-¡Eh, Stefan, espera!

Al escuchar la voz a sus espaldas el príncipe hizo una mueca de fastidio. "Mierda", pensó. Hizo un gesto a sus compañeros para que siguieran caminando sin él.

Neriah se le acercó corriendo con una sonrisa en los labios.

-Menos mal, creía que ya no te vería –dijo jadeando- He oído que te vas durante un tiempo a visitar a unos parientes.

Stefan le ofreció una sonrisa forzada.

-Sí, me marcho. Pero no hoy. Me voy mañana.

Neriah se sonrojó.

-Vaya, creía que era hoy. Yo venía a despedirme. Vuelvo a casa la próxima semana.

"¡Bien!", exclamó Stefan para sus adentros.

-Es…Es una pena que te marches, Neriah –contestó fingiendo tristeza- Nos habíamos hecho tan amigos…

De pronto, el príncipe tuvo una idea.

-Me gustaría darte un regalo de despedida. Espera que te lo traiga.

Stefan se dio la vuelta y empezó a correr. Volvió al cabo de un rato con un pequeño bulto en las manos.

-Toma, esto es para ti –dijo entregándole el bulto. Neriah, roja como un tomate, cogió el bulto con cuidado.

Era una cría de cuervo a la que apenas le habían salido las plumas. Neriah lo miró extrañada, sin saber qué hacer con él.

-Es una cría que encontré ayer –dijo Stefan- Se había caído del nido. Me gustaría que la cuidaras por mí.

En un principio, Neriah no contestó. Tras unos momentos, decidió decir algo, algo muy importante para ella.

-¿S-significa esto que…que yo soy…una persona especial…para ti?

Stefan se quedó anonadado. No se esperaba en absoluto aquella pregunta.

-Esto…-empezó- Claro que sí, Neriah. Eres una persona muy importante para mí. Si no lo fueras, no te lo habría regalado…-Stefan no quería seguir hablando. Decidió terminar cuanto antes- Oye Neriah, perdona, pero me están esperando –dijo señalando a sus amigos- Adiós y buen viaje.

Stefan empezó a correr como un poseso hacia sus amigos. Ya casi había llegado cuando aquella voz entrometida lo llamó de nuevo.

-¡Stefan! –Gritó Neriah- ¿Cómo se llama el cuervo?

La verdad era que no le había puesto nombre. Stefan no quiso decirlo para que le dejara de dar la lata. Decidió inventarse uno.

-¡Se llama Diablo!

Y, sin decir más, avanzó hacia donde estaban sus amigos.


-¡Eres genial, Stefan! –Bramaron los muchachos- Al fin te has desecho de ese pajarraco asqueroso.

El príncipe se unió a las risas de sus amigos. El grupo comenzó a andar.

Pasado un rato, uno de los chicos se dirigió al príncipe.

-Oye, Stefan. Hay algo que todos nosotros queríamos preguntarte desde hace tiempo...

-¿Ah, sí? –respondió el chico.

-Sí. Verás, lo que queremos preguntarte es por qué te hablas con esa bruja. No deberías hacerlo, ya sabes de sobra todo lo que ha hecho desde la marcha de Ivosh.

Stefan se quedó callado unos momentos. Sí, por supuesto que lo sabía. Las desapariciones, los experimentos, todo. Aquello era un secreto a voces en Glenhaven…

-Es por pura cortesía, chicos. Soy el príncipe heredero, tengo que ser buen anfitrión y tratar bien a mis invitados, aunque éstos sean lexovien. Pero os aseguro que yo la odio como el que más. Desde que la conocí no ha hecho más que seguirme como una boba a donde quiera que vaya. Para mí no ha sido más que un incordio…


Neriah acariciaba con cariño a su recién adquirida mascota. "Diablo", pensó, "Mi fiel amigo…"