Neriah contemplaba la tormenta desde la ventana de su pequeño cuarto en el castillo de Glenhaven. La lluvia caía con fuerza desde hacía tres días, justo el día en que Neriah había llegado al que sería su hogar durante los próximos años. Desde entonces casi no había salido de su habitación.

Neriah se preguntaba cómo estaría Fleur. Imaginó que estaría en el barco que la llevaría a Gaiforte, al otro lado del mar, muy lejos de ella. Su hermana sería educada en la corte del recién coronado rey Hubert de Gaiforte, un hombre que se caracterizaba por su generosidad y amabilidad hacia su gente. Su hermana se lo pasaría en grande allí...

Sin embargo, Neriah había sido enviada al faustoso castillo de Glenhaven, al lugar más aburrido que existía. El castillo no protegía a una gran ciudad, sino a un pequeño pueblucho de mala muerte cuyos habitantes casi se podían contar con los dedos de la mano, así que casi no había donde divertirse afuera. Desde el primer día se había sometido a las estrictas reglas de aquel lugar extraño, procurando no cometer el más mínimo error si no quería que la arpía que tenía la reina por ama de llaves la castigara para el resto de sus días. Y, por si fuera poco, todos los niños no le dirigían la palabra...

...Todos menos uno.

Neriah recordó cómo en su primer día había intentado entablar amistad con alguien. Al finalizar la tarde, los pajes y las pequeñas damas salieron en tropel a jugar. Las niñas jugaban a las muñecas, a saltar la comba, y presumían, orgullosas, de sus colecciones de cintas de colores. Los chicos jugaban a caballeros con armas de mentira. Neriah se quedó apartada en un rincón, sin saber muy bien qué hacer, con miedo a acerarse. Alguien sugirió que todos jugaran a ser cortesanos. Las chicas y los chicos se acercaron para decidir qué papel representaría cada uno. El papel del rey le fue asignado por unanimidad a uno de los chicos mayores. Pronto todos los chicos tenían su papel. Sin embargo, las chicas discutían entre ellas por ver quién debía hacer de reina. Los gritos eran cada vez más fuertes, y Neriah pensó que todas acabarían a tortas…

-¡Basta! –gritó un chico.

Todas se callaron al instante. El chico que hacía de rey las miraba a todas con enfado.

-Así todas demostráis que no podéis ser reinas ninguna de vosotras –dijo fingiendo solemnidad. Algunos chicos rieron por lo bajo. Luego señaló a Neriah- Mirad a esa chica. Ella merece ser la reina más que todas vosotras juntas.

-¡Qué! –Berrearon las crías- ¿Una lexovien reina?

Algunos chicos se le acercaron con cautela.

-Oye, Stefan, es una lexovien…

-No es como nosotros…

-no quieras enfadarlas más...

Pero el muchacho se cruzó de hombros arrogantemente.

-Yo soy el rey –dijo- Y como rey hago lo que quiero. Y si digo que quiero que esa chica sea reina, reina será.

El chico se acercó a Neriah sonriendo.

-Hola .saludó- Soy el príncipe Stefan de Glenhaven. Estamos jugando a ser cortesanos. ¿Te gustaría ser mi reina?

Neriah quería que se la tragara la tierra. Nunca en su vida se había sentido tan avergonzada. Lentamente, levantó su cara, roja como un tomate, para poder contemplar al príncipe de cerca.

Stefan de Glenhaven era moreno, muy delgado y alto. Tenía el cabello negro largo hasta los hombros y unos ojos azul oscuro muy penetrantes. A sus trece años, Stefan era un muchacho en pleno desarrollo, todavía con algunos rasgos de niño. Sin embargo, a Neriah le pareció el gallardo héroe de un cuento de hadas...