LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS
Agradecimientos
PamExpelliarmus: gracias por tu review. Y sí tengo momento familiares planeados para los tres.
xXDZEFXx: wow nunca creí que mi historia te atraparía hasta el puntoq ue se te pase el tiempo volando. Gracias, eso me halaga bastante.
SirDaniSkywatcher304: muchas gracias, y no te equivocas, se vienen capítulos familiares entre los tres. Y luego se resolverán algunos misterios.
Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.
IX
Padres
BunnyBurrows, granja de los Hopps. Sábado, 9 de octubre, 13:02 h.
Judy se quedó petrificada en el lugar. Si sus padres o Nick habrían dicho algo más no lo habría escuchado, en su mente solo se repetía una frase en un intento de asimilarla, nuestra hija, nuestra hija, nuestra hija…
¿Hija?, fue lo primero que pensó. ¿Tendría una nueva hermana? Su madre no le había dicho que tendrían una nueva camada; no, ella no fue. ¿Nick? ¿Nick es padre? Él no tiene hijos, ellos están juntos, sabría muy bien si Nick tuviera un hijo. ¿Sera esa zorrita que tiene cargada? Acaso él…
Le había tomado tiempo volver en sí y cuando lo hizo… pobre de ese zorro.
—¡NICHOLAS PIBERIUS WILDE! —gritó, tomándolo de la corbata.
La sonrisa burlona que tenía Nick se perdió más rápido que la luz, abriendo los ojos con sorpresivo terror al mismo tiempo que una sombra, tal vez la de él previendo si futura muerte, bailaba en sus ojos. Sus padres voltearon como las presas que eran, ante el ruido de un depredador, observando sorprendidos a su hija, y luego Bonnie observo conmiserada a Nick. Roja y enojada, Judy caviló que enojarse frente a la pequeña no era lo más indicado; se calmó por fuera y esbozó una sonrisa; una que dejó a Nick muy cerca de ser la copia viviente de El grito.
—Pelusita —dijo, con la voz tan temblorosa que apenas se entendió—, ¿me das cinco segundos de ventaja? —Sonrió nervioso.
—¿Te parece si hablamos a solas? —le preguntó, pero más que pregunta era una orden directa.
Sabiéndose su suerte, Nick lanzó una mirada suplicante a Bonnie y Stu, a la cual ellos se desligaron del asunto desviando la mirada y observando el horizonte o las cosechas de zanahorias al fondo. Judy sonrió, al menos sus padres sabían en qué momento no inmiscuirse. Un brillo astuto pasó por los ojos de Nick.
—Mi Zanahorita, tengo a Meloney en brazos —sonrió, creyendo que se libraría de una posible paliza.
Sin embargo, eso no le impidió planear la forma en cómo vengarse; lo jaló de la corbata y lo llevó a un árbol alejado de sus padres. Aunque no la podrían oír, si la verían. Al llegar a uno cerca del cobertizo a unos diez metros de Bonnie y Stu, Nick estaba más asustado que cuando chocaron la patrulla. Le esbozó una sonrisa a la coneja, no obstante, ella estaba con la sangre burbujeando de molestia, sólo se oía el incesante golpeteo de su pie contra la tierra.
—Si tuviera una guitarra tendría una canción con ese ritmo, Zanahorias.
Judy dio una mirada fulminante a Nick.
—Está bien, mala broma. —Bajó las orejas.
—¿Mala broma? —espetó ella—. Yo creía que tendrías más seriedad en estos asuntos, Nick. Mi familia es algo…, tradicional con este asunto —argumentó con gestos y señales hacia sus padres—. Sí; tienen negocios con otro zorro, pero no creo que estuvieran preparados para esa noticia así tan ¡bum! —dijo haciendo con sus patas una pantomima de una explosión.
—¿Pero acaso es mentira? —inquirió, con un tono más bajo de lo normal—. Yo no quiero que ella termine en un hogar sustituto y mucho menos un orfanato. Sabes tan bien como yo que es más probable que me den un tiro a que la terminen adoptando; a los zorros muy pocos nos quieren. Tus padres son un claro ejemplo, ¿o me equivoco? Pero no podemos dejar a Meloney en algún otro lado, sí o sí vivirá con nosotros. Y yo no fui quien lo aceptó, sino tú, ¿recuerdas?
Judy su ruborizó al entender el trasfondo de aquello.
—Sí, pero…
—Pero nada, Judy —cortó Nick—. No quiero que ella termine viviendo lo que yo viví. —Esa oración no le pasó desapercibida a la coneja, aumentando la curiosidad por saber de su pasado—. Tenemos que cuidarla, y no puedo hacerlo solo. Te necesito.
Judy sólo bufó, sin saber muy bien qué responder. Ella también quería quedarse con la pequeña, porque Meloney tenía algo que la hacía querer cuidarla, o bien podría ser su instinto maternal empezando a surgir. No obstante, aún no se sentía preparada para tal responsabilidad. Lo más cercano a un cachorro que hubiese cuidado eran sus hermanos menores, pero de eso a cuidar una cachorra por sí misma, eran niveles muy distintos. No podían sólo cuidarla, deberían, para poder darle todo con plenitud, tenerla bajo su tutela, y dudaba mucho que una pareja interespecie pudiera adoptar, o como mínimo ser el tutor legal, de un cachorro. Sumado a que no tenía lazos con ella tan profundos.
—Es-esta bi-bien —musitaron sus labios antes de que Judy lo quisiera—; lo haremos juntos.
Se percató de que la pequeña, al oír aquello, se movió de forma casi imperceptible en el cuello de Nick, apretándolo más. Si no fuera por su enorme sentido de la audición, Judy no hubiera podido escuchar las gracias susurradas que ella dio. Como única respuesta, el vulpino le dio unas pequeñas palmaditas en la espalda a Meloney, lo que a Judy, a pesar del enojo que comenzaba a perderse poco a poco ante la escena, le pareció tierno. Una ternura que no tenía idea Nick pudiera producirle.
Suspiró. Ni aunque pasase toda su vida con él, terminaría de conocerlo por completo. Ya dándose cuenta de que la disputa no tenía sentido, fueron de nuevo hacia donde Bonnie y Stu. Ambos conejos los esperaban como quien no quiere la cosa, Bonnie con una extraña sonrisa ansiosa y Stu con unas miradas asesinas hacia Nick. Al llegar Nick bajó a Meloney al suelo, pero ella se escondió detrás de él, sólo asomando su rostro. Stu comenzó a dar golpecitos con su pata en el suelo, esperando su explicación.
Judy reunió todo el valor que pudo y presentó de nuevo a ambos zorros.
—Mamá, papá; él es Nick, mi compañero de la policía… —dijo, y cerró los ojos, inspirando profundo— y mi pareja. Y ella es Meloney, a quien estaremos cuidando a partir de ahora.
Esperó gritos, varios «¿cómo pudiste hacernos esto?» y algunos «por eso no queríamos que fueras policía; la ciudad te ha cambiado», pero para su sorpresa, no los hubo. Abrió los ojos, dubitativa e incrédula, y vio a sus padres muy distintos: a Bonnie la vio feliz, demasiado feliz; su sonrisa era de lado a lado, sólo le faltaba un cartel que dijera «EN LOS CAMPOS ELISEOS». En cambio, Stu estaba sin habla, con los ojos abiertos como platos y la nariz se le movía sin cesar.
Su madre, en el acto más veloz que le vio hacer, pasó de estar a cuatro pasos de Judy a estar abrazándola con tal fuerza que sentía los órganos apachurrados.
—¡Al fin! —exclamó Bonnie, como quien recibe el pago de una deuda—. ¡Pensé que te quedarías soltera y sola!
«Espera, ¿qué?», se ofendió Judy. ¿Es que acaso no la veían como la coneja independiente que era? ¡Por favor! Era una coneja que había resuelto muchos casos, en especial el de los Aulladores y recién llegaba de enfrentarse a una mafiosa y a una trifulca. ¿Pero se alegra porque trae a un novio?
«Es el colmo.»
Toda la felicidad que había en el ambiente se dispersó de golpe cuando Stu habló.
—Espero que sea una broma.
Bonnie volteó a verlo con una mirada de «O te callas o duermes en el sofá». Éste se intimidó un poco, mas no cedió.
—Ninguna hija mía saldrá con un zorro, mucho menos… —Miró despectivo a Meloney—, criará uno.
Al instante se hizo el silencio de cementerio. Judy notó que Meloney, tras Nick, terminaba de ocultarse y bajaba la cabeza, como apenada o triste. Tal reacción hizo que un volcán hiciera erupción dentro de la coneja; ¿cómo se atrevía a hablar así de un cachorro? Pero cuando iba a reclamarle a su padre, Bonnie dio un paso pesado, lo tomó del cuello de la camisa y se lo llevó, girando en una de las esquinas exteriores de la casa. Judy se calmó al momento, y, junto con Nick, tragó grueso, ella sólo había visto a su madre una vez así de enfadada y no fue bonito.
Un rato después, el matrimonio volvió: Bonnie con su sonrisa intacta y Stu maldiciendo por lo bajo pateando la tierra. Bonnie les tendió la pata y les abrió la ya abierta puerta por completo, para que pasaran. Judy entró feliz con Nick y Meloney detrás. Se sintió niña de nuevo, extrañaba su hogar. Sin embargo, la felicidad no duró mucho al ver quién estaba sentado en el sofá, ajeno a todo, suelto como si fuera su propia casa.
El conejo se giró hacia ella y sonrió.
—Señorita Judy, está a salvo. —Se levantó, acercó y tomó una pata. O él tenía unos modales de principio de siglo, o todo aquello era una farsa—. Estaba preocupado por usted. Quizá se pregunte qué hago aquí. Sus padres me ofrecieron un café como agradecimiento, y ¿qué mejor lugar para esperarla?
La estupefacción de la coneja era tal que en su intento de comprender qué hacía McLean allí, no se dio cuenta cuándo Nick se colocó a su lado, llevando a Meloney de la pata, y le pasó la cola por la cintura, dándole un leve tirón para acercarla más a él.
—McLean… —dijo Nick, mordaz—. ¿Por qué será que te apareces en los lugares más impredecibles? En la disputa en Plaza Sahara; en la trifulca en Burrows; aquí, en la casa de mi Judy.
Sergio McLean miró despectivo a Nick y se giró hacia Judy en un intento de que ella hiciera algo. Sin embargo, ella lo vio de igual manera que Nick. Él tenía razón, no lo había pensado mucho porque tenía que salvar a su hermana, ¿pero qué hacía McLean en la trifulca?, más aún cuando todos los animales estaban a resguardo. Y para cereza del pastel, fue él quien asesinó a uno de los dos tigres. Era algo muy sospechoso.
McLean, dándose cuenta de que no tenía cabida ahí, se acercó al perchero cerca de la puerta y tomó su sombrero y su chaqueta, se la colocó y atravesó el umbral de la puerta. Judy lo siguió con la mirada a través de la ventana, donde Bonnie y Stu lo vieron extrañados.
—Chico; ¿te vas? —preguntó Stu.
—Sí, señor, disculpe si cause algún inconveniente.
—No has causado nada, quédate.
—No se preocupe, señor, en otro día será —dijo bajando las orejas.
—Pásate un día y comeremos algo.
McLean asintió y se fue.
Ya dentro, bajaron la guardia, a excepción de Stu. Judy no tenía idea qué decir para romper el hielo y mutismo que se había formado. Nick se sentó en el sofá con Meloney, al hacerlo la tensión se triplicó por una parte y aligeró por otra; Judy y su madre se lanzaban miradas tanteando el terreno, como preguntándose si sería lo más recomendado no intervenir. Nick afincó su cabeza en el espaldar del sofá y cerró los ojos por un rato, en el cual Meloney pasaba la mirada de Judy a Bonnie y luego a Stu. Al final, el vulpino alzó la cabeza, miró al padre de Judy, pero éste le desvió la mirada. Nick sentó a la pequeña en sus piernas y mirando al techo le habló al conejo.
—Señor Hopps, ¿le incomodamos? —Claro y directo. Judy se tensó.
Stu lo ignoró, algo a lo que, ella sabía, Nick ya estaba acostumbrado.
—¿Cree que quiero hacerle daño a Zana… Judy?
Stu lo vio de reojo y asintió; Judy sonrió, ese zorro mañoso dio en clavo con las emociones de su padre. Y no era para menos, Nick era experto leyendo a los animales.
—Mire le seré claro, yo amo a Judy —afirmó, sin una pizca de duda en sus palabras—. Nunca le podría hacer daño, le aseguro que respeto a su hija y jamás haré o diré algo que pueda comprometerla o ponerla en peligro. Ella es todo para mí y mucho más ahora que… tenemos alguien a quien cuidar. —Le puso la pata sobre la cabeza de Meloney—. No espero que entienda nuestra relación, sólo quiero que me dé la oportunidad para demostrarle que digo la verdad.
«Zorro astuto», pensó Judy, sabía que su padre sólo daba oportunidades cuando era un asunto delicado, si el animal en cuestión era sincero y ponía su nombre y credibilidad en juego. En un pueblo donde la mayoría de los tratos y negocios se hacen de palabra, la sinceridad era lo más valorado.
Stu frunció el sueño.
—Óyeme bien, Wilde, sólo lo diré una vez. —Se armó de valor y continuó—: Aunque no confíe en los zorros, o la gran mayoría… —Se volvió a ver a Judy por un momento—, no puedo negar que mi hija te ama. Un conejo viejo sabe darse cuenta de las cosas. Así que les daré una oportunidad. ¡Una sola! —Alzó un dedo y lo movió, como dando más veracidad a sus palabras—. Si la desperdicias, te juro que habrá un cartucho de escopeta que tendrá tu nombre.
A pesar de la peculiar advertencia-aceptación-oportunidad que su padre le otorgó a Nick, Judy se sintió más calmada. Su madre le indicó que la siguiera a la cocina y ella lo hizo. Una vez ahí, Bonnie empezó a hacer los preparativos para el almuerzo y cena del pequeño batallón que vivía en la casa. La añoranza de sus días de niña, asaltaron a Judy cuando entró y se sentó en una de las sillas de la pequeña mesa en el centro de la cocina. No duró mucho tiempo en ésta, porque se levantó, quitó el chaleco antibalas, la camisa de policía y quedó sólo con la guardacamisa y comenzó a ayudar a su madre en las cosas básicas, al tiempo que le contaba cómo era su día a día siendo policía. Los casos, los maleantes capturados, las emocionantes persecuciones; mientras lo contaba, los ojos le brillaban como anuncios.
—¿Cómo eres capaz de soportar eso? —le preguntó ella, horrorizada.
—En parte es gracias a Nick.
Hubo un pequeño silencio, después del cual apareció una pregunta importante.
—Judy, ¿estás seguras que lo quieres? —preguntó Bonnie
—Sí, má —respondió. ¿Y cómo no quererlo? Nick era gran parte de las razones de su felicidad. Sus detalles, cuidados, bromas; aquellos ojos verdes… Inconscientemente, una sonrisa comenzó a dibujársele. Inspiró—. Mucho —añadió, con un tono
En eso, entró Nick a la cocina con Meloney tomada de la pata. Judy al verlos regañó al vulpino para encubrir la vergüenza de que él hubiera podido oírle.
—¿Cómo es posible que aun se encuentre así? —reclamó, señalando a Meloney—. ¡Dale un baño! —Se giró hacia su madre—. ¿Puede no? —Bonnie asintió y Judy se volvió hacia Nick—. ¡Dale un baño!, y vístela con mi ropa, en mi habitación aun deben de quedar mi ropa de pequeña.
Nick iba a decir algo, levantó la pata, pero ella se le adelantó.
—La puerta numero cuarenta y siete a mano izquierda. Tú sabrás cual es —indicó haciendo un gesto con la pata, y volvió a sus cosas con Bonnie.
Las horas pasaron con relativa rapidez, hasta que llegó el atardecer y con un grito de «¡a cenar!», Stu, Nick y Meloney fueron al comedor mayor donde se encontraba una mesa inusualmente larga con veinticinco sillas a cada lado más las dos en el pie y cabecera. El conjunto de Meloney usaba causó una remembranza en Judy: llevaba una camisa rosa con un estampado de zanahorias, siendo tierno e irónico a la vez, y unos bermudas blancos.
Los tres, Nick, Judy y Meloney tomaron asiento, haciéndolo ésta última entre ambos; al frente, lo hicieron Bonnie y Stu. Ella había logrado convencer a su madre que preparar un guiso de vegetales, sabiendo que aunque Nick fuera omnívoro el guiso de vegetales era algo que le costaba comer. En cambio, Meloney se comió su plato en un santiamén, sorprendiéndolos a todos. Bonnie terminó por hacerle la típica pregunta de abuela: «¿quieres más?».
Cuando la pequeña asintió, tímida, ella se levantó y al cabo de varios segundos le había servido otra ración. Todos comían y el ambiente se volvió tenso de nuevo, hasta que Stu lanzó una pregunta al aire:
—¿Así que la pequeña es su hija?
Nick y Judy se atragantaron con la comida debido al asombro de la pregunta.
—«Hija» es una palabra muy fuerte —dijo Nick entre jadeos—, pero… podría decirse que es acertada.
—¿Biológica? —pregunto Bonnie, inocentemente, aunque bien sabía Judy que lo hacía sólo por ver cómo reaccionaban.
Ambos quedaron en silencio un instante ante la pregunta, y Judy se imaginó… Sacudió la cabeza, no podía tener esa clase de pensamientos justo ahora. Nick, por otra parte, tosía con fuerza, ahogándose con un poco de guisado.
—¡No! —contestó Judy, con una exclamación, dándole golpes fuertes con la pata abierta a Nick en la espalda—. Aun no hemos llegado a eso —aclaró más calmada, cuando Nick volvió a inhalar—; la rescatamos de un escondite donde tenían hembras para el tráfico de blancas y decidimos que nosotros la cuidaríamos.
Nick le dirigió una mirada de agradecimiento. Él no habría podido decirlo mejor.
—¿Y se llama? —preguntaron Bonnie y Stu al unísono. «¿Por qué preguntar cosas que ya había dicho?»
—Meloney —contestó la pequeña. Miró a Nick y Judy y se apenó un poco.
La cena transcurrió en tranquilidad contándose mutuamente anécdotas de sus vidas. Al momento de recoger la mesa, Nick, como buen yerno, se ofreció a hacer el trasteo intentando ganarse algunos puntos. A la hora de dormir, después de una «sana» discusión entre Bonnie y Stu, el conejo accedió a que Nick durmiera con Judy, se llevaron a Meloney con ellos y se tumbaron en la cama. Algo apretados; pero juntos.
Meloney estaba entre ellos dos, y se tallaba los ojos por el cansancio. Ese día estuvo de locos para todos. Una trifulca, una persecución y un rescate. Y lo mejor de todo es que volvieron con un miembro extra, alguien que les cambiaría la vida para bien.
Judy en un intento de cercanía le acarició las orejas a la pequeña, gesto que ella recibió de buena gana cerrando los ojos. En la cama, se movió para poder darle a Nick un beso de buenas noches, y luego de que éste le diera uno en la frente a ambas, Meloney se hizo bolita, escondiéndose y protegiéndose en ambos. La coneja la abrazó contra su pecho y el vulpino lo hizo con ambas, para no mucho después, caer los tres en los brazos de Morfeo.
