Todos los años en Lisieux se celebraban decenas de fiestas, pero desde hacía dieciséis años la más espléndida y recordada era la que celebraba el cumpleaños de las princesas Fleur y Neriah. Los reyes organizaban personalmente los festejos, contrataban a los músicos, decoraban el castillo, e invitaban a los jóvenes príncipes y princesas de los reinos vecinos a la celebración.

Pero aquél año era, con mucho, el más especial, ya que las princesas cumplían dieciséis años. A partir de entonces serían consideradas mayores de edad y podrían casarse. Por ello, sus padres no habían escatimado invitaciones para los hijos de los reyes vecinos en los años anteriores.

Ese día, cuando las jóvenes bajaron al gran salón a desayunar fueron recibidas con vítores. Ambas recibieron los saludos y abrazos de sus padres y se sentaron a la mesa. Su padre dio el típico discurso de todos los años como representante de la familia real. En el último momento, justo antes de acabar, pidió que se levantara Fleur, su primogénita, para que dijera unas palabras. No llamó a Neriah.

La joven podía percibir que toda aquella fanfarria estaba destinada más a Fleur que a ella. Fleur, la heredera al trono de Lisieux, que ese día se convertía en una adulta. Ella, Neriah, la eterna segundona, como siempre, permanecía a la sombra de su hermana. Fleur era luz y Neriah oscuridad; y todos los presentes preferían a la luz.

La ira de Neriah crecía a cada segundo que pasaba. Sin embargo, se obligó a controlarse. Si debía enfadarse con alguien, no era con su hermana.

Fleur terminó de hablar entre los aplausos de los presentes. Después, su padre bendijo la mesa y todos comieron.


Las dos caminaban juntas en dirección a los aposentos de sus padres. Al parecer, los monarcas tenían algo que decirlas en privado.

Al final del pasillo estaba la puerta de la alcoba. Cerrada. Las muchachas llamaron y les abrió su madre con su habitual sonrisa tranquila. Les hizo un gesto y las dos entraron.

Neriah se quedó, como siempre, detrás de Fleur, que miraba a sus padres con una sonrisa amable. Y, tal y como Neriah esperaba, sus padres se dirigieron a su hermana en primer lugar.

-Tu padre y yo tenemos una sorpresa preparada para ti, hija –dijo la reina.

Fleur sonrió.

-Me apuesto lo que queráis a que sé lo que es –contestó la joven.

Los reyes miraron a su hija con expresión de fingida sorpresa.

-Es un caballo nuevo, ¿verdad? –Dijo Fleur, emocionada- Desde que la pobre Bailarina murió de vieja no he podido montar otra vez…

Los reyes se miraron y sonrieron. El rey se encargó de contestar:

-Es algo más importante que un caballo, princesa. Tu madre y yo queremos decirte una cosa…

-¿Qué cosa? -preguntó la joven muy seria. El tono de voz de su padre no era muy halagüeño.

Neriah aguzó el oído. El tono de voz de su padre le daba mala espina.

-Hija -añadió la reina- ya tienes dieciséis años. Eres mayor de edad y estás en edad de casarte…. -hizo una pausa- Lo que queremos decirte es que te hemos prometido en matrimonio.

Para Fleur fue como si la arrojaran un cubo de agua fría. La palabra "matrimonio" había estado fuera de su vocabulario desde siempre. Se quedó de pie, sin decir nada, mirando a sus padres sin creerse del todo sus palabras.

-Ma…Matrimonio –consiguió decir.

Neriah se atrevió a hablar.

-¿Prometida? ¿Con quién?

-Con el príncipe Stefan de Glenhaven, Neriah. Tú ya le conoces.

Ahora la que quedó conmocionada fue Neriah. Aquello era completamente imposible. No lo podía creer.

-Pero… ¡¿Pero cómo podéis comprometerla a alguien que no conoce?! –saltó.

-Está decidido –respondió su padre- Dentro de un mes Fleur partirá a Glenhaven para casarse…

-¡Sólo os interesa la política! ¡¿Cómo sabéis que Fleur va a ser feliz allí?!

Entonces el rey perdió la paciencia. Comenzaron a discutir. Fleur apenas escuchaba. Estaba sentada en la gran cama con dosel. Le costaba asimilarlo. El compromiso significaba para ella perder su libertad, encadenarse a un hombre que aún no conocía. Su madre la abrazó.

-Tesoro –dijo- él es un príncipe de un reino vecino. Con vuestro matrimonio se unirán ambos reinos. El día de vuestra boda, tu padre y yo abdicaremos y vosotros seréis reyes. Los reyes más poderosos del continente, me atrevería a decir…Además, es un buen muchacho. Estoy segura de que los dos seréis muy felices…


Esa noche ninguna de las dos pudo dormir. A solas, cada una en su cuarto, lloraron. Fleur lloró por la libertad que iba a perder, por tener que dejar Lisieux atrás. Neriah, por su parte, lloraba por una persona, una persona a la que no había visto en años. Alguien que amaba, pero que no iba a ser suyo. Una vez más, Fleur se llevaba la mejor parte…