LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS


Agradecimientos

ThePhantomPain02: gracias por tu review. Tus comentario son tan acertados que me alegra mucho. Pensé que estaba haciendo la historia muy complicada porque nadie unía las pistas que colocaba por capítulo, pero veo que tu entiendes perfectamente. Gracias por leer.

TEH Fluffynator: gracias por tu review. Si por divertido quieres decir emocionante, pues sí. Gracias por leer.

Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.


XIII

Reunión

Downtown. Lunes, 18 de octubre, 14:50 h.

Eran las casi las tres de la tarde y faltaba poco tiempo para que el turno de ambos terminara. Aunque técnicamente su turno terminaba a las cuatro y no a las tres, pero Bogo les había concedido el permiso para salir antes.

La ronda por la ciudad fue de lo más regular, sin ladrones, sin maleantes, sin emoción. Eso les pareció extraño a Nick y Judy, ya que si hace poco más de una semana hubo aquel disturbio masivo en la ciudad, lo menos que debería pasar era que alguno de los malvivientes estuviera por ahí haciendo de las suyas, mas no fue así. Judy, quien le había dicho a Meloney que las rondas eran algo divertido y emocionante, se quedó con las ganas de demostrárselo. El aburrimiento dominaba cada fibra de su ser. Odiaba estar así. En eso, una idea pasó por su mente. ¡La radio! Claro, en la radio debería haber algo para alegrar el ambiente. Prendió el aparato y empezó a cambiar las emisoras.

Luego de unos minutos encontró una que estaba emitiendo un tema de Gazelle, siendo más específico, el sencillo que cantó la artista en el concierto a donde ellos fueron luego de resolver el caso de los aulladores: Try Everything. La canción alegró la pesada y monótona atmosfera, incluso Nick estaba dando golpecitos al volante al ritmo de la música. Al terminar la canción, ella esperó alguna otra, pero se topó con algo que le amargo aún más el día.

«—Transmitiendo en vivo desde su emisora preferida "Sonido Animal", estamos en las calles de Zootopia preguntándoles a los ciudadanos su opinión sobre lo sucedido hace poco más de una semana.

»—Disculpe, señor: ¿qué opina usted sobre los ataques que hubo el sábado ocho de octubre en toda la ciudad?

»—¿Que qué opino? Lo que todo el mundo opina: ¿cómo es posible que unos cuantos animales anarquistas ocasionaran ese caos? ¿Es que acaso es que la ZPD no tiene los recursos para detenerlos? Mi familia teme que al salir a la calle uno de esos sucesos se repita y esta vez salgamos perjudicados.

»—Gracias por su opinión, señor. Ya lo escucharon, queridos oyentes. En toda la ciudad la pregunta que está rondando en el aire es: ¿puede la ZPD protegernos?, ¿estamos a salvo? Decida usted.

»Nuestro deber es informar, opinar es su derecho.

»Los dejamos con una canción que está causando furor en ventas. Esto es Soni…»

Nick apagó la radio al ver cómo Judy empezaba a enojarse. ¿Y quién la culparía? Esos animales sólo tienen miedo, velan por su seguridad. Aunque no es la manera de expresarse, sólo están asustados, y el miedo puede causar desastres mucho peores que unos simples disturbios.

—Zanahorias, cambia esa cara. Relájate un poco.

—¿Qué me relaje? —se sorprendió—. ¿Es que acaso no ves lo que están diciendo? ¿Cómo puedes tu estar tan tranquilo? ¡Creen que somos unos incompetentes!

Nick no sabía cómo responder sin hacerla enojar más. ¡Claro que lo enojaba lo que ellos decían! Pero eso no significaba que debía expresarlo, sólo debía olvidarlo y ya. Ojalá ella pensara de la misma manera. Miró por el espejo retrovisor a Meloney quien estaba en silencio, la vio y le guiñó un ojo como diciendo «échame una pata».

Ella asintió.

—Mami, ¿sucede algo? —preguntó tímida.

Nick sonrió, parece que Meloney era igual o más astuta que él. «Mami», con esa simple palabra hizo cambiar a Judy de ánimo. Pasó de estar enojada a tener una sonrisa en todo el rostro. Nick volvió a ver a Meloney por el espejo y le guiñó de nuevo el ojo en señal de agradecimiento, a lo que la pequeña solo sonrió.

—Zanahorias, ¿llevamos a Meloney de compras? —preguntó.

Ella asintió sin responder, seguía perdida en su mundo. «¿Quién diría que una simple palabra tendría tanto efecto en ella?» Condujo rumbo a la jefatura para dejar la patrulla y marcar su salida. Al llegar, las primeras en bajar fueron Judy y Meloney, mientras Nick iba a marcar el fin de su turno. Ambas lo esperaban en la recepción. Meloney le preguntaba a Benjamín cómo se usaban los intercomunicadores a lo que él respondía gustoso. Todo iba bien, mas en la mente de Nick había una pregunta que repercutía con fuerza:

¿Podrían adoptar a Meloney?

En el sentido filosófico ya la habían adoptado, la habían rescatado, cuidado y habían formado lazos sentimentales con ella, la amaban como a una hija, cosa increíble debido al poco tiempo de estar con ella. El problema estaba en el sentido técnico, ninguno de los dos conocía las leyes de la ciudad tan a fondo para saber qué hueco legal tomar, he ahí cuando otras dudas se alojaron en su mente

¿Tendrían que casarse para adoptarla? Peor aún, ¿hay matrimonios interespecie?

No tenía respuestas para ninguna de esas interrogantes y mientras más dudas surgían, más lejos veía que Meloney fuera legalmente su hija. No. Ella era su hija, no necesitaba ningún papel que lo certificase. Él la quería y la pequeña los quería a ambos. ¿Qué más necesitaban?

Ya en el auto, Nick las llevó a Sabana Central, donde se encontraban las mejores boutiques de ropa para zorros. Si iba a vestir a su nueva hija, iba a hacerlo con estilo.

Llegaron a un centro comercial llamativo, que debido a que tenía sistema de seguridad de última generación, no pudo ser saqueado y/o destruido como ocurrió con los de Plaza Sahara. Se dirigieron a una tienda que vendía única y exclusivamente ropas para zorros, de todos los tamaños y estilos.

Los gerentes del negocio se extrañaron al ver que Nick y Meloney entraron con Judy, y las miradas de los curiosos no se hicieron esperar. Ambos las ignoraron, estaban ahí por Meloney y nada les arruinaría su estadía. Nick se encaminó a la cajera (muy atractiva por cierto) y le preguntó.

—Linda, ¿la ropa para cachorros?

La mirada de la dependiente era interesada, lo que hizo sentir un poco agrandado a Nick. «Wilde ataca de nuevo», pensó, alegre. Sin embargo, tampoco le pasó desapercibida la mirada de Judy hacia la zorra: ceja arqueada, labios un poco fruncidos y ojos penetrantes.

—Al fondo, guapo —dijo a la vez que sonreía y se pasaba una pata por el cabello—. ¿Es tu hija?

Por la reacción de Judy, eso pareció enfurecerla a tal punto que ella se colocó al lado de Nick y le rodeó la cintura con el brazo, apretando un poco más fuerte de lo normal.

—Nuestra hija —corrigió.

La zorra se impactó por la respuesta, y Nick esbozó una sonrisa burlona, nunca hubiera pensado que su Zanahorias llegaría a ser celosa.

Se pasaron el resto de la tarde probándole ropas a Meloney, conjunto tras conjunto, claro que Nick tampoco se quedó atrás, se fue a la sección de caballeros y se probó un smoking a la medida, para luego pedirle a una de las encargadas que lo empaquetaran mientras el salía a comprar algo. Salió de la tienda y fue a la contigua, donde vendían lo que él estaba buscando; sonrió al dar con unos como los que él buscaba, los compró y volvió a la tienda con Judy y Meloney. Al final, llegó con un pequeño estuche alargado de color negro y vio que Judy y la zorra de la caja se mataban con la mirada. Pagó todas las ropas para Meloney y su smoking, cosa que no salió nada barata. Había dejado una generosa parte de su fondo monetario que hizo a punta de las estafas cuando tenía su antigua vida, pero no importaba; aquello lo valía.

Ya afuera de la tienda, notaron que era de noche, se subieron al auto y él condujo con toda la delicadeza del mundo hacia su departamento, evitando estar muy cerca de otros autos que le pudieran causar rasguños a su primogénito. Llegaron al edificio, bajaron las cosas, saludaron a Larry y tomaron el elevador hacia su apartamento. Cuando empezaron a ordenar las ropas que le habían comprado a Meloney, se dio cuenta que habían pocos conjuntos de chica, como vestidos o toda esa parafernalia. En cambio, había camisetas y jeans como para vestir a un albergue entero, de distintos tonos y colores, pero seguían siendo conjuntos… rudos, por ponerle un calificativo. Sin embargo, aquello quedó desplazado cuando se dio cuenta que había olvidado decorar la habitación que usaba Judy cuando se quedaba para que estuviera acorde para una cachorra. Se abofeteó mentalmente e hizo una nota mental.

«Mañana tengo que llamar a Finnick para que me consiga un decorador.»

De parte de Meloney, ella no indicó que eso fuera un problema. Tenía su cama, su TV, y el armario estaba libre para que ella acomodara su nueva ropa en él, todo estaba perfecto, pero eso a Nick no le parecía suficiente, quería que ella tuviera lo mejor.

Se despidieron de la zorrita dándole las buenas noches. Meloney les dio las buenas noches con un abrazo.

—Buenas noches —susurró para entrar corriendo a su habitación.

Luego de verla acostarse, sonrieron. No obstante, el cansancio estaba haciendo mella en ellos, se dirigieron a su cama y se recostaron para descansar. Ya tumbados, Nick no podía concebir el sueño, muchos temas le rondaban por la cabeza mientras veía el techo del cuarto. El incierto futuro de Meloney con ellos; si no lograba encontrar un vacío legal para que los dos la adoptaran, le tocaría hacerlo él solo, y no quería eso. Anhelaba que los dos fueran sus padres por igual. Además, la advertencia de Bogo no dejaba de acecharlo, sumado a McLean, algo en él sabía que ese conejo no era quien decía ser.

—¿Crees que podremos adoptarla? —preguntó Judy de repente.

Eso lo tomó por sorpresa, no pensaba que ambos estuvieran cavilando lo mismo. Se volvió hacia ella y fijó su mirada con la suya.

—No lo sé —reconoció, alicaído.

—¿Cómo que no lo sabes? —repuso extrañada.

—Judy, de verdad no lo sé. Quiero adoptarla, pero no sé si las leyes nos lo permitan. —Abrazó a la coneja hasta que sus narices se rozaron—. Ella es nuestra hija, no necesito que un papel me lo diga. No te preocupes por eso, mañana hablaré con unos conocidos para informarme sobre el tema.

Ella sonrió y le dio un corto beso.

Se mantuvieron un largo rato así: abrazados, juntos y embriagándose de la mirada del otro.

—¿Y por qué la pregunta, Zanahorias? —quiso saber Nick.

—Siempre he querido tener crías —respondió encogiéndose de hombros—; es algo que, aunque no me llame la atención por este momento, sí quería tener dentro de unos, no sé, diez o quince años, pero… —Dejó la oración en el aire, sin embargo, Nick comprendió el trasfondo.

La vio con su típica sonrisa picara, dispuesto a no dejar la relación de ambos y su consecuente imposibilidad de concebir crías los deprimiera.

—Podemos intentarlo —sugirió, alzando ambas cejas.

Judy rió ante la proposición y ladeó el rostro; Nick sonrió y recostó su mejilla en su hombro. Un segundo después sintió un empujón por su costado, quedando por completo boca arriba y Judy, veloz como la conejo que era, se hallaba sentada a horcajadas sobre él.

—Si tú insistes —sonrió, con un brillo malévolo en sus lilas. Nick sonrió llevando sus patas a la cintura de ella y, como quien no quiere la cosa, hizo algo que llevaba imaginando desde que la había conocido: la apretó la cola.

El pequeño respingo que sintió contra su propia cintura le indicó que Judy no era experta; de hecho, pensó, dudaba siquiera que alguna vez ella hubiera tenido sexo. Aún así, Nick se propuso a dar lo mejor para hacerla enloquecer.

Recorriéndole el vientre con garras cuidadosas, mientras le quitaba la camisa con la pata libre, fue el acto de inicio para una larga y divertida noche.


Distrito Forestal, La Trufa de Platino. Lunes, 18 de octubre, 21:37h.

Joseph llevaba desde hace un buen rato esperando, mirando incontables veces su reloj y la puerta una. La noche era fría, como le gustaban, y la luna, para variar en la ciudad, se veía con total claridad sin ninguna nube que interfiriera, logrando que su luz blanquecina se colase por la ventana del restaurante, chocando contra su reloj y dándole a su pata un aspecto de muerto. Hasta que por fin, después de tan tortuosa espera, su acompañante llegó.

—Al fin te dignas en aparecer —reclamó—. Me citas en este lugar y llegas tarde.

—Tómalo con calma, Joseph… —Jacob sonrió burlón, haciendo un ademán con su pata restándole importancia—. ¿O es que prefiere que te llame, «Hiperión»? O como te conocen en tu nueva mafia, ¿«Zeus», cierto?

—Deja eso de lado, Ceo. No me importa la manera en que me llames, sólo necesito hablar contigo.

—Pues a mí sí me importa, te agradecería que no uses mi antiguo alias, acuérdate que Los Titanes nos separamos hace tiempo gracias a ti —dijo, sentándose en la mesa—. No me digas «Ceo», me llamas por el nombre que nuestra madre me puso: Jacob.

—Bueno, Jacob… —Joseph rodó los ojos—. Dejemos todo ese tema de lado, hablé contigo para pedirte ayuda.

—¿Tu? ¿Ayuda? —preguntó escéptico, casi riendo—. El «yo puedo hacer todo solo», ¿pidiéndome ayuda? Recuerdo que cuando vendiste a nuestro padre a la policía no me pediste ayuda, ¿o sí?

—Cronos es otra historia —se defendió Joseph—. Quiero que me des información sobre Jápeto.

Jacob se pasó una pata por la barbilla, pensativo.

—Aun sigo enojado contigo por haber vendido a nuestro padre. Todo por querer ser la cabecilla de la organización y terminaste ocasionando su destrucción. Hoy en día Los Titanes seguiríamos siendo la mafia numero uno de esta ciudad. —Frunció el ceño—. Dame una razón para ayudarte.

Joseph frotó sus sienes en un intento de calmarse, sabía que Jacob era alguien que sabía cómo meterse en la mente de sus negociadores. No por nada se le fue otorgado el alias de Ceo. La inteligencia. Su mayor virtud y según como la use puede ser su mayor debilidad. Ahí cayó en cuenta. ¿Qué era lo que Ceo hacia cuando pertenecían a Los Titanes? ¡Contabilidad y estrategia! Claro, contabilidad…

¡Dinero!

—Dime tu precio —habló al fin.

Jacob sonrió complacido.

—Dos millones.

—¡¿Tanto?! —exclamó.

—El que necesita la información eres tú —sonrió Jacob, encogiéndose de hombros—, y sabes muy bien que a James no le pusieron el alias de Jápeto por gusto. El tiene una habilidad increíble para congeniar con los animales y hacer que éstos peleen por su causa, aunque ellos tengan las propias.

Joseph tomó su teléfono y le envió un mensaje a quien organizaba las cuentas en Los Olímpicos.

¿De cuánto es nuestro fondo monetario?

Al cabo de cinco segundos, la respuesta le llegó:

Atenea
Cuatro millones doscientos mil dólares, Zeus; ¿por qué?

Tecleó su respuesta.

Saca dos millones y transfiéreselos a mi hermano Jacob.

Alzó la mirada de su móvil y le preguntó.

—¿A qué banco?

—El Central de Zootopia. No tienes de qué preocuparte, hermano. Soy un hombre de negocios, tanto el Estado como la Gerencia del banco saben que manejo grandes cantidades de dinero.

Zeus asintió, sin preguntar cómo había hecho para que nadie descubriera su turbio pasado. Bueno, pensó, yo he hecho lo mismo.

Transfiérelos al Banco Central de Zootopia.

La respuesta de la nutria fue corta:

Atenea
Listo, dame un minuto.

Exactamente un minuto después, a su ZooApp le llegó una imagen con la confirmación de la transferencia del dinero, la cual le enseñó a su hermano. Jacob sonrió complacido y tomó su móvil, lo toqueteó con dedos veloces y se lo devolvió. Al observarlo, Joseph se percató de un documento de texto recién abierto con unos datos:

Nombre: James.
Alias antiguo: Jápeto.
Alias actual: Porfirio.
Es jefe de la banda Los Gigantes. Conocida organización criminal especializada en «encargos»; se prestan a cualquiera que pague el precio que ellos pidan. Por lo general cobran sumas ridículamente caras a menos que tengan motivos personales con el cliente que los solicite. En tu caso, creo que él todavía tiene rencor por lo que le hiciste a nuestro padre y supongo que no le cobrará mucho a la hija de Mr. Big. Si me llega más información, te la haré saber.

Al terminar de leer, supo que por más hacker y listo que Jacob fuera, no conocía los motivos de peso que tenía James para odiarlo con todas sus fuerzas. Motivos estúpidos y a la vez fuertes. Sacudió un poco la cabeza para sacarlos de su mente, no era momento de pensar en fantasmas del pasado. James fue un imbécil en todo caso; esta vez lo mataría sin dudarlo.

¿Por qué me lo escribiste? —Joseph arqueó una ceja.

—Nunca se sabe quién puede estar escuchando. —Se levantó—. ¿Cómo crees que reaccionará cuando tenga que enfrentarte? —preguntó mirándolo a los ojos.

—Pues si James se me pone imbécil tendré que borrarlo.

—Tan idiota como siempre. —Jacob suspiró con teatralidad, cansino—. No hablo de James, hablo de «él».

—¿«Él»?

Jacob rodó los ojos.

—¡¿Quién más, por amor al dinero?!

Joseph cayó en cuenta. No respondió. Sólo se levantó y antes de marcharse le dijo a Jacob en tono peligroso.

—No te metas en los asuntos que no te conciernen.

Los dos zorros rojos se mantuvieron la mirada. Eran totalmente distintos el uno del otro, mientras Joseph estaba vestido con un elegante esmoquin negro noche, cual empresario, Jacob llevaba una camiseta holgada y unas bermudas oscuras, que lo hacían lucir como un universitario.

Jacob se inclinó ligeramente, con un brillo amenazante en los ojos.

—Ya me imagino el titular en el periódico cuando ustedes dos se encuentren, hermanito —gruñó con un susurro malévolo y una sonrisa viperina—: «Padre vs Hijo: disputa familiar llevada al extremo». —Le sacudió el hombro como si tuviera una pelusa y se separó, sin perder aquella aura peligrosa—: Sí, ¿no te parece?; ese sería un buen encabezado.