Malfoy, puede entrar, está consciente y…

-¡Me has oído Longbotton, no pienso dejar de trabajar!

Neville sonrió con cierto nerviosismo al policía y negó con la cabeza.

-… y perfectamente en sus capacidades –terminó la oración. Giró la cabeza por encima de su hombre y le contestó a Hermione-. O tomas la baja por una semana como mínimo o no te dejaré volver en tres meses, piénsatelo, ¿de acuerdo? –miró de nuevo al policía dejando la puerta abierta y se marchó silbando una canción que había escuchado alguna vez y que hablaba de un mundo donde la magia existía.

Hermione bufó y aún sabiendo que Neville ya no le escuchaba volvió a rebatirle.

-¡Eso no es ninguna elección, Neville!

Ella no era precisamente una mujer que se dejara sorprender con facilidad, pero al ver la imponente figura que entraba en aquellos momentos en la habitación, tuvo que ahogar un gemido impresionado. Recordaba que el hombre que la había sujetado en el callejón debía ser alto y musculoso, su muñeca resentida aún era una muestra de ello, pero no imaginaba que fuera tan… atractivo… Esa era la palabra.

Hermione creía que había tres tipos de hombres. Los guapos, los normales y los atractivos. Los primeros estaban claros; eran los típicos rubios de ojos azules o los morenos de ojos verdes o los morenos de ojos negros que tenían siempre una sonrisa para atacar a cualquier cosa que se moviera y tuviera falda y tacones; en su interior, Hermione sabía que ellos siempre habían sido así; solían ser los chicos de las que todas estaban enamoradas desde primaria y eran en el instituto los casanovas que salían con todas las que podían y seguramente terminaban en el asiento trasero de un coche la noche de graduación con la jefa de las animadoras teniendo una buena sesión de sexo.

Después estaban los normales. Eran los amigos. Los amigos de toda la vida; esos en los que podías confiar, esos que te abrazaban cuando tenías un problema y con los que tú te sentías segura porque sabías que no iban a meterte mano a la que tuvieran la oportunidad; los hermanos que nunca se tenían pero que siempre se deseaban tener. No eran guapos pero no estaban mal. Eran ellos, simplemente; algunos altos, otros bajos, otros de complexión delgada y otros de complexión robusta, pero no importaba porque siempre que tuvieras un problema, sabías que podías contar con ellos. Según Hermione, éstos eran los que más triunfaban en la vida y de los que más habían. De hecho, casi todos los hombres que ella conocía eran de esta clase.

Y luego estaban los extinguidos. Los hombres atractivos. Esos hombres que no llegando a ser guapos del todo, tienen algo que te atrapan y que te hacen girar la cara para mirarlos una vez han pasado por tu lado. Esos que pueden ser un ángel y un demonio al mismo tiempo, que pueden expiar tus pecados y llevarte hasta el límite de la locura con una simple sonrisa. Eran los que menos existían y según la mujer castaña, los más necesarios pues siendo guapos sin llegar al extremo de cansados, podían llegar a ser el caballero de brillante armadura que todas las mujeres deseaban tener algún día a su lado.

Definitivamente, aquel adonis era atractivo. Metro ochenta, complexión atlética, de anchos hombros y cintura marcada por los abdominales; caderas estrellas y piernas estilizadas debajo de aquellos pantalones negros. Rostro duro y limpio, mentón marcado, pómulos altos y rasgos casi aristocráticos; cejas pobladas de un rubio claro y el cabello del mismo color, de un rubio tan claro que parecía blanco según cómo le diese la luz y que caía sobre sus ojos de vez en cuando por lo que se lo estaba retirando constantemente en un gesto de necesidad más que de coquetería. Y luego estaban esos ojos. Los mismos ojos de acero que había visto en el callejón a escasos centímetros de ella. Ojos grises que la habían tranquilizado con sencillez y sin emitir ni un solo sonido.

Realmente atractivo.

-¿Señorita Granger? –tanteó el hombre.

¡Incluso su voz era atractiva!

-Sí, soy yo.

-Soy el detective Malfoy, ¿le importa si le hago unas preguntas?

Ella frunció el ceño. ¿Por qué los policías siempre preguntaban lo mismo? Si después les daba absolutamente igual si le importaba o no al interrogado que le hiciera las preguntas porque siempre acababan haciéndolas. Ni siquiera cuando acababan de despertar de un coma podían abstenerse de formular esa pregunta retórica, porque desde el punto de vista de Hermione, era completamente retórica y estúpida. Sonrió como había visto sonreír a sus pacientes y asintió indicándole la silla de al lado de la cama.

-Por supuesto, agente Malfoy, siéntese.

-Detective Malfoy –corrigió él sentándose mientras sacaba una pequeña libreta del bolsillo de su chaqueta tejana. Ella asintió pero frunció el ceño. No le gustaba que la corrigieran, ¿qué diferencia podía haber de agente a detective?-. Bien, veamos… ¿qué relación mantenía con Amanda Silver?

Amanda. Ese nombre. Ella. Suspiró con pesar. Jamás había estado preparada para ver como alguien a quien conocía moría.

-Éramos compañeras de piso y amigas desde la universidad. Trabajábamos juntas –dijo ella.

-Entiendo… ¿me puede contar qué pasó?

-No… no estoy segura… pasé el fin de semana con mi madre y mi hermana, y anoche regresé a casa. La puerta estaba abierta pero no parecía que estuviera forzada –frunció el ceño-, me extrañó porque Amanda siempre cerraba bien con llave incluso si estaba dentro de casa… no le sirvió de mucho, ¿verdad? –preguntó con una sonrisa triste mirando al policía.

-No, parece ser que no, ¿qué ocurrió después?

-Fui a su habitación y la vi… muerta… entonces alguien dijo "Mátala también" y un hombre enorme me miró con un cuchillo ensangrentado en la mano… creo que aún era la sangre de Mandy la que estaba en la hoja del arma –el policía asintió anotando algo en la libreta-… me escondí en el baño.

-¿Por qué no huyó por la puerta? –preguntó el hombre.

Hermione le miró furiosa.

-Acababa de ver a mi mejor amiga muerta y alguien quería matarme también, ¿usted cree que era el mejor momento para pensar que podía salir por la puerta? Me metí en la primera puerta que encontré y resultó que era el baño –le dijo de forma sarcástica. Si él lo notó, no comentó nada al respecto-. Salté desde la ventana hacia las escaleras de incendio –añadió-. Dispararon, me hirieron y salté al callejón corriendo… Luego usted me sujetó de la muñeca y luego aparecí aquí, fin de la historia –dijo arisca.

-Ya veo… ¿vio al hombre que dio la orden de matarla? –ella negó-. ¿No se fijó?

-La luz estaba apagada y la lámpara de la mesita había sido volcada, estaba en la sombra… pero era un hombre de complexión delgada y seguramente que haya tenido problemas con el alcohol –añadió.

-¿Cómo puede saber eso?

-Su voz. Sonaba reseca… como la de los alcohólicos que se queman las cuerdas vocales por ingerir tanto alcohol –se encogió de hombros-. Soy médico, me fijo en esos detalles.

-Pero no se fija en que puede salir por la puerta… -comentó él entre divertido y sarcástico anotando algo más en la libreta. Hermione no le contestó; le habían enseñado que a los agentes de la policía había que respetarlos y que si no se les podía respetar, lo mejor era no decir nada-… ¿le habló alguna vez Amanda de alguien que quisiera hacerle daño?

-No. ¿Quién iba a querer hacerle daño? Era enfermera en este hospital –le dijo-. Todos la querían… los niños… ¿cómo voy a decirle a los niños que no van a volver a ver a Mandy?

-¿Tenía hijos?-preguntó extrañado.

-No, me refiero a los niños de aquí, del ala de pediatría… querían tanto a Amanda… no sé quién ha podido hacerle esto…

-¿Sabe usted algo respecto a alguna información que pudiera tener y que alguien la quisiera?

-No. Mandy era una buena amiga, la mejor compañera y una enfermera estupenda, pero era muy reservada en algunas cosas… -sonrió-… supongo que tanto como yo…

-¿Podría decirme las últimas personas que estuvieron en contacto con Amanda? Hermanos, padres, amigos… -tanteó-. Es para tener una lista de sospechosos.

-Ya le he dicho que pasé el fin de semana con mi madre, agente…

-detective –volvió a corregir él rápidamente.

-… y no sé quién estuvo con Mandy –rió sarcásticamente-, a menos que me cuente a mí como sospechosa por haber hecho una llamada el sábado, por supuesto.

El gesto de él se endureció y la miró mientras enarcaba una ceja.

-¿Y es usted sospechosa? –preguntó sin problema.

-¿Qué… ¡por supuesto que no! –gritó Hermione enfadada de que pudiera siquiera sugerir algo así-. ¡Soy médico! ¡Salvo vidas, no las sesgo!

-Jack el destripador también tenía nociones de medicina y no por ello dejó de ser culpable, señorita Granger –apuntó él con sorna.

Hermione enrojeció de lo enfadada que estaba.

-Me duele la cabeza, será mejor que se vaya antes de que llame a Neville –le dijo indicándole friamente que las preguntas se habían terminado.

Draco sonrió de medio lado pero no dijo nada al respecto.

-¿Cuándo le darán el alta? –preguntó.

-¿Por qué? –preguntó ella airada-. ¿Es que quiere detenerme por ver morir a una amiga y estar a punto de ser asesinada yo también? –preguntó enfadada, sentada en la cama, sin haber notado cuando se había incorporado.

-En realidad es para llevarla a comisaría, mi jefe quiere verla y hacerle un par de preguntas más –se encogió de hombros.

-¡No pienso ir a ningún sitio que no sea a mi casa! –lo pensó mejor-. ¡O a un hotel! No voy a ser interrogada como si hubiera hecho algo cuando no he hecho absolutamente nada- dijo realmente enojada. No sé qué clase de persona cree que soy y tampoco me importa, pero jamás podría matar a nadie, ¡por todos los cielos! Ni siquiera podía matar a las hormigas cuando era pequeña con la lupa como hacían todos los niños que conocía, ¿usted cree que eso es de ser una sádica que va matando a sus amigas y que además ordenan que la maten a ella misma?

-Estaré mañana a primera hora para recogerla y llevarla a comisaría –dijo él ignorando el pequeño estallido de Hermione bastante acostumbrado a aguantar los ataques de histeria de las personas.

-¡No voy a ir a ningún sitio! –insistió ella-. Salvo a mi casa.

Draco no contestó; se limitó a encogerse de hombros y a caminar hacia la puerta.

-Si no viene conmigo, el jefe enviará a una unidad de hombres a su casa a buscarla, usted elige. Hasta mañana, señorita Granger.

La puerta se cerró. Hermione estaba segura de que Draco Malfoy era el tipo de hombre que hacía lo que quería cuando quería sin importarle en absoluto la opinión de los demás.¡Era la persona más horrible que nunca hubiese conocido! Frunció el ceño. Aunque le hubiese salvado la vida… bueno… era policía, ¿no? Se supone que eso hacen los policías, salvar vidas, ayudar a los demás… Atractivo… ¿en qué maldito momento había pensado que podía llegar a ser atractivo?

-Idiota… -masculló Hermione cerrando los ojos y tumbándose de nuevo en la cama dejando caer la cabeza pesadamente sobre la almohada-. Es un idiota.

Draco Malfoy se apoyó en la pared, junto a la puerta, fuera de la habitación y respiró profundamente mientras fruncía el ceño.

-Tiene un carácter difícil a veces, pero es una chica muy dulce.

El agente alzó la vista y se topó con el médico que había salido antes de la habitación. Observó como el hombre estiraba una mano y él la aceptó aún receloso; en su trabajo era mejor desconfiar de todo el mundo que terminar muerto en algún agujero por confiar demasiado en alguien.

-Neville Longbotton –se presentó el médico.

-Draco Malfoy –contestó el rubio-. ¿Siempre es así de encantadora? –preguntó con sarcasmo.

Neville ahogó una risa.

-Sí pero sólo cuando está enferma, los médicos somos los peores pacientes y ella es la peor de todos –Draco esbozó una media sonrisa dándole al médico la razón-. ¿Estará bien? –le preguntó Neville.

Draco asintió.

-Eso es lo que intentaremos –contestó sin dar demasiadas pistas ni mostrarse demasiado animado a continuar hablando. Neville lo notó enseguida.

-Será mejor que le lleve algo para comer –agitó la ensalada que llevaba en un recipiente de plástico cubierto-. Cuando come atiende a razón –añadió en cierto tono confidencial.

Draco frunció el ceño preguntándose qué relación mantendría la mujer de la cama con el médico; todo aquel que conociera a Hermione Granger acababa de pasar a formar parte de la lista de sospechosos.

-¡No voy a coger la baja! –se escuchó el grito de la mujer.

Draco hizo una mueca. Quizá también tuviera que ponerla a ella bajo sospecha…

(fin flashback)

Una mano la distrajo de sus pensamientos y la hicieron volverse con gran agilidad y rapidez. Malfoy no dijo nada, pero apartó su mano en un gesto rápido mientras enarcaba una ceja.

-Vamos, Potter quiere verte –dijo secamente.

Ella asintió sin saber qué decir, ¿qué podía decir, después de todo? De nuevo colocó su mano en el codo de ella y Hermione le miró.

-¿Cree que voy a escaparme? –preguntó.

-No, pero me enseñaron buenos modales para con las mujeres –se detuvo en una puerta y llamó fuertemente antes de abrirla, haciendo un gesto para que ella entrara primero-, por muy fuerte que éstas puedan llegar a gritar –terminó él la oración.

Hermione le miró y le hubiera dicho cuatro cosas bien dichas si no hubiera sido porque una voz masculina y muy varonil se escuchó en el despacho.

-La señorita Granger, supongo, soy el detective Harry Potter, siéntese, por favor ¿le apetece un café?

¿Todos los policías eran tan guapos como esos dos que estaban con ella? Porque aunque Malfoy fuera un completo idiota, tenía que admitir que seguía siendo condenadamente atractivo.

Y Harry Potter también. Era guapo. Era muy guapo. Moreno, de cabello desordenado pese al intento del gel fijador que llevaba, piel morena, constitución fibrosa y con los músculos necesarios en su lugar que se dejaban adivinar bajo la camisa blanca de botones que llevaba impecablemente limpia y planchada. Sus ojos verdes denotaban una tristeza apagada, como si quisiera olvidar algo que no podía hacer, como si quisiera olvidar algo que no quería olvidar, pero a pesar de ese tinte de tristeza, brillaban con fuerza tras unas gafas de montura redondas de pasta negra que le daban cierto aire intelectual que ella no dudaba que tuviera.

-¿Señorita? –insistió de nuevo la voz de Potter.

-No gracias –contestó ella sentándose finalmente en la silla frente a la mesa y cruzando las piernas con cuidado de que la herida quedase sobre la otra para no lastimarla más siendo consciente de que si miraba a Malfoy seguramente tendría un estúpida sonrisa en la boca por haberse puesto en evidencia.

-Malfoy, avisa a la unidad –ordenó Potter entonces.

-Te estás equivocando, Potter, no debería saber… -empezó a gruñir Draco.

-Si no sabe por qué necesita ser protegida no querrá ser protegida –se limitó a decir Potter con voz seca y cortante, tan normal en un jefe que quiere que le obedezcan sin cuestionar sus decisiones-. Es una orden directa, Malfoy –advirtió.

Hermione vio como los puños de Draco se tensaban alrededor de sus caderas, su cara sonrió sarcástica y un brillo de rabia apareció en sus ojos grises.

-Sí, señor –contestó saliendo del despacho dando un portazo.

Hermione miró a Harry y éste le sonrió.

-Discúlpele, a veces puede ser realmente insoportable… pero es el mejor en su campo.

Ella asintió.

-¿Piensan que yo maté a Amanda? –preguntó sin rodeos. Harry enarcó ambas cejas mientras la miraba a través de sus gafas.

-¿De dónde ha sacado esa conclusión?

La mujer se encogió de hombros y Harry suspiró.

-Malfoy, ¿cierto? –ella ni negó ni confirmó nada-. No creemos que usted matara a nadie, señorita Granger es más… Creemos que la muerte de Amanda sólo fue un error y que la que estaban buscando era a usted.

-Dios mío… -susurró la mujer volviéndose pálida de repente.

El detective sonrió comprensivo. Quizá no debería haberle dicho aquello de forma tan abrupta pero tenía que saberlo, y él no era un hombre que dijera las cosas a medias; nunca lo había sido y nunca iba a serlo… por más que conociera a aquella mujer. Harry carraspeó levemente un par de veces para volver a atraer la atención de la mujer.

-Harry –la voz de una joven muchacha se escuchó a través del intercomunicador-. Cho está aquí… otra vez –Hermione estuvo segura de que lo había dicho con pesadez-. Quiere discutir contigo acerca de las flores –dijo de nuevo la voz esperando contestación. Hermione tuvo que hacer un esfuerzo por no sonreír ante la voz burlona de aquella interlocutora anónima.

-Enseguida voy Lav –contestó él apretando un botón. Miró a Hermione-. ¿Me disculpa un minuto? Regreso enseguida.

-Oh, claro, no se preocupe por mí… -esperó a que Harry hubiera asentido sonriendo y se hubiera marchado del despacho para añadir algo más en voz baja y entre dientes-… total, sólo quieren matarme…

Suspiró y ladeó su cabeza en un intento por distraerse. Una ventana iluminaba el pequeño despacho y la persiana de un horrible gris metálico dejaba mucho que desear en contraste con el blanco de las paredes. En realidad esas eran las dos tonalidades que destacaban en el despacho de Potter, y el negro… salvo por el color rojizo de los marcos donde estaban colgados algunos diplomas y aquellos que enmarcaban diferentes fotografías sobre el escritorio del detective y sobre la estrecha estantería que había en el lugar. Frente a la estantería metálica llena de libros relacionados con lo que parecía ser derecho y abogacía, en la pared de enfrente, un gran archivador, negro, encima del cual se amontonaban varias carpetas marrones, verdes y rojas, dándole el único color al despacho. La luz del sol proyectaba una sombra alargada que se dibujaba sobre la superficie plana del escritorio lleno de papeles, documentos, lacres y un par de bolígrafos; su curiosidad la hizo darse la vuelta y contemplar la pequeña maceta que estaba sobre una mesita auxiliar, frente a la ventana cerrada parcialmente, disfrutando del sol y el viento agradable.

Su pierna empezaba a molestarla y el hombro también, así que se puso de pie con l idea de desentumecer los músculos y caminó los cuatro pasos que la separaban de la ventana y de la silla donde había estado sentada. Una pequeña maceta, más bien una jardinera de arcilla con elegantes y exquisitos detalles hechos en relieve, dejaba ver un surtido de pensamientos de colores violetas, anaranjados, rosados y amarillos, mezclados entre sí, a cada cual, más perfecto que el otro, a cada cuál más hermoso que el anterior.

Adoraba esa planta… le recordaba a su padre… no quiso ceder a la tentación de no hacerlo y estiró su mano para acariciar uno de los pétalos blancos y lilas y sonrió al notar la suavidad con las yemas de los dedos… perfectos… sólo había una flor capaz de superar al pensamiento… la rosa blanca…

-Potter, la unidad est… ¿qué está haciendo?

Hermione, que había dado un salto repentino al escuchar cómo se había abierto la puerta, escondió las manos detrás de la espalda mientras se giraba hacia Malfoy, como si fuera una niña que había sido pillada haciendo algo indebido y a la que estuvieran a punto de castigar. Se dio cuenta de lo absurdo de la situación cuando Malfoy la miró pidiendo una explicación.

-Potter no está –dijo simplemente-. Ha ido a atender a una tal… ¿Cho? –preguntó no demasiado segura.

Draco frunció el ceño y Hermione estaba segura de que eso no le había hecho demasiada gracia al rubio.

-No importa –declaró-. Vamos, viene conmigo –informó Draco haciendo un gesto con la cabeza aún con la puerta abierta.

-Potter me ha dicho que…

-Sí, lo sé, pero cuando está con Chang parece que lo absorbe un agujero negro –contestó con cierta amargura-. Harry sabrá donde estás cuando regrese y vea que su despacho está vacío además –añadió cuando ella se puso de pie-, no creo que le guste que alguien esté fisgando su despacho.

-¡No he hecho tal cosa! –protestó ella-¡No sé quién diablos cree que soy pero definitivamente no soy del tipo de mujer que va entrometiéndose donde no la llaman!

-Claro, por eso quieren matarla –contestó él con sorna pese a que sabía que aquello no era cierto.

Hermione se puso lívida pero no dijo nada. El policía se dio cuenta de que no debería haber dicho eso y se maldijo por dentro.

-Lo siento, no quería… ¿está bien?

Hermione carraspeó, alzó el mentón y lo miró a los ojos sintiendo que en cualquier momento podría ponerse a llorar o a gritar o a volverse loca… o quizá las tres cosas juntas, aún no estaba muy segura.

-Perfectamente –contestó con toda la seguridad y la arrogancia que pudo poner en sus palabras.

Malfoy enarcó una ceja pero no dijo nada. Sí, el apellido Granger era perfecto para esa mujer.

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Cuando Bellatrix entró en el despacho de su jefe, el conocido olor a tabaco y coñac inundó sus fosas nasales. Era una estancia amplia, grande, oscura, llena de ostentaciones que eran completamente innecesarias pero que allí estaban, demostrando el gran poder adquisitivo que él tenía y el que podía ofrecer a sus empleados. Por eso las mantenía en el despacho, o eso pensaba Bella.

Le gustaba que todo aquel que fuera a pedirle ayuda o todo aquel que fuera a pedirle trabajo, pudiera ver de qué ambiente se rodeaba, eso lo dejaba en una posición favorable; por una parte, podían ver lo poderoso que era, por otra, podían presentir lo poderosos que ellos podían llegar a ser si le obedecían fielmente y no intentaban engañarle.

Torció el gesto. Aaron había intentado engañarle. Aaron estaba en aquellos momentos viendo crecer la hierba sobre su estómago en un remoto paraje de las costas de Londres. Todo el mundo sabía que nadie podía engañar, ni siquiera pretender hacerlo, a Tom Riddle, conocido en los círculos por los que se movía y nombrado por aquellos que gozaban con su protección, bajo el seudónimo de Voldemort.

-¿Y bien?

No lo había visto y se giró asustada al tiempo que sacaba la pistola de la parte trasera del pantalón, relajando su ceño al ver que era su jefe el que la había sobresaltado, sentado como estaba en el rincón de detrás de la puerta, ataviado con su traje caro de Armani, acomodado en aquella butaca con orejas de terciopelo verde, con una copa de coñac en la mano que la movía para ver el color del líquido a través de la única luz de la habitación encendida, la barroca lámpara que estaba sobre la mesa, junto a un cenicero plateado que sujetaba un cigarrillo aún a medio consumir.

-Buenos reflejos –alabó el hombre.

Bella gruñó algo, guardó el arma de nuevo y esperó a que él le diera permiso para hablar. Voldemort se tomó su tiempo.

Contempló a la mujer rubia que tenía delante de él… ¡pensar que la había conocido cuando sólo era una chiquilla que lo admiraba! Se había convertido en una agradable visión a los ojos de cualquier hombre… esbelta, inteligente, de cabello rubio y ojos azules, piel tersa, despiadada, cruel y letal. Lástima que fuera tan ambiciosa… Él no podía confiar plenamente en quien sólo pensaba en el dinero; le gustaba ese tipo de gente, desde luego, pero no confiaba en ellos… de hecho, no confiaba en nadie salvo en su fiel mascota, una enorme anaconda con la que parecía tener una extraña relación hasta el punto de que alguno de sus empleados, cuchicheaban murmurando que a veces él siseaba para que la serpiente le entendiera. Él dejaba que siguiesen hablando… hablar con una serpiente lo volvía más peligroso a los ojos de sus enemigos… y también a los de sus subordinados.

-Crabbe ha muerto –dijo la mujer-. Hemos intentado salvarle pero perdió mucha sangre después de que le dispararan; la bala entró desde la espalda, y no salió; se alojó en el riñón y se desangró por dentro. No hemos podido evitarlo –dijo con el ceño fruncido.

Riddle enarcó una ceja; tomó un sorbo de su copa mientras observaba más fijamente y con más detenimiento las ropas manchadas de sangre de Bella y sonrió a medias, con la arrogancia y la total falta de sensibilidad que tanto le caracterizaba.

-Es una lástima –dijo con falsa pena-. Era un idiota, pero servía para realizar los trabajos sucios. Avisa a Goyle –indicó encogiéndose de hombros-. Acaba de ascender.

Bella se estremeció al pensar que Goyle podía correr la misma suerte que Crabbe. De acuerdo, ninguno de los dos era demasiado inteligente y si permanecían en el negocio era por su gran tamaño que intimidaba a cualquiera; por eso Tom siempre se encargaba de que uno de los dos, a veces incluso ambos, estuvieran siempre a su lado.

-Encontrad a la chica –ordenó entonces mirando a la mujer-. La quiero viva, ¿entendido?

-Sí, Señor.

Hizo un gesto con la mano, y consciente de que la conversación se había terminado, Bella salió del despacho con la misma diligencia con la que había entrado. No se lo había ordenado pero el mensaje había sido claro; a partir de aquel momento ella estaba al mando de grupo de asalto; debía encontrar a Hermione Granger y llevarla con Voldemort antes de que a Voldemort se le acabara la paciencia y decidiera que alguien más… calificado… debía ocupar su puesto. Frunció el ceño. Jamás iba a consentir eso.

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Hermione empezaba a saber qué sentían exactamente los animales del zoológico cuando todo el mundo les miraba fijamente, cuchicheando entre ellos o, en el mejor de los casos, lanzándole miradas furtivas y ceñudas. Apretó su bolso contra su cuerpo, dando gracias a que lo llevaba porque si no, no habría sabido donde poner las manos para no parecer nerviosa, porque no estaba nerviosa… estaba histérica. En esa habitación habían más de cuatro personas que la miraban y todas y cada una de esas miradas eran diferentes; algo que la volvía loca. No soportaba no saber qué pensaban los demás de ella; desde luego que le daba igual lo que pensaran de ella, pero quería saber qué pensaban. Le daba igual si alguien pensaba que su cabello era horrible, que sus ojos eran pequeños o que sus caderas eran demasiado anchas, pero quería que la miraran y le dijeran que su cabello era horrible, sus ojos pequeños y sus caderas anchas. Las cosas directas era su lema, algo que había cumplido siempre aunque, recordó arrugando el ceño, no era alo que siempre saliese bien.

Sabía que Malfoy la odiaba, bueno, era algo que saltaba a la vista, pero no esperaba que, después de conducirla hacia el pasillo de la derecha, abriendo la puerta, la dejase allí en medio de la sala, con todos los ojos fijos en ella mientras volvía a salir musitando un leve "voy a buscar a Potter" que se ganó más de una mirada recelosa aunque ella no sabía por qué.

Era una sala grande, con las paredes recubiertas de blanco donde colgaban varios mapas de diferentes continentes y ciudades tanto de Inglaterra como del resto del mundo. El suelo de caoba contrastaba con la madera más clara de la gran mesa rectangular que ocupaba la mayor parte de la sala iluminada por cuatro grandes ventanales cubiertos por cortinas de terciopelo rojo y visillos blancos, demostrando claramente, la influencia de la única presencia femenina que parecía haber en la sala.

Cerca de la chimenea, al fondo de la sala, en el rincón izquierdo, la única mujer, pelirroja y de esbelta figura, estaba intentando, desde donde estaba ella, colocar un vendaje alrededor del torso desnudo de un hombre fuerte y robusto, con el cabello tan rojo como el de ella, indicando que entre ellos había algún parentesco, quizá primos; cerca de ellos, otra figura los miraba apoyado contra la pared.

A su derecha, cerca de la puerta, una gran estantería repleta de libros y a su lado varios archivadores que Hermione estaba segura, estarían llenos de documentos. Dos hombres levantaron la vista de la partida de ajedrez que estaban jugando y la miraron, el más alto de ellos, con el cabello casi rubio y gesto cansado en el rostro, ceñudo; el otro, moreno y de ojos azules grisáceos, sonriendo divertido.

-Genial… ahora tendremos que hacer de niñeros… -bufó uno de los hombres distrayéndola de su inspección al lugar. Era el único que estaba sentado en la mesa, parecía estar revisando algunos papeles y documentos y su gesto fruncido indicaba que no le gustaba demasiado hacer aquello.

-Discúlpale, pasa tanto tiempo con sus juguetes que olvida lo que es la hospitalidad –intervino el hombre moreno adelantándose y rodeando un par de butacas. Estiró la mano hacia ella-. Sirius Black, ¿señorita…

-Granger –contestó la fría voz de Malfoy detrás de ella.

Hermione se obligó a no moverse pese a que tenía que reconocer que se había asustado, aunque claro, eso era algo que no tenía que saber todo el mundo ¿cierto?

-¿Ha dicho Granger? –la figura que estaba junto a los pelirrojos la miró fijamente con los ojos negros brillando con… ¿admiración? Hermione sacudió la cabeza, era imposible que alguien la mirara así sin conocerla de nada y aún conociéndola, ¿por qué iba nadie a admirarla?

-Tiene sus mismos ojos… -murmuró entonces el hombre que estaba junto a Black entrecerrando los suyos como si de aquella manera pudiera verla mejor, lo cual era una tontería.

Hermione se removió inquieta y Black debió notarlo porque carraspeó llamando su atención, sabiendo que, debido a la incomodidad de la mujer, ésta se aferraría en aquel momento a un clavo ardiendo si fuera lo que necesitaba para que dejaran de examinarla con la mirada.

-Un placer –dijo Sirius tomándole una mano y besándosela como un auténtico caballero provocando que el hombre de la mesa soltara un bufido.

-Siéntese –ordenó más que pidió Malfoy colocando una silla al lado de ella-. Potter viene ahora –comentó sin dirigirse a nadie pero sabiendo que todos le habían escuchado.

-Él es Remus Lupin –le presentó al rubio-, el amargado que está en la mesa es Severus Snape…

-Sirius… -comentó con aire cansado Lupin como si los comentarios hirientes y sarcásticos entre aquel hombre vestido de riguroso negro y el moreno sonriente fueran algo habitual.

-… Y aquellos del fondo son Ginny y Ron Weasley –Hermione chasqueó la lengua, se había equivocado al pensar que eran primos, eran hermanos-, y el que está…

-¿Estamos todos? -Sirius se vio interrumpido con la llegada de Potter-. Siéntese señorita Granger, por favor. No ha tomado el café, ¿quiere que le traigan uno ahora? –preguntó cortés.

-Si piensas decirle lo que creo, Potter, necesitará más que un café un coñac fuerte –comentó Snape sin levantar la vista de sus documentos. Miró hacia el rincón-. ¿No podías haber utilizado otra cosa, Blaise? –preguntó. Hermione vio como el moreno se encogía de hombros-. Diablos… Voy a tener que hacer magia para tapar esto… -añadió con el ceño fruncido.

-No voy a sentarme hasta que no sepa qué pasa aquí, quiénes son ustedes y qué hago yo aquí y además, ¿quién mató a Amanda y porqué quieren matarme a mí también? –dijo ella resuelta.

Sirius soltó una carcajada y Remus le miró reprendiéndole.

-Tiene el mismo genio que tú, zanahoria –dijo el hombre que se llamaba Blaise mirando a la chica pelirroja.

-Cállate Zabinni –le contestó ella-, la otra noche no te quejabas de mi genio.

-Por favor… delante de mí no… voy a vomitar –dijo con ironía Malfoy.

-Le voy a contar todo lo que sé, señorita Granger, por favor, siéntese –volvió a ofrecer Harry.

-Llámeme Hermione, creo que somos de la misma edad –comentó ella distraída-. Pero no pienso sentarme.

Harry suspiró.

-Está bien… Como quieras… -dijo empezando a tutelarla -. Llámame Harry –añadió con una media sonrisa.

-¿Se lo vas a contar así? –preguntó Blaise mirando a Harry. El moreno lo fulminó con la mirada-. Bueno, deberías anestesiarla o algo…

-O asegurarnos de que no va a decir nada –comentó Snape con frialdad.

-Voto por eso –aseguró Malfoy. Hermione le miró fulminante pero él le sonrió socarrón.

-Es justo que lo sepa, necesitamos que lo sepa –añadió Harry.

-¿Has hablado con Dumbledore de esto?

Harry asintió en dirección a Ron.

-Hablará con ella después, cuando la pongamos al corriente de todo.

-¿De todo? –la mujer pelirroja enarcó una ceja remarcando el "todo" y Harry asintió.

-No quiero ningún cabo suelto –añadió resuelto-. Hermione, por favor, toma asiento.

Antes de que Hermione repitiera de nuevo que no iba a sentarse hasta que no supiera de qué iba todo aquello, la suave y tranquila voz de Remus Lupin intervino.

-Pues yo creo que no deberíamos meterla en esto –sentenció Remus frunciendo el ceño. Al ver la mirada airada de la joven mujer, sonrió alentador-, no es nada personal, señorita Granger, pero cuanto menos sepa menos podrá decir si alguien…

-¿Me atrapa? –preguntó ella sarcástica-. Pues lamento decirle que si alguien más intenta matarme como ayer, no creo que se paren a preguntarme qué es lo que sé, ¿no cree? –preguntó con sorna y elegante ironía.

Malfoy esbozó una sonrisa. Tenía que admitir que tenía agallas.

-Ella ya está metida en esto Remus –intervino Sirius de forma conciliadora-. Estoy con Harry, debería saberlo.

-Gracias Sirius –agradeció Harry sinceramente. Remus frunció aún más el ceño y el joven policía suspiró-. Remus, voy a decírselo, te guste la idea o no, está en peligro y tiene que ser consciente de ello para poder protegerse y dejar que la protejan… Pero me sentiría mucho mejor si contara con el apoyo de uno de los mejores expertos en información.

Remus enarcó una ceja. Harry le sostuvo la mirada y Sirius sonrió, conociéndoles demasiado para no saber que ambos se estaban estudiando mutuamente. Draco resopló por debajo de la nariz y Snape se dedicó a rellenar unos informes mientras la joven mujer pelirroja intentaba sujetar el vendaje del pelirrojo sin demasiado resultado.

Hermione rodó los ojos. Dejó su bolso sobre la mesa, ignorando la mirada fulminante y malhumorada de Snape que decidió que era mejor fingir que creía que ella no se había dado cuenta, después de todo, quizá no se hubiera dado cuenta de verdad. Caminó hacia el rincón de la sala donde el pelirrojo seguía malhumorado y una ceñuda pelirroja intentaba apretar la venda alrededor de su torso mientras que un divertido hombre vestido impecablemente los miraba riendo suavemente.

-¿Puedo intentarlo? –se ofreció Hermione. Antes de que la pelirroja dijera nada, el hombre interrumpió.

-¡Por favor! –casi suplicó-. ¡Quizá así pueda estar para la hora de la cena… -miró a la chica-… del próximo año!

-¡Ronald Weasley! –le gritó la pelirroja.

El hombre de negro rió más divertido aún y su sonrisa no se apagó pese a la mirada fulminante de la pelirroja al tiempo que la azul del pelirrojo también lo mataba. Se encogió de hombros, quizá demasiado acostumbrado a recibir sendas miradas.

-Vamos, es cierto, Weasley –le dijo mirando a la mujer pelirroja-. Eres una gran espía, pero eres pésima como enfermera –le dijo remarcando lo obvio.

-No decías eso cuando te curé después de la última misión –le recordó ella-. Y por si lo has olvidado, tenías una herida bastante fea en el brazo –dijo mientras le daba golpecitos en el brazo derecho como si quisiera o hiciera falta que lo remarcara.

Pero el policía no se dejó amedrentar y le sonrió con cinismo.

-Eso es porque eras la única que podía hacerlo en aquellos momentos.

-Blaise, es suficiente –dijo Malfoy con voz neutra como siempre.

Hermione desvió su atención un segundo de la herida del pelirrojo hacia aquel al que habían llamado Blaise y pese a que vio el brillo burlón en sus ojos cuando miró a la pelirroja, no dijo nada más; se limitó a encogerse de hombros antes de ir a sentarse cerca de Snape quien, sin decir una palabra, le pasó un montón de carpetas marrones que el moreno empezó a leer con rapidez.

-Es una costilla rota –informó Hermione sujetándole la venda bien tirante pero laxa para que pudiera respirar-. Debería ir a un hospital –dijo en voz alta sin dirigirse a nadie en concreto. No se sorprendió cuando nuevamente, Malfoy le habló a ella. Potter parecía estar ocupado discutiendo algo con Remus y Sirius.

-Sí, claro… no creo que sea buena idea –dijo el rubio-. Sales a una misión mañana, ¿crees que puedes hacerlo?

-Por supuesto –contestó el pelirrojo inmediatamente.

-¡Tiene una costilla rota! Posiblemente no pueda siquiera sentarse sin ayuda, no puede ir a ningún sitio a menos que sea a un hospital –dijo Hermione desafiando a Malfoy.

-Sí, claro… "disculpe, pertenezco a un grupo secreto del FBI y la CIA y en una misión contra unos narcotraficantes de Asia tuve que saltar desde un tercer piso con la mala suerte de que el enganche de mi arnés se rompió y me caí rompiéndome una costilla, pero no se lo puede decir a nadie, ¿de acuerdo?" –ironizó el hombre.

-¿Grupo secreto? –preguntó Hermione.

El silencio se hizo de nuevo en la sala. Ron enrojeció.

-Bien hecho, Weasley –reprendió Snape mientras negaba con la cabeza.

-No sabía que podía llegar a ser tan idiota… -murmuró Gin.

Blaise sonrió a medias mientras la mujer pelirroja se llevaba una mano a la cabeza y murmuraba algo acerca de estar segura que no compartían ningún gen pese a ser hermanos.

-Bueno, parece que ahora sí debe enterarse de todo –dijo Sirius mirando a Potter y a Lupin que habían dejado de discutir para mirar a Hermione.

Draco bufó. Atravesó la estancia en milésimas de segundos y en apenas cinco zancadas, tomó a la mujer del brazo y la obligó de forma suave pero firme a sentarse en la silla mientras empezaba a hablar antes de que ella pudiera pensar siquiera en protestar.

-Pertenecemos a un grupo secreto del gobierno y nos encargamos de grandes cosas como narcotraficantes, terroristas y espionaje contra los grandes países como EE.UU o la antigua Rusia. Su padre, Jack Granger pertenecía a este grupo –Hermione abrió los ojos incrédula-. Tenemos motivos para pensar que su muerte hace diez años no fue accidental y que la persona que lo mató quiere matarla ahora a usted porque sabe algo o conoce algo acerca de la investigación que su padre estaba llevando a cabo, Amanda era una de las nuestras y murió protegiéndola a usted. No se detendrán hasta matarla así que a partir de ahora queda bajo nuestra protección –Snape gruñó algo pero Draco lo ignoró-. Le guste o no la idea –terminó de decir con sus ojos grises clavados en ella.

-¡Malfoy! –gritó Potter.

Lejos de parecer arrepentido, el hombre rubio se estiró en toda su altura y miró a Harry a través de la sala, se encogió de hombros y caminó tranquilo hasta el otro extremo de la mesa, donde se sentó de manera informal sobre la esquina del mueble al tiempo que tomaba algunas carpetas del montón que había frente a Snape, ignorando a Potter que parecía furioso.

Hermione carraspeó.

-Creo que ahora sí tomaría ese coñac… -murmuró la mujer.

La atención de los hombres volvió a recaer sobre ella. Harry asintió y antes de que dijera nada, Sirius había salido solícito. Iba a ser una larga reunión. Traería bebida para todos.

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Bueno, se acabó por hoy!! Qué tal??

Espero vuestros comentarios, dudas y sugerencias, ok?

Un besito para todos y sed felices!!

Nos leemos pronto:D