LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS


Agradecimientos

ThePhantomPain02: gracias por tu review. Espero que te guste el capítulo y quiero leer tu review, para ver si aciertas. Gracias por leer.

Alex Fox de Wilde: gracias por tu review. En este capítulo prácticamente dije quien es Zeus, aunque si lees los capítulos anteriores encontraras pequeñas pistas ocultas sobre quien es él. Gracias por leer.

SirDaniSkyWatcher304: gracias por tu review. Vas por buen camino, este capítulo aclarará muchas dudas. Gracias por leer.

HELEN18: gracias por tu review. No te preocupes si no comentas una review larga, con que comentes eso me alegra. Gracias por leer. Y gracias por leer mi fic de Kung Fu Panda, eres la primera que lee mis dos historias, o por lo menos comenta. :D

TEH Fluffynator: gracias por tu review. Sí, ya lo explicaré más adelante. Gracias por leer.

TheBlueWolf-07: gracias por tu review. Vas por buen camino. Gracias por leer.

laura: gracias por tu review. Porfirio/Jápeto (James) es hermano de Zeus y Jacob (Ceo). Ya explicaré más adelante. Gracias por leer.

Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.


XVIII

Identidad

BunnyBurrows, Restaurante La Zanahoria Dorada. Miércoles, 20 de octubre, 13:56 h.

El ambiente dentro del edificio era de una tensión absoluta, las miradas pasaban de Los Gigantes hacia Los Olímpicos y viceversa. Nick se dio cuenta que entre Gigantes y Olímpicos había una especie de tensión aún más grande que la que existía sólo porque dos grandes organizaciones criminales estuvieran reunidas en un mismo lugar, sino que parecía que se desearan hacer pedazos los unos a los otros. Lo podía comprender de ambos zorros líderes, pero no de los demás

Además, ningún bando actuaba. La bazuca que sostenía el elefante con una tranquilidad pasmosa influía en ello; si una bala la rozase, sería el fin de todos los que estuvieran allí.

El zorro líder de los gigantes volvió la mirada hacía el elefante y la loba marrón.

—Damasén, Encélado —ordenó—, vayan por nuestro método de salida. Esto no durará mucho. —Los mencionados asintieron—. No tengo que decirles que estén atentos, ¿o sí?

—No —respondió la loba, Encélado.

El elefante, Damasén, parecía molesto. Sus ojos perforaban a Ares con una agresividad propia de un depredador.

—Porfirio —dijo—, te la pasaré por esta vez, pero si para la próxima no tengo una oportunidad para matarle, cambiaré mi prioridad. Será a ti a quien aniquile.

—Cálmate, fortachón —sonrió el zorro líder de los gigantes, Porfirio. «Así que ése es su alias.»—. Te prometo que la próxima vez que lo veas lo matarás, ¿vale?

Damasén se mantuvo un tiempo en silencio, para luego bufar con la trompa, sonando como un soplido, y darse media vuelta, echándose al hombro el lanzacohetes. Encélado, por otro lado, se acercó a Porfirio y le murmuró algo al oído, a lo que él asintió, para luego ella retirarse también. Dos palmadas fueron las que el zorro dio, con un tono burlesco y cómico, como si llamara a unos empleados, para que todo su grupo, sin excepción, sacara las armas. Unos llevaban revólveres y otros nueve milímetros, pero ninguno estaba sin arma alguna.

—Hipólito, por favor —pidió Porfirio—, ve a por nuestro boleto de salida. Sólo que no lo maltrates mucho, el pobre conejo está para la basura. ¡Un momento! —añadió, cuando el zorro robusto que se parecía a Gideon comenzó a caminar—, mejor no. No puedo dejar a un hijo sin su padre. —Miró a una osa polar—. Gratión, ¿podrías? —Ella no hizo gesto alguno, sólo caminó hacia el maltratado e inconsciente McLean.

Sin embargo, Ares pareció pensar lo mismo que Nick: ellos no podían darse el lujo de perder al conejo. El tigre, sin poder controlar sus impulsos, disparó en contra de Porfirio. Le dio en el pecho, justo sobre el corazón, y cuando Nick pensó un poco afligido que era el fin del zorro, ésta alzó el arma y devolvió el disparo: lo había salvado un chaleco antibalas. No obstante, dicho acto del tigre abrió la caja de Pandora. Los Gigantes respondieron al fuego inicial y los Olímpicos al secuencial, dando inicio a una batalla campal, donde el sonido de las detonaciones de las balas se entrelazaba a lo de los gritos desesperados de los rehenes en el suelo, que se arrastraban para ponerse a salvo.

Los Olímpicos se refugiaron tras la barra de bebidas del restaurante, mientras que los Gigantes volteaban las mesas, usándolas como barreras.

Nick y Judy, por otro lado, no estaban mejor que los rehenes. Él le tiró de la pata y la abrazó cuando el primer disparo surcó el aire, tumbándola en el suelo con la respuesta de Porfirio y colocándose sobre ella para cuando la lluvia de balas iba y venía. La posición era comprometedora, pero no podían preocuparse por el bochorno si eran sus vidas las que estaban en juego. Ella le pasó los brazos por el cuello y tiró de él, causando que su hocico chocara contra la clavícula de ella.

—Zanahorias, no puedo pensar una forma de salir si me tienes tan… —Nick buscó palabras, mientras intentaba no marearse con el olor embriagante de Judy abrumándole la nariz; olía apetecible— distraído. Sí, digamos que distraído.

Ella lo abrazó aún más. «Calma, Nick; piensa en moras.»

—No seas idiota, Nick —le dijo—, estoy haciendo esto para que no te den un tiro en la cabeza por error. —Respiró—. Debemos salir de aquí, de cualquier forma. Al demonio con McLean.

De tal forma que sólo ellos dos juntos podrían, Nick y Judy se arrastraron en su complicada posición hasta las mesas VIP del restaurante, colocándose tras unos pequeños muros que las delimitaban del resto de mesas. Nick se dejó caer en el suelo, al lado de Judy y tomó la radio en su cintura.

—¡Oficiales Wilde y Hopps! —gritó, para hacerse oír por encima de la balacera y griterío—. ¡Necesitamos refuerzos armados en La Zanahoria Dorada! ¡Enfrentamiento entre Olímpicos y Gigantes! ¡Civiles heridos y sospechoso en condición crítica! ¡Respondan; cambio!

Estática.

Nick apretó la radio con todas sus fuerzas, conteniéndose por no maldecir a Bogo y toda su generación pasada y futura, ¿qué demonios estaban haciendo? ¡Judy había pedido los refuerzos hacía ya tiempo, ¿venían a pie o qué?! Entonces, cuando estaba pensando en alguna manera para salir sin ser baleados, la voz de Bogo salió de la corneta de la radio.

—¿Wilde?

—¡Bogo! —exclamó Nick, aliviado—, ¿qué pasó con los refuerzos?

—Estamos a dos minutos del lugar. ¿Estado?

—Enfrentamiento armado.

—Resistan hasta que lleguemos, llevamos refuerzos aéreos y terrestres. Cambio y corto. —Con un chillido de estática, la comunicación se cortó.

Nick y Judy, aún en el suelo, tenían que hallar la manera para poder levantarse y salir del restaurante, pero estaba el hecho de que si alzaban la cabeza, podía ser la última vez que lo hicieran, debían idear algo. Fue allí cuando Nick recordó algo que los exploradores hacían: con un espejo, identificar la zona. «Pero no tengo espejo alguno.»

—La placa —murmuró. Se la quitó y empezó a identificar las figuras borrosas en el reflejo. Judy lo miró extrañado, mas cuando se percató de lo que intentaba, ella lo imitó.

Por lo que pudo descifrar, además de las balas que estaban viajando como Pedro por su casa a través del aire, había animales rehenes heridos, quejándose y llorando del dolor. Además, los tiros iban para ciertos animales de las bandas enemigas, no eran al azar, como debería ser, sino que parecía cada animal tenía un objetivo claro, independientemente de los demás. Parecía personal. No obstante, los Gigantes tenían una ofensiva más osada, causando que los Olímpicos, quienes no tenían chalecos, se resguardaran para evitar se alcanzados; alguno que otro gigante recibía un impacto, pero como portaba su chaleco, no pasaba más de un gruñido o quejido.

Lo que parecía ser un animal de los Olímpicos, sólo que Nick no lograba identificarlo por lo indefinida de la imagen en su placa, se volvió hacia quien creyó era Zeus y pareció advertirle algo. Confirmó que era Zeus cuando se juntó con dos figuras más pequeñas, una nutria y una fennec. La nutria levantó una pata e hizo una señal, para acto seguido el grupo dispersarse.

El oso polar de los Olímpicos, el lobo ártico y la comadreja se fueron por su lado, saliendo del recinto como si no les importara ser heridos, desapareciendo luego de atravesar la puerta. La jaguar, Afrodita y el búfalo, se arrastraron tras la lluvia de disparos que pasaba sobre sus cabezas y se resguardaron detrás de unas mesas, empezando a disparar para, lo que supuso Nick, ganar tiempo. Quedando Ares, la loba ártica, la nutria, la fennec y Zeus, estaban a resguardo también, la voz iracunda de Bogo, amplificada cien veces, retumbó en el aire, haciendo vibrar los vidrios de las ventanas:

—¡DEPARTAMENTO DE POLICÍA DE ZOOTOPIA! ¡TENEMOS EL LUGAR RODEADO! ¡SALGAN CON LAS PATAS EN ALTO Y SIN RESISTIRSE O TENDREMOS QUE RECURRIR A LA FUERZA!

Los Gigantes se apuraron, la osa polar tomó a McLean en hombros y salió trotando por el agujero de la pared, gruñendo cuando los disparos le daban en el chaleco y saliendo con algún que otro roce de bala, siendo seguida por sus demás compañeros. Las balas se detuvieron y Nick pudo, con duda, alzar la mirada por sobre el muro que los protegía.

Zeus le hizo una señal a la nutria y ésta se llevó a la fennec consigo, logrando escapar. La jaguar y Afrodita las siguieron, en cambio, el búfalo, quien pareció haber notado que Zeus no tenía a nadie para resguardarse, fue hacia él.

—Ares —ordenó Zeus—, vete con Hera y los demás. Tu misión es matar a todo el que quiera capturarlas.

El tigre no hizo alguna otra acción que irse, sin mirar a su jefe

Quedando sólo Zeus, el búfalo y la loba ártica, quien Nick supo era Artemisa, por los expedientes, se reunieron, planeando su salida. Nick quiso levantarse y, así de simple, disparar su pistola y matar a Zeus, pero Judy le jaló del brazo y le señaló el agujero en la pared.

—Debemos irnos —apremió.

—Bien. —Nick inspiró con fuerza; lo mataría en otro momento—. Vámonos, Pelusa.

Ella levantó tres dedos, en señal de cuenta regresiva. Bajó uno. Nick tomó aire, ignorando el dolor de los brazos. Judy bajó el segundo. Nick exhaló. Al ella bajar el tercero, se pusieron de pie y corrieron a todo lo que sus agotados cuerpos le daban, escuchando cómo Artemisa gritaba que se escapaban, pero que Zeus le decía que se centrara.

Al salir, el reconfortante aire puro de las madrigueras le azotó el rostro al vulpino, dotándolo de vitalidad. El paisaje verde del campo y tostado de los cultivos de Burrows, parecían una pintura al oleo, con el sol brillando en lo alto, impasible a lo que sucedía bajo él, sin embargo, los sucesos eran un ridículo contraste contra el paisaje: patrullas de policía, más de seis, pudo contar fugazmente, estaban colocadas en media luna alrededor de la salida del restaurante, con los oficiales sosteniendo sus armas reglamentarias, las tranquilizantes, o alguna que otra de asalto.

Ni Nick ni Judy se detuvieron en su corrida hacia donde habían dejado el auto, por más que los Gigantes estuvieran haciendo tiempo para quien sabe qué, disparando contra la policía. En eso, las miradas de Nick y Porfirio se entre cruzaron un instante, en el cuál, Porfirio le sonrió y le hizo un gesto de despedida con la pata. Nick frunció el ceño y siguió corriendo, para llegar de una vez por todas a su auto.

Ahí lo esperaban Kevin, FruFru, Bonnie y un inconsciente Stu. Éste iba recostado en los asientos traseros, mientras Bonnie iba de copiloto. Judy abrió la puerta como una centella y colocó su oreja sobre el cuerpo herido de su padre; se hizo un silencio tétrico.

—Está respirando demasiado lento —dijo ella—. Debemos llevarlo a un hospital.

—El más cercano es el de Burrows —hizo saber Kevin.

—Pero ahí no tienen los insumos ni el personal para atenderlo como es debido —argumentó Bonnie, nerviosa—. Lo mejor es que lo llevemos a Zootopia.

—Hazlo —mandó Nick, sin atisbo de duda; fue hacia su maletero y sacó otra M16. Se volvió hacia Kevin—. ¿Puedes llevarlas? —Él asintió—. Por favor, hazlo. Te deberé un favor, esta vez sin tretas, trucos o mentiras. De verdad te deberé un favor, Kevin. Y a usted también, FruFru.

—No te preocupes —repuso ella, con su voz chillona—; yo soy quien le debo a Judy.

Kevin se subió de piloto y Nick cerró la puerta de los asientos traseros, donde iba Judy.

—Nick —le llamó—, ¿qué vas a hacer?

El vulpino le quitó el seguro a la ametralladora y se pasó la cinta por el cuello y hombro, revisando después la recámara y cuántas balas tenía.

—A… —Cerró los ojos, alzó la cabeza al cielo y suspiró. Los abrió y buscó sus lilas—. A ir a por McLean —mintió.

—No tendrás oportunidad —le reclamó, con los ojos húmedos—. Sube al auto y vámonos.

Suspiró; no podía decirle su verdadero motivo, por más que quisiera. Eso era un asunto de él y sólo de él, y tal vez de Porfirio, pero Judy no debía entrar en aquel pozo de dolor propio. Le dio una mirada significativa a Kevin y éste, comprendiendo, encendió los motores, con FruFru sentada cómicamente en su hombro. Nick le dio dos golpecitos al auto, señal internacional de «arranca».

Con la voz de Pelusa pronunciando su nombre varias veces, él contempló su auto alejarse rumbo a Zootopia.


BunnyBurrows, en las afueras del Restaurante La Zanahoria Dorada. Miércoles 20 de octubre, 14:05 h.

Porfirio disparaba sin estresarse mucho por la situación, atentos a los oficiales de la ZPD o a algún Olímpico que pudiera aparecer. Las órdenes eran claras. Primera; no morir. Segunda; evitar que los arrestaran. Tercera; salir con el premio, el conejo, aún vivo. Y cuarta; matar a cualquier Olímpico al menos avistamiento, excepto si era Zeus, en caso de serlo, incapacitarlo para él mismo matarlo. Entre tanto y tanto, él miraba al cielo, en busca de su método de salida. Aún se le hacía ilógico y ridículo cómo hizo Encélado para poder conseguir dos helicópteros y no despertar las sospechas de tráfico aéreo, o mínimo la Alcaldía, cuando era extremadamente raro ver circular uno que no fuera el de las noticias en la ciudad.

Se encogió de hombros, no importaba, la verdad. No podía no confiar en ella, si tenía que esperar, que así fuera.

Unos oficiales aparecieron, disparándole al grupo, le dieron en el pecho, pero el chaleco lo salvó, mas no sin causarle un atroz dolor. Porfirio disparó cuando se recuperó, matando a uno de los dos oficiales, mientras que Mimas, un león, al otro. Ambos policías cayeron muertos al suelo.

—¿Cuándo se darán el lujo de llegar? —se molestó Gratión, la osa polar, con el conejo en su hombro, sangrando, pero vivo. «Nicholas se divirtió con este pobre animal», pensó, divertido.

—Tranquila, mi estimada —rió él—, sabes que Encélado llega en el momento necesario. Ni antes, ni después. Sino en lo justo.

—Sería mejor si apareciera ahora, Porfirio —dijo Hipólito, el zorro robusto.

—¿Vas a discutir asuntos con Agrio? —le preguntó.

Él se encogió de hombros.

—Ese fideicomiso no se hace solo, ¿sabías?

Sin embargo, antes de que pudiera responder, a sus oídos llegó el sonido de un rotor mecánico, y al alzar la vista atisbó dos helicópteros que empezaban a descender, siendo acompañados por las ráfagas de aire que ocasionaban sus hélices. En uno iba Encélado y en otro Damasén.

—¿Qué te dije? —sonrió el vulpino—. En el momento justo.

Hipólito refunfuñó algo mientras disparaba, haciéndoles campo para que la loba y el elefante aterrizaran y no les perforaran el fuselaje. Una vez tocaron tierra, unos se subieron en uno y otros en el restante. Para su disgusto, Gratión, con el conejo se subió en el otro helicóptero.

Despegaron.

Ya en el aire, el altavoz de un helicóptero policial que les pisaba las patas, le indicaba que o descendían o tomarían medidas de ataque. El vulpino empezaba a perder la poca paciencia que tenía. El cuerpo le dolía demasiado como para estar más en ese circo, se acercó a Damasén y trepando por su espalda, llegó a su hombro y le movió los auriculares con los que se comunicaba con Encélado en el helicóptero contiguo.

—¡Túmbalo! —ordenó—. ¡Llévanos a una zona sin civiles y luego derriba ese maldito helicóptero! —Le colocó sus audífonos y conectó un par más pequeños a la tabla de control, para luego colocárselos él.

Damasén asintió y con una señal de la trompa, luego de activar el mando del copiloto, o sea Porfirio, le dejó las riendas de la nave. Se volvió y tomó el lanza cohetes, lo afincó en su hombro y apuntó.

—Mantenlo estable —le dijo a Porfirio por el micrófono de sus audífonos, escuchándolo con total claridad en los suyos— y agacha la cabeza.

Él acató y, como podía, maniobraba la nave en zigzag, observando por la puerta lateral alguna zona que sólo fueran cultivos o árboles. Luego de unos segundos sobrevolando, llegaron a unas amplias hectáreas de cultivos de trigo, donde Porfirio intentó mantener quieto el helicóptero.

El de la ZPD estaba a poca distancia.

Entonces Porfirio sintió el calor en la espalda, como si se hubiera metido a un sauna, de cuando se disparó la bazuca. El pitido como un fuego artificial de navidad, al salir el cohete y trazar una estela de huno a su paso, dirigiéndose hacia su objetivo. Impactó, causando una explosión cuya onda expansiva sacudió el helicóptero y por poco no dan una vuelta de trescientos sesenta grados. Del otro helicóptero sólo quedaban unos amasijos metálicos en llamas y humeando nubarrones negros, que caían a gran velocidad al suelo; se estrellaron y explotaron de nuevo.

El elefante tomó el mando de nuevo. Y cuando el vulpino creyó que ya podrían ir tranquilos a su escondite, sonó un disparo. Seco, preciso, letal. Porfirio conocía aquel eco: un rifle de francotirador. Se volvió ansioso, pero ninguno de los de ese helicóptero estaba herido. Entonces, por el canal que unía a ese helicóptero con el de Encélado, recibieron una llamada por el intercomunicador.

El zorro presionó el botón que enlazaba a ambos.

—Porfirio, malas noticias. —Era Encélado.

—¿Qué sucede?

—Mataron al conejo.


BunnyBurrows, Restaurante La Zanahoria Dorada. Miércoles, 20 de octubre, 14:09 h.

Dentro sólo quedaban Zeus, Artemisa y Hefesto. El zorro no podía haber pedido mejores compañeros; Hefesto era el más fuerte de todos, y Artemisa la que mejor manejaba las armas. Tal vez, pensó, con ellos dos saldría de esa.

Sabía que la entrada estaba rodeada, no obstante, si quería que los demás escaparan como debían, él debería hacer de carnada, después de todo, ¿qué mejor incentivo o cebo que el mismo líder de la organización? Hefesto le entregó una QBZ-95 a Zeus, mientras que le tendía un rifle R4, como el que llevaba, a Artemisa. Ella lo rechazó, señalando por sobre su hombro al rifle de francotirador que tenía a la espalda y su nueve milímetros en la funda de la cintura, sin contar con algunas cosillas que llevaba en el chaleco táctico.

Se dieron una mirada fugaz, decisiva, y salieron sacando pecho a la situación. Ni siquiera se enfocó en contar cuántas patrullas había afuera esperándolos, sino que apenas pisó el suelo asfaltado, disparó a todo lo que se moviera. Derribaron entre los tres, a siete uniformados, pero cuando los demás empezaron a plegarse y defenderse con las patrullas, Artemisa les indicó que se escondieran tras un fino auto estacionado cerca.

—Hay dieciocho patrullas —dijo la loba—, y hay un leve espacio en la doce, de izquierda a derecha. Apolo está cubriendo esa patrulla, podemos salir por ahí. —Toqueteó uno de los bolsillos de su chaleco táctico y sacó una granada aturdidora—. A mi señal.

La arrojó y esperó a que detonara. Una potente luz se coló por debajo del auto donde se protegían, seguido de un pitido que los tres soportaron gracias a que se cubrieron los oídos. Cuando Artemisa se irguió para salir, Zeus y Hefesto la siguieron.

Zeus pudo notar a varios oficiales, entre ellos incluido Apolo, lástima por el lobo, pero debían escapar, y si él quedaba sano de entre todos los policías, la ZPD sospecharía de él, lo que nadie podía permitirse.

Cuando lograron salir a salvo de la primera tanda de policías, Zeus y los demás se resguardaron tras una de los que estaban cerca de Apolo y se retorcían en el piso, gimiendo de dolor mientras se sostenían la cabeza. Necesitaba pensar, sin embargo, al instante le llegó un mensaje de Hades, indicándole que se estaban llevando a Hermes en los helicópteros que sobrevolaban sus cabezas.

Suspiró, tomando una decisión rápida y que los sacaría de problemas con rapidez.

—Artemisa, ¿tienes rango de tiro lo suficientemente preciso como para que no les falles a esos helicópteros? —Señaló al cielo, donde habían tres. Dos de los Gigantes y uno de la ZPD. Uno de éstos se separó para que el de la policía lo siguiera, mientras el otro se iba en dirección contraria.

Antigua estratega de dividir para vencer. Por lógica y sentido común, Hermes debería estar en el helicóptero que no perseguía la policía.

—¿Al que se separa? —preguntó ella.

—Sí.

Artemisa se llevó una pata a la frente, oteando el paisaje.

—Sencillo. —Sonrió, quitándose el rifle de francotirador de la espalda e hincando una rodilla en el suelo—. ¿Quieres que lo derribe o que mate a alguien?

—Elimina a Hermes.

Si la orden les impresionó a ambos, ninguno lo demostró, todo lo contrario, ella sólo sonrió con suficiencia mientras colocaba su ojo en la mira. Entretanto, Zeus le indicó a Hefesto que le hicieran tiempo a Artemisa, a lo cual ambos mamíferos alzaron sus armas y empezaron a disparar contra los policías que comenzaban a venir, y si alguno aturdido se recuperaba, una bala en la cabeza lo tranquilizaba al instante.

Entonces a todos, policías y Olímpicos por igual, los sorprendió una explosión sobre sus cabezas: muy a lo lejos, sobre un campo de cultivo, uno de los dos helicópteros había derribado con el lanzacohetes al de la ZPD. Acto seguido, el disparo de Artemisa sonó tras la espalda del zorro; rápido, certero y mortal, para diez segundos después, escuchar la confirmación de la loba.

—Le di —comentó con una calma abismal, como si estuviera cazando aves y no un animal pensante. Bueno, se dijo él, es Artemisa después de todo, ella no encuentra la diferencia.

Ahora sin el problema de la inminente fuga de información mediante la captura de Hermes, su objetivo cambió a poder salir de allí ilesos. Lo más normal sería, de nuevo, separarse, algo que no tuvo que decir porque la loba emprendió su propia huída. Sólo quedaron ellos dos. Hefesto alzó su rifle y disparó hasta que se quedó sin balas, limpiando la retaguardia, ya nada más tenían que huir.

Pero no contaban con una variable.

Una gran variable.

Frente a ellos se hallaba Bogo, cortándoles el paso, con las patas cruzadas en el pecho y en una de las dos pezuñas sosteniendo un revólver. Su expresión, además de ser la ya conocida por los medios, de pocos amigos, demostraba una serenidad y profundo enojo.

—Bogo —masculló Hefesto.

El mencionado estaba con una vena palpitante de ira en la frente.

—No sólo has caído bajo, Damián. No te reconozco.

—Muy arrogante tu forma de hablarme —escupió Hefesto—. Deberías tenerle respeto a tu hermano mayor.

—Mi hermano murió hace mucho, Damián. Tú ya no eres él. —Descruzó las patas y bajó el martillo del arma—. Eres sólo una plaga que debe ser exterminada.

Hefesto frunció el ceño y cargó contra Bogo, ladeado, como un jugador de futbol americano que fuera a embestir, flexionando los músculos de los brazos y protegiéndose el torso con éstos. El mensaje era claro: yo lo entretengo, tú escapa. No quería dejarlo, sacrificar a Hefesto significaba perder una pieza importante de la organización, pero así eran las cosas.

Zeus corrió al primer disparo de Bogo, que impactó en el brazo de Hefesto, sacándole un gemido ahogado, aporreado, y cuando Bogo disparó por segunda vez, su hermano mayor ya estaba a rango. Hefesto se lanzó y derribó a Bogo, para luego darle con su brazo sano tremendo mamporro que, estaba claro, si se lo hubiera dado a él lo hubiera noqueado, sino es que peor.

Pasó cerca de ellos, corriendo sin parar, cuando Bogo y Hefesto se enzarzaban en una lucha a puñetazos sin cuartel.

Ya a varias calles del lugar, en una especie de campo de cultivos, sin tener idea de si iba en dirección a Zootopia o si se estaba alejando aún más, caviló qué hacer, sin detenerse. ¿Robar un auto? ¿Secuestrarlo? ¿Esconderse y esperar para luego pedir refuerzos? Tenía varias posibilidades, las cuales fueron interrumpidas cuando una bala pasó peligrosamente cerca de su cabeza.

Al volverse, encontró a Nick, quien lo perseguía mientras en sus ensangrentadas patas tenía una M16. «¿Cómo demonios puede dispararlas si está tan herido?», pensó, aunque ahogó esa idea. Era obvio que la adrenalina jugaba su papel. «Nicholas, siempre molestando la paciencia.»

Zeus no se detuvo, sin importar que Nick le disparase incontables rondas, que, empezó a notar, la puntería era cada vez más errada. Sonrió. «Nicholas, aún te falta aprender que el dolor siempre pasa factura.»

Se volvió y alzó su pistola, conectando dos disparos certero, uno a cada muslo de Nick, haciéndolo caer y rodar por el suelo. El rifle que él portaba estaba lejos de él. Zeus se detuvo y, jadeando, caminó hacia Nick, con pistola en pata.

Nick sólo podía alzar la cabeza, con la que lo miraba con una furia visceral, un odio primitivo y cancerígeno. A Zeus eso le pareció cómico.

—Van dos veces que te salvas de morir, Nicholas —dijo con voz viperina—, ¿y vuelves por una tercera? —Negó con la cabeza, en tono de desaprobación—. No es algo con mucho sentido.

Se agachó y le afincó el cañón del arma en la cabeza, un poco más arriba de las cejas. Sin embargo, la mirada de Nick no disminuía, sino que se incrementaba. Esos ojos verdes parecían granadas.

—Teresa te salvó una vez. —Le presionó más aún, sacándole un gruñido—. James te salvó una segunda. —Bajó el martillo—. Pero ten por seguro, Nicholas, que no habrá una tercera.

La máscara le molestaba, pero sabía que si se la quitaba, no podría volver a colocársela. Él era quien más la necesitaba, porque aunque Bogo reconociera a Hefesto al instante, puesto eran hermanos, Zeus debía mantenerse oculto, después de todo, él estaba muerto oficialmente.

Entonces, cuando iba a disparar, sintió un terrible dolor en el hombro, seguido del sonido característico de un disparo surcando el aire. El olor a carne quemada, la propia, llegó a su nariz, y el golpe contra el suelo fue doloroso. Al volver en sí y buscar el tirador que lo hirió, encontró a su atacante, quien en su mirada se notaba, dispararía de nuevo.