-¡Llega la princesa! ¡Abrid las puertas!

El grito se extendió por todo el castillo. Una multitud se había congregado, expectante, para ver a la que sería la próxima reina de Glenhaven. Dentro de la carroza, Fleur observaba todos aquellos rostros. Habían venido a verla a ella…

-Es extraño –se dijo- soy una lexovien; qué raro que se alegren tanto de que yo vaya a ser reina…

-Eso, alteza –se apresuró a contestar su dama de compañía- Es porque os adoran. Sin duda alguna han oído hablar de vos y de vuestros muchos dones. Esperan de vos que seáis una gobernante capaz y una buena reina…

"Sí", pensó la joven con amargura, "una buena reina". Suspiró con fastidio a la vez que corría la pequeña cortina que tapaba el ventanuco del carruaje.


Los reyes de Glenhaven estaban esperándola en las imponentes puertas de la fortaleza, sobre unas escaleras. Fleur bajó de la carroza pausadamente y comenzó a ascender con la mirada baja. Cuando llegó al final se inclinó ante sus futuros suegros mientras se presentaba con toda la solemnidad que exigía aquel momento. Después el rey, riendo a carcajadas, le dio un sincero abrazo mientras la llamaba "hija". Entonces le presentó a su esposa y, por último, a su primogénito:

-Bueno –bramó el rey alegremente- ¡Éste será tu esposo, princesa! –Señaló al joven situado a sus espaldas- Mi hijo Stefan, príncipe heredero del trono de Glenhaven.

Fleur apartó la mirada de los monarcas y la concentró en aquel joven. Era bastante alto, de hecho le sacaba una cabeza, muy delgado, con el cabello negro, liso, suelto a la altura de los hombros. No la miraba directamente a la cara, sino que mantenía la mirada baja…

-¡Eh, tú! –gritó el rey. El príncipe alzó la mirada, sobresaltado, para mirar a su padre- ¿Se puede saber en qué estás pensando ahora? ¿Acaso no piensas darle un beso a tu futura esposa?

El joven se sonrojó. No contestó a su padre, sino que se inclinó levemente ante Fleur. Ella, comprendiendo lo que quería hacer, le tendió la mano en silencio, y el príncipe la cogió entre las suyas y la besó con dulzura.

-¡Así me gusta! –volvió a gritar su padre. Se giró hacia Fleur- Ahora, querida, a mi esposa y a mí nos encantaría enseñarte nuestro hogar…

Todos entraron en la fortaleza. Los orgullosos reyes le enseñaron una a una las principales dependencias del castillo. Prácticamente, eran los únicos que hablaban. Fleur se limitaba a contestar a sus preguntas mientras el príncipe, anonadado, no apartaba la mirada de ella…

"Hubert tenía razón", pensaba. Físicamente las hermanas casi no se parecían. A diferencia de Neriah, Fleur tenía una hermosa cabellera rubia y un saludable tono rosado en sus mejillas. Su figura era elegante; sus andares y su porte, dignos. Tenía una preciosa cara con forma de corazón, una nariz pequeña, unos labios rojos y carnosos, y unos espectaculares ojos verdes como esmeraldas…

-¡¿Qué demonios haces ahí parado como un pasmarote?! –bramó su padre.

El joven salió de su ensimismamiento. Sus padres y la princesa estaban al otro lado del enorme corredor, y él se había quedado atrás, mirando a la chica como un completo idiota…

-¡Ya voy! –gritó mientras empezaba a correr.