Aquella mañana el príncipe Stefan se levantó más tarde de lo habitual. Se saltó el desayuno y salió solo a dar un paseo a caballo. No estaba de humor para nada; no lo estaba desde el día en que se anunció su compromiso.

Mientras espoleaba a su caballo el joven recordó otra vez aquel día. A pesar de haber pasado varias semanas desde entonces lo seguía recordando como si hubiera sido ayer:

Se encontraba pasando unos días en el castillo de Gaiforte, hogar del rey Hubert, con quien había entablado amistad. Ese día Stefan estaba practicando con la espada cuando Hubert vino con expresión preocupada.

Stefan se extrañó. Dejó la pesada arma de prácticas en el suelo y se limpió el sudor antes de dirigirse a su amigo.

-¿Ocurre algo?

Hubert esbozó una leve sonrisa.

-Depende de cómo lo veas. Tus padres han escrito.

-¿A ti? –El joven hizo una pausa- ¿Para qué?

-Me piden que te diga algo. Algo importante.

Al instante el joven pensó que algo había pasado. Algo no muy bueno.

-Quieren que te diga que te han comprometido en matrimonio.

Stefan soltó un suspiro de fastidio.

-Eso ya me lo imaginaba. No me digas que mis padres te han escrito para que me cuentes esa tontería…

-Ah –le interrumpió Hubert- resulta que hay más. ¿Tienes alguna idea sobre la identidad de tu futura esposa?

La verdad era que no. Para esas cosas sus padres mostraban un absoluto secretismo. Aunque se sospechaba que la elegida podría ser Joan de Aleyn.

-Esto…-balbuceó, inseguro- ¿Joan de Aleyn?

En el rostro del rey se dibujó una expresión de desconcierto.

-¿Joan de Aleyn? ¿Estás hablando de Joan de Aleyn, esa idiota que tiene serrín en lugar de cerebro?

-¿A ti qué te parece? –respondió el joven con ironía.

-Nada más lejos. Tu prometida estuvo en mi castillo durante algunos años, de niña. Es una criatura de increíble belleza e inteligencia. Tu seguro que conoces a su hermana. Ella se educó en Glenhaven…Neriah, creo que se llamaba.

Al escuchar ese nombre Stefan se quedó con los ojos como platos. Se volvió rápidamente para mirar a su amigo a los ojos, esperando que fuera una broma. Pero la mirada de Hubert le demostraba que no.

-No… ¡No es posible! –Gritó- ¿Cómo han podido comprometerme con la hermana de esa loca?

Hubert intentó que se tranquilizara.

-Ya he oído los rumores. Pero puedo jurar por lo más sagrado que Fleur no es para nada como su hermana. Como ya te dije antes, es muy hermosa e inteligente. Creo que deberías darla una oportunidad.

-¿Una oportunidad, dices?

-Eso mismo. Creo que deberías conocerla un poco antes de casaros. Deberíais pasar algún tiempo juntos antes de la boda, para conoceros. Estoy seguro de que no te decepcionará.

El joven suspiró, resignado.

-¿Te han dicho cuándo vendrá a Glenhaven?

-Dentro de un mes. Debes partir pronto si quieres llegar antes que ella.

Stefan no contestó. Empezó a andar en silencio hacia el interior del castillo.

-¿Adónde vas? –preguntó el rey.

-A ordenar que hagan mi equipaje. Ya te escribiré para contarte que tal nos va.

Dos días después el joven se encontraba en alta mar, en el barco que lo llevaría de vuelta a Glenhaven...

Stefan se detuvo cerca de un río para que su montura pudiera beber. Mientras el animal bebía él se sentó en una roca cerca de la orilla. Pensaba en su prometida, en cómo sería. Después sus pensamientos se desviaron a Neriah. Él no tenía un solo buen recuerdo de ella. Recordó cómo le perseguía constantemente con cara de bobalicona, su maldita obsesión por la magia, hasta donde había llegado por dominarla. Aquella niña había resultado ser un autentico monstruo…

-Lo único que espero –dijo para sí- es que Fleur no sea como ella…