LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS
Agradecimientos
ThePhantomPain02: gracias por tu review. En cuanto a la reacción de Nick, estás acertando, solo que él no sabe quien esta al mando, se verá más adelante. Gracias por leer.
SirDaniSkyWatcher304: gracias por tu review. Espero que te guste el capítulo. Gracias por leer.
PamExpelliarmus: gracias por tu review. Gracias y espero que te guste el capitulo. Gracias por leer.
TEH Fluffynator: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.
HELEN18: gracias por tu review. Basta me sonrojas (7/u/7). Gracias por decir eso, realmente me halagas. Gracias por leer.
Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.
XVI
Enfrentamiento
Autopista Zootopia-BunnyBurrows. Miércoles, 20 de octubre, 13:16 h.
—¿Cómo que están en peligro? —inquirió Judy, con un nerviosismo palpable.
Nick no le respondió, sólo tenía la mirada fija en el camino, esquivando auto tras auto con maniobras increíbles así como peligrosas; después de un tramo, el transito se aligeró y pudo pisar a fondo. La aguja de velocímetro se arqueaba cada vez más marcando los doscientos ochenta kilómetros por hora.
El miedo comenzó a nacer en ella, sintiendo como si tuviera un trozo de vidrio que le bajara por la garganta, cortando todo a su paso y cayendo de golpe en si estómago. La velocidad a la que iban no era de un tema simple, era de algo muy, muy grave.
—¡Nick, explícate!
Él bufó por lo bajo.
—Zanahorias, ¿no te parece extraño que McLean invitara a tus padres a comer de buenas a primeras?
Judy se quedó pensativa. Si bien a ella le pareció sospechoso, creyó que era puramente en sentido de amistad. Pero algo en ella le decía que era muy raro para ser verdad. Nick al ver que ella no respondía le hizo un rápido resumen de lo que había descubierto. Judy oyó todo, asombrada. Mientras más explicaba Nick, más le empezaban a cuadrar las cosas. ¿Cómo no pudo verlo antes? ¿Y se hacía llamar policía? ¿Qué policía no veía las cosas tan obvias?
Él le tomó una pata y la apretó con fuerza.
—Judy, tú no tienes la culpa —la tranquilizó—. Era algo muy bien elaborado.
A ella esas palabras la reconfortaron, aunque aun sentía que algo faltaba. Puso a su cerebro a trabajar como una máquina y empezó a idear las posibles maneras de que McLean haya podido saber el cómo y cuándo de su llegada a Burrows el día del disturbio. Muchas teorías pasaban por su cabeza, pero eran descartadas, cada una era más imposible que la otra, hasta que una tomó fuerza.
Traición
No, eso era imposible.
—Veo que al fin lo captaste —dijo Nick, sacándola de sus pensamientos; Judy notó que la veía con una semisonrisa.
Eso se lo confirmaba. Alguien los vendió. «¡No, eso no puede ser posible! Todos en la ZPD somos compañeros, nadie sería capaz de traicionarnos. ¿O sí?»
—Nick, ¿de verdad crees que…? —preguntó dudosa.
—Pelusa, ¿acaso lo dudas? —reclamó— ¿Cómo McLean supo de tus padres? ¿O acaso crees que fue un evento fortuito que Afrodita los raptara? ¿O que ella supiera que íbamos a ser nosotros los que iríamos hacia allá? —Soltó la pata de Judy para cambiar de cambio—. La pregunta no es si realmente lo hicieron, la verdadera pregunta es: ¿quién lo hizo?
Cierto. El problema era, como bien dijo Nick, ¿quién? Había miles de sospechosos posibles dentro de la jefatura, cualquiera podría ser el traidor, cualquiera menos Bogo, Nick y Garraza.
Nick cambió a tercera y pisó el acelerador, la aguja se movía cada vez más, llegando a marcar los trescientos kilómetros por hora.
Judy estaba echando cabeza para deducir quien podría ser.
«El sábado hubo cinco disturbios contando el homicidio de Big. Usando la lógica, descartamos el de Burrows, quedan cuatro. Si yo fuera un espía: ¿qué haría? —pensó, observando de soslayo cómo los pocos edificios en los límites de Zootopia se perdían y difuminaban por la velocidad—. Si quisiera pasar información de un hecho, debería ser el último en salir o por lo menos el último en estar en la línea de fuego. —Empezó a ver todo más claro—. Y el último grupo en salir fue el grupo que recibió el último llamado, quienes protegieron a los forenses en Tundratown. ¡El espía tiene que estar, por fuerza, entre ellos.»
—El grupo que fue a Tundratown. Ahí debe de estar el traidor —dedujo.
Nick esbozó una de sus típicas sonrisas zorrunas mientras asentía.
—Exacto, Pelusa.
Judy sonrió complacida, quizá no pudo descubrir a McLean a tiempo, pero demostró que sus habilidades no estaban oxidadas después de todo. Sacó su teléfono y entró a una aplicación. Gracias a todas las zanahorias del mundo que se le ocurrió activar el rastreador del celular de sus padres, esto los tenía que guiar hacia ellos. En la pantalla de su móvil apareció un mapa de BunnyBurrows, seguido de, cerca de sus límites, dos puntos: uno rojo y uno amarillo. Sus padres. Más en específico, sobre un edificio que ponía «La zanahoria dorada».
—Nick —le dijo—, mis padres están en La Zanahoria Dorada, un restaurante elegante en las salidas de BunnyBurrows.
—Bien, estaremos ahí pronto. —Nick hizo una pausa, mientras serpenteaba entre una hilera de autos—. Zanahorias, ¿cuántos Olímpicos nos faltan por identificar?
—Cinco —respondió al instante—. Zeus, Hera, Poseidón, Apolo y Atenea.
—¿Llegaste a memorizarte los atributos de cada uno?
—El trueno; la familia; el mar y los terremotos; el sol y el conocimiento; la sabiduría y la guerra estratégica. Respectivamente.
Nick compuso una expresión analítica, pensativo, y ella supo qué intentaba: quería descubrir quién era el traidor, que por lógica tenía que ser un Olímpico infiltrado. Se puso ella también en eso. ¿El trueno? No, eso era de Zeus y un líder no se mostraría tan fácil. ¿La familia? Tampoco, eso era de Hera y ella debe ser la segunda al mando, aplicándose lo mismo que con Zeus. Por lógica, se descarta a Poseidón ya que el agua ni los terremotos nada tienen que ver. ¿Atenea? Era posible, ella rige la sabiduría y la guerra estratégica; pero no sería factible, ¿quién pondría a su estratega a tal riesgo? Por proceso de eliminación quedaba Apolo. Aunque la duda seguía en Judy, ¿de verdad sería él?
No. Debía de serlo, Apolo rige el sol y el conocimiento… conocimiento… ¡Información!
—Creo que… —comenzó Nick.
—…es Apolo —terminó ella—. Aún no estoy del todo segura de que haya un espía, aunque… —Tomó su radio de su cintura y escogió el canal de la ZPD— sé cómo averiguarlo. —Carraspeó luego del sonido de la estática—. Oficial Hopps y Wilde, necesitamos apoyo; descubrimos la identidad del miembro de los Olímpicos conocido como Hermes. El sospechoso, sin duda, se encuentra en el restaurante La Zanahoria Dorada. Cambio y corto. —Luego de cortar la comunicación, le dio una sonrisa suficiente a Nick—. Si de verdad hay un infiltrado, no sólo aparecerá la ZPD en la escena…
—Sino que, al serlo, informará a Los Olímpicos sobre que descubrimos a Hermes.
—Exacto —asintió Judy.
—Coneja astuta—dijo Nick, sonriendo también. Luego de un rato añadió—: Sabes que lo del sábado terminará quedándose corto, ¿no? —Judy asintió—. ¿Preparada?
No había necesidad que se lo preguntara dos veces, eran sus padres quienes estaban en riesgo, preparada o no, saldría y sacaría pecho para protegerlos. Comenzó a colocarse el chaleco antibalas.
—Para lo que sea —respondió, muy seria.
Nick cambió a cuarta y pisó el acelerador a fondo; la aguja del velocímetro llegó a su pico máximo: trescientos cincuenta kilómetros por hora.
—En tres minutos llegaremos a Burrows. —Fue lo único que dijo.
BunnyBurrows, Restaurante La Zanahoria Dorada. Miércoles, 20 de octubre, 13:19 h.
McLean se encontraba comiendo junto a Bonnie y Stu, charlando con el matrimonio. Ellos le contaban sobre lo complicado que era mantener el negocio de la granja en los tiempos actuales, y más aún que no tenían muchos hijos que quisieran seguir en el campo. La iniciativa que tuvo Judy de ser policía, y conseguirlo, los motivó a aspirar a algo más, unos decían que querían ser actores, modelos, diseñadoras, cantantes, artistas e incluso, al igual que su hermana, policías.
McLean los oía atentamente, con una sonrisa amable, mientras por dentro estaba que mandaba todo a la basura y se iba.
De improvisto recibió una llamada, el tono que sonó lo alertó bastante, esa melodía sólo la tenía para las llamadas de los miembros de la organización. Al ver quién era quien le llamaba, se sorprendió. Se levantó y disculpó con Bonnie y Stu, dejándolos en la mesa, argumentando que debía ir un momento al servicio.
Ya dentro, constando que no hubiera nadie cerca que lo escuchara, contestó.
—¿Apolo? —gruñó—. ¿Por qué me llamas?
—¡Hermes, sal de ahí ahora!
—¿Por qué?
—¡Descubrieron tu identidad! ¡Sal de ahí! ¡Aborta la misión! ¡Deben de estar por llegar!
McLean se puso nervioso, ¿cómo era posible que lo hayan descubierto? No, debía de ser una equivocación, tendría que ser alguien muy inteligente o muy astuto para que desenredaran la fachada que Zeus ideó. Se serenó, colgó ignorando a Apolo y se convenció de que sólo era una falsa alarma; pero el sonido de una sirena al fondo del restaurante le hizo saber que su compañero no se equivocaba.
—No puede ser —murmuró, molesto, saliendo del baño y caminando a grandes zancadas hacia Bonnie y Stu.
Sacó una nueve milímetros de la chaqueta de su esmoquin y los apuntó. Al menos, pensó, que se hubiera caído su fachada tenía su lado positivo: ya no tenía que fingir que se interesaba por las cosas aburridas que el conejo decía.
—Se me levantan de una vez —les ordenó a los dos conejos; captando los suspiros ahogados y atemorizados de los demás clientes y trabajadores del restaurante al verlo armado—. Los planes se adelantan.
BunnyBurrows, Restaurante La Zanahoria Dorada. Miércoles, 20 de octubre, 13:21 h.
Nick y Judy llegaron al restaurante, estacionando el auto a un lugar seguro de la balacera que era casi seguro se formaría en el lugar. Judy fue la primera bajarse y salir corriendo hacia el edificio, cosa que Nick impidió por poco, tomándola de la muñeca.
—Judy, esto es serio, te necesito serena y concentrada —le dijo, con voz seria—. Tómalas y llévatelas contigo por si te hacen falta, lo que sin duda harán —dijo, entregándole el chaleco antibalas y las dos nueve milímetros.
Ella las recibió sin rechistar.
—¿Y tú? —preguntó.
—Tranquila, Zanahorias, yo tengo a mi pequeña —contestó, apuntando al maletero.
Ambos se bajaron del auto, Nick le indicó que esperara un momento, en el cual, se volvía y abría el maletero, para sacar un fusil de asalto M16.
—¿De dónde lo sacaste? —preguntó, sorprendida, luego recordó la persecución con Afrodita—. No me digas; la bóveda, ¿cierto?
Nick asintió guiñándole el ojo y sacando la lengua.
Empezando a hacerse costumbre, se dieron un beso fugaz de buena suerte y entraron al restaurante. Encontraron a todos los clientes y trabajadores en el suelo con las patas en la cabeza; había un silencio absoluto, como de cementerio, y al otear el lugar, Nick dio con McLean. Él se hallaba en uno de los mullidos muebles que rodeaban las mesas VIP del restaurante, cerca de un ventanal, sentado como un rey esperando pleitesía y apuntando a Bonnie y Stu sin pizca de miedo o remordimiento.
Él sonrió con cinismo.
—Vaya, vaya, nuestra pareja interespecie favorita. Sabía que vendrías tarde o temprano, Judy
Judy le dio una mirada significativa a Nick, esto lo confirmaba, existe un espía en el cuerpo.
Luego la volvió, fijándola en McLean, mientras Nick miraba a sus suegros. Los dos conejos tenían expresiones distintas, mientras la de Bonnie era de un miedo absoluto, la de Stu era como si estuviera planeando algo.
Stu y Nick se vieron a los ojos y como por arte de magia sabían lo que estaban pensando, en parte se debía a que el conejo tenía la misma expresión que ponía Judy antes de hacer una locura, lo que le hizo gracia a Nick; Zanahorias salió igual al padre. Con un movimiento de ojos de Stu hacia Nick, éste le describía los pasos que haría: primero miraba su pata y luego a McLean, después a Nick y a su arma. Ese proceso lo repitió unas diez o doce veces hasta que Nick asintió, entendiendo el plan.
Judy sacó una de las dos pistolas y apuntó a McLean, Nick la imitó, sólo que con su M16. McLean esbozó una carcajada.
—¿No estás tentando su suerte? Podría matar a cualquiera de tus padres si me diera la gana.
McLean descuidó su atención de Stu, tanto suegro como nuero notaron ese desliz del conejo; Stu aprovechó y conectó una patada al estomago de McLean, haciéndolo retorcerse del dolor. Ese corto instante les sirvió de brecha para que los dos, Bonnie y Stu, escaparan y se dirigieran hacia Nick y Judy.
McLean levantó su arma, quejándose del dolor, apuntó a Stu para disparar, pero Nick se le adelantó y le acertó un disparo en el hombro. Éste maldijo por lo bajo y dejó caer su arma. La pareja bajó sus armas y sonrió victoriosa creyendo que todo había terminado, pero Sergio sacó de su chaqueta una inyección con un líquido amarillento.
Judy lo miró confundida, mas Nick sabía con exactitud qué contenía. Ese maldito conejo estaba pensando escapar de la misma manera que Afrodita. Nick levantó su rifle para dispararle, sin embargo, ya era tarde: McLean se había inyectado el líquido.
La vista de cazador Nick le permitió prever el movimiento de McLean: se dirigía a su arma. Con un rápido movimiento, se colocó delante de Bonnie para protegerla, no obstante, Judy reaccionó tarde.
McLean levantó su arma y se escuchó un disparo.
¡BANG!
El sonido del disparo le perforó los oídos, y Nick se tocó el cuerpo en busca de alguna herida, sin éxito. Volteó hacia Bonnie y la vio bien, apuntó su rifle para dispararle al conejo, pero éste estaba señalando a Judy.
—¡¿Acaso creías que te disparé a ti, zorro imbécil?! —espetó.
Ahí fue cuando Nick cayó en cuenta. «¡Judy!» Volteó a verla. Por suerte, el disparo no impactó en ella, sino que fue algo todavía peor.
Ahí estaban, parecían una pintura de arte antiguo. Inmóviles. Nick y Bonnie contuvieron el aliento y varios animales en el suelo gritaron. Judy tenía los ojos cerrados, quizá esperando el impacto que nunca llegó; Stu estaba frente a ella, con las patas abiertas en toda su envergadura para protegerla. No tenía sentido pues ella tenía un chaleco antibalas, pero no se lo reprochó. «Los padres son capaces de morir por sus hijos.» Y eso Nick lo sabía demasiado bien.
Parecían todos los implicados, Nick, Bonnie, Stu y Judy, estar en un trance, porque ninguno hacía nada, más que esperar. Entonces Stu parpadeó, saliendo de su ensoñación, se llevó una pata al pecho y se la miró; toda su braga y camisa debajo de éste se estaban tiñendo de un rojo oscuro. Sangre. Se volvió a verlos, incrédulo, escupió una bocanada de sangre y se ladeó, empezando a caer.
No fue sino que hasta que Bonnie gritó que todos volvieron en sí.
—¡STUART!
Ella corrió hasta su esposo y lo atrapó al vuelo, cayendo ella sentada en el suelo con Stu encima. Lo logró recostar en el suelo con delicadeza, apoyando su cabeza en su regaño mientras hacía presión en la herida y por su redondeado rostro las lágrimas caían. Entonces, cuando el llanto compungido de Judy llegó a sus oídos, viéndola arrodillada al lado de Bonnie, rasgándose la bota del pantalón para limpiarle la sangre a su padre, en un inútil esfuerzo, que Nick sintió un latigazo en su columna. Una sensación tan conocida que le siguió un enojo visceral hacia McLean. Adrenalina. Se giró y se precipitó hacia él, con las garras y colmillos al aire, gruñendo.
Sergio sonrió y alzó el arma, apuntándole, pero Nick hizo lo mismo con su fusil y con dos disparos, que dieron en la culata de la pistola, hizo que la soltara. No lo lastimaría con balas, lo haría sufrir a la antigua: con zarpazos y golpes, con mordidas y desgarros. Nick lo tomó por la chaqueta del esmoquin y con pericia logró sacarle algo. McLean saltó hacia atrás, librándose de su agarre. Al verlo, abrió los ojos con sorpresa.
Se tocó con nerviosismo los bolsillos de la chaqueta y su expresión cambió a una de preocupación y miedo.
Entre sus dedos, como si fuera una perla, Nick observaba la píldora amarilla con centro líquido que le quitó a McLean.
—Olvidas que soy un zorro —dijo con voz torva, mirando la píldora—. Robar y engañar está en mi sangre. Robártela no fue nada difícil.
Mientras veía la píldora pensaba si debía comerla y terminar con todo de una vez. Podía hacerlo, pero si su cuerpo no la toleraba, según el informe de Laboratorios, moriría. No obstante, si no lo hacía, McLean escaparía; de por sí fue un golpe de suerte que pudiera atraparlo por un momento y quitarle la píldora. Se movía endemoniadamente rápido. ¡No! No debía dudar, él dejó así a Stu, ocasionó que tanto Bonnie como Judy llorasen. ¿Por qué tenía que pensarlo? Debía arrestar al conejo, pero no sin antes darle lo que se merecía.
Abrió ceremonialmente los labios, se los relamió, y se llevó la píldora a los labios como si fuera una uva. La mordió y sintió el líquido, de un sabor cítrico, inundarle la boca. Tragó. La sensación era como si hubiera tragado ácido de batería: caliente e irritante. Su garganta y esófago le ardieron como el demonio, el estómago, el pecho… todo le ardía y dolía. Por un momento pensó que su cuerpo lo rechazaría. «Ni se te ocurra rechazar la droga, cuerpo de quinta», pensó, gruñendo y jadeando del dolor.
Después de un minuto, el dolor cesó, dando lugar a los efectos. Su visión se agudizo, su sensación también, sentía el viento, la temperatura y la presión del mismo. Su oído también, a tal punto que escuchaba los susurros de todos los rehenes en el lugar. Su vista era tal que notaba el lenguaje corporal de McLean, los temblores de su nariz, la forma en que su ceja derecha temblaba también y cómo respiraba más agitado.
Se miró las patas mientras las abría y cerraba.
«Esto es una locura.»
Lanzó una mirada cargada de furia a McLean, el cual estaba asustado porque ahora Nick estaba con la ventaja. Aunque los dos estuvieran bajo los efectos de aquel impulsor, no existía forma de que un conejo le ganara a un zorro; y eso los dos lo sabían.
Nick le sonrió mostrando sus colmillos, sus instintos estaban a punto de salir a flote. Debía arrestarlo, pero si lo mataba «accidentalmente», no lo amonestarían.
Entonces atacó.
