Hola a todo el mundo, creo que hoy voy a saltarme la parrafada de siempre más que nada, porque entro a clase de literatura comparada en la Europa de 1980 dentro de dos minutos. Pero no podía dejar de agradecer sus comentarios a:

Yomisma, noiraaa, harrymaniatica, Sweetangel-M, pekelittrell, Belin03, LadyAkatsuki, Sami-Maraurder gril, Manuel, Luna duSoleil, unkatahe, Victoria Malfoy, consue, margara, lora chang, Dannia, oromalfoy, PauMalfoy, mari, DonGato, Duciell, Pixie tinkerbell, Klass208, TerryMoon, Alevivancov

Y ahora, adelante, disfrutad del capítulo que espero sea de vuestro agrado. Nos leemos abajo!!

Capítulo 3. No sabes nada de mi vida

Sirius tomó un sorbo del café mientras digería las dos aspirinas. Apartó la taza de sus labios en cuanto notó el sabor salado del líquido amargo. No había nada mejor que una taza de café con sal y dos aspirinas para curar la resaca, lo sabía, pero también sabía que nada podría curar el sentimiento de culpa que tenía en aquellos momentos.

Escuchó cómo la puerta del apartamento se abría y cerró los ojos cuando escuchó la puerta cerrarse con suavidad aunque a él le pareció que era un verdadero estruendo. El sonido de una bolsa de plástico agitada frente a él hizo que abriera los ojos a tiempo de ver como Remus dejaba la bolsa sobre la mesa y se sentaba a su lado tomando una taza de la encimera al mismo tiempo. Sirius le miró.

-Te aliviará el dolor de cabeza –le explicó Remus sirviéndose café de la cafetera negra que había sobre la mesa-. He visto a Harry cuando subía –le informó-. Nos quiere en casa de Granger en veinte minutos, así que espabílate, tenemos que buscar pistas antes de ir a casa.

Sirius le miró fijamente y gruñó una disculpa.

-Eres idiota –dijo entonces Lupin. Sirius le miró-. La próxima vez que quieras emborracharte, dímelo, atracaremos el primer supermercado si quieres y beberé café aquí contigo mientras bebes alcohol hasta que vomites o te desmayes… lo que suceda antes –bromeó-, pero no vuelvas a desaparecer así, ¿entendido? Y por cierto, le debes una disculpa a Blaise.

-¿Le hice algo?

-Un golpe en el ojo –comentó Remus-. Nada serio. Pero deberías disculparte igualmente.

Sirius asintió mientras se tomaba una de las tabletas que había sacado de la bolsa que Remus le había dejado frente a la mesa y la tragaba con un poco de café.

-¿Te lo ha contado Harry?

Remus negó.

-Deberías saber que Harry no me cuenta nada de lo que te ocurre –le miró de forma reprobatoria-, piensa que es mejor que lo hagas tú mismo. ¿Qué ocurre, Paddy?

Paddy. Sirius sonrió. Parecía hacía siglos que no escuchaba a nadie llamarle con aquella suavidad y camadería y mucho menos de aquella forma, utilizando aquel sobrenombre.

La primera vez que James Potter lo había llamado así, tenían que tener ¿qué? unos doce años, seguramente… más o menos… Tenía que ver un documental de animales para hacer una redacción de literatura para el colegio y a James le había faltado tiempo para invitar a sus amigos a su casa diciendo que estaría solo. Después de que cuatro críos hubieran vaciado la nevera, se hubiesen hartado de chocolate y hubiesen estado trasteando el armario de las golosinas sin dejar de comentar quién tenía el mejor trasero femenino de todo el colegio o a quién era más placentero besar, Remus, Peter, James y él se habían sentado a ver el vídeo.

Casi se había atragantado con las palomitas cuando había escuchado en el vídeo aludir a los celos de los ciervos en época de apareamiento y a sus continuas luchas de cornamenta y había tardado poco tiempo en alegar que eso mismo era lo que James hacía con Lily Evans, una preciosa pelirroja de ojos verdes, cuando veía a otro chico rondándola. El apodo de Prongs había salido de sus labios de forma natural haciendo reír a los tres chicos salvo al mencionado que había fruncido el ceño.

Entonces había sido cuando James había mencionado aquello. Aquel nombre. Padfoot. Había entrecerrado los ojos y por un segundo estaba seguro de que a su casi hermano se le había pasado por la mente la idea de huir antes de que él mismo lo matara por compararlo con un enorme perro de peluche achuchable. En lugar de eso, había soltado tal carcajada que había sorprendido a James que se atrevió incluso a llamarlo Paddy en tono amistoso. Pequeños y escurridizos. Igual que los ratones. Así era Peter. Así había sido siempre. Un buen amigo cuando era necesario, pero valoraba demasiado su propio instinto de supervivencia para pensar en salvar a cualquier otro. Al ver a aquellos animales en la televisión ninguno de los tres niños había dudado en llamarlo Wormtail.

El nombre de Remus había sido más difícil de encontrar. Era tan inteligente como un águila y tan fuerte como un tigre, tan sensato como un oso y tan rápido como un guepardo… pero había sonreído al darse cuenta de que sus amigos no eran capaces de encontrar un nombre para él y eso era lo que había hecho que Sirius sonriera de manera felina. Remus era tan enigmático como la luna… Moony.

Nadie sabía la historia de aquellos sobrenombres y todo el mundo había sido lo bastante sensato para saber que nadie podía llamarlos de aquella forma salvo ellos mismos.

Miró a Remus. Hacía mucho que no lo llamaba así… exactamente desde que aquella noche James y Lily habían muerto… y más tarde, cuando él estuvo en la cárcel hasta que Remus había atrapado a Peter… todo se había deteriorado demasiado para volver a utilizar unos nombres que le recodaban constantemente la felicidad que había sentido una vez…

Pero la mirada de Remus era sincera y dulce. Comprensiva. Él siempre había sido el comprensivo. Si necesitabas una palabra amiga, podías ir a verle y si necesitabas que alguien te diera un sermón sobre algo que habías hecho mal, también podías ir a verle… él siempre estaba allí para escucharte y para aconsejarte.

Era todo lo que quedaba de su pasado… Por eso estaba tan unido a él. Por eso a veces, era el único que podía comprenderle aunque tenía que admitir que Harry cumplía su papel de hijo adoptivo muy bien. Tan bien, que a veces creía que era James con quien hablaba y no con su ahijado. Suspiró.

Remus no iba a detenerse hasta que él se lo contara, lo sabía. Conocía aquella mirada determinante.

-Regulus la mató –dijo sin preámbulos-. Sabía que había sido él, Remus –confesó con un susurro frustrado-. Sabía que había sido Regulus… lo sentía… lo presentía… Pero aún albergaba la esperanza de que no fuera así… de que mi hermano menor siguiese siendo un cabrón insufrible que se dedica a conseguir chicas para los clubes de prostitución de la zona pero quería creer que no era un asesino… -respiró pausadamente antes de decir algo más-… quería creer que él era incapaz de matar a mi madre.

-Odiabas a tu madre –le recordó Remus.

-Y aún la odio. Aunque no es bueno odiar a los muertos y menos criticarles porque no pueden defenderse –añadió al ver la mirada del hombre que compartía la taza de café con él.

-Tampoco es bueno odiar a los vivos –le miró fijamente-. Mucho menos a uno mismo.

Por toda respuesta, Sirius terminó de beber su café y se puso en pie, tomando la chaqueta de cuero que colgaba de la silla de la cocina-. Vamos. Tenemos relevo en diez minutos.

Remus suspiró derrotado. Cuando Sirius Black se cerraba, era imposible intentar abrir esa puerta. Él lo sabía mejor que nadie. Se levantó de la mesa y salió de la casa siguiendo a Sirius. Dejaría que fuera él quien abriese la puerta de ese muro… después de todo, sólo Sirius podía hacerlo.

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Nadie en su sano juicio entraba nunca en el despacho de Severus Snape si la puerta estaba cerrada. El último que lo había hecho había salido tan blanco y pálido que Harry había tenido que darle un par de días de vacaciones después de asegurarle que Snape no iba a tomarlo como blanco para sus prácticas con los nuevos juguetes que habían llegado a la división especial. Eso había sido hacía dos años y al pobre policía, aún le duraba la advertencia de Snape.

Pero por supuesto, Malfoy no le tenía miedo. No sólo sabía de qué pie cojeaba Severus y cómo tratarlo, sino que además, Severus era su padrino y lo conocía tan bien como hubiese deseado conocer a su padre… si es que a aquel maldito monstruo que había visto una vez, podía llamarse padre.

Entró después de dar un leve toque a la puerta, viendo, divertido y exasperado, como los agentes que estaban por allí contenían el aliento mientras veían como se metía en el despacho del espía más famoso de la unidad. Ni siquiera había esperado una respuesta.

Severus no le miró. Sabía que se trataba de Draco. Nadie más que él o Potter se atreverían a entrar en su despacho de aquella forma… su pensamiento se distrajo un segundo mientras pensaba que quizá Blaise o Nott también lo hicieran.

Ignoró la presencia de Draco deliberadamente aunque lo notaba perfectamente dando una ligera vuelta por el despacho, como si nunca hubiera estado allí cuando era el que más tiempo pasaba. Sintió como se recostaba contra una de las paredes, cruzando los brazos a la altura del pecho, adoptando aquella posición intimidante y segura que él mismo le había enseñado hacía tiempo y que podía, junto con una de sus miradas, petrificar a cualquiera que se atreviese a mirarle.

Draco conocía aquel juego. Lo había jugado muchas veces. Él quería preguntar algo y se tomaba su tiempo para pensar cómo preguntarlo; Severus esperaría hasta que él preguntara. Era curioso como su padrino podía hacerle hablar a veces sin siquiera decir nada; una cualidad que no había apreciado de pequeño pero que con el paso del tiempo se había convertido en un rasgo que admiraba sinceramente. Carraspeó y vio como Severus esperaba a que él dijera algo.

-¿Conocías mucho a su padre?

Severus levantó su mirada del informe que estaba estudiando, suspiró cansado, terminó de leer algo y dejó el informe sobre la mesa. Cruzó los brazos sobre la mesa adoptando una postura relajada que sólo se permitía cuando estaba a solas con su ahijado Severus y le miró fijamente.

-¿Qué quieres saber, Draco? –le preguntó.

El rubio sonrió.

Siempre era igual. No había nada de él que se le escapase a Severus Snape. Al hombre le bastaba mirarle una vez para saber qué le ocurría. Quizá eso era parte del motivo por el que Draco apenas hablaba con nadie que no fuera él o Blaise y aún así, hablaban casi siempre del trabajo.

Ninguno de los dos era demasiado dado a hablar. Severus por su condición de espía había aprendido a mantener la boca cerrada pero todo el mundo sabía que dos minutos con él eran más que suficientes para que el ángel negro, como lo llamaban algunos de los agentes de la unidad, descubriera los puntos débiles y además, el modo de atacarlos. Y Draco…

La historia de Malfoy era otra completamente diferente. No le gustaba hablar. Simplemente. Hablar le traía recuerdos… Recuerdos que no estaba dispuesto a dejar entrar en su vida de nuevo. No más.

-No me lo trago –dijo él sinceramente. Severus le miró-. Tiene que saber algo más del asunto. Dice que no sabe nada pero tampoco quiere hablar de ello –frunció el ceño-. Tiene que haber algo que sepa y no nos quiere decir –lanzó una mirada al hombre aún sin estar demasiado seguro de cómo le iba a sentar su padrino la siguiente pregunta-, ¿crees que está metida en esto?

Si Severus Snape fuera alguien que deja entrever sus pensamientos o sentimientos, en aquellos momentos, ni siquiera él estaba seguro qué habría visto Draco; si un hombre sorprendido por semejante o pregunta o enfadado por la misma.

-¿A qué viene eso? –preguntó en tono seco.

Draco se encogió de hombros.

Por unos momentos se planteó decirle lo que había ocurrido. El derrumbamiento de la perfecta señorita Granger que había mostrado una gran fortaleza ante ellos y que había acabado llorando en cuanto había tenido la oportunidad como si se sintiera culpable de la muerte de Amanda de alguna forma incomprensible.

Pero sólo fue unos momentos.

Porque inmediatamente se dio cuenta de que si le contaba eso, Snape le miraría con su cara de "yo lo sé todo" y él acabaría contándole que la había abrazado y la había consolado. Cosa que lo pondría en un serio aprieto, no sólo porque él nunca consolaba a nadie ni tampoco abrazaba sino porque tendría que admitir que si no lo había dicho antes y había pensado que la mujer era culpable de algo, había sido sólo y únicamente para distraer la atención de que Severus le preguntara qué había sentido cuando había estado tan cerca de aquella mujer. Y eso era algo que Draco no iba a contestar, no porque no estuviera dispuesto a ello, que también, si no, principalmente, porque no sabía qué contestar.

-¿Y bien? –insistió Snape.

Draco supo que no podía decírselo. Y mucho menos cuando ni siquiera él sabía qué podía decirle.

-Olvídalo –dijo apartándose de la pared-. Voy a revisar los últimos informes de Nott, quizá encuentre algo que haya pasado por alto.

-No –dijo Severus antes de que Draco saliese de su despacho-. -Escúchame Draco. Conocí a Anthony Granger desde el primer momento en que entré a trabajar aquí. Era un hombre decente que tenía todo el día el nombre de su familia en la boca y por encima de todo, el de su hija mayor –esperó a que Draco asimilara aquellas palabras-. Puede que no le dijera la verdad a su familia y puede que fuera lo mejor para protegerlas, pero te aseguro que crió a su hija como si fuera él mismo. Una copia de rectitud, responsabilidad y sinceridad. Hermione Granger no está metida en nada de esto Draco. Sé cuando alguien miente y creía que tú también. Así que a menos que haya algo que puedas decirme para que pueda creer que Granger tiene algo que ver en su propio intento de asesinato –dijo con premeditado tono de ironía y cinismo-, pensaré que hay algo que no te deja pensar con demasiada claridad.

Draco le miró sin dejar entrever sus emociones y se encogió de hombros, indiferente.

-No sé de qué me estás hablando.

Snape clavó sus ojos negros en los grises de Draco. Tan parecido a su padre y al mismo tiempo tan diferente que daba miedo. Le hubiera gustado poder amenazarle, erguirse en toda su estatura como cuando hacía siendo Draco un niño, y decirle que él era quien mandaba y que él debía obedecer. Pero no podía hacerlo, aparte de porque Draco era una cabeza más alto que él y pesaba unos diez kilos más, además de ser más joven y ágil, porque sabía que no era un niño y que tenía que aprender a equivocarse o a acertar en sus propias decisiones.

-No vuelvas a entrar sin llamar –dijo entonces apartando la mirada.

Draco salió del despacho. Él nunca llamaba. No iba a cambiar ahora.

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Si había algo que Hermione Granger no soportara era estar encerrada y sin hacer nada. Quizá otro tipo de mujeres se sintieran bien siendo ociosas todo el tiempo, mujeres como su hermana o su madre las que por cierto, ni siquiera habían llamado para preguntarle como estaban después de que Neville afirmara que él mismo las había avisado de su accidente e intento de asesinato; pero ella no se sentía bien estando sentada todo el día leyendo libro, no que le disgustara realmente, pero necesitaba más. Suspiró profundamente y movió el brazo incómoda, los calmantes hacían su efecto pero el último hacía más de nueve horas que se lo había tomado y necesitaba otro con urgencia si no quería acabar volviéndose loca del dolor.

Miró a su alrededor. Draco Malfoy la había escoltado el día anterior, después de su pequeño derrumbe del que ninguno de los dos había dicho nada al respecto, a aquella pequeña casa en un barrio céntrico de Londres, cerca, curiosamente, del hospital de prestigio en el que había estado trabajando nada más salir de la Universidad y que había dejado para trabajar en San Mungo en el área de pediatría.

Era una casa sencilla, amplia, una cocina, un salón y una gran biblioteca que la había hecho abrir los ojos con deleite al contemplar la cantidad de libros que habían allí. Unas escaleras conducían al piso superior donde habían tres habitaciones y un cuarto de baño, igual de grande que el del piso inferior, pero con la diferencia de tener además de la ducha, una gran bañera que hacía rincón y a la que se accedía bajando unos pequeños escalones. Toda la casa estada decorada en tonos blancos y grises. Simples. Sencillos. Elegantes.

Un pinchazo en el hombro le recordó que debía tomar el calmante. Odiaba estar enferma. Nunca le había gustado. Recordaba una vez en la que la habían operado de apendicitis. Había sido muy desagradable pese a los intentos de su padre para asegurarle antes de la operación que todo iba a estar bien, y, después de salir del quirófano casi se pasó una semana asegurándole que la cicatriz desaparecería por completo. Pero para una niña de siete años que veía documentales médicos en los que hablaban de que había gente que moría en los quirófanos, las palabras de sus padres no representaban demasiado consuelo. Además, la mayoría de los calmantes hacían que se sintiera torpe, dormida y perdida… y ella odiaba sentirse indefensa y desprotegida. Era fuerte y valiente, independiente… odiaba los calmantes si era ella quién tenía que tomarlos.

Se levantó del sofá y notó como la falda negra larga que llevaba aquel día caía sobre sus tobillos hasta sus pies descalzos. No le importó. El suelo de parqué estaba cálido. Caminó hasta el cuarto de baño donde Malfoy le había dejado los medicamentos que Neville le había recetado y ahogó una maldición cuando vio que tan alto los había colocado el hombre. Ella no era baja, pero teniendo en cuenta la estatura de Malfoy, se sentía como Gulliver en el país de los gigantes.

Aún maldiciendo se estiró para tomar el bote de pastillas del estante superior del armarito del cuarto de baño, se puso de puntillas y ganó un par de centímetros más, estiró el brazo derecho y sintió un punzamiento.

-¡Maldita sea! –se reprendió a sí misma bajando el brazo inmediatamente al darse cuenta de que había sido un gesto tan natural que ni siquiera se había detenido a pensar que ese era su hombro herido.

Miró con el ceño fruncido el bote de pastillas como si tuviera la culpa de todo y antes de poder soltar un gruñido o un grito de frustración, una fuerte mano morena se interpuso en su visión atrapando el botecito blanco y bajándolo lentamente. Hermione se giró de forma inocente para mirar al agente que enarcaba una ceja, un gesto que se había acostumbrado a ver en Malfoy y que estaba segura que Blaise había adoptado de él.

-¿Gracias? –intentó.

-No debes forzar el hombro –le dijo el moreno por toda respuesta-. Eres médico, deberías saberlo.

-En realidad soy pediatra –apuntó ella mientras Zabinni la sacaba del cuarto de baño tomándola por la curva del codo de forma elegante y la conducía de nuevo al salón donde la sentó en el sofá -. Y estoy cansada de estar aquí sin hacer nada…

Blaise se giró y tomó un libro de la estantería al azar, dejándolo suavemente en el regazo de la mujer castaña.

-Lee.

-Ya lo he leído –protestó ella echando un vistazo al título.

Blaise tomó otro libro y lo dejó sobre el anterior.

-Este también –protestó ella ligeramente divertida al ver la frustración del agente de policía. Blaise pasó su mano por el lomo de otro libro pero antes de que lo sacara de su lugar en la estantería, ella le aconsejó que no lo hiciera-. También lo he leído –aseguró.

-No puedes haber leído todos los libros que hay en esta maldita casa –protestó Zabinni.

Hermione se encogió de hombros.

-Pues lamento ser una lectora ávida. Leo desde los cuatro años y me he leído los ochocientos mil libros que hay en la facultad de medicina de Londres, por no mencionar un buen número similar de otras facultades –dijo ella sin querer presumir de ello pero tampoco ignorando el hecho de sus grandes conocimientos-. Y ya he mirado todos estos libros. Son muy buenos, la verdad, pero ya los he leído todos.

Una pelirroja entró en el salón con una gran sonrisa. Llevaba el cabello algo alborotado y el vestido verde hacía resaltar su figura trabajada en el gimnasio y en el trabajo. Dejó las llaves con las que había estado jugando entre sus manos sobre la mesita baja frente al sofá y se dejó caer sobre un sillón sin un ápice de vergüenza de no hacerlo como se suponía que debía hacerlo una dama.

-Seis hermanos y un entrenamiento de la Orden –dijo la pelirroja al ver la mirada de Hermione divertida y curiosa. Miró a Blasie-. ¿Qué haces tú cerca de los libros?

-No son para mí, lo juro. –protestó el moreno alzando las manos como si alguien lo estuviera apuntando con una pistola.

-Más te vale. La última vez, quemaste uno que le gustaba especialmente –argumentó la pelirroja-. Y Remus está a punto de venir, así que te sugeriría que te apartaras de ahí.

-Yo te sugeriría lo mismo –sonó la voz simpática de Sirius entrando por la puerta trasera-. Remus está a punto de entrar y como te encuentre cerca de sus libros…

No necesitó terminar la oración antes de que Blaise se hubiera alejado de la estantería lo más posible.

Hermione le miró arqueando una ceja y Ginny aún entre risas intentó explicárselo.

-Remus aprecia a los libros tanto como a los animales –dijo-. Son todos suyos, bueno, y de Malfoy. Hace un mes aproximadamente, nuestro amigo aquí presente, bebió más de la cuenta.

Aquello sorprendió a Hermione. Por algún motivo, no imaginaba a la mole de metro ochenta de Malfoy sentado leyendo tranquilamente.

-La culpa fue de tu hermano –le recordó con cierta crueldad.

Hermione juró que daría cualquier cosa por tener la mirada asesina de Ginny cuando vio como Blaise se estremecía.

-Pero mi hermano no te dijo que jugaras a hacer malabarismos con los libros –le contestó con falsa dulzura la pelirroja.

Hermione, que se imaginó el resto de la historia, miró acusadoramente a Blaise.

-¡Los libros no son para jugar! –le reprendió.

-Vaya, es la misma reacción que tuve yo –comentó Remus entrando por la puerta.

-No los he tocado, lo juro –dijo rápidamente Blaise.

Remus enarcó una ceja pero no dijo nada al respecto.

-Harry os quiere en la oficina –indicó simplemente mientras se sentaba en uno de los sillones, cerca de Hermione-. Sirius y yo nos quedamos hasta que envíen otro relevo.

Ginny se levantó.

-De acuerdo. ¿Necesitáis que os traiga algo? –preguntó práctica como siempre.

-No, estamos bien. La última vez que fuimos a comprar, Sirius se trajo medio supermercado –comentó divertido Remus mirando al agente en cuestión.

Sirius, demasiado ocupado en aquel momento buscando un canal en la televisión en el que hicieran algo que no atrofiara todos los sentidos del ser humano, una tarea bastante complicada, la verdad, se limitó a mirarle encogiéndose de hombros.

-No he oído que te quejaras.

-Porque no lo he hecho –apuntó el hombre. Miró los libros que Hermione aún tenía en el regazo y enarcó una ceja-. Buena elección –le comentó.

Hermione asintió.

-Sí, pero no los he cogido yo –dijo sinceramente y con inocencia auténtica-. Ni aunque me pusiera de puntillas lograría llegar a la estantería donde estaban estos –añadió.

-¿Blaise?

-¡Nos vemos luego, chicos!

Esa fue la despedida de Blaise Zabinni en cuanto Remus pronuncio su nombre. Ginny aún reía a carcajada limpia cuando salió de aquella casa.

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

Paseó la vista por la pantalla del ordenador mientras datos, números y direcciones pasaban a toda velocidad por la pantalla negra. Se quitó las gafas y suspiró mientras se frotaba el puente de la nariz con los dedos. ¿Por qué diablos tenían que ser tan condenadamente buenos?

Cissa volvió a ponerse las gafas cuando la puerta de la oficina se abrió.

-Ah, eres tú –comentó indiferente mientras volvía a teclear algunas cosas en el teclado y veía con frustración como volvían a aparecer cientos de nombres y números -. De acuerdo, me rindo –dijo alzando las manos al cielo-. Son condenadamente buenos.

-Creía que eras la mejor, preciosa –le dijo el hombre socarrón sentándose en la mesa de ella de forma informal y cruzando sus brazos sobre el pecho de forma arrogante.

Narcissa rodó los ojos antes de mirarlo.

-Y lo soy –convino ella-. No me calientes la cabeza, Adam, ¿qué quieres ahora?

-Tu hermana me envía para ver si sabes algo –se justificó encogiéndose de hombros.

-Pues ve a decirle a Bella que aún no he encontrado nada. Esa condenada orden es un verdadero dolor de cabeza.

Adam McGregor sonrió socarrón.

-¿Sabes que su informática es veinte años más joven que tú? –preguntó intencionadamente.

La mirada azul de Narcisa fulminó a McGregor que, de haber sido otra persona, hubiera salido huyendo de aquella elegante y sofisticada oficina repleta de los más modernos adelantos tecnológicos.

-¿Y tú sabes que tu mujer se acuesta con Brother?

McGregor la miró fijamente. Claro que lo sabía. De echo, era algo que todo el cuartel conocía pero que nadie había visto nunca por lo que no podía repudiar a su mujer así como así sin tener pruebas de la infidelidad cometida. Pese a eso, las peleas y discusiones en los pasillos, las salas de juntas y reuniones entre él y Brother se habían hecho famosas y parecía que ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar pasar al otro, es más, algunos, Narcissa incluida, jurarían que se buscaban por los pasillos sólo para ver si podían darse algunos golpes o algo más.

Adam McGregor decidió que no tenía ganas de discutir con Narcisa Malfoy y se levantó de la mesa, ignorando deliberadamente la mirada de regocijo que la mujer rubia le dedicó.

-Dale algo a tu hermana antes de que venga ella a buscarlo –le avisó McGregor-. Voldemort la ha puesto en la cabeza de la búsqueda de Granger.

-Entonces estará insoportable –corroboró ella-. Seguiré buscando a ver si encuentro algo.

Lo vio marcharse. Era un estúpido. Un idiota que había creído que ella caería a sus pies y estaría dispuesta no solo a engañar a su marido con él sino además a ser su amante. Narcisa Malfoy nunca se rebajaría a ser la amante de nadie. Sabía que le había dado donde más le dolía pero en realidad no era algo que le importara demasiado. Él había ido a su oficina buscando algo… y había salido escaldado… Se lo tenía merecido.

Suspiró y volvió a ponerse las gafas mientras volvía a teclear, rezando esta vez, por encontrar algo que fuera de ayuda o su hermana la despellejaría viva, literalmente, sin importarle qué tanto por ciento de sangre y ADN compartieran.

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

Hermione se movió incómoda en el sofá. Estaba acostumbrada a la independencia de su pequeño apartamento, no a estar en el sofá con dos desconocidos viendo la televisión mientras intentaba pensar si su ropa era demasiado reveladora o si debería comer pizza fría sin parecer demasiado cría. Bueno, era oficial. Rodó los ojos. Le importaba lo que los demás opinasen de ella aunque nunca lo admitiría, por supuesto.

Suspiró y se levantó. Inmediatamente una mirada gris azulada y otra dorada se giraron para interrogarla.

-Necesito cambiarme el vendaje –apuntó ella con voz cansada mientras empezaba a caminar hacia el baño.

-¿Y vas a poder hacerlo tú sola? –preguntó Remus extrañado.

¡Maldita sea! Hermione no había pensado en ello. Podía curarse la herida del hombro y ponerse la crema, incluso podría tapársela con la gasa y darle un par de vueltas a la venda, pero por mucho que lo intentase, el vendaje no quedaría bien sujeto si alguien no lo anudaba y lo apretaba ligeramente. Suspiró derrotada. Su idea de tener dos minutos de intimidad se acababan de ir por el retrete.

-Supongo que no… -murmuró-. ¿Puedes ayudarme? –le preguntó a Remus.

El hombre sonrió afablemente y asintió, dejó sobre la mesa auxiliar uno de los libros sobre historia antigua que había estado leyendo hasta el momento y se levantó del sillón, siguiéndola de forma encantadora. Antes de entrar en el baño, miró a Sirius.

-Pide una pizza, ¿quieres? –preguntó ligeramente-. No creo que Ginny venga a hacer la cena hoy.

-Yo puedo cocinar algo –comentó distraída Hermione. Remus la miró-. ¿Qué? Soy buena cocinera.

-No lo dudo, pero no con ese hombro. Necesitas reposo –comentó entrando en el baño e indicándole que se sentara en el pequeño banquito que había allí, sonriendo al verla obedecer aunque había resoplado entre dientes-. Será mejor que te quites el jersey –le recomendó dándole una esponjosa toalla amarilla-. Cúbrete con esto –añadió girándose y dándole la espalda.

Hermione, obedeció en silencio, se quitó el suéter que llevaba y se cubrió el pecho con la toalla para darle después la orden de que podía volverse.

-Bueno… dime… ¿qué quieres saber?

Esa pregunta pareció atraer la atención de la joven médica que alzó sus ojos castaños hacia los del hombre, que estaba atento a destapar la herida con cuidado, dándole a entender a Hermione, de aquel modo, que él comprendía lo mucho que podía llegar a doler una herida, aunque fuera un rasguño como lo que ella tenía.

-¿Qué quiero saber? –preguntó ella extrañada.

Remus Lupin se encogió de hombros.

-Es lo justo. Nosotros sabemos todo de ti… -le recordó apartando la venda con cuidado y despegando la gasa de la piel tostada de la mujer-… y si eres la mitad de curiosa de lo que era tu padre, tienes que estar muerta de la curiosidad –añadió con tinte divertido.

-Bueno, yo… -se encogió de hombros-… Supongo que hay muchas cosas que quiero saber, pero… me gustaría saber algo de vosotros –Remus enarcó una ceja-. Tú lo has dicho, lo sabéis todo de mí y yo ni siquiera sé que hacéis cada uno dentro de esa organización.

Remus sonrió.

-Supongo que puedo hacerte un resumen válido sin comprometerme demasiado –concedió-… Veamos…- extendió la crema por la herida y ella dio un respingo-… lo siento –se disculpó.

-No, no me has hecho daño, es que está fría –explicó ella.

-Bien… a ver… primero está Severus… espionaje… -sonrió-; quédate a solas dos minutos con él y acabarás confesándole incluso de qué sabor era el primer helado que tomaste –ella sonrió-, luego está Blaise, experto en explosivos –ella le miró incrédula-, no dejes que te engañe por su apariencia de niño, algunos como él o Harry han sufrido más de lo que imaginas –extendió un poco más de crema cubriendo doblemente la herida-, luego está Sirius que es un experto en vehículos y medios de transporte –frunció el ceño divertido-, de hecho, eso es algo que siempre se le dio bien –Se giró para tomar de la estantería del armarito una gasa nueva y un poco de esparadrapo-, después tenemos a Ron, un experto en estrategia –la miró suavemente-, te aconsejo que nunca juegues al ajedrez con él a menos que quieras perder. También tenemos a Nott, no lo conoces –añadió-, está en una misión, es un experto en el arte del engaño… -ella le miró y Remus sonrió-… junto con Tonks… son unos expertos en los disfraces y en el arte de la seducción para encontrar lo que quieren…-Hermione se sonrojó furiosamente comprendiendo lo que Remus quería decir-. Ginny es nuestra informática favorita, cuando Ron la llevo a la oficina para que le ayudara a recuperar unos archivos que había perdido, aprovechó para meterse en la red informática de del FBI norteamericano, cuando Ron se dio cuenta de lo que hacía y pudimos hacer que lo dejara, nos dijo que ella no tenía la culpa de que nuestros cortafuegos fueran un juego de niños –recordó sonriendo-. Malfoy es un experto en el combate cuerpo a cuerpo, no le he visto perder una sola pelea en todos los años que le conozco y creo que no voy a conseguirlo nunca… domina tres variantes de karate, además de ser un experto con el arma, nunca falla, no importa la distancia ni la situación –añadió-, luego está Harry, es el buscador –ella le miró mientras Remus ajustaba la gasa sobre la herida con los trozos de esparadrapo que había cortado-, pierde cualquier cosa y él la encontrará; busca un sospechoso y déjale dos días para que te diga donde está.

-¿Y tú? –preguntó ella mientras Remus empezaba a colocarle la venda firme pero sin apretar demasiado.

-Yo… ¿está bien? –preguntó tirando un poco el vendaje. Ella asintió y Remus siguió vendándola-. Yo consigo información de donde Ginny no puede. En los bares, las calles y los callejones… te sorprendería saber cuánta gente puede decirnos cosas que jamás se encontrarán en un ordenador. Muy bien, esto ya está –dijo anudando los dos extremos de la venda-. ¿Algo más?

Ella negó con la cabeza.

-Bien. Te dejo para que te vistas –comentó-, voy a vigilar a Sirius, a veces es como un niño pequeño –comentó divertido haciéndola sonreír.

-Remus… -lo llamó ella. El hombre la miró.

-Si quieres saber cualquier otra cosa, puedes preguntarme. Si puedo contestarte, lo haré.

Ella sonrió.

-Gracias por la venda –le dijo.

Remus sonrió con cordialidad y salió del baño después de dar una rápida mirada a la estancia; no había ventanas así que no corría ningún peligro. Le sonrió.

-Puedes quedarte unos minutos si quieres –ella le miró-. Yo también disfruto de la intimidad y la soledad a veces –le guiñó un ojo cómplice y ella rió suavemente-. Pero no tardes, la pizza no tardará.

Hermione asintió, y una vez el hombre hubo salido del baño, se apresuró a cerrar la puerta con el seguro. No es que pensara que alguno de los dos fuera a entrar, de echo, esa idea, le parecía completamente estúpida e irrazonable. Pero necesitaba sentirse de algún modo… protegida. Y de momento lo único que podía hacer era cerrar la puerta con el seguro y sentarse con la espalda apoyada en la misma mientras se ponía el suéter y se abrazaba a sí misma.

Sonrió falsamente. Quizá aquel cuarto de baño iba a convertirse en su único refugio.

Sacó el colgante que llevaba en el cuello siempre y que no se quitaba ni siquiera para ducharse y lo miró sonriendo; ahora aquel colgante tenía sentido… un fénix con las alas extendidas, dorado, que lo miraba con dos rubíes en los ojos, como si de algún modo, el animal mitológico pudiera saber qué le estaba diciendo ella.

Su padre se lo había regalado cuando había nacido su hermana menor. Lo recordaba perfectamente. Le había dado el colgante diciéndole que cuando él no pudiese protegerla porque ahora tenía otra niña más a la que cuidar, el fénix cuidaría de ella… y había añadido que ella era como aquel fénix, que tenía que ser como aquel fénix… capaz de renacer de sus propias cenizas cuando todos creían que había muerto.

-¿En qué me has metido, papá? –preguntó acariciando el colgante-. ¿Qué está pasando?

-¡La pizza! –gritó Sirius desde algún lado de la casa.

Sonrió a medias. Se levantó de su lugar y se miró en el espejo. Suspiró. Abrió la llave del agua fría y se mojó la cara, secándose después con la toalla que había colgada junto al lavamanos.

-Al menos, no están tan mal… -comentó para sí misma.

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Ron entró en el despacho de su jefe y amigo y se sentó frente a la mesa de Harry mirándole. El moreno alzó la vista para enfrentarse a su mirada.

-¿Qué ocurre? –preguntó el pelirrojo.

-¿Es que nunca voy a poder decirte que no pasa nada sin que vengas después a mi despacho a interrogarme? –preguntó con sorna Harry aunque se sentía aliviado de que Ron estuviese allí con él.

-No hasta que me despidas como agente o como amigo –dijo con un ademán desinteresado-. Y no creo que vayas a hacer ninguna de las dos cosas –añadió-. ¿Se sabe algo más?

-No y estoy empezando a cansarme. Tu hermana tampoco ha podido encontrar nada más… Granger está limpia.

-Te lo dije. ¿No viste su mirada? Estaba tan asustada como un conejo… -sonrió a medias-… No sabía que su padre pertenecía a nuestra unidad, así que mucho menos podría estar ocultando ochenta millones de dólares americanos… -meneó la cabeza-… es demasiado dinero para mantenerlo oculto.

-¿Y dónde está ese maldito dinero, Ron? –preguntó Harry entonces.

-No lo sé, pero ella tampoco.

Harry suspiró frustrado. Lo sabía. Eso era lo peor de todo. Sabía que Hermione Granger era tan inocente como una niña de cinco años. No le habían contado toda la verdad porque no habían podido hacerlo, no podían decirle que antes de que su padre sufriera el accidente que acabó con su vida, se había asegurado de que la carta en la que estipulaba que el dinero que había logrado sonsacar de Riddle y su último negocio de tráfico de niños a países asiáticos para ser vendidos a laboratorios llegase a manos de Harry.

Una carta que estaba en aquel momento sobre su mesa. Suspiró de nuevo releyéndola rápidamente. "Protege a mi hija porque con ella el fénix renacerá"

-¿Por qué diablos tenía que ser siempre tan enigmático? –protestó arrojando la carta sobre la mesa de forma brusca.

-Porque era Anthony –contestó Ron-. Creo que Malfoy sospecha algo –Harry le miró-. Me han dicho que ha estado esta mañana en el despacho de Snape –se encogió de hombros-, y con lo desconfiado que es…

-Entonces dile a Ginny que deje de buscar; si Hermione tiene algo que ver con todo esto y con la localización de ese dinero, Malfoy lo encontrará, es tan testarudo como Severus –suspiró.

-¿Y qué hacemos con Granger?

-Voldemort la quiere muerta. –dijo Harry-. Eso es lo que en verdad me tiene preocupado. Si quiere encontrarla lo hará y no puedo permitir que le ocurra nada.

-¿Otra vez estás con eso? –preguntó cansado el pelirrojo.

-Ron, sabes tan bien como yo que es posible que sea él el que está detrás de todo esto.

-Harry, y tú sabes que estás obsesionado con Riddle –dijo mirándole seriamente-. Has intentado involucrarlo en todos y cada uno de los crímenes que nos hemos encontrado y nunca hemos tenido una pista de que él estuviera detrás de ellos.

-Pero…

-Ni siquiera tú has sido capaz de encontrar nada y Ginny se ha pasado las últimas tres semanas intentando involucrarlo en algo. Está limpio –dijo interrumpiendo a su amigo.

-Que no haya nada de él no significa que esté limpio. Es una serpiente, es capaz de estar detrás de todo y escurrirse de modo que nadie lo sepa –comentó agriamente Harry obviamente molesto porque Ron le hubiera recordado que él tampoco había encontrado nada con lo que detenerle.

-Harry, olvida a Riddle –avisó Ron-. Está demasiado alto.

-Él mató a mis padres –contestó Harry con aversión-. ¿Podrías olvidarlo tú si hubiese matado a los tuyos?

El pelirrojo cerró los ojos.

-Como quieras –dijo cansado de discutir.

Era una discusión perdida y lo sabía desde buen principio. Harry nunca iba a cansarse de perseguir a Tom Riddle hasta verlo pudriéndose entre rejas, aunque fuera lo último que hiciera en la vida y aunque eso le costase la muerte. Y él iba a estar con él. De eso no había ninguna duda.

-Han enviado un fax de la embajada francesa –cambió Harry de tema-. Un ataque frontal de un grupo terrorista en el museo del Louvre, en París. Quiero una estrategia para dentro de quince minutos, ¿entendido?

-Sí, jefe. ¿Quién va?

-¿Estás bien para ir? –preguntó refiriéndose a su costilla.

-Por supuesto. Sólo es un golpe –le quitó importancia.

-Dirige al grupo C –le indicó-. Y ten cuidado. No quiero perder a nadie, ¿entendido? –una mirada significativa, demasiado para dejarla pasar. Asintió sereno-. Y ten cuidado, Ron. Serías fácil de sustituir como agente, pero seria imposible sustituirte como amigo.

El pelirrojo sonrió, hizo un saludo medio formal llevándose dos dedos a la frente y cuadrándose burlonamente y después de inclinar la cabeza, salió del despacho.

Sí, ambos sabían que serían imposibles de sustituirse como amigos.

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Hermione resopló cuando bajó las escaleras de su habitación. Había pensado que tal vez pudiera convencer a Remus o Sirius para salir fuera de aquella casa. Sólo a dar un paseo, hasta el parque que había en el otro extremo de la carretera, sólo eran unos metros. Estaba segura de que alguno de los dos agentes la acompañarían.

Pero su plan se había truncado cuando había visto, antes de salir de la habitación, como Remus y Sirius salían de la casa y saludaban a Malfoy y Snape que parecía que acababan de llegar. El hombre mayor, asintió y se quedó fuera de la casa, vigilando el perímetro, tal y como había escuchado antes que Sirius le había dicho a Remus que él haría.

Draco Malfoy la vio bajar por las escaleras y enarcó una ceja al verla vestida con la falda larga y la blusa blanca sobre la que llevaba una ligera chaqueta marrón. Parecía bastante contrariada y Malfoy creyó saber por qué. ¿Qué se pensaba la señorita? A él tampoco le gustaba demasiado estar de guardia toda la noche.

-¿Dónde crees que vas? –le preguntó.

Hermione suspiró. Bueno, era Malfoy. Era eco, arrogante y testarudo. Pero la había consolado cuando lo había necesitado y quizá pudiese volver a dar muestras de esa generosidad, auque a juzgar por el ceño fruncido, no parecía tener mucho de eso en aquellos momentos.

-Me gustaría salir un poco… -dijo ella-… sólo hasta el parque de aquí en frente… he pensado que si alguno de vosotros me acompaña no habrá ningún problema.

Draco la miró como si estuviera pensando si bromeaba o no. ¿Cómo iba a salir? Intentaban matarla, llevaba una herida en el hombro que se lo recordaba y aún así, ¿quería salir? La mayoría de las personas a las que habían tenido que proteger estarían muertas de miedo en la casa asignada y ella, ella ¿quería salir? Rodó los ojos y maldijo a Potter por querer proteger a una caprichosa. Por supuesto, la vulnerabilidad que había sentido cuando la había abrazado en el piso no tenía nada que ver ¿verdad?

-No vas a salir –insistió Draco.

-Pero quiero salir. Necesito salir y respirar un poco de aire –repitió ella. Draco enarcó una ceja-. Sólo al parque que está a la vuelta de la esquina –Draco no se movió y ella resopló. Caminó furiosa hasta la ventana y descorrió las cortinas mostrándole el parque-. ¡Se ve desde aquí! –espetó.

-Me da igual. No vas a salir –aseguró Malfoy.

-¡No soy ninguna prisionera! –gritó entonces ella.

-No, pero eres una protegida de la Orden y en esencia es como si fueras una prisionera –aseguró-. No vas a salir, me da igual que siempre te salgas con la tuya como la niña malcriada que seguro que has sido, pero ahora estás bajo nuestra protección y no voy a dejar que me despidan sólo porque tú insistes en hacer algo durante mi turno de guardia –recalcó.

-¿Niña malcriada? –preguntó ella atónica-. No puedes hablar en serio… No conoces nada de mi vida… pero desde luego que no he sido una niña malcriada y caprichosa. Te equivocas de hermana Granger, Malfoy –espetó furiosa.

-Yo creo que no –replicó el hombre rubio tensando la mandíbula.

-¡No tienes ni idea de mi vida! –le gritó ella entonces.

Draco Malfoy la miró impávido y enarcó una ceja.

-Hermione Jane Granger, 25 años, licenciada en medicina con pediatría como especialidad, te sacaste la carrera en cinco años en lugar de en los nueve que dura, tu relación más larga ha sido de siete meses; tu madre y tu hermana viven en España y tú pasas todo tu tiempo trabajando para no verlas. Trabajas en el hospital de San Mungo, aunque no entiendo por qué, después de dejar un excelente puesto de trabajo en el hospital más prestigioso de Londres. Tus aficiones son leer y estudiar y no se te conoce novio oficial –la miró de arriba abajo-, y por tu forma de vestir, podría deducir el motivo. Tu talla de ropa es la cuarenta y utilizas un treinta y siete de pie, eres aficionada a la horticultura, en especial al cultivo de las rosas y estás intentando tomarte unas vacaciones para poder pasar quince días como mínimo en Grecia, un lugar con el que llevas soñando visitar desde que tenías cinco años… además…

-Sólo son datos… -susurró ella. Draco la miró-. Sólo sabes datos de mi vida, pero no sabes nada de ella.

-Es lo mismo –replicó Malfoy.

-¿Ah, sí? Dime qué fue lo que sentí la primera vez que logré marcar una canasta –le retó ella-. O dime qué pensé cuando creí sentir que me había enamorado por primera vez. O dime qué pasó por mi cabeza cuando mi padre murió, o si estaba temblando durante mi primera visita al ginecólogo o si me puse nerviosa durante mis exámenes –le miró orgullosa-. Dime qué sabes acerca de cómo me sentí cuando me rompieron el corazón por primera vez… ¿Acaso sabes todo lo que tuve que trabajar para sacarme la carrera en cinco años? Dime cuántas noches lloré de rabia por no aprender algo, dime cuántas veces pensé en voz alta que hubiese sido mejor ir en el coche con mi padre que quedarme con mi madre y mi hermana. ¿Lo sabes? –le increpó mirándole y repitiéndose a sí misma que no iba a llorar-. ¿Lo sabes? Porque todo eso, Malfoy, todo eso que no sabes, es mi vida. ¿Qué importancia tiene que sepas quién me rompió el corazón si no sabes cómo me sentí ni cuanto tempo me costó superarlo? No sabes nada de mí ni tampoco tienes idea de mi vida, así que so presupongas que lo he tenido todo porque adivina, señor agente soy mejor que todos –le dijo rabiosa y enfadada-, sólo me tengo a mí misma y a mi vida y ahora… ni siquiera tengo mi vida…

Y tan pronto como hubo terminado de hablar, Hermione se giró sobre sus talones y caminó hacia las escaleras subiéndolas de dos en dos, rápidamente y pisando fuertemente sin mirar ni una sola vez al agente que seguía delante de la puerta, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Pero con un sentimiento de culpabilidad que hasta el momento no había experimentado nunca y que sería mejor que nadie supiera que había experimentado.

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Bueno, pues esto es todo por hoy chicos!!

Espero vuestros comentarios como siempre para que me digais qué os parece como va la historia, como siempre, acepto sugerencias, ideas y críticas constructivas para mejorar.

Un besito para todos y disfrutad siempre de la lectura, cada nuevo libro es un nuevo mundo.

Nos leemos pronto!!!