Diez años después

Desde su castillo, Maleficent contemplaba la escena. Esbozó una sonrisa mientras observaba a un acongojado Stefan dar vueltas en círculo como un idiota ante la puerta cerrada de su dormitorio. De vez en cuando pegaba la oreja a la puerta, intentando oír algo, cualquier cosa…

Los dos llevaban así toda la noche, aguardando. Pero a diferencia de Stefan, que estaba hecho un manojo de nervios, Maleficent se aburría. Ya empezaba a amanecer y parecía que aquello no terminaría nunca. Harta de contemplar cómo el rey más poderoso de Europa se comportaba como un imbécil, Maleficent murmuró unas palabras y la escena cambió…

Ahora contemplaba la faustuosa alcoba destinada a los monarcas. Allí, tumbada sobre la enorme cama con dosel, estaba Fleur.

Al verla, Neriah se alarmó. Estaba pasándolo mal. Muy mal. Estaba empapada en sudor y sangraba demasiado. Tenía los nudillos blancos de agarrar los pliegues del colchón. Gritaba, lloraba y jadeaba debido al dolor y al esfuerzo. Aquello no iba a salir bien, no podía salir bien…

Pero, para su sorpresa, todo salió a la perfección. A los pocos minutos la partera sostenía un pequeño bulto que se agitaba y lloraba con fuerza. El hijo de Stefan y Fleur. Su sobrino…

-Es una niña –dijo la mujer.

-Ni…Niña…-respondió su hermana. Intentó incorporarse a pesar del dolor, del agotamiento- Dejadme…Dejadme verla…

La mujer le entregó el bulto. Fleur lo cogió con el mayor de los cuidados. Neriah se acercó a la imagen para ver mejor. El bebé era rubio, como su hermana. Cuando abrió los ojos, Neriah contempló que los tenía profundamente azules. Eran los ojos que la habían enamorado hacía tantos años…

-Tiene los hermosos ojos de su padre…-susurró Fleur.

Maleficent no quiso ver más. Con un movimiento de su mano la imagen se disolvió. Salió de su estudio y anduvo hasta la sala principal del castillo. Se sentó en el enorme trono. Diablo se posó en uno de los brazos, contemplando, curioso, a su ama…

Maleficent sonrió complacida. Había esperado éste momento durante diez largos años. Ellos merecían ser castigados por lo que la habían hecho, y Maleficent no iba a dejar que se libraran. Matarles era algo demasiado fácil, demasiado vulgar, demasiado misericorde. Se merecían algo mucho más cruel, algo que dejara una huella imborrable en su memoria. Maleficent debía golpear donde más les doliera a los dos.

Y ahora, en ese mismo instante, había encontrado el instrumento perfecto para su venganza…


Ajena a todo, Fleur contemplaba embelesada a su hija recién nacida. Se había dormido. En ese momento, un rayo de sol matinal se filtró a través de la ventana e iluminó la gran cama con dosel, haciendo brillar con gran intensidad el cabello de la recién nacida princesa. Sólo entonces Fleur se dio cuenta de que estaba amaneciendo. Automáticamente le vino a la cabeza el recuerdo de una conversación que había mantenido muchos años atrás…

-"Es bonita, ¿verdad? La aurora" –susurró inconscientemente. Recordaba perfectamente las palabras; era como si las hubieran dicho ayer- "Es el nombre de la diosa romana del alba, Aurora. Lo leí en mis libros…"

En aquel momento entró su esposo. Se le acercó dando grandes zancadas, prácticamente corriendo. Se sentó en la cama, a su lado. Ella le sonrió con dulzura.

-Mira –dijo a la vez que le enseñaba el bebé- ¿No es preciosa?

Él le devolvió la sonrisa.

-Sí. Es…Es un encanto…

Los dos se quedaron en silencio, temerosos de que la más mínima palabra rompiera todo el encanto de aquella escena…

-¿Cómo la vamos a llamar? –preguntó Stefan pasado un rato.

Fleur no le contestó. Contemplaba a la pequeña, pensativa…

-Aurora…-dijo por fin.

-¿Aurora? –Respondió el rey, extrañado- Nunca lo había oído…

-Es el nombre de la diosa romana del alba –contestó Fleur sin apartar la vista de su hija- ¿Tienes tú un nombre mejor?

Stefan rió por lo bajo.

-La verdad es que no…Pero me gusta cómo suena…

El rey acarició la pequeña cabeza mientras besaba a su mujer. Al cabo de un rato, le reclamaron en otro lugar y, muy a su pesar, salió de la habitación. Después llegaron a tropel sus damas de compañía, las cuales se agolparon ante el lecho mientras conversaban, haciendo un ruido similar al de las gallinas en el corral. Haciendo caso omiso a todo aquel ajetreo, Fleur no apartaba la vista del bebé.

-Aurora –murmuró- Mi pequeña Aurora…