LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS
VIII
Meloney
Autopista BunnyBurrows-Zootopia. Sábado, 9 de octubre, 11: 41 h.
En el auto con Afrodita, el oso y la hermana de Judy, la gacela recibió una llamada. Tomó su celular y contestó.
Solo escuchó dos palabras.
—Infiltración exitosa.
Sonrió complacida, todo estaba saliendo como estaba planeado. En definitiva, los planes de Atenea tenían una aterradora certeza, era como si esa nutria pudiera ver el futuro y trazar un hilo de sucesos gracias a ello. Miró por el retrovisor; la pareja policíaca aún estaban tras ellos. Frunció los labios. «Qué insistentes.» No se iba a permitir ser capturada, más aún cuando su sobrina la esperaba en casa.
—Harmonía, deshazte de ellos.
Harmonía asintió y aceleró.
Autopista BunnyBurrows-Zootopia. Sábado, 9 de octubre, 11: 43 h.
Judy conducía a toda máquina persiguiendo a Afrodita y al oso, parecía no importarle las leyes de tránsito, su objetivo era la gacela y, más importante aún, su hermana. Se adentraron en la autopista. Por suerte no había tráfico debido a las trifulcas; tomó la palanca de cambios y subió la marcha.
Nick tomó la radio del carro y trató de comunicarse con Bogo para que enviaran refuerzos.
—¡Código 10-0! Oficiales Wilde y Hopps en persecución a alta velocidad en la autopista central. ¿Alguien me copia?
Ella ni se inmutó ante su llamada de refuerzos. El carro en donde huían tenía el neumático trasero izquierdo pinchado, mas mantenía la velocidad sin problema alguno. «¿Qué clase de modificaciones le habrán puesto?», pensó Nick. Judy pisó más fuerte el acelerador y la aguja de velocímetro seguía arqueándose cada vez más a la derecha… Doscientos… doscientos diez… doscientos veinte... doscientos cincuenta kilómetros por hora; las barandas de seguridad de la autopista parecían difuminarse como dibujos de tiza.
Nick seguía insistiendo en su llamado.
—¡Código 10-0! —repitió—. Oficiales Wilde y Hopps en persecución a alta velocidad en la autopista central. ¿Alguien me copia?
No hubo respuesta.
Algo no estaba bien, parecía que nadie le respondía los mensajes. Eso no podía ser posible. Siempre, por cuestión de seguridad, quedaban policías en la jefatura para resguardarla. No podía ser posible que todos estuvieran en acción conteniendo los disturbios; es ilógico. «¿Habrán bloqueado las señales de radio?» La pregunta en sí era algo fantasiosa, pero estando en contra de quienes estaban, el segundo grupo más buscado de la ciudad, tomaba un poco de coherencia. Quién sabía de lo que esos dementes eran capaces.
—¿Wilde? —La voz de Bogo sonó agitada y golpeada por la corneta de la radio de la patrulla.
—¿Bogo? —se sorprendió el vulpino; estaba casi seguro de que la frecuencia era para la ZPD, no para una radio en específico.
—¿Qué haces pidiendo refuerzos? —inquirió el búfalo; al fondo se oían gritos, sirenas, disparos y demás—. ¿No estaban en Burrows?
—Sí, jefe —aseguró, doblándose un poco a la derecha cuando Judy tomó una curva de la autopista un poco cerrada y la inercia lo hizo ladearse—, pero estamos en una persecución.
—¿A quién persiguen? ¡Vuelvan a Burrows! —ordenó.
—Jefe, estamos persiguiendo a una de Los Olímpicos. A Afrodita. Necesitamos refuerzos, se dirigen a la ciudad. Necesitamos refuerzos en la salida de la autopista. ¡Rápido!
—¡Wilde!... —Al fondo se escuchó una explosión—. ¡Garraza, las lacrimógenas! ¡Lanza las lacrimógenas! ¡Equipo, prepárense a avanzar después de la explosión! ¡Atentos con las molotov! —Hubo una pausa y una segunda explosión más lejos—. Wilde, están solos. Cambio y fuera.
Anonadado por aquella muestra de falta de apoyo, Nick no supo qué hacer por unos segundos. No fue sino hasta que en otra curva, esta vez cerrada, su cabeza chocó contra el vidrio de la ventanilla y lo trajo de vuelta. Al darse cuenta de que los dejaron solos y sin apoyo, le entró una cólera enorme. Intentó serenarse, no era el mejor momento para dejarse llevar por las emociones. «Bueno, no es la primera vez que ocurre.» Buscó en la guantera de la patrulla algún arma y sacó una nueve milímetros con el cartucho lleno, esa sería para Judy. Se dio la vuelta y del asiento trasero sacó una AR-15.
«Hola linda —pensó—, suerte que decidí sacarte. Hoy tendrás acción.»
Revisó la recamara y contaba con cuarenta y cinco municiones. Perfecto, ahora podrían hacerle frente a la gacela. Se aseguró de que tuviera el seguro y, una vez constatado, se la colgó a la espalda con la correa.
Judy miró con el rabillo del ojo la AR-15 que tenía en sus patas, y, sin quitar la vista del camino, preguntó.
—¿Y eso?
—¿Esto? —Vio a Judy con una sonrisa burlona—. La saqué cuando te fuiste.
—Pero Bogo…
—Si nadie se entera no hay por qué preocuparse, ¿o sí?
—¿Sabes usarla?
—Por favor, Zanahorias, me ofendes. —Se colocó una pata en el pecho teatralmente—. ¿Quién crees que soy? No hay nada estas patas no sepan manejar.
Judy esbozó una sonrisa. Nick notó que el auto en el que huían con la hermana de Pelusa empezaba a reducir la velocidad. Agudizó su vista; a quinientos metros adelante había una salida en U. Dedujo entonces que Afrodita intentaría escapar por aquella salida; quiso avisarle a Judy sobre ello, pero ésta ya lo había previsto, por lo que con un cambio más de la caja de cambio, aceleró a tope. La sensación de vacío en el estómago empezó a aparecerle a Nick, indicativo de la velocidad que estaban tomando. La pobre aguja del velocímetro se dio con el borde de plástico de éste, señalando que habían alcanzado la velocidad máxima: doscientos setenta y cinco kilómetros por hora.
El vulpino comenzaba a asustarse; un solo error, un giro mal dado o una simple movida de volante mal y darían vueltas como una noria hasta que se volvieran añicos.
—Pelusa… ¿no crees que vas algo rápido?
Ella sonrió sin verlo. ¡Oh no! Esa sonrisa. Esa sonrisa no significaba nada bueno, ya la había visto antes y sabía lo que venía: una locura a gran escala. Cerró los ojos por un instante y suspiró, pidiéndole a la deidad de turno que evitara su muerte, aún era muy joven para irse. «Y muy guapo.» Clavó sus garras al asiento y se asió de la agarradera en el techo de la patrulla.
—Zanahorias, deberías reducir un poco la velocidad. —«Y, si quieres, si no es molestia, evitar matarnos.»
Ella no respondió.
El motor parecía gritar sufriendo porque lo exigieran a tal capacidad por tanto tiempo sin descanso.
La salida estaba cada vez más cerca.
Doscientos metros.
Ciento cincuenta metros.
Cien metros.
Cincuenta metros.
El auto giró hacia la salida y…
—¡Agárrate, Nick! —gritó Judy para ponerse a resguardo.
¡CRASH!
Por un instante todo se puso en cámara lenta, Nick podía ver con una claridad aterradora cómo la patrulla se acercaba hacia el auto deportivo que empezaba a girar en la curva; no era vidente, pero estaba seguro de que le embestirían por el maletero y lo harían girar, como mínimo. La patrulla embistió. Ambos autos perdieron el control y el golpe él lo sintió en cada uno de sus huesos y articulaciones, con el latigazo de dolor por el latigazo del cuello. El deportivo chocó contra la valla protectora, chirriando y echando chispas como soplete de soldador, mientras la patrulla seguía andando.
Todo se detuvo cincuenta metros más adelante, cuando ya no había inercia con la cual seguir empujando y el motor de la patrulla se fundiera por el uso excesivo; el deportivo no podía hacer más que permanecer como un montón de chatarra junto a la valla protectora. Nick tenía unos pitidos molestos en los oídos y el lado izquierdo le volvió a doler, como recordándole la costilla agrietada que aún no estaba cien por cien sanada. Al volver en sí, despabilándose, lo primero que hizo fue reclamarle a Judy.
—¡Zanahorias! —gritó, con el corazón recuperando su ritmo normal, tal vez más rápido de lo común—, ¿estás loca? Casi nos matas.
—No fue para tanto, Nick —dijo ella, e hizo un gesto con la pata. A él no se le escapó que dicho gesto estaba con desganas; seguía un poco aturdida.
Negando con la cabeza, él agudizó la mirada por el agrietado y quebrado parabrisas, observando que en el otro auto Afrodita, el oso y la hermana de Judy se recuperaban del impacto. El oso dio un golpe a la puerta y pudo abrirla, salió y le tendió la pata para la gacela. Ya cuando ambos estaban fuera, jalaron a la conejita y se la llevaron.
Nick se aseguró de tener la ametralladora en la espalda y, al estar ésta allí, ayudó a Judy a salir con él. Inspirando aire fresco, observó cómo sus objetivos huían con la rehén. Nick abstuvo de comentar el mal estado en el que había quedado el auto, y la inminente amonestación que recibirían de Bogo, de la Alcaldía, porque era ésta quien le habilitaba el presupuesto a la ZPD, y el llanto del pobre mecánico que tendría que arreglarla. El frente parecía una lata aplastada, la velocidad del impacto había amasado todo en un aparejo de tubos, metal y vapor de agua que se elevaba en volutas; además, de abajo goteaba agua y algo que por el olor parecía gasolina, o tal vez aceite. Si hubieran ido más rápido, se dijo, se hubieran aplastado literalmente.
Le lanzó la nueve milímetros a Judy y corrieron tras ellos.
El oso, que se dio cuenta de que lo seguían, le pasó a la hermana de Judy a Afrodita mientras él sacaba su revólver y disparaba contra Judy. Disparó tres balas y la última acertó, aunque sólo la rozó en una pata. Ella se quejo del dolor y al ver que no era grave siguió corriendo. Los persiguieron por lo que Nick pudo calcular, fueron seis o siete cuadras. Varias veces estuvieron a punto de perderlos, porque giraban en esquinas, tomaban callejones o desviaciones que los hacían desaparecer de su rango de visión; si no hubiera sido porque Nick conocía vagamente la zona, los hubieran perdido de verdad. Al final llegaron a un edificio que tenía un aspecto de almacén, de aquellos antiguos de dos pisos de altura de hacía cincuenta o sesenta años; Afrodita y el oso entraron junto con la coneja.
Justo cuando iban a entrar también, Nick detuvo a Judy en la entrada, tomándola por el brazo.
—¿Por qué nos detenemos? —quiso saber ella.
—Zanahorias, estamos en territorio enemigo. Debemos estar preparados. Serénate un poco. —Judy respiró lentamente varias veces—. ¿Mejor? —La coneja asintió—. Bien, vamos juntos, tú cubres mi derecha, y nada de remordimientos.
Se apoyaron en la puerta del edificio y se dieron una mirada a los ojos. Nick alzó una pata con un dedo, luego alzó un segundo y al tercero, tomaron impulso y de una patada abrieron la puerta. Al entrar, perdieron el norte por un momento, lo que observaban los dejó sin palabras.
Cientos, sino es que miles, de hembras de varias especies estaban encadenadas a las paredes. Hembras adultas y jóvenes. Todas con precarios ropajes hechos a partir de ropa y tela viejas y amarillentas, las cuales parecían absorber la humedad mohosa de las paredes. Parecía una cárcel del siglo XV. Judy miró a Nick con una expresión de dolor. Él trató de mantener su semblante frío, pero no era tan insensible como para no compadecerse. Suspiró. Después podrían ayudarlas.
Escucharon un ruido en el piso de arriba y subieron corriendo por una escalera que se alzaba en el centro del almacén hacia unas barandas que hacían de segundo piso y, a su vez, llevaban a dos puertas ubicadas a los extremos este y oeste. Corrieron al escuchar el clank, clanck, de las pezuñas de Afrodita en la explanada de metal. Las pisadas sonaban hacia la derecha, le indicó Judy con un gesto de la pata, por lo que Nick alzó su ametralladora y apuntó al lugar, caminando despacio para no perderse nada en caso de que hicieran una aparición imprevista. «Inténtelo siquiera.»
Atravesaron la puerta. Llegaron a una terraza de cinco metros por cinco metros, con suelo de gravilla y piedrecillas sueltas. Mal escenario. Si se inicia una disputa y los derribasen al suelo, el mismo les facilitaría que sus atacantes los dominasen. Sin embargo, Nick y Judy tenían las de ganar, porque Afrodita y el oso estaban acorralados, y la única vía de escape era un salto de, fácil, cinco metros desde el borde de la terraza hasta una terraza en el edificio vecino. Jamás podrían saltar eso y no caer al vacío.
Nick le apuntó al oso, con el ojo en la mira del arma; él por el contrario apuntaba con la pata que no sostenía a la coneja, a Judy; y ella a Afrodita.
—¡Ríndanse! —ordenó Judy—. No tienen escapatoria.
El oso rió con desgana, mientras la gacela sonreía con enigma. Cuando él fue a disparar, Nick se le anticipó y le dio un disparo certero en el pecho. El oso se miró el pecho con sorpresa, el cual estaba empezando a mancharse de rojo oscuro, sangre, para luego voltear con una mirada inusitada hacia Afrodita. Nick conocía esa mirada: la de un animal que esperaba soporte y nunca lo obtuvo.
—¿Por qué no hiciste nada? —Sangre burbujeó en su boca.
—Lo siento, cariño —respondió Afrodita, inmutable—, esto era parte del plan. Nada personal. —Lo vio con unos ojos fríos—. Tú solo eras un escalón para completarlo.
Afrodita sacó una píldora amarilla de su bolsillo y se la comió. Empujó a la pequeña coneja y apuntó hacia ella.
—Como alguno de ustedes dos se mueva —advirtió—, le haré un tercer ojo a la mocosa.
Nick y Judy se miraron confundidos y no cedieron un ápice. No iba a dudar, pero por si acaso, evitaría hacer algún movimiento amenazante para que Afrodita no disparase. Sin embargo, para sorpresa de ambos, ella se agarró el pecho tan fuerte como si estuviera sufriendo un ataque, dio varios gemidos y jadeos de dolor y la pistola en su pata temblaba peligrosamente. «¿Qué diablos es esa píldora?» Algún efecto estaba teniendo, porque los gemidos de dolor parecían un calvario, como si se incendiara por dentro. ¿Qué sentido tenía? Imaginó que tal vez era un intento de suicidio, pero lo descartó; si quería suicidarse para no ser capturada y revelara información, con darse un tiro en la cabeza bastaba, no era necesario todo ese número.
Al cabo de un tenso minuto en el que nadie hacía nada, Afrodita se calmó. Alzó los ojos y sus pupilas estaban dilatadas por completo, dejando un fino hilo de color en sus ojos que eran el iris. Soltó el arma que cayó con un golpe seco en el suelo y alzó las pezuñas.
—Me rindo —dijo, sacando a Nick y Judy de base.
La gacela no hizo movimiento alguno que le indicara a Nick que era mentira, permanecía quieta como una estatua. Judy se acercó a su hermana lentamente, dando pasos sin dejar de apuntar a Afrodita; una vez llegó con su hermana, dejó el arma en el suelo, se agachó y la abrazó con fuerza. En eso, Nick se acercó de la misma forma hacia Afrodita, sin bajar el rifle en ningún momento, y cuando estuvo a su lado bajó la mira un poco para sacar sus esposas.
Grave error.
En ese pequeño momento de descuido, de alguna forma inanimal Afrodita se movió. Alzó una pata y le dio una patada lateral en las costillas («¡¿Qué demonios tienen con mis jodidas costillas?, carajo!») que le sacó el aire, seguido de un golpe en el estómago con tal fuerza que no parecía ser de una gacela, sino más bien de una jirafa o algún depredador con el triple de masa muscular que ella. Cuando se dobló por el dolor y la falta de aire, Afrodita lo tomó de la nuca y le dio un rodillazo en el rostro, aturdiéndolo, momento que aprovechó ella para dar media vuelta y correr hacia el borde de la terraza. Flexionó las piernas y para sorpresa de ambos, saltó.
Parecía que flotase en el aire o que ese fuera su elemento natural, porque ni se inmutaba ni preocupaba por la altura, sino que planeó, cayó en la terraza contigua, dobló las rodillas y rodó por el suelo para mitigar el impacto. Al ponerse de pie, se volvió y les hizo una seña de despedida: se llevó dos dedos a la sien y los separó, sonriendo. Cuando Nick alzó al rifle, aún mareado y Judy llegó a su lado con la nueve milímetros en alto, Afrodita ya estaba en el borde del otro edifico y, como antes, saltó al contiguo. Ella repitió eso hasta que se perdió de vista.
El asombro de ambos era total, tanto que salieron de éste cuando la hermana pequeña de Judy la abrazó y gimoteó pegada a su pierna. Nick no compartía la alegría, o al menos no del todo, estaba pensativo en cómo demonios un animal que biológicamente salta máximo dos metros, puto saltar cinco, resistir el impacto y repetir el proceso varias veces. ¡No tenía el menor sentido! Entonces…
—La píldora —murmuró para sí, ensimismado.
«¡Esa píldora tiene algo que ver!» Pero Afrodita se la había comido… Captó de soslayo el brillo del sol contra la sangre del oso. Una posibilidad surgió en su mente. «¿Sería posible que…?» Caminó hasta el cadáver del oso y empezó a revisarle los bolsillos; terminó sacando una píldora amarilla, como la de Afrodita, con el exterior blanco y centro líquido. Con una sonrisa zorruna de triunfo, sacó su pañuelo de los exploradores que siempre iba consigo y la protegió con éste, doblándolo y guardándolo en uno de los bolsillos de su camisa azul bajo el chaleco antibalas. Eso iría a laboratorios.
Un poco más calmados por lo sucedido, Nick se acercó a Judy y le dio unas palmaditas en el hombro, cuidando de que la pequeña no viera muestras de afecto comprometedoras.
—Buen trabajo, Hopps —le dijo, sonriendo agotado, y ella se la devolvió en respuesta.
El efecto de la adrenalina pasó poco a poco, perdiendo aquel temblor agitado e insensibilidad al dolor por el agotamiento posterior a la acción, donde el cuerpo intentaba recuperar lo perdido. Nick le indicó a Judy que se levantara y junto a su hermana, se retiraran de allí.
—Creo deberías avisarle a Bogo sobre lo que hay aquí, Pelusa —dijo Nick. Judy asintió.
La primera en salir fue Judy, llevando a su hermana de la pata, en la terraza se quedó Nick, que se recostó en la pared cuando ellas salieron, tocándose con dedos cuidadosos la frente donde recibió el rodillazo, el estómago y las costillas. Se fue deslizando hasta quedar sentado en el suelo y soltó su arma.
—¿A qué clase de locos nos estamos enfrentando? —se preguntó.
Por lo general, si se encontrara en esta situación cuando aún era estafador, lo más sensato habría sido perderse, irse o desaparecer por una temporada y no volver hasta que las aguas estuvieran calmadas. Ahora, para su buena o mala suerte, no era ese zorro, era un policía. Y como tal, tenía que hacerle frente a lo que viniera; aunque su motivo para hacerlo era el mejor del mundo: su coneja. Se dio varias palmadas en las mejillas, ignorando el dolor en la cara, para volver en sí. Es verdad que estaban en contra de un grupo de criminales, pero todos los que se creen superiores olvidan algo muy simple: siguen siendo mortales. «Memento Mori», pensó, recordando un libro que tenía en su departamento. Se olvidan que como mortales, siempre habrá algo por dónde hacerlos caer.
Se levantó y bajó al recibidor del almacén, mirando los rostros demacrados de las hembras que había en ese lugar. Eran cantidades y cantidades de animales, todas, sin excepción, con una fina cadena en la pata derecha que terminaba en un grillete en el extremo, y en el otro, en una base metálica anexada a la pared. Ninguna de ellas tenía vida en los ojos, sólo un profundo vacío, como si estuvieran muertas. «Lo están. Por dentro lo están.» Una a una comenzó la incesante labor, mientras llegaban los refuerzos, de liberarlas. No era muy complicado, en algunos casos las cerraduras de los grilletes estaban tan viejas que con un golpe bien dado se rompían; con otras les costaba un poco y ya había unas que sencillamente no se abrirían si no era con un cerrajero. Por más zorro que fuese, sabía cuándo debía detenerse para no romperse una garra.
Los refuerzos llegaron veinte minutos más tarde. Empezaron a liberar al resto de las hembras cautivas, y Nick siguió con su labor de acelerar el proceso, buscando algunas con los grilletes averiados o sencillos, que no le llevaran casi tiempo. Al fondo del almacén, anexada a una columna, una pequeña cadena que parecía de bicicleta salía y se perdía en una esquina, donde un sócate pendía con una bombilla fundida. Se acercó a ella y se dio cuenta, con sorpresa, horror e impotencia, que era una zorra; una pequeña cachorra de no más de tres años.
Empezó a caminar muy despacio hacia ella, con las patas claramente visibles al frente para no asustarla. «Es increíble que esos malditos usen niños.» Ella alzó la mirada, tenía unos ojos lindos y sorpresivos ojos verdes claro. Tan pálidos que parecían cristales.
—Hola, pequeña —saludó, con voz amable, sonando lo mas paternal posible—. ¿Cómo te llamas?
La pequeña no respondió, lo único que hizo fue quedársele viendo por un largo rato. Después, cuando Nick empezaba a pensar que ella no sabía hablar, ésta respondió con la voz reseca, como si llevara días sin beber.
—Meloney.
—Es un lindo nombre —dijo, asintiendo con la cabeza. Cuando estuvo tan cerca como para tocarla, se agachó a su altura, sin perder la sonrisa—. ¿Qué hace alguien como tú en un lugar así? —De nuevo pasó un rato antes de que ella respondiera, con la diferencia que en lugar de hablar, sólo se encogió de hombros y agachó la cabeza—. ¿Tienes padres? —Meloney negó con la cabeza—. ¿Familia? —Volvió a negar.
Nick se sintió mal por ella. En su estado, estaba cien por ciento seguro que la terminarían enviando a Servicios Infantiles y de ahí a un hogar sustituto o peor, un orfanato, en espera de que alguna pareja casada la adoptara. En primera instancia eso sonaba bien, pero él era realista. Ella era una zorra, como él; y nadie quiere a los zorros. Si se la llegaban a llevar no le cabía la menor duda de que se haría adulta esperando, siendo enseñada por la calle… como él.
Sacudió la cabeza para sacarse esos razonamientos, no era el momento. Se acercó y con cuidado le tomó la pierna a Meloney; ella no se resistió, quizá percibiendo que él no quería hacerle daño. La cerradura fue más complicada de lo normal, fracturándole la garra, pero logrando liberarla. Nick le quitó el grillete y lo colocó a un lado, y Meloney se sobó el tobillo.
Nick se puso de pie y se sacudió el pantalón.
—¿Quieres salir de aquí? —le preguntó. Meloney asintió y él le tendió la pata; ella se la tomó—. Ven.
Cuando empezaron a caminar, el vulpino notó que la pequeña cojeaba al afincar la pierna donde había tenido la cadena, por lo que, luego de preguntárselo, la tomó por las axilas y la cargó. Le sorprendió la ligereza que tenía. No era la primera vez que cargaba cachorros de su especie, pero ella estaba particularmente ligera. Percibía el temblor de su cuerpecito contra él y de un momento a otro Meloney lo abrazó por el cuello, ocultando su rostro en su hombro, tal vez en un intento de asegurarse de que eso era real o tratando de sentirse segura.
Salir de aquel almacén oscuro pareció como volver a nacer; los rayos del sol lo cegaron un poco a su ya adaptada visión nocturna, por lo que tuvo que parpadear varias veces para acostumbrarse. Las patrullas estaban formando una media luna alrededor y un poco más lejos los demás oficiales trazaban un perímetro y colocaban la cinta amarilla. «Oh, cierto, el oso murió.» Hablando con Bogo, realizando gestos con las patas enfatizándose, estaba Judy, que lo volteó a ver antes de que siquiera él pronunciara su nombre; sus ojos se detuvieron en la pequeña que se aferraba a su cuello.
—¿Quién es ella, Nick? —preguntó con curiosidad; haciendo oír sólo para él bajo la incesante lluvia de órdenes y sonidos de radios.
—Una de las hembras que tenían cautivas —le respondió—. Se llama Meloney.
—¿Tiene familia?
—No —contestó al mismo tiempo que meneaba la cabeza en un gesto negativo.
Ella se quedó viéndolos, alternando la mirada de Meloney a sí mismo, para luego, arquear una ceja en una muda pregunta. ¿Qué harás con ella? Al planteársela, no supo con certeza qué decir. Ciertamente no quería que ella terminase en un hogar sustituto o un orfanato porque casi podía predecir en qué se convertiría o cómo terminaría de adulta, pero ¿qué otra opción tenía? «Quedármela.» Era la opción que le quedaba, pero… ¿podría? Miró de soslayo a la pequeña, el pelaje rojizo se veía cobrizo por lo rustico y el sucio que tenía, necesitaba un baño urgente. Después de pedirle una botella de agua a Judy al recordar que Meloney estaba sedienta, que ella se la trajera de una de las patrullas donde atendían a las hembras liberadas, y que la pequeña bebiera, se decidió.
—Irá con nosotros. —Sólo esperaba que no fuera una completa locura lo que estaba diciendo. Lo más cercano a un cachorro que hubo cuidado era a Finnick… en su disfraz.
—Muy bien, entonces —sonrió ella, como si fuera lo más normal del mundo.
Sorprendido por aceptarlo, con las cosas ocultas que eso significaba, Nick esbozó una de las pocas sonrisas sinceras que realizaba y que gracias a Judy había comenzado a recordar cómo hacerlas.
—Gracias, Pelusa.
Luego de que se recuperaran mentalmente de la travesía que acabaña de vivir, Nick y Judy constataron que la gran mayoría de las hembras liberadas se identificara como debían para poder así localizarles algún familiar o conocido que las ayudara. Con su nuevo integrante prendido del cuello como una cría de perezoso, Nick, junto a Judy y Emma, como se llamaba la hermana de Pelusa, decidieron llevar a la pequeña a BunnyBurrows, devuelta con sus padres. Y ya que no tenían patrulla con la cual volver gracias a una coneja con instintos suicidas, terminaron decidiendo partir en un taxi. Por suerte, un león estaba a pocas cuadras en su taxi leyendo el diario. Podía haber un disturbio, caerse el cielo o explotar una bomba, pero los taxistas siempre estarían disponibles. Esos animales literalmente se burlaban del peligro.
Los cuatro se subieron y se dirigieron a Burrows, más específicamente a la granja de los Hopps. El viaje fue corto, en lo que cabe; trayecto en el cual Nick, llevado por alguna extraña fuerza que le tiraba de las patas, con la que no cargaba a Meloney, le daba una ligeras palmaditas en la espalda. Suaves, como si ella estuviera hecha de nubes que amenazaran con desaparecer. Las tierras de cultivo sustituyeron el paisaje citadino y terminaron llegando a la Granja Hopps. Se bajaron y Nick pagó. Miró la gran casa y tragó grueso, estaba empezando a sudar y a hiperventilarse con Meloney en su hombro, que aun no bajaba ni tenía la intención de hacerlo.
Judy, a su lado, se volvió sonriente tomando la pata de Emma, una vez el taxi se perdió en el horizonte, y le sonrió.
—¿Nervioso por conocer a tus suegros? —bromeó.
—¿Yo? ¡Qué va! —comentó haciendo un gesto con la mano libre, con una ligera veta de pavor en su voz. «¿Nervioso? Yo diría más bien aterrado, Zanahorias.»—. Yo nací preparado… —Hizo una breve pausa—. ¿Crees que me maten?
Ella sólo empezó a reírse de manera estridente. Emma le tiró de la pata.
—Judy —preguntó con una vocecilla—, ¿es tu novio?
La pregunta sorprendió al vulpino, mas a la coneja sólo le pareció norma, incluso hasta cómico, por lo que no contestó.
Para su sorpresa, el suelo no era duro, sino de una tierra que resultaba cómoda para sus patas. Caminaron por el sendero entre la hierba hasta que llegaron a la puerta de la casona. Judy tocó dos veces, mas cuando lo fue a hacer una tercera, tanteó sus pantalones en busca de una llave. Al darse cuenta de lo tonto que aquello se veía, se agachó y de debajo del tapete en la entrada sacó una llave; al abrir, dos conejos aparecieron del lado lateral de la casa. Dos que ya sabía sus nombres por las veces que Judy los había nombrado en lo que lo conocía; la hembra, Bonnie; y el macho, Stu. Los dos tenían lágrimas en los ojos, siendo su padre el que casi rompía a lagrimear.
Y como si nada, de un instante a otro, las preguntas explotaron.
—¿Cómo estás? ¿Te hicieron daño? ¿La atraparon? ¿Cómo esta Emma? —Las pronunciaban tan rápido y veloz que parecía las decía un mismo ser en dos cuerpos; sin embargo, Stu, al final, agregó una que molestó a Nick—: ¿Y ese zorro?
Sonó tan despectivo que lo hizo tragarse un gruñido. «Calma; calma. Son conejos, que sean así con un zorro es normal.» Nick alzó su pata libre para hacerse notar, pero Judy se le adelantó.
—Estoy bien. —respondió—. No, no me hicieron mucho daño, tengo un roce de bala en la pierna, nada más. No; ella escapó. —Se le notó el enfado en la voz al decir eso—. Emma está bien. Y él es Nick… —Se enmudeció un momento como tratando de averiguar qué decir— mi…, mi compañero.
El matrimonio vio escéptico a Judy.
—Judy, cariño —habló Bonnie—; ¿él es el compañero del que tanto nos has hablado?
—Sí, ma, es él —asintió ella, nerviosa.
Nick se acercó y saludo con su pata libre.
—Es un placer, señora Hopps. —Tomó su pata y la besó.
—¡Oh!, que educado —sonrió Bonnie, en señal de aprobación, lanzándole una fugaz mirada a su hija.
Judy sonrió ante su proceder. Nick lo hizo para sí; lo conocía tan bien que ella dedujo que estaba intentando ganarse a su madre primero. Era ley de vida. Si quieres caerles bien a tus suegros, no intentes ir a por el esposo, el truco está en la madre; cayéndole bien a ella, lo demás venía por efecto dominó. Sintió la fulminante y escrutadora mirada de Stu en el cuello, escociéndole la piel, pero no mostró la más mínima percepción.
Cuando separó sus labios de la pata de su suegra, Bonnie lo miró de arriba abajo, lo que lo incomodó; y luego se fijo en la zorrita que llevaba cargada.
—¿Y quién es esa preciosa zorrita?
Sin saber cómo responder, Nick miró a Judy esperando que le diera el consentimiento para responder. Ella asintió y el zorro sonrió, no una sonrisa de agradecimiento, sino una sonrisa de las picaras. Judy se tensó esperando la respuesta del zorro. «A ver cómo reaccionas a esto, Zanahorias,»
—¿Ella? —preguntó inocente, haciendo como si no se hubiera acordado que la llevaba—. ¡Oh!, ¿dónde dejé mis modales? —Se dio un golpecito en la frente—. Ella es Meloney Wilde —sonrió con astucia—. Nuestra hija…
Judy se quedó petrificada.
—¡Dulces galletas con queso! —murmuró irguiendo las orejas.
