LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS
Agradecimientos
ThePhantomPain02: gracias por tu review. Espero que te guste el capítulo y quiero leer tu review, para ver si aciertas. Gracias por leer.
Alex Fox de Wilde: gracias por tu review. Espero que te guste el capítulo. Gracias por leer.
SirDaniSkyWatcher304: gracias por tu review. Espero que te guste el capítulo. Gracias por leer.
Stalker Man 2.0: gracias por tu review. Gracias y espero que te guste el capitulo. Gracias por leer.
TEH Fluffynator: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.
HELEN18: gracias por tu review. Espero que te guste el capítulo. Gracias por leer.
Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.
XVII
Gigantomaquia
Tundratown, Mansión de Big. Miércoles, 20 de octubre, 13:18 h.
En la mansión de Big, FruFru se encontraba en su despacho junto a Kevin, Raymund, a quien ya habían dado de alta, estaba en el piso de arriba cuidando a la pequeña Judy, que aunque no podía esforzarse mucho, ya podía caminar y moverse. FruFru estaba planeando sobre a cuál Olímpico atacarían primero, no tenían más información que la misma policía, no obstante, de entre los identificados, estaba haciéndose una idea de cuál sería más fácil eliminar y cuál los afectaría más. En eso repicó su celular.
—¿Bueno? —contestó.
—¿FruFru, estás sola?
—¿Porfirio?
—El mismo; responde a mi pregunta.
—Sí —mintió—. ¿Por qué?
—Uno de los Olímpicos está por ser arrestado, es el que suministra de droga a los demás. Es una pieza clave.
—¿Quién es? —quiso saber, ansiosa—. ¿Dónde está? ¿Quiénes lo atraparan?
—Hermes, está en un restaurante de Burrows, la pareja policial de las noticias. Hopps y Wilde.
En ese momento su pequeño corazón se detuvo por un instante, ¿Judy estaba lidiando directamente con uno de ellos? No lo pensó dos veces y decidió en hacer la jugada.
—Iremos allá y lo mataremos. Lo más probable sea que Los Olímpicos completos se presenten, así que reúnelos a todos y nos vemos allá.
—Claro, linda, paso por tu mansión para irnos junto a Kevin, según mis datos, él es tu oso de mayor confianza, ¿correcto?
—Bueno, aquí te espero —dijo para colgar. Se dirigió a Kevin para que la llevara al auto y se prepararan, el oso asintió y alistó su arma. Tomó a la musaraña entre sus patas y salió rumbo al automóvil. Algo que había notado era que Koslov no estaba en la mansión.
—Señorita, ¿segura que quiere ir? Si pasa algo puede dejar a Judy sin madre —comentó, ya casi llegando a uno de sus automóviles. El frío de Tundratown los golpeaba sin contemplación.
FruFru le sonrió, sincera, a Kevin, agradeciéndole su preocupación.
—No te preocupes, eres mi mejor animal de confianza, no nos pasará nada, y en caso de que ocurra, se que Judy estará a salvo en tus patas. —Su sonrisa se disipó dando pasó a un ceño fruncido—. Vamos a vengar a mi padre.
En algún lugar en los límites de Distrito Forestal. Miércoles, 20 de octubre, 13:20 h.
Zeus estaba en su despacho junto a Hera y Atenea, verificando unos estados de cuentas de la organización y cuadrando la manera de generar ingresos lo más rápido posible; el pago de los dos millones los dejó muy mal parados.
Tanto el zorro, la nutria y la zorra, estaban sumergidos en las posibles maneras de aumentar las ganancias. Había un silencio absoluto, el cual fue roto por el tono de un celular.
Zeus tomó el teléfono, contestó y lo puso en altavoz, dejándolo sobre la mesa.
—¿Qué quieres, Apolo? —inquirió Zeus sin quitar la vista de los documentos.
—Zeus —dijo éste, exaltado y nervioso—, manda a recatar a Hermes.
Los tres animales apartaron la vista de sus respectivos documentos y se quedaron con la mirada fija en el celular.
—Explícate mejor —pidió Atenea, imperturbable.
—¿Atenea? Bueno no importa, lo importante es ¡que descubrieron a Hermes! ¡Deben estar con él ahora mismo! ¡No debemos dejar que lo atrapen o maten! ¡Según lo que oí en la transmisión de la radio, está en La Zanahoria Dorada, en Burrows! ¡No sé más nada, solo que están allá! ¡Rescátenlo; que si lo atrapan caemos todos! Voy a dejarlos. —La llamada terminó.
Entre los tres, Zeus, Hera y Atenea, quedó una atmosfera de incredulidad y sorpresa. Las dos hembras no sabían cómo proceder, pero Zeus estaba sereno, con el ceño fruncido y tamborileando sus garras en la madera pulida de la mesa. Él mismo ideó la fachada de Hermes, no cualquiera podría haberla descubierto. Pensó en James, él tenía la capacidad, pero dudaba en que se interesara en Hermes cuando tenía peces más gordos y visibles, como Ares o Hefesto, cuando éste último tenía estrecha relación con la ZPD.
No pasaron ni quince segundos cuando el móvil volvió a sonar. Esta vez era Poseidón.
—¿Poseidón, ahora qué pasa? —se quejó Zeus.
—¿Sabes lo de Hermes? —Calmado, corto y preciso. Ya no era sólo una posibilidad, sino una realidad: los descubrieron.
—Sí —gruñó como respuesta.
—Pues las cosas empeoraron: Los Gigantes van para allá para matarlo.
«¡Maldita sea!»
—Nos reuniremos todos allí —le indicó, haciéndole unas señas con la cabeza a Atenea y Hera; ambas captaron sin necesidad de palabras.
—¿Llevarás a Hades?
—A falta de Dioniso —respondió.
—Nos vemos allá, entonces —dijo, y colgó.
El jefe de Los Olímpicos se levantó de su silla y tomó su teléfono. Hizo una serie de llamadas a los miembros que faltaban y, después de unos acuerdos, salió a toda prisa del despacho, siendo seguido por la nutria, Atenea, y la zorra fennec, Hera.
BunnyBurrows, La Zanahoria Dorada. Miércoles, 20 de octubre, 13:26 h.
Mientras daba las zancadas hacia McLean, Nick se percataba de varias cosas a la vez, con una sencillez abismal: la herida en el hombro de Sergio estaba sangrando cada vez más, la arma de éste se hallaba a dos metros de él, el lenguaje del cuerpo que instintivamente lo delataba. Entonces pensó que, si él fuera el conejo, lo primero que haría era establecer distancia y tomar la pistola para sobreponerse, ahora que existía una marcada diferencia depredador-presa.
Al atisbar el naciente medio giro que él daría hacia el arma, Nick supo que había acertado en su razonamiento. McLean se lanzó hacia el arma, pero Nick ya estaba casi con ella. Antes de que el conejo llegara, teniéndolo en rango para un golpe, Nick flexionó el brazo y le asestó un puñetazo en la mejilla a McLean, haciéndolo rodar por el suelo del impulso.
McLean se detuvo cuando chocó contra un mostrador de piedra que dividía las mesas con las cajas y cocinas.
Nick se acercó a él con parsimonia, observando al conejo recuperándose del aturdimiento y alzando la cabeza. Al llegar con él, se agachó y lo tomó de las orejas con tal fuerza que le terminó enterrando las garras y las hileras finas de sangre le mancharon los dedos. El gemido ahogado de éste lo divirtió.
—Se me hace divertido, McLean, cómo intentas superarme, la forma en que tu minúsculo cerebro llega a creer que puedes ser más veloz que yo —dijo, apretándole más las orejas—. Estoy biológicamente diseñado para cazar conejos, y tú no eres la excepción.
Lo hizo erguirse un poco, tirando de sus orejas, flexionó el brazo y le dio otro puñetazo; tan fuerte que un pequeño relámpago de dolor el subió por los dedos. Al observarle el rostro, notó que McLean intentaba buscar un medio de escape, el movimiento frenético de sus ojos lo delataba. Nick, por otra parte, estaba intentando no volverse loco por la ridícula cantidad de información que su cuerpo recibía. Puesto que la droga de la píldora alteraba el sistema nervioso central, potenciándolo, sus sentidos, por consiguiente, se amplificaban, y eso lo estaba volviendo loco, su atención pasaba del tacto al oído, de la vista al olfato, que no podía centrarse por completo en el conejo.
McLean quien pareció notar eso, se impulsó con sus patas traseras hacia él, en contra de todo el sentido común. Lo tacleó, ocasionando que lo soltara y Nick cayera sentado al suelo. Ante esto, lanzó una patada, mas el vulpino la detuvo colocando sus dos brazos adelante, formando una especie de escudo. El impacto llegó, con un ruido sordo, y Nick hizo una mueca de dolor.
«¿Qué diablos? Sabía que iban a ser fuertes, pero no tanto.»
La patada lo movió unos cuantos centímetros, cosa que Sergio aprovechó para comenzar a dar patadas a diestra y siniestra, arrojándolas con una rápida velocidad y destreza, por más golpeado que estuviese. Ante esto, Nick se dio cuenta de algo: McLean estaba entrenado, porque ningún animal corriente soportaría dos golpes, más aún estando bajo el efecto de la droga, y lanzaría semejante ofensiva.
Sin embargo, Nick también lo estaba. Usando su entrenamiento de la Academia, sumado al efecto de la droga en su sistema, pudo igualar el ritmo del conejo. Si no evadía una patada, recibía el golpe inclinándose un poco hacia atrás para aligerar el impacto, ya que el conejo no lo dejaba ponerse de pie.
En un ataque, McLean hizo una finta, fingió lanzar una patada a la izquierda, pero pateó con la derecha, lo que tomó a Nick desprevenido. La pata aterrizó en su mandíbula, tiñéndole todo de negro por un instante y sintiendo el impacto de su cabeza contra el suelo. No quedó inconsciente por poco. Al volver en sí, se percató de que McLean corría hacia Judy, Bonnie y Stu, con una pequeña daga en la pata.
Asustado, sabiéndose muy lejos como para hacer algo, su mente quedó en blanco por unos segundos. Nick había escuchado que muchos animales tomaban decisiones extrañas, actuaban de forma ilógica o incluso se volvían sanguinarios como nadie, cuando alguien que amaban o querían. Razón por la cual se sintió como si estuviera en cámara lenta, viéndose desde arriba; se volvió y tomó la pistola que había cerca y que McLean había intentado agarrar, la asió con fuerza, apunto y disparó en un instante. El sonido del disparo sacó más gritos y gemidos temerosos de los demás rehenes, pero el proyectil cumplió su cometido al perforarle el otro hombro al conejo.
Con un gemido lastimero y el repiqueteo de la navaja contra el suelo al McLean soltarla, éste giró un poco, desviando su rumbo de Judy, Bonnie y Stu, hacia la puerta. Ante esto, Nick gruñó, parpadeó volviendo en sí y se precipitó hacia él, disparando en el proceso. Dos tiros limpios. Dos heridas eficaces. Dos balas que le perforaron las piernas a su presa y lo hicieron trastabillar y caer de bruces al suelo, entre gritos ahogados de dolor y vanos intentos de ponerse en cuatro patas e intentar gatear a la salida.
Con una última zancada, que pareció más un salto, Nick acortó distancia, llegó con McLean y, aún con la sangre burbujeándole por la ira de él haber intentado no una, sino dos veces matar a Zanahorias, le tomó la cabeza y plasmar su rostro contra el suelo. El choque generó un espantoso sonido. Le volvió a alzar el rostro y lo estampó de nuevo. Una y otra vez. Con una insaciable necesidad de imprimirle el máximo dolor posible, no obstante, al notar que respiraba con dificultad, se detuvo. Su ser le decía a gritos que lo despedazara ahí mismo, que lo dejara muerto; sería un delincuente menos, pero su sentido del deber lo contradecía. Decidió arrestarlo, no porque lo perdonara, sino porque haría especialmente tortuosa su estadía en la prisión, cobrando algunos favores de conocidos tras las rejas.
Tomó sus esposas para colocárselas y cuando se las estaba poniendo fue interrumpido por un disparo en su pata izquierda. El dolor tardó un milisegundo en llegar, amplificado por la percepción que tenía, sacándole un grito. Era una herida precisa: un poco más arriba de la muñeca y con orificio de salida. Su arma cayó al suelo, para él recogerla un segundo después y buscar a su atacante.
Sólo que no era uno.
Eran once animales: una comadreja, una jaguar, un búfalo, una gacela, un tigre, una nutria, dos lobos árticos, un oso polar, una zorra fennec y un zorro rojo. De ellos, la comadreja, la nutria, uno de los dos lobos, el oso polar y los dos zorros llevaban mascaras, el resto no.
Aún preso de la sorpresa, al ver con detenimiento a los que estaban con sus rostros descubiertos, los reconoció. Eran los que comandaban los disturbios del sábado, o sea que… Tragó grueso. Ellos eran Los Olímpicos. Parecían un ejército en miniatura, y despedían aquella aura o presión que silenciaban a todos los animales, como si en lo más profundo de sus mentes supieran que debían guardar silencio y respetarlos, o morirían. Tres de ellos estaban al frente, comandando: la nutria, el zorro rojo y la fennec.
Ésta última se adelantó cuando todos se detuvieron.
—Suelta a Hermes —ordenó, con voz imperante. Tenía un collar con un dije en forma de una corona colgando con elegancia en su cuello, y tras la máscara, sus ojos despedían dureza.
Nick volvió en sí, apuntando la pistola a la cabeza de McLean. La pata derecha le temblaba de la adrenalina y el miedo.
—Que nadie se mueva —jadeó, sintiéndose abandonar por los efectos de la droga—, o le hago un tercer ojo al conejo.
Afrodita, al fondo, frunció el ceño y esbozó una pequeña sonrisilla, captando que había usado sus mismas palabras. La nutria, al frente, dio un paso y dijo con voz anodina:
—Más te vale que obedezcas si quieres que la coneja y su familia salgan sanos y salvos. —En su cuello, al igual que en la zorra, pendía un collar más corto, con la diferencia de tener un dije en forma de una lechuza.
Nadie hizo nada. Nick estuvo tentado a disparar y matar a McLean, sin embargo, él era su boleto de salida. Por él estaban los Olímpicos allí. Si el conejo moría, ellos lo seguirían poco después. Pasó la mirada por cada uno de ellos, moviendo las orejas, captando resquicios de sonidos de Judy a su espalda; la protegería con su vida su fuese necesario. Caviló poder acabar con uno o dos, debido a su estado, pero no podía atacar al azar, porque no conocía nada de los demás. Y estaba la variable de Stu herido, que los ralentizaba y estaba a las puertas de la muerte.
Cuando hizo un gesto para disparar, el tigre alzó su arma y disparó. Fue como si le hubieran conectado a un desfibrilador: el corrientazo en el hombro izquierdo fue brutal, haciéndolo aligerar la presión con la que sostenía a McLean.
—Si no piensas obedecer —dijo Ares; el tigre tenía una mirada criminal, sádica, y el cañón humeante de la pistola no hacía más que acentuarla—, muérete de una vez.
Ninguno de ellos se inmutó en lo más mínimo. «Son demonios», pensó, porque hasta el más duro animal hacía algún gesto, involuntario o no, al oír un disparo o cuando se disparaba un arma frente a él. Ellos no. Estaban impertérritos.
El zorro rojo alzó una pata y Ares bajó el martillo de su arma. Acto seguido, el zorro la bajó, como un Emperador que decidiera el destino de un gladiador, y Ares disparó, dándole a Nick en el hombro derecho. Él soltó el arma mientras se tragaba un grito de dolor; no les iba a dar el gusto. Sin embargo, se halló sin opciones: ambos brazos hombros heridos, muñeca izquierda herida y sin el efecto de la droga.
El zorro volvió a alzar la pata y Ares bajó nuevamente el martillo, esta vez, lo sabía, no sería un disparo al cuerpo, sino uno certero a su cabeza. El corazón redujo su pulso, como calmándose, mientras Nick se puso de pie, tambaleándose, y quedó protegiendo a Judy, Bonnie y Stu, dejando en el suelo a McLean.
Les dirigió a todos los Olímpicos una sonrisa desafiante.
La nutria, cerca del zorro, comentó con sorpresa y respeto.
—Un acto muy noble: morir sonriendo.
Ares bajó su índice del cuerpo de la pistola hacia el gatillo, dispuesto a disparar.
Nick cerró los ojos.
Y entonces…
¡BOOM!
El suelo tembló, hubo un sonido de una explosión y los animales profirieron un grito de terror. Nick abrió los ojos, desconcertado, agradecido a la vez que extrañado de seguir vivo. Observó a los Olímpicos y los vio agachados, resguardándose. Aprovechando eso, Nick tomó la pistola, dejó de lado a los Olímpicos y fue con su prioridad: Judy. Se acercó a ella, Bonnie y Stu y constató que su suegro estaba respirando muy leve, de forma superficial. Judy le tomó el rostro entre las patas, mientras gruesas lágrimas surcaban sus mejillas.
—Estoy bien —le dijo, jadeando, intentando no dejar traslucir el espantoso dolor que le recorría los brazos y lo mareaba—. En serio, Pelusa, estoy bien. Son sólo unos tiros. —Sonrió.
—Casi mueres y yo no hice nada —gimoteó; Nick rodó los ojos, para reposar su frente con la de ella.
—Zanahorias, estoy bien. —Fijó sus ojos con los de ella—. Sigo vivo, ¿ves? —Ella asintió—. ¿Estás conmigo ahora?, te necesito. —Volvió a asentir—. Bien. —Se separó y le dijo a una afligida y sorprendida Bonnie que cuando viera la menor oportunidad, llevara a Stu a un lugar para cubrirse—. Las mesas son buen muro, por ahora. —Nick miró el lugar, encontrando un agujero en una de las paredes del restaurante, por donde manaba una espesa nube de polvo de ladrillo—. Por ahí —les indicó a ambas—, posiblemente…
Dejó la frase sin culminar, absorto ante la imagen imponente de los animales que, para variar, entraban por el agujero. Si los Olímpicos inspiraban respeto y temor, éstos inspiraban poderío y fuerza. Detrás de todos iba un elefante; delante dos osos polares gemelos, un león y un tigre; luego, una loba marrón, un zorro rojo robusto, como el amigo de Zanahorias, Gideon, se recordaba bien; junto a ellos, para su sorpresa, Kevin, quien llevaba en sus patas a FruFru. Sin embargo, quien hizo inspirar con fuerza a Nick, haciendo que con su sola presencia el piso se le sacudiera, era el zorro que lideraba a todo el grupo. Esbelto, con ojos azules cual zafiros y una sonrisa vivaracha. «Si él está aquí, eso quiere decir que…», pensó, volviendo la mirada hacia el líder de Los Olímpicos, quien debía ser Zeus. Una ira visceral, que nacía en lo más profundo de su ser, criada y cultivada por tantos años, explotó como una bomba nuclear, haciéndolo apretar la pistola y con un rugido naciendo en su garganta, apuntó a Zeus.
—Detente, Nicholas —dijo el zorro líder.
Nick volvió la mirada, con la respiración agitada. Cuando encontró los ojos azules del zorro, lo vieron de la misma forma que hacía tantos años: serios y comprensivos. Nick inspiró lo más despacio que pudo, tragándose sus ganas de matar a Zeus, y se enfocó en Judy, quien no había estado prestando atención; estaba centrada en su padre. «Mejor así, que sepa menos.»
Observando a Zeus y el zorro líder de los Gigantes, notó que los Olímpicos, una vez recuperados de la sorpresa que causó la explosión, estaban atentos, con armas en patas.
—Tú y tus entradas —gruñó Zeus.
El zorro líder de los Gigantes se encogió de hombros con falsa modestia.
—Yo siempre debo aparecer con estilo, Joseph. —Llevó su pata con una lentitud burlesca a su cintura, sacó un revólver, sacó la recámara y comenzó a colocarle bala por bala, de forma exasperante. Nick bien sabía que él disfrutaba llevando a sus contrarios al límite—. Me tenías olvidado. Eres muy escurridizo, ¿lo sabías? —preguntó cuando colocó la última—. Te busqué mucho tiempo y mira que serías tú mismo quien te revelarías por una nimiedad como matar a Big.
El zorro chasqueó los dedos de su pata libre y todos los Gigantes le hicieron espacio al elefante, que alzó como si fuera una piruleta, un lanzacohetes. Todos, Olímpicos, rehenes, Nick, Judy y Bonnie, se quedaron en un silencio de impresión; Nick se dio por muerto. ¿Quién en su sano juicio llevaba un lanzacohetes a un edificio cerrado? «Bueno, es él, después de todo.»
—Tráiganlos —mandó el zorro.
Del grupo de animales salió Kevin y se dirigió hacia Nick y Judy.
—Así que era cierto —murmuró Nick cuando el oso estuvo cerca de ellos.
Kevin asintió y mostró a FruFru, a quien llevaba en sus patas. Nick ayudó a Judy a levantarse, Kevin levantó con mucho cuidado a Stu para llevarlo a que lo atendieran, caminando con toda la calma en el lugar; Bonnie lo siguió, no sin antes darles una mirada inquisitiva, a lo que Nick y Judy le sonrieron, indicándole que ella se fuera antes.
—Llévalos a mi auto, Kevin —comentó por lo bajo; el oso, asintió sin verlo.
Judy parecía no querer irse aún, lo que intrigó a Nick, no obstante, antes de que pudiera preguntarle qué sucedía, Zeus volvió la cabeza, tal vez para dar una orden, pero fue detenido por un disparo del zorro líder de los Gigantes, a sus pies. El azulejo del suelo se quebró y astilló.
—No me hagas disparar de nuevo, Joseph —le advirtió—. Tú y yo sabemos que si te doy un tiro, prenderemos un tiroteo aquí dentro, y si una bala roza la bazuca, todo el lugar saltará por los aires. ¿Eres tan imbécil para arriesgarte así?
Cuando Kevin, FruFru, Bonnie y Stu estaban a resguardo detrás de los Gigantes y luego salieron, el elefante bajó el lanzacohetes.
Nick, aunque con heridas graves, estaba ansioso, atento a los movimientos que harían los dos bandos. Si ellos iniciaban una balacera en el lugar lleno de rehenes, las bajas serían enormes. Suspiró, intentando calmarse, sin éxito. Entonces sintió la pata de Judy deslizarse en la suya, en un tácito y silencioso recuerdo de que ella también estaba allí; de que la lucha era de ambos, por lo que no podían arriesgarse. Sonrió para sí, calmándose más fácilmente. No sabía por qué los refuerzos de la ZPD tardaban tanto, pero no le importaba mucho tampoco, lo que Nick quería era una oportunidad.
Un solo chance para poder atravesarle el cráneo a Zeus con una bala y dejarlo muerto en el lugar.
Aún tenía su herida fresca en su interior, por más años que hubiesen pasado.
La pistola en su pata se sentía como si pesara mil kilos, mas no le importaba, se adjudicaría la muerte de Zeus sin lugar a dudas, pasara lo que pasara.
