Estaban las dos sentadas en el pequeño jardín del castillo de Lisieux. Neriah, subida a su árbol favorito, jugaba con Diablo. El cuervo echaba a volar y volvía a su muñeca pasado un rato. Entonces graznaba, como si hablara con ella…Por su parte, Fleur estaba sentada en un banco al pie del árbol, leyendo un libro. De cuando en cuando miraba de reojo al cuervo con el ceño fruncido. No le gustaba nada ese pajarraco.
-¿Dónde lo encontraste? A Diablo, digo –se atrevió a preguntar.
Neriah apartó la vista de su querida mascota y miró abajo, donde estaba su hermana.
-No lo encontré. Me lo regalaron.
-¿Quién?
Neriah se sonrojó.
-El príncipe de Glenhaven, Stefan –soltó de corrido- Como regalo de despedida.
Fleur pensó al instante que era el regalo más feo que había visto, pero se guardó de decírselo a su hermana. No quería empezar a discutir.
-Oye, Neri, me gustaría comentarte algo.
Neriah se extrañó. Desde que su hermana había vuelto de Gaiforte estaba mucho más seria. Ya no era la Fleur de antes. Se pasaba los días metida entre libros de Historia, Política y finanzas. Apenas se separaba de sus padres, y estaba a su lado en las reuniones, las galas y las recepciones. Se había convertido, en fin, en una joven princesa, una auténtica flor de la corte…
Neriah bajó del árbol y se sentó al lado de Fleur. Diablo volvió a posarse en su muñeca y la chica le acarició con cariño.
-¿Te acuerdas del otro día?
Sí, claro que lo recordaba. Aquel día, Neriah le mostró sus nuevos poderes a Fleur. Al principio su hermana no había querido saber nada de ellos. Sin embargo, Neriah consiguió convencerla de que no eran malignos. Aquel día finalizó con las dos volando hacia el atardecer mediante unas alas que la chica había hecho aparecer. Iban las dos juntas, cogidas de la mano. Reían. Reían como si los cinco años de separación no hubieran existido. Fleur volvía a tener la misma mirada pícara de siempre…
-He estado pensando –dijo Fleur- Creo que tus poderes nos pueden ser muy útiles. Ya sabes de sobra cómo se han arruinado las cosechas debido al granizo.
-¿Qué quieres decir? –preguntó Neriah, aunque se lo imaginaba.
-Tus poderes pueden salvar muchas vidas, Neri. Sólo te pido que los uses para devolver a esas pobres gentes sus cosechas.
Neriah se quedó callada, con la cabeza baja. Fleur la miraba ansiosa, aguardando la respuesta. Al cabo de un rato la chica se levantó. Diablo seguía posado en su brazo, mirando a Fleur con lo que ella intuyó era una mirada de profundo desprecio. Su hermana le daba la espalda.
-No puedo hacer lo que me pides –dijo muy seria.
-¿Por qué, Neri?
-Aún no puedo controlar el clima. Además…Yo…Aunque pudiera, no lo haría.
Fleur se quedó de piedra. No se esperaba esa respuesta.
-¿Cómo…Cómo puedes decir eso? ¡No te conozco! ¡Mi hermana nunca diría algo tan cruel! –gritó conmocionada.
Pero Neriah no contestó. Empezó a andar con paso decidido hacia el interior. Abrió una puerta, pasó y la cerró de un portazo.
Fleur se levantó para seguirla, pero se encontró con que no podía dar un paso. Miró con tristeza la puerta cerrada. Pasaron unos minutos hasta que se atrevió a hablar
-Cuánto has cambiado, Neriah…
Fue aquel el día en el que las dos comprendieron que su profunda amistad acabaría pronto.
