LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS


Agradecimientos

PamExpelliarmus: gracias por tu review. En el próximo capitulo presentaran a Meloney a los miembros de la jefatura.

xXDZEFXx: gracias por tu review. Ya estoy completamente recuperado, gracias por preocuparte. Y sí, me leí uno de tus fics y me gustan bastante en especial "No me dejes nunca".

SirDaniSkywatcher304: gracias por tu review.

Alex Fox de Wilde: gracias por el review. Que bueno que te haya gustado, espero que este capítulo te guste. Y con respecto al último capitulo de tu fic... Estuvo espectacular, te lo dije en la review; pero te lo repito aquí.

Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.


X

Despedidas y ajuste de cuentas

BunnyBurrows, granja de los Hopps. Domingo, 10 de octubre, 10:35 h.

Poco a poco los rayos del sol fueron atravesando la ventana de la habitación Judy y Nick. La primera en abrir los ojos fue ella, quien tenía abrazada a Meloney en su pecho; se movió un poco y notó que Nick la tenía abrazada contra él. Le importaba poco la hora que fuera, pero como coneja criada en el campo, como lo fue, sumado a su estricto ritmo de vida en el cual se levantaba muy temprano, una vez abrió los ojos, el sueño escapó de su cuerpo como una liebre de un cazador. Sin embargo, no quería moverse para terminar despertando a ambos zorros. En eso, sus ojos se posaron en el reloj en forma de zanahoria sobre su tocador: faltaban veinticinco minutos para las once. Era sin lugar a dudas muy tarde para lo que estaba acostumbrada.

La puerta de la habitación se abrió y el rostro amable de su madre se asomó en el umbral.

—Judy, cariño —dijo con suavidad—, es hora de levantarse.

Asintiendo ante la mirada de su madre, Judy intentó levantarse sin afectar a Nick o Meloney, pero en un mal cálculo, terminó poniendo el pie más al borde de la cama, se resbaló y cayó de pecho contra Nick, aplastándolo un poco. Por efecto él se irguió de golpe, terminando por despertar a la pequeña. Judy se disculpó con ambos y los ayudó a levantarse. Ambos zorros vieron a Bonnie, y Nick como buen yerno le dio los buenos días, pero la pequeña sorpresivamente le dio un abrazo a la coneja. Bonnie se sorprendió, pero no lo rechazó, sino que lo correspondió con gusto. Judy nunca pensó que la zorrita le tomaría confianza tan rápido a su madre.

Bonnie se despidió de la pareja y la pequeña, y al salir les sugirió que llevaran a Meloney al parque del pueblo. La pareja asintió feliz, contenta con la sugerencia. Judy se fue rumbo a la cocina para hacer un rápido desayuno. La cocina estaba sola, por raro que pareciera. «A lo mejor los demás están en sus oficios.» Preparó unas tostadas con mermelada de frambuesa y moras para los tres; las sirvió y cuando las empezó a colocar en la mesa de la cocina, llegó Nick con el uniforme de policía con varias arrugas y Meloney, tomada de la pata.

Los ojos de ambos brillaron ante el desayuno-casi-almuerzo, y Nick soltó un gemido placentero al morder las suyas con mermelada de moras. Parecía estar en el cielo. Comieron tranquilos, ahora más que nunca parecían una verdadera familia, notó ella. Al terminar, dejó su plato en la mesa y fue a cambiarse, no sin antes dirigirle una mirada a Nick: «te encargas de los trastos».

Al salir, Judy llamó a Nick, quien había lavado los platos, y junto con Meloney se fueron al parque del pueblo. Hubieran ido a la feria que estaba por terminarse, pero debido a los acontecimientos del día anterior, ésta se hallaba cerrada.

Ambos se dirigieron al parque, y la pequeña iba en medio de los dos, tomándole una pata a cada una, lanzando miradas curiosas a todo lo que podía. Ahora más que nunca, pensó Judy, parecía una verdadera cachorra; sin aquella mirada perdida y vacía. Al caminar juntos y relacionarse como una verdadera familia, los ciudadanos de los alrededores no dejaban de lanzarles miradas furtivas y cuchichear sobre ellos.

—¿Esa no es…?

—Judy, la hija de Stu; la policía…

—… con un zorro y su cría…

—… ¿Será su hija?...

Ellos hicieron caso omiso a las palabras y las miradas. Nada podría arruinar esa tarde de domingo. Debían disfrutarla al máximo ya que mañana tendrían muchas cosas por hacer. Llegaron al parque y Meloney jaló suavemente a Judy de la pata mientras apuntaba a los columpios. Nick, por su parte, fue a comprar unos helados para los tres. Ambas le pidieron que les trajeran dos de sabor frambuesa.

Judy ayudó a Meloney a subirse al columpio mientras la empujaba.

—Más fuerte —pidió ella, carcajeándose.

—¿Segura? —sonrió Judy.

—Sí, más fuerte —asintió la pequeña.

Judy tenía una sensación floreciendo en su pecho. Observaba las madres con sus crías, con una vigilancia temerosa y ansiosa por los hechos del disturbio. Era raro que ellas fueran las únicas felices, pero al mismo tiempo era especial; ser la únicas que fueran capaces de estar felices incluso en tiempos duros, era algo lindo. Judy empujó más fuerte, aumentando el arco con la que el columpio se balanceaba, sonriendo y escuchando las risas de la pequeña.

Nick llegó con los helados.

—¿A qué se debe tanta alegría? —quiso saber.

Ambas se vieron con una sonrisa mutua.

—Nada, Nick —dijo Judy—, danos los helados.

—¿Palabra mágica? —bromeó el zorro.

—Torpe zorro —dijo sacando la lengua.

—Bien jugado, oficial Hopps. Ha ganado esta ronda —sonrió entregando los helados—. Uno de moras para el zorro más apuesto del parque. Uno de frambuesa para la coneja más hermosa del lugar y uno igual para la zorrita más adorable del mundo.

Teniendo cada quien el suyo, se fueron a sentar a una banca. Entre juegos y risas se pasó la tarde. Para los tres fue una tarde inolvidable. Judy generó lazos con Meloney, estrechando su relación cada vez más. Nick se quedó observándolas divertirse, con una sonrisa que Judy nunca le vio en el rostro, parecía… enternecido. Meloney, por otro lado, se divertía como sólo ella sabía; y para ellos eso estaba bien.

Cuando el sol empezó a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de rojos y naranjas, decidieron volver a la granja para preparar sus cosas e irse de nuevo a Zootopia. Aunque era Judy la que tenía que organizar las cosas, debía empacar algo de ropa para Meloney que le sirviera mientras le compraban una específicamente para zorros en el centro. Y para como estuvieron las cosas ese fin de semana, pasaría un buen rato para que las tiendas volvieran a abrir. Cuando casi llegaban a la granja, se encontraron con un robusto zorro que la coneja reconoció a la primera. Nick, en cambio, se mostró cauteloso.

—¡Gideon! —saludó Judy, ondeando la pata.

Gideon, que llevaba un saco con lo que parecían ser frutas, tal vez para sus pasteles, giró la cabeza al escuchar su nombre, hallándola y sonriendo al hacerlo.

—¡Judy! —saludó él. Soltó el costal, arrojándolo al suelo; éste al caer hizo un fuerte ruido que hizo que Meloney se escondiera detrás de Nick—. ¿Qué haces por aquí? Creía que estabas en Zootopia.

—¡Oh, sí!, es que tuvimos un inconveniente aquí y vinimos a resolverlo.

—¿El disturbio? —inquirió.

Judy asintió.

—Sí, he oído que estuvo caótico. —Gideon parecía intrigado por el tema—. ¿Es cierto que se enfrentaron a una mafiosa?

La coneja volvió a asentir, esta vez algo confundida. ¿Cómo supo eso?

Gideon al ver su rostro inquisitivo, se le adelantó y respondió.

—Lo sé porque un conejo nos dijo. Era alguien de una alta estirpe —añadió, rodando los ojos—. Un tal McLucio… McLoran…

—McLean —corrigió Nick, con un gruñido.

Gideon asintió y miró sorprendido a Nick, parecía que no lo había notado, y si lo hizo, de seguro no quería afrontarlo. Miró a Judy y con las cejas señalo a Nick como diciendo «¿y tu amigo?»

Judy cayó en cuenta y presentó a Nick y a Meloney.

—Gideon, ella es Meloney —dijo, señalando con un gesto amplio de la pata a la pequeña; luego lo hizo con Nick—, y él es Nick; mi pareja.

Sin sorprenderse, o si lo hizo no lo denotó, Gideon se acercó a Nick para estrechar su pata, cosa que Nick hizo con algo de rivalidad. Judy entrecerró los ojos con una leve sonrisa; «¿será posible que Nick esté celoso o crea que…?» Un bufido divertido terminó aquel pensamiento.

Gideon, en cambio, sólo rio ante la timidez de la pequeña.

—Bueno, Judy, tengo que llevar estas moras, son para la próxima tanda de pasteles. —Levantó el sacó y se lo colgó al hombro—. Un placer verte de nuevo, y un gusto conocerlo, señor Wilde, y a la pequeña Meloney también.

Gideon se retiró y los tres continuaron su camino a casa.

Ya habiendo alistado algunas mudas de ropa para Meloney y haber llamado un taxi para que los llevara a la ciudad, se despidieron de Bonnie y Stu. Bonnie los despidió con total normalidad, para ella era común que su independiente hija se fuera así sin más; pero para Stu la cosa fue igual que la ultima vez, intentó reprimir sus emociones, aunque fue en vano; en un santiamén estaba abrazando a su hija con lágrimas en los ojos.

—Adiós mi Judy-dudy, visítanos pronto y llámanos para saber de ti. —Miró al suelo y susurró—. Y de Meloney también.

Al oír eso, Judy lo abrazó con todas sus fuerzas; al fin su papá estaba comenzando a aceptar a Nick y a Meloney.

Y contra todo pronóstico se dirigió a hacia Nick.

—Óyeme bien, Wilde: más te vale cuidar a mi Judy mientras estén en la ciudad; si no… —Dejó la frase suspendida, terminándola con la pantomima de una escopeta siendo cargada.

Estiró su pata para estrecharla con Nick y él, luego de tragar grueso, la estrechó.

—Eso no lo dude, señor Hopps —aseguró, con el ceño un poco fruncido y sonriendo—, daría mi vida por ella… de hecho, ya lo hice una vez.

Eso sorprendió a sus padres; Judy quien recordó que no les había contado, les hizo una breve historia sobre lo que sucedió con Dioniso en Plaza Sahara. Bonnie y Stu vieron con nuevos ojos a Nick. Si el zorro había llegado a esos extremos, ¿por qué no aceptarlo por completo?

Stu y Bonnie dieron un fuerte abrazo a Nick.

—Bienvenido a la familia, Nick —dijeron ambos al unísono. El zorro sonrió con sinceridad.

Stu se dirigió a la pequeña, que estaba triste por alejarse de los Hopps. En sólo un día ella pareció tomarles cariño, y sus padres, como todo animal una vez se entera de que será abuelo, por alguna mística del destino termina por querer aún más a su nieto, de igual forma con ella. Se agachó y le habló de una manera muy suave.

—Pequeña, no estés triste, ya volverás a visitarnos. —Metió su mano en uno de los bolsillos de su braga y sacó un pequeño broche con forma de zanahoria—. Esto te recordará que aunque estemos lejos siempre estaremos contigo —dijo, colocándoselo en la camisa.

Judy, Nick y Bonnie miraron incrédulos la escena, ella nunca en su vida pensó que su padre haría semejante acto. Pero Judy dio un leve grito de sorpresa… Ese broche, ese broche era de ella cuando era niña. Stu la miró y asintió con timidez.

Volvió al lado de su esposa que lo abrazó feliz. Dirigió unas palabras de despedida.

—Cuídenla bien —dijo con una sonrisa, igual o más que la de Bonnie.

Antes de subirse al taxi, Meloney hizo algo que los sorprendió a todos: se lanzó corriendo hacia sus nuevos abuelos y les dio un fuerte abrazo (tan fuerte como su pequeño cuerpecito pudiera). No hubo palabras, pero las emociones podían captarse sin necesidad de un solo ruido. Luego de eso, se subió al taxi con su nueva familia. El carro inició movimiento y los Hopps se despedían ondeando sus patas a los lejos, y como era costumbre, Stu no pudo reprimir las lágrimas.

En el auto, Judy y Nick estaban eufóricos porque fuera lunes (algo irónico en el zorro, que los odiaba con cada ápice de su alma), y no era para menos, querían ver la reacción de todos en la jefatura cuando les presentaran a Meloney. ¡Al diablo con mantener la relación en secreto! Querían presentarle su nueva hija a todo los que pudieran. Sólo con imaginarse a Garraza consintiendo a la zorrita les hacía sonreír sin medida.

El auto iba a un ritmo constante hacia la ciudad, el paisaje nocturno comenzaba a cobrar vida y las luces se reflejaban en la creciente oscuridad de la noche. Estaban ansiosos por llegar a su hogar.

Los tres.

Juntos.


Tundratown, Hospital General. Domingo, 10 de octubre, 22:25 h.

FruFru estaba despertando poco a poco, le dolía la pierna izquierda, y cuando se dio cuenta se fijó que la tenía suspendida en el aire. Trató de hacer memoria y recordó lo sucedido.

Una loba, blanca como la nieve, había irrumpido en la mansión de su padre, con una increíble agilidad evadió el ataque de Kevin y logró quebrarle el brazo, el oso había caído quejándose de dolor en el suelo. Raymund, al salir en ayuda de su compañero, dejó una brecha; brecha que la loba aprovechó para lanzar una granada aturdidora que dejó inconsciente a Kevin y en mal estado a Raymund.

FruFru se hubo girado rápidamente hacia su hija, la pequeña Judy, nombre en honor a la oficial Hopps que le salvó la vida en una ocasión, se hizo bola sobre ella sirviéndole de escudo animal.

Por su parte, Mr. Big trató de proteger a su hija y a su nieta, intentando defenderlas, pero la loba fue más rápida, sacó su arma y acertó una bala al cuerpo del mafioso, que debido al tamaño del animal y la proporción de la bala, terminó cercenando una parte del cuerpo. La velocidad y energía con la que el proyectil lo atravesó, terminó por cercenarle un brazo y parte del tórax a Mr. Big, dejándolo muerta en el acto.

Ella se giró hacia FruFru y le apuntó dispuesta a matarla a también. Raymund, con el cuerpo aturdido, se abalanzó sobre FruFru y Judy, protegiéndolas. La loba disparó siete impactos al oso y por azares del destino no lo mató, sólo lo dejó moribundo mientras se desangraba, retirándose en el mismo silencio con el que logró entrar.

Volviendo a la realidad, FruFru oteó el lugar y notó que a su derecha estaba Raymund, conectado a un respirador artificial. Miró a su izquierda y vio a Kevin con la pequeña Judy en brazos, gracias al cielo ella estaba a salvo, sin rasguños, sin daños… sana. Kevin tenía un yeso en su brazo derecho mientras y con el izquierdo cargaba a la pequeña.

—Kevin —llamó—: ¿cómo está Judy?

El oso se sobresaltó ante el llamado, se acercó con cuidado a ella y respondió:

—Sana y salva, señorita.

FruFru suspiró despreocupada.

—¿Cómo quedó mi padre?

El oso bajo la mirada, melancólico, procediendo a contarle el estado en el que había quedado el cuerpo de Mr. Big. FruFru desvió la mirada tratando de recomponerse.

—¿Sabes quién era ella? —inquirió—. A mí no me dio tiempo de reconocerla.

—Es conocida como Artemisa —respondió el oso polar.

—¿De Los Olímpicos? —exclamó, perpleja

Kevin asintió. FruFru le pareció detectar algo oculto en la mirada del oso, como si sintiera culpa por algo. No obstante, no tuvo necesidad de preguntarle; él mismo le contó.

—Señorita, disculpe mi atrevimiento, pero informé a la oficial Judy sobre lo que ocurrió.

—No te preocupes, Kevin —sonrió—, más bien te lo agradezco. —Apretó sus pequeños puños en la cama—. Ellos, que nunca nos habían dado causas para un enfrentamiento, nos atacan… pero les demostraremos por qué los Big somos tan temidos.

Se mantuvo en silencio un rato, pensando.

—Llama a Porfirio —ordenó, con un tono sin lugar a réplicas—. Dile que quiero que reúna a Los Gigantes —puntuó luego de un rato—. Hazle saber que iniciaremos la guerra contra Los Olímpicos. Ante tal premisa, él no podrá resistirse.