Sentada frente a su ventana, Fleur observaba a los pajes cargar su equipaje en la carroza que la llevaría a Glenhaven. Un grupo de caballeros, escogidos entre los mejores de Lisieux, se encargarían de escoltarla. Todos estaban fuera, en el patio, comprobando sus armaduras antes de partir.

La joven apartó la mirada del patio y miró el horizonte. Aún era temprano y el sol estaba saliendo. El cielo estaba completamente teñido de una luz rosada…

-Es bonita, ¿verdad? –dijo una voz.

Fleur salió de su ensimismamiento y se giró para ver a quien le hablaba.

Neriah estaba detrás de ella. No había nadie más en su cuarto. Le sonreía.

-¿El qué es bonita? –preguntó Fleur.

-Pues la aurora, ¿qué si no?

Fleur le devolvió la sonrisa a su hermana y le hizo gesto para que se sentara junto a ella.

-Es la primera vez que oigo referirse al amanecer de esa forma…-dijo, pensativa.

-Es el nombre de la diosa romana del alba, Aurora –respondió Neriah- Lo leí en mis libros.

Fleur volvió la cabeza para mirar otra vez el horizonte. "Aurora", pensó, "Me gusta. Resuena como una melodía. Es un nombre hermoso…".

-Qué no pondrá en esos libros tuyos –dijo- Te pasas los días encerrada en tu cuarto leyendo. Me extraña que no te los sepas ya de memoria…

Ahora era Neriah la que contemplaba el horizonte.

-Son muchos hechizos y difíciles de aprender. Tengo que practicar.

-Ya…-respondió Fleur.

Las dos estuvieron en silencio durante varios minutos, sin ni siquiera mirarse. Al cabo de un rato Neriah se atrevió a hablar.

-Oye, Fleur…

-Dime.

-Quisiera pedirte un favor.

La joven miró a su hermana, extrañada.

-¿De qué se trata?

Neriah tardó un poco en contestar. Lo que iba a decir no era fácil para ella.

-Yo…Yo quiero que me prometas…No, quiero que me jures…que nunca, jamás, amarás al príncipe.

Fleur esbozó una sonrisa triste.

-¿Cómo me voy a enamorar de un hombre al que no conozco? –respondió con la mirada baja.

-Quiero que me lo jures –dijo Neriah, tajante.

Ella la miraba con los ojos brillantes, como si fuera a llorar. La joven le dedicó una sonrisa amable.

-¿Y eso te haría feliz?-Preguntó.

Dos lágrimas empezaron a deslizarse sobre la cara de Neriah. Entonces Fleur comprendió cuán importante era aquella promesa para su hermana.

-No te había visto llorar desde que teníamos siete años –dijo la joven dulcemente. Entonces se levantó y alzó solemnemente la mano derecha- Yo, Fleur de Lisieux, juro, por la fuerte amistad que nos une, no amar nunca a mi prometido, Stefan de Glenhaven.

Neriah se levantó, emocionada. Sin decir nada, las dos se fundieron en un abrazo.


Al mediodía la joven se despidió de su familia en el patio. La corte en pleno estaba allí, junto a los criados, para darle el adiós a su princesa. Después de abrazar a sus padres, Fleur subió a la carroza y la comitiva se puso en marcha.

Desde la ventana, la joven contempló a la multitud que se agolpaba en el patio, que estaba allí sólo por ella. Sin embargo, su mirada se concentró al instante en su hermana. Sin pensarlo, movió la mano en un gesto de despedida. La multitud empezó a lanzar vivas.

Neriah, por su parte, hizo ademán de levantar la mano y devolverle el gesto a su hermana, pero se contuvo, y permaneció quieta, impasible, mientras el carruaje se alejaba…