LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS


Agradecimientos

ThePhantomPain02: gracias por tu review. Realmente aprecio tu review, y veo que notaste que él es una pieza clave, creí que no se había captado la idea. Y referente a los Gigantes pues en el MP ya te lo explique. Espero que te guste este capítulo. Gracias por leer.

Alex Fox de Wilde: gracias por el review. Que bueno que te haya gustado, espero que este capítulo te guste. Y sí, ya verás pronto un enfrentamiento.

brucorra: gracias por tu review. Muchas gracias por decir eso, me halagas bastante.

Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.


XI

Presentaciones

Sabana Central. Domingo, 10 de octubre, 23:00 h.

La pareja y la pequeña habían llegado a Zootopia ya muy adentrada la noche. Estaban rodeando Sabana Central para llegar a los suburbios en donde se encontraba el departamento de Nick. Se observaba un paisaje deprimente. Autos de los que sólo les quedaba la carcasa toda negra y quemada, barriles aun con fuego encendido, tiendas destruidas y uno que otro charco de sangre en el suelo. Lo acontecido fue algo grande, algo sin precedentes.

Agradeció a la poca resistencia de Judy y Meloney, porque bien había empezado a anochecer, cayeron rendidas del cansancio y no pudieron presenciar ese triste ambiente. El taxi los dejó en toda la entrada del complejo de Nick, éste sacó su billetera y le pagó la carrera al chofer, cosa que no salió nada barata. Meció un poco a Judy para despertarla y bajara, a Meloney sólo la cargó en sus brazos nuevamente; le estaba empezando a gustar llevarla así a todas partes.

Se despidieron del taxista, le dieron las gracias y entraron al complejo. Al entrar, saludaron a Larry, una cebra que era el vigilante del lugar. Él movió su gorra en respuesta al saludo y le sonrió a Nick y Judy, sin pasar inadvertida la mirada curiosa que le dio a la cachorra dormida. Subieron cansados los tres pisos para llegar al departamento y abrieron con cuidado de no despertar a Meloney.

Entraron y dejaron sus pertenencias ahí en el suelo, y sin más, se fueron a la cama. Judy preguntó en dónde dormiría la Meloney, pero Nick con un ademan de la pata le dio a entender que mañana resolverían eso. Por hoy, ella dormiría con ellos. Judy se colocó su pijama y se acostó abrazando a la pequeña, en cambio, Nick se quitó su uniforme de policía con todo el placer del mundo y se acostó solo con unos bóxer negros; tenía mucha flojera y cansancio como para estar buscando un pijama para ponerse. Le dio un beso de buenas noches a Judy y le acarició la cabeza a Meloney con cariño antes de caer en los cómodos y reconfortantes brazos de Morfeo.


Sabana Central, departamento de Nick. Lunes 11 de octubre, 6:03 h.

El sol comenzó a salir en el horizonte y sus dorados rayos iluminaban la ciudad, débilmente, como si estuviera pidiendo permiso, atravesó los vidrios de la ventana y se adentró en el cuarto de la pareja. El primero en despertar fue Nick, quien se bajó con suavidad de la cama para no despertar ni a Judy ni a Meloney. Tomó su teléfono para ver la hora: las seis de la mañana. Se preocupó, porque su hora de entrada a la jefatura era a las seis y treinta de la mañana; fue a levantar a Judy, pero vio que tenía un mensaje en su buzón. Al leerlo, se calmó un poco: era Bogo, les escribía que por esa semana, debido a los acontecimientos, la hora de entrada se desplazó de las seis treinta a las siete de la mañana. Aliviado por tener más tiempo, tomó su uniforme y se lo llevó a la cocina para ponerlo en la lavadora, si tenía suerte estaría listo faltando veinte minutos para las siete. Empezó a preparar al desayuno e hizo una nota mental.

«Bloquear a Bogo en mi celular, o en su defecto, cambiar de número.»

Comenzó a sofreír algunos vegetales, cocer unas pocas zanahorias, preparar una ensalada y con varios huevos hizo una omelette; como punto final, unas tostadas y un jugo de naranja recién hecho. Faltando veinte minutos para las siete de la mañana, Nick llamó a Judy.

—Zanahorias, el desayuno está listo. —Sabía que ella lo primero que haría al despertar sería ver el reloj, y al darse cuenta de la hora, saldría disparada de la cama.

Levantando un dedo por cada segundo que pasaba y al tercero, Judy derrapó en los azulejos del suelo del departamento, buscando tracción para frenar de la carrera que de seguro pegó.

—¿Es que acaso no ves qué hora es? —preguntó—. Nick, vamos tarde, no hay tiempo de comer. ¡Vámonos!

El zorro al ver la cara asustada de la coneja solo soltó una carcajada.

—Tres segundos, Pelusa —dijo, sonriendo burlón—; es demasiado rápido incluso para ti. —La vio que iba a protestar y añadió—: Tranquila, Bogo me mandó un mensaje, la hora de entrada será a las siete durante toda esta semana —la tranquilizó—. Así que ve y date una ducha, viste a Meloney y ven a comer. Tu uniforme esta planchado y tendido en el armario.

Judy duró unos segundos sin reaccionar, como si su cerebro estuviera reconectando las terminales para poder razonar y hacer su cuerpo funcionar. Luego, arqueó una ceja, confundida e intrigada.

—¿Qué hiciste, Nick? —preguntó—. Esto es muy raro.

—¿Es que acaso uno no puede prepararle el desayuno a su familia? —repuso, fingiendo estar ofendido.

Volvió a quedarse en silencio, pensando, para esta ve formársele una sonrisa burlona en su conejudo rostro.

—Ya veo —dijo, burlona—, y dices que los sentimentales somos los conejos, Torpe zorro.

Nick sonrió, derrotado, y le dio un suave beso a Judy en la mejilla, se acercó a su oído y le susurró.

—Vamos, Zanahorias, déjate consentir una vez en tu vida. Date una ducha y luego hablamos.

Judy sonrió y se fue a duchar; Nick escuchó la puerta de la habitación cerrarse. Siguió con el desayuno, sólo faltaba colocar los platos y la comida. Al hacerlo, observó el comedor que rara vez usaba en su departamento, tanto que cuando Judy se hubo mudado con él, le dijo que estaba acumulando una considerable capa de polvo por encima. Después de sus insistencias, Nick lo limpió, sin terminar de recordar que dicho comedor tenía un vidrio. Ambas chicas lo sacaron de sus pensamientos al aparecer en el pasillo que unía sala y habitaciones.

—Buenos días, dormilona —bromeo Nick, observando a Meloney.

—Buenos di… as… —respondió ella con un largo bostezo.

Los tres desayunaron tranquilamente y se dispusieron a irse. Ese día llevarían a Meloney a la oficina; primero, porque por no aguantaban las ganas de presentársela a todos y segundo, porque no tenían dónde o con quién dejarla, aunque el zorro no es que quisiera dejarla en dado caso. En el recibidor del edificio, luego de saludar a Larry, Judy y Meloney empezaron a caminar hacia la puerta, pero Nick aún estaba dentro del elevador, mirándolas con una sonrisa burlona.

—Alto ahí mis hermosas damas, no nos iremos a pie.

Judy lo volteó a ver incrédula.

—No me mires así, Zanahorias, nos iremos en mi auto —dijo, indicándoles con un gesto que entraran. Mientras descendían al sótano, Nick le ondeó como si fuera una medalla la llave de su automóvil, anexada al llavero de las del edificio.

Al llegar al segundo sótano, Nick apretó el botón del llavero, escuchando el bip, bip, bip, de s automóvil. Las guío con expectación, eran muy pocas veces, casi nulas, en las que se animaba a sacar el auto; primero y principal, porque era un pago de un trabajito que le había hecho a Mr. Big hacía muchos años; segundo, porque lo protegía demasiado como para rayarlo o hacerle algún rasguño. Volviéndose cuando se detuvieron frente a un Maserati rojo, Nick esperó la reacción de Judy, la cual no fue menos de lo esperado: ella abrió los ojos sorprendida.

Él hizo una reverencia caballerosa, dando hincapié a que se subieran.

—Su carruaje las espera —sonrió y presionó otro botón de su llavero; las luces del carro se encendieron seguido por el pit, pit. Nick volteó a ver a Judy y le alzó ambas cejas varias veces—. Lindo, ¿cierto?

Judy le sonrió de forma juguetona y se subió junto con Meloney. Se fueron a la jefatura y, como siempre que lo sacaba, las miradas de los animales de las cercanías hacia el auto no se hicieron esperar. En menos de diez minutos llegaron a la ZPD. Nick llevó el auto al estacionamiento exterior de la jefatura y estacionó con sumo cuidado, apreciaba ese auto más que su propia vida.

Él se bajó primero y le abrió la puerta a Judy como todo un caballero; abrió la puerta trasera para bajar a Meloney, pero ella estaba dormida, y, sin despertarla, la cargó en brazos. Nick activó la alarma del auto y entraron a la jefatura.

Ya dentro, ambos caminaban hacia donde Garraza. El edificio en sí parecía como todos los días, el típico bullicio de las órdenes y los casos, aunque todo ese desorden giraba en torno a lo ocurrido el sábado.

—¿Cómo es que tienes ese auto, Nick? —quiso saber Judy.

—Fue el pago de Mr. Big por un trabajo que hice para él hace muchos años.

Cuando llegaron donde Ben, le dieron los buenos días, el guepardo tenía unos cuantos vendajes en las patas y una que otra curita en el rostro.

—¿Fue un día agitado no? —preguntó Nick.

—Si… —asintió—, todos los animales estaban armados, incluso lanzaban granadas aturdidoras y cocteles molotov. —Se pasó la pata por la cara y suspiró—. Tenía mucho tiempo que no experimentaba esas situaciones, y digamos que eso no me jugó a mi favor.

Benjamín tomó una caja de donas cerca de él y empezó a comer. Miró a Nick y se fijó en la pequeña zorra que dormía en sus brazos.

—¿Y quién es ella? —preguntó.

Nick y Judy se vieron y en los ojos de ambos brillaron estelas maliciosas.

—Es nuestra hija —dijeron al unísono.

Benjamín tardó en procesar la tremenda información con la que fue bombardeado, y cuando lo hizo, dio un grito que resonó por toda la jefatura. Los demás oficiales posaron su atención en él, desde el lobby, el pasillo del piso superior, incluso los mismos detenidos pensaron que había ocurrido una desgracia; aunque era todo lo contrario. El grito despertó a Meloney y Nick la bajó al suelo, quien con una enorme rapidez se escondió detrás del zorro.

Benjamín se disculpó ante el grito y habló por el intercomunicador con Bogo.

—¡Bogo! ¡Ven ya! —ordenó el guepardo, con una seriedad impropia de él.

—¿Qué sucede, Garraza? —bufó Bogo.

—¡Ven rápido!

—¡A mí no me ordenes!, dime que sucede, estoy muy ocupado.

—Baja que me debes quinientos dólares.

—¿Qué te debo cuánto? —La voz del jefe se oía casi incrédula, como si Benjamín hubiera dicho una locura, lo que a oídos de Nick y Judy, lo era—. Yo no he apostado contigo… a menos que… ¡Oh no!

Éste salió como un torpedo con rastreador de calor de la oficina, casi llevándose la baranda al frenar por ella, oteó el recibidor cual cazador buscando una presa y cuando los localizó, Nick sintió el peso de aquellos ojos de su jefe que parecían haber perdido la facultad de mostrar amabilidad. Bogo estiró una pezuña y los señaló a ambos, en un claro gesto de «no se muevan». Bajó por las escaleras casi saltándolas de cinco en cinco y llegó junto a Benjamín.

—Garraza, no me digas que…

—Sí, Bogo. —Sonrió y estiró la pata, con la palma hacia arriba, el gesto internacional para—: ¡Paga!

Con la que sería la primera vez que Nick y Judy lo veían dudar, Bogo los analizó con la mirada, para luego agacharse a la altura de Meloney y sonreírle con paternidad. La escena hizo que la jefatura entera se congelara en el acto. Sabían que Bogo era severo, duro, recto, cruel algunas veces y benevolente en muy contados casos, pero que supiera cómo sonreír parecía imposible. Aún así, ¡lo estaba haciendo en ese mismo momento!

—Dime, pequeña —dijo, con una voz que sonaba fuera de un animal normal—: ¿cómo te llamas?

Media jefatura, si no es que toda, sacaron sus celulares y grabaron la escena, estaban presenciando algo que ocurría cada alineación de planetas; algo semejante a un eclipse de sol y luna… si la luna fuera de sangre. ¡Bogo amable y cariñoso con una cría! Algunos policías lo tomaron como señal del apocalipsis y salían gritando «es el fin, todo terminó, no tenemos escapatoria» y otros sólo se quedaban sin palabras. Todos estaban incrédulos a lo que presenciaban, a excepción de un lobo ártico que estaba recostado contra la pared, pareciera como si no le importara todo ese alboroto, él solo estaba en lo suyo.

Meloney, intimidada por el tamaño del búfalo, respondió temerosa de hacerlo enfadar.

—Meloney… —murmuró.

—Meloney ¿qué?, linda.

—Meloney Wilde.

Silencio. Frío y sorprendido silencio.

—Pequeña; ¿te apellidas «Wilde»? —preguntó Bogo, amable, algo que, Nick le pareció, le estaba costando mucho hacer.

Meloney asintió.

—¿Quiénes son tus padres? —inquirió.

Meloney tomó con una pata, la pata de Nick, y con la otra, la de Judy. No respondió, pero el mensaje era más que claro: ellos. Nick sonrió y con la pata libre le revolvió el pelaje a la pequeña, al tiempo en que Judy hincaba pecho por ello. Tal vez la idea de quedarse con ella fue de él, pero Zanahorias estaba disfrutando su parte también.

Todos en la jefatura, tanto como los que grababan como los que no, suprimieron un grito de sorpresa y en su lugar reinó el silencio absoluto, sólo faltaba que pasara la planta rodadora. El búfalo dio un sonoro suspiro de derrota y sacó cinco billetes de cien dólares de su billetera, que le entregó con dolor Benjamín. Se giró hacia la pareja y, con su actitud habitual, vociferó a todos los demás

—¡Aquí no hay nada que ver, vuelvan a lo suyo! —Los señaló a los dos una pezuña—. Ustedes dos: a mi oficina; ahora.

Los animales reunidos volvieron a sus tareas aun consternados por semejante revelación, en cambio, la pareja tragó grueso mientras se dirigían junto con Meloney al despacho de Bogo. Éste les dijo que dejaran a la pequeña con Garraza, mientras ellos hablaban de lo sucedido.

Ya en el despacho de su jefe, Nick y Judy les explicaron todo: el disturbio en Burrows, la persecución con Afrodita, el descubrimiento del escondite y rescate de las hembras, la muerte de los secuaces de la gacela y la manera en que ella escapó. Nick también estuvo por decirle sobre la aparición de McLean en la escena, pero prefirió reservárselo.

—Así que por eso tienen a la pequeña con ustedes —concluyó Bogo.

—Sí, señor —confirmó Judy.

—Creí que era la hija biológica de Wilde, aunque descarté la idea. Wilde nunca dio muestras de paternidad, y en caso de que la tuviera escondida para su protección, no mostraba las señales que de quien es padre. Ninguno de los dos, de hecho. Y tampoco ha habido algún caso excepcional de una adopción de una pareja interespecie. —Movió la pezuña en un gesto cansino.

Ambos quedaron sorprendidos, al punto que ninguno pudo ocultarlo.

—¿Acaso usted sabía lo nuestro? —preguntó Nick.

Bogo resopló, como si aquella pregunta le hubiera ofendido.

—Wilde, para nadie es una sorpresa que tú y Hopps se llevan bien. Demasiado bien. Sólo era cuestión de tiempo para que se formalizaran como pareja. Y digamos que Garraza y yo… —Hizo otro gesto, como espantando un mosquito fastidioso.

—Apostaron sobre nosotros —dedujo Judy.

—Yo dije que ustedes estarían juntos en un año luego de darme cuenta, poco después de que Wilde ingresara a la ZPD, y Benjamín dijo que en menos de ese tiempo, y el muy suertudo acertó —asintió, importándole poco—. ¿Alguna otra noticia que yo deba saber respecto a lo ocurrido el sábado?

—Jefe… —Nick sacó del bolsillo de su camisa el pañuelo con la píldora amarilla con centro líquido—. Esta es una píldora que Afrodita ingirió para lograr saltar más de cinco metros al edificio contiguo. La mandaré a laboratorios para que la analicen y digan sus efectos.

Bogo asintió y sin más datos nuevos que aportarle, los despachó. Judy salió, pero Nick le dijo que se adelantara para hablar a solas con él. Ya con ella afuera, Nick le comentó sobre el asunto de McLean su jefe, éste lo tomó de buena manera. Ciertamente era sospechosa su aparición en ese lugar, aunque debido a que él no tiene ningún antecedente, no pueden investigarlo de la manera legal. Nick comprendió, entonces, que debería usar sus propios métodos para conseguir información.

También le pidió permiso para salir más temprano con la excusa de que irían a comprarle ropa a Meloney. «¿Cómo puede un zorro usar ropas de conejo? Eso desorden, caos, anarquía; ¡va en contra lo establecido!» exclamaba Nick, haciendo gestos exagerados en un intento de que Bogo le diera el permiso. Él se lo otorgó sin inconvenientes.

—¿La pequeña te importa, cierto? —preguntó con un tono comprensivo, algo que estremeció a Nick hasta la médula. Bogo no era comprensivo si no había algo muy grave de trasfondo.

—Ambas —aseguró con una sonrisa.

—Sabes que esto, Wilde, no debería ser. —Sus ojos casi lo atravesaban como un laser—. No puedo permitir que exista una pareja en la estación, va contra las reglas. Cuando todo está bien, trabajarán de maravilla, pero si algo llega a causar roces en su relación, afectará su rendimiento irremediablemente. No puedes negarlo. —Suspiró—. Al hacer la revelación en el lobby acaban de echarse y echarme la soga al cuello. No sólo se expusieron, sino que lo hicieron con toda la jefatura.

»Esto no es un reclamo, Wilde, es una advertencia. Deben, ambos, mantener un ojo siempre abierto. Yo hablaré con la Alcaldía para que… hagan la vista gorda con esto. Será la última vez que lo hago, procura que no haya una tercera.

Perplejo, Nick asintió y se retiró, cerrando la puerta con cuidado, escuchando tras ésta cómo Bogo le pedía, mediante la línea directa de su oficina hacia el Ayuntamiento, a la secretaria de Leonzáles que le comunicara con el león.

Se dirigió hacia la recepción, donde Judy y Benjamín hablaban y se reían, mientras Meloney observaba curiosa los artefactos cercanos, sea la computadora, los radios, las esposas o los tranquilizantes. Esto hizo sonreír a Nick, al parecer su pequeña se interesaba por las cosas policiacas.

Vio el reloj de la jefatura: faltaban quince minutos para las nueve de la mañana; «Ahora es que queda tiempo para que el turno termine», pensó alicaído.

—Zanahorias, Meloney, vamos que tenemos que hacer rondas —avisó.

Judy asintió y llevó a la pequeña de la pata hacia el estacionamiento donde estaban las patrullas, y al mismo tiempo Nick captó cómo ella le contaba cómo era patrullar. Antes de irse con ellas, su teléfono vibró en su bolsillo, y al sacarlo observó un mensaje de Kevin.

K (Kevin)
Wilde, no debería estarte avisando, pero sé que…

Curioso, Nick tocó la pantalla para seleccionar la conversación.

11 de octubre

Wilde, no debería estarte avisando, pero sé que la señorita FruFru le tiene apreció a la señorita Judy. Quienes mataron al señor Big fueron Los Olímpicos, y la señorita está dolida y enfadada por lo sucedido. A mandado llamar a Los Gigantes, no tengo que decirte quién son, ¿o sí?

El mensaje era corto, pero transmitía lo que quería. No le impresionó mucho que FruFru hubiese hecho lo que hizo, si le hubiera pasado a Nick, no tenía la menor duda que habría actuado de la misma forma. Entrelíneas, el mensaje le decía que se cuidaran, porque se venía un enfrentamiento entre dos grandes grupos criminales. Sin embargo, a él le rondaba en la mente otra cosa; una relacionada a Los Gigantes. Inspiró profundo. «¿Cuánto tiempo habrá pasado ya?», se preguntó mientras caminaba hacia el estacionamiento de la ZPD.