LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS


Agradecimientos

ThePhantomPain02: gracias por tu review. Espero que te guste el capítulo y quiero leer tu review, para ver si aciertas. Gracias por leer.

Alex Fox de Wilde: gracias por tu review. Sí; me imaginé eso y me pareció que debía ponerlo, y por suerte no me equivoqué. Espero que te guste el capítulo. Gracias por leer.

SirDaniSkyWatcher304: gracias por tu review. Espero que te guste el capítulo. Gracias por leer. Realmente muchas gracias por leer mi fic de Hotel

Jair937: gracias por tu review. Esa es la idea, espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.

TEH Fluffynator: gracias por tu review. Tranquilo, ya falta poco para el final. Gracias por leer.

Victorique: gracias por tu review. Realmente me halagas y me gusta mucho que mi historia te haya gustado, espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.

Realmente muchas gracias a los que siguen mi historia y comentan. Me halagan mucho con sus comentarios.

Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.


XXI

Diez días

Sabana Central, departamento de Nick. Jueves 3 de noviembre, 8:55 h.

Parecía que la temperatura hubiera bajado drásticamente, helando el lugar y a punto de hacer que el suelo y las paredes se cristalizaran, congelándose. Aquella revelación fue impactante, tanto que le tomó unos segundos procesar las palabras; al hacerlo, una de sus cejas se arqueó con fuerza.

—¿Tu tío? —le preguntó a Nick, con un hilillo de voz, intentando no verse muy abrumada. Pero no era posible, si el zorro lo era, eso quería decir que Nick sabía cosas muy importantes, cosas que pudieron evitar que animales, compañeros policías, muriesen en el enfrentamiento en La Zanahoria Dorada.

—Y sé lo que estás pensando, Zanahorias —dijo Nick, con tono hosco—, y no lo supe sino hasta ese día. Créeme que si hubiera sabido que tío James formaba parte de los Gigantes ni hubiese permitido que pisaras ese restaurante.

—En parte es mi culpa —comentó James, tomando asiento en uno de los mullidos sofás unitarios que había en la sala. Kevin y FruFru lo imitaron, sentándose en el contiguo, mientras Nick, sún con el ceño fruncido, semidubitativo, se sentaba en el sofá más grande, en el que con facilidad se acostaba en toda su envergadura—, nunca contacté de nuevo con Nick. —Se encogió de hombros—. Mi hi… sobrino —se corrigió—, no es adivino.

Judy fue a cerrar las puerta y caminó hasta donde estaba Nick, con la frase «mi hijo», que sabía él quería decir, pero que no pronunció en su totalidad, dándole vueltas en la mente. «¿Será James una especie de padre adoptivo?» Se sentó al lado de su novio zorro.

Nick cruzó las patas y estiró los brazos en el espaldar del sofá, suspirando despacio al seguir el hilo de la conversación, que aunque no daba la sensación de estar del todo cómodo, no le molestaba tampoco en absoluto. Sus ojos nunca se apartaron de los de James, como si hablaran un lenguaje que sólo ellos dos sabían.

—No nos separamos en buenos términos, como podría decirse —siguió él.

—Culpa de parte y parte, diría yo —asintió James.

Y entonces, Nick hizo algo extraño: dio una serie de golpecitos en la madera que revestía el sofá y el respaldo, con sonidos largos y cortos, al mismo tiempo en que una sonrisa retrospectiva se le dibujaba en el rostro. James, confirmándole a Judy que se trataba de un mensaje que sólo era de ellos dos, privado, una vez Nick terminó los toquecillos, hizo lo mismo que su sobrino, repitiendo la misma secuencia de golpecitos.

FruFru guardaba silencio, al igual que Kevin,

—¿Y a qué se debe la visita? —preguntó Judy a nadie en específico.

Tanto James como Nick volvieron en sí, y el vulpino mayor le hizo un gesto a FruFru para que respondiera, mientras él se levantaba. Tan fresco como si esa fuera su casa, James se encaminó hacia la cocina.

—¡Oye, ¿qué haces?! —preguntó Nick, sorprendido.

—¡Tengo hambre! —respondió James desde la cocina.

Nick suspiró profundo, pasándose una para por el rostro, intentando conservar la calma. En cambio, Judy, FruFru y Kevin se quedaron atónitos por la forma en que James actuaba. Al Judy dirigirle una mirada inquisitiva a Nick, éste se encogió de hombros con una sonrisa temerosa. Esas las conocía. Eras las que ella les daba a otros cuando conocían por primera vez a Nick y se sorprendían de su personalidad, como una forma de decir: «él es así, no modo.»

El silencio era tal que, tras el murmullo de la televisión en el cuarto de Meloney, con su preciso oído, ella lograba oír cómo James murmuraba.

All the times that I cried —entonó—, keeping all the things I knew inside… —Se detuvo—. ¿Nicholas, sólo tienes verduras? ¿No tienes insectos, pescado o pollo? ¡Esto no es comida de verdad! Sin ofender a tu coneja, claro.

—Bien —dijo FruFru, con su voz aguda, sacando a todos del estupor en que se hallaban—, sobre el porqué de nuestra aparición, necesitamos que…

—Que nos ayuden a destruir a los Olímpicos —completó James, con la boca llena y un trozo de hoja de lechuga en la mejilla—. Verán…

—Nos negamos —atajó Nick, al instante.

La aseveración de James había dejado a Judy en una sorpresa inaudita, lo cierto era que no todos los días el líder de una organización criminal, que para colmo es tío de su novio, venía y le proponía una colaboración para acabar con otra organización criminal, la que en primer lugar, era el primordial problema.

James terminó de comer el sándwich que se hizo y cruzó las piernas al sentarse de nuevo en el sofá, manteniendo la mirada fija en Nick.

—Deberías reconsiderar tus opciones, Nicholas.

Una frase que simple, pero con significado, y como supuso Judy, un significado de sólo ellos dos.

Nick bufó despacio, cerrando los ojos y tamborileando sus garras contra el respaldo de madera, analizando. Judy también pensó las posibilidades; tenía: rechazar la proposición de James e investigar por sus propios medios a los Olímpicos; o colaborar con los Gigantes, lo que aceleraría la captura de la organización. Aunque la segunda opción sonaba factible, casi una ganga, ella sabía era riesgoso. En dado caso de que se llegase alguien a enterar de tal asociación podrían tirar por el suelo la credibilidad y prestigio de la ZPD.

«Y tenemos muy en claro que hay un espía en el cuerpo.»

Al final, fue Judy quien habló.

—Agradecemos que quisieran incluirnos en esto, sabiendo lo duro que fue lo del restaurante —dijo—, sin embargo, ambos, Nick y yo, somos policías. No podemos arriesgarnos tanto.

—Hopps (¿puedo decirte «Hopps»?, sí, te diré «Hopps»), no es el hecho de que se estarán arriesgando, sino…

—Que ya lo estamos —completó Nick—. Recuerda, Pelusa, que yo fui a por Zeus, razón por la cual terminé al borde de la muerte en el hospital. Y dudo mucho que él sea de los animales que dejan vivos a los que intentan matarlos.

—Ahí tienes razón —convino FruFru; Kevin asintió.

—Es una pena que rechaces la oferta, Nicholas —comentó, quitándose un trocito de emparedado de los colmillos con sus garras—. Pero no te vamos a obligar. —Se giró hacia FruFru y Kevin, para luego de una seria mirada, se levantara apoyando sus patas en sus muslos y dándose pequeños golpes, limpiándose—. Creo que deberíamos irnos, chicos. —Le sonrió a Nick—. Fue un lindo vistazo a tu nueva vida, Nicholas.

Sin decir más nada, James, FruFru y Kevin se dirigieron a la puerta. Judy los acompañó al ascensor en el pasillo, mientras Nick, quien no podía hacer muchos esfuerzos para levantarse, se quedó en el sofá, con la mirada en el infinito, con aquella expresión de piedra que sellaba sus emociones.

—Cuídate, Nicholas —dijo James, sin voltearse, en el umbral de la puerta. Hizo una pausa y añadió, con una voz más… animal, con emociones palpables—: Estoy seguro que ella estaría orgullosa.

Ante tal declaración, Judy quedó impresionada. Salieron. Judy les llamó el ascensor colocando la llave especial en la especie de cerradura, ésta brilló un poquito de rojo, indicativo de que el ascensor venía, y una vez éste llegó, el vulpino les dijo al oso y la musaraña que se adelantaran. Cuando se quedaron solos, James se volvió y miró con unos ojos que le recordaron a aquel sentimiento de cariño parental que Stu emanaba al verla.

—¿Puedo llamarte Judy? —le preguntó.

—Puede.

—Tutéame, por favor. —Hizo una mueca—. Tanta formalidad me hace sentir viejo. —Sonrió.

Ella se la devolvió. Dejando de lado que James fuese un líder de la mafia, era amigable; su actitud bonachona y alegre contagiaba aquellas mismas emociones.

—Quiero pedirte un favor.

—Dígame.

—Necesito que cuides de Nicholas —le pidió, con el tono de un padre que sabe su hijo es un caso perdido—. Aquí entre nos, no es que Nicholas sea muy inteligente en momentos de vida muerte. Siempre tiene a tener una actitud altruista cuando se trata para con animales a quien quiere. Recibiría una bala por ellos sin pensarlo. Y lo haría por ti sin duda. O, en la otra cara de la moneda, conociéndolo, podría ser capaz de matar un orfanato entero si con eso garantizara tu seguridad. —Suspiró—. Es de familia, supongo.

Judy ladeó un poco el rostro, pensativa. Aquella forma de pensar, de preocuparse por Nick, de velar por su seguridad y, para ejemplo, donar la cantidad de sangre que él necesitó para no morirse, sin mosquearse por eso, le daba una sola respuesta.

—Nick es su hijo, ¿verdad? —preguntó, directa.

James soltó una risotada ahogada, sonriendo todo colmillos, con un brillo en sus ojos azulados.

—Veo que no eres policía por gusto, Judy —dijo—; me descubriste. Sí, podría decirse que Nick es mi hijo.

—¿No es biológico?

—Para nada. —Negó con la cabeza—. Yo sería como un padre de crianza. Pero no quiere decir que él no sea mi hijo. —Hizo una pausa—. Sé que lo entiendes. —Señaló al departamento, con la cabeza—. Ocurre lo mismo con esa pequeña, ¿cierto? Ella es su hija, sin ser necesariamente biológica.

Ella asintió.

—Un consejo que te daré, Judy, es que los cuides a ambos. La pequeña, a estas alturas de la partida, es un gran punto débil.

El ascensor llegó al piso, sin que nadie lo hubiese llamado.

—Creo que el vigilante en el recibidor lo envió, ¿cierto? —James apuntó las puertas dobles por sobre su hombro. Se volvió y entró, pulsando el botón para mantener las puertas abiertas—. Me alegra que al menos Nicholas tenga a alguien que sepa pararle la cola de vez en cuando. —Rió.

—Sí. —Judy sentía que al ver a James, veía a un Nick en unos diez o veinte años—. Yo me haré cargo, no te preocupes. —Le sonrió también—. Y gracias por no ver mal lo nuestro.

James se encogió de hombros.

—Para nada —respondió—. Yo no soy nadie para hacerlo. Soy fiel creyente de que el amor no tiene forma ni especie, que sólo es. Asimismo el amor no puede definirse. Si Nicholas encontró por fin el amor en una coneja, sólo puedo desearles lo mejor. —Ladeó la mirada, como recordando algo confidencial—. Además, yo también he tenido aventurillas con conejas. La curiosidad es la madre de los vicios; y de unos muy buenos, si sabes a qué me refiero. —Le guiñó el ojo.

Si era a lo que se refería, sí comprendió, sintiendo arder y explotar la cara; a lo que James rió con ganas. Después, sintiéndose ella abochornada, James se limpió una lágrima del ojo.

—Nos volveremos a ver pronto —le dijo—. Pero por ahora, sabrás de nosotros, Los Gigantes, en siete días. El diez. —Se llevó una pata a la cabeza y le hizo una señal de despedida, soltando el botón; las puertas dobles metálicas comenzaron a cerrarse—. Hasta la próxima, y dile a la pequeña que su maravilloso abuelo le manda saludos.

Lo último que vio fue la sonrisa, burlona, de James siendo opacada por el cierre total de las puertas. Pasado unos segundos, Judy inspiró profundo, intentando no aturdirse más aún por todo lo que ocurrió en poco más de treinta o cuarenta minutos, semejante cantidad de información tan de repente bloquearía la mente de cualquiera. Se dio media vuelta y volvió al departamento, cerró la puerta y llegó con Nick, quien seguía sentado en el sofá frente a la televisión con los brazos apoyados sobre sus codos en las piernas, entrecruzando las patas a nivel de la boca; pensativo.

Con delicadeza se sentó a su lado, hundiéndose un poco en el mueble.

—¿Sucede algo? —le preguntó. Por su actitud y lenguaje corporal, parecía estar lidiando con algo muy profundo y delicado.

Y si se lo pensaba bien, así era. Judy sabía que Nick jamás, en todo el tiempo en que se conocían, había hablado de su pasado más que de los exploradores, reprimiendo todo lo que a su infancia y adolescencia se refería. Daba una sensación de que Nick había nacido siendo como era, no obstante, por lógica, nadie nacía con una personalidad eterna, ésta tendía a cambiar, mutar y adoptar para dar en sí una personalidad no de un solo tipo, sino que terminaba siendo una mezcla variopinta de muchas cosas.

Silencio, hermético y frío silencio, con la única resonancia de la televisión encendida en el cuarto de Meloney. Judy suspiró, dándose por vencida, tal vez aún Nick no tenía esa fuerza que se requería para hablar de algo delicado con otros. Eso la lastimó un poco, había pensado que le tenía la suficiente confianza como para contarle qué le sucedía.

Entonces, con un susurro tan débil que casi pareció un gruñido, lo escuchó:

—Recordé a mamá.

Hubo una polarización emocional dentro de ella. Una parte quería preguntarle, saber más sobre cómo era la madre de Nick. Su suegra. Otra, sin embargo, la más cauta, le decía que hacerlo lo haría replegarse más, cerrarse a cal y canto hacia ella y que probablemente más nunca lo haría hablar del tema. Aún así, su curiosidad terminó ganando.

—¿Cómo era ella? —le preguntó.

Nick suspiró, retrospectivo.

—Única. Tenía… —Alzó la cabeza y colocó sus patas en las rodillas, para luego hacer unas gesticulaciones, intentando dar a entender cómo de seguro la imaginada; a Judy, pese aunque no captó, le parecía tierno— una sonrisa que pasara lo que pasara, nunca la perdía. Podíamos tener un mal día. Podíamos haber tenido una mala semana, pero mamá siempre tenía esa sonrisa que parecía eliminar los problemas. Incluso… —Su aspecto, iluminado por un momento, se oscureció— cuando pasó el asunto con los exploradores. No tenía que ser un genio para saber que estaba dolida por dentro, pero aún así… aún así nunca dejaba de sonreír cuando le preguntaba cómo estaba, o cuando ella me intentaba consolar.

Judy le colocó una pata en el brazo.

—Eso es maravilloso —dijo, con sinceridad—. Sonreír pese a las adversidades no puede hacerlo cualquiera. Requiere mucha fuerza de voluntad.

—Y un poco de terquedad, la verdad —sonrió él, ladeando la vista y mirándola de reojo—. Me recuerdas un poco a ella, Zanahorias. Son igual de tercas. Eso, y también por tu forma de ser: alegre ante todo.

—Yo no soy alegre ante todo —comentó, riñéndole en broma—, no puedo mantenerme sonriendo si el mundo se me viene encima. ¿Cómo lo hacía ella?

—Simple: aceptación. Sonreír ante la calamidad es aceptar que ella te supera, razón por la cual, al hacerlo, aprenderás de ella y lograrás encontrar la forma de superarla, o como menos, evadirla.

—¿Lo dijo ella? —Nick asintió—. Vaya, eso es muy sabio.

Pasados unos minutos de silencio, Judy preguntó.

—¿Qué le sucedió?

Estaba jugando con fuego, lo sabía, pero su ser completo le pedía, le gritaba que preguntara, era como un niño que es consciente de que hace algo mal y que aún así no se detiene.

—Murió. —Corto y seco, y tan frío como un balde de agua mojándole la espalda. Nick volvió a afincar sus brazos sobre las rodillas y unir sus patas a nivel del mentón, esta vez con los ojos cristalizados—. Protegiéndome. —Frunció el ceño tan fuerte que parecía que los ojos en lugar de lágrimas manarían sangre—. Aquel día unos animales vinieron a nuestra casa, y mamá al verlos me dijo que me escondiera. Lo hice, ocultándome en un viejo baúl de ropa. Me pidió, antes de cerrar, que no hiciera ruido, pasara lo que pasara. —La respiración se le hizo más fuerte, dispareja—. Le hice caso. Entraron y preguntaron por mí. Que-querían que ella me entregase; mamá se negó… —Los ojos verdes de Nick estaban acuosos, con lagrimas amenazando salir— y entonces…

Él se cortó en su relato, respirando profundamente varias veces, a riesgo de hiperventilarse, mientras gruesas lágrimas corrían por sus mejillas, empapándole el pelaje y cayendo en el dorso de las patas, agarrándose las rodillas con tal fuera que parecía se clavaría sus propias garras.

—Por el ojo de la llave vi cómo la mataron. No se me olvidará el sonido del disparo. Se me grabó a fuego en la mente. —Las patas le temblaban un poco—. Creo que el impacto de haberlo presenciado evitó que gritara, aunque me destruyó por dentro. Y entonces ellos se fueron, dejándola en el piso como basura. —Si antes Nick lloraba de dolor, ahora era obvio que lo hacía con un enojo palpable—. Fue tío James quien me encontró y me sacó del baúl. Cuidó de mí, sí, pero a los doce se separó diciéndome que no podía cuidarme más, ya que mamá no querría que yo creciera como él. —Se dejó caer de hombros, con un suspiro abatido—. Me había vuelto a quedar solo. Mi papá nos dejó cuando yo tenía cinco, mamá murió a mis nueve y el único familiar que me quedaba se libraba de mí a los doce.

Judy se levantó, con el corazón vuelto un nudo en su garganta, y se colocó frente a Nick, le tomó el rostro entre las patas, acunándolo, y le hizo verla. Sus verdes estaban en una especie de batalla interna, parecía que se rehusaba a dejar salir todo lo que sentía, como si sus emociones primordiales intentaran derribar el muro emocional que él había creado.

Le rodeó el cuello con los brazos, abrazándolo tan fuerte como podía; el mentón de Nick en su hombro temblaba un poco.

—No estás solo. —Fue lo único que dijo.

Nick le rodeó la cintura con delicadeza, dubitativo, para después apretarla con fuerza también. No hubo necesidad de palabras, sólo un gesto. Judy sabía que no era sencillo hablar de tu pasado, más cuando éste era traumático y doloroso, como el de Nick, y al hacerlo, las palabras siempre quedan sobrando. ¿Cómo se le puede decir a alguien que se le comprende, cuando no se ha pasado por el mismo dolor? Es imposible. Jamás se podía entender a otro perfectamente, su dolor y aflicciones. Quienes se abren con alguien es porque por una u otra circunstancia necesitaba exteriorizarlo, y la única forma de ayudar es muy simple; tan sencillo como poner la oreja y escuchar.

Tal vez pasaron horas, o tal vez unos minutos, pero cuando se separaron, los ligeros temblores de Nick habían cesado, su respiración se tranquilizó, y su rostro tenía una mirada más tranquila; era la primera vez que lo veía así. Lo vio mover los ojos y observar algo detrás de ella.

—¿Están bien? —preguntó Meloney. Ambos se separaron y Judy se volvió.

—Claro que sí estamos bien —respondió Nick, con una sonrisa intentando ocultar los ojos aguados que tenía; carraspeó, para hacer su voz más gruesa—. ¿Por qué lo preguntas, Meloney?

—Porque estabas llorando —respondió, apuntándole el rostro—. Tienes el pelaje húmedo.

Judy rió internamente, Meloney podía ser pequeña, pero no despistada. Nick se encogió de hombros, vencido, y le indicó a Meloney, con unas palmadas en el sofá, que se sentara junto a ellos. Lo hizo. Él encendió la TV y los tres se quedaron viendo una película animada que estaban transmitiendo: Pig Hero 6. Mientras la veían, Judy se percató por el rabillo del ojo que ambos zorros estaban absortos en el filme, haciéndola esbozar una pequeña sonrisa.

En cierta forma, las palabras de James parecían tomar más y más fuerza. Era verdad que no se necesitaba ser el padre biológico de un cachorro para ser verdaderamente su padre. Nick y Meloney eran un claro ejemplo; las expresiones, la forma en que actuaban tan iguales, los hacía padre e hija.


Sabana Central, departamento de Nick. Jueves 10 de noviembre, 07:26 h.

Judy se levantó al momento en que un fugaz rayo de sol se coló por la ventana del cuarto y la hizo despertarse. Llevaba radiante y alegre desde hacía cuatro días, porque habían adoptado a Meloney por todas las de la ley.

El proceso fue complicado y hubo un momento en que pensó se la quitarían y la llevarían a un orfanato, lo que ambos, Nick y ella, acordaron no lo permitirían bajo ningún concepto. Más que todo, para lograrlo, fue necesario un chantaje de los grandes. Nick y ella, al momento de ir al Ministerio de Menores y Familia, en la sección donde se registraban las adopciones, pidieron hablar a solas con el ministro, a quien lo pusieron al tanto de todo.

Al inicio fue una negativa rotunda, argumentando el viejo lince que las adopciones sólo estaban permitidas para parejas de una misma especie y que se certificara de forma médica que no podían tener crías. Nick se molestó por ello.

—¡Pero si la rescatamos de una trata de blancas! —había bramado—. ¡Si no fuera por nosotros no habría faltado mucho para que la terminaran vendiendo y quién sabe qué hubieran hecho con ella! —Apretó los puños—. Esta no será la última vez que nos veamos, maldito saco de huesos, sabrás de mí muy pronto.

Dicho y hecho. Seis horas después, cuando ya faltaba poco para que el Ministerio cerrara, los dos se aparecieron allí, flanqueados por Leonzáles y Bogo. Nick recurrió al chantaje para hacer que el león los acompañara y sí o sí les consiguiera la custodia a ambos de Meloney, con la simple amenaza de que no le convenía no ayudarlos, porque se le podría salir a la prensa que Leonzáles le daba la espalda a una pareja que abogaba por el bienestar de una pequeña. Y más cuando dicha pareja era una de las favoritas de la ciudad. Bogo, simplemente, estaba allí para ser el factor miedo.

Varias amenazas de despido después, chantajes por aquí y por allá, Nick y Judy firmaban para obtener la custodia legal de Meloney. Adoptando así ésta los apellidos de ambos, sin embargo, por recomendación de los tres, Bogo, Leonzáles y el lince, decidieron utilizar el primero a nivel público para evitar caos. Una pareja interespecie aún no era ni bien vista, ni aceptada, y debían, como ahora sus padres legales, velar por ella sobre todas las cosas.

A Judy realmente le dio igual. No le interesaba el hecho de que, aunque su apellido estuviera en el acta de adopción, no lo pudieran usar libremente, sólo en documentos de primera necesidad. Ahora Meloney era su hija, un apellido no le afectaba en lo más mínimo.

El día de hoy tenían que levantarse temprano, porque Sabrina, la hija de Colmillar, estaba cumpliendo años y habían invitado a Meloney a la fiesta que daría el tigre. Para ambos, fue uno de los más ajetreados, Nick salió a comprar el regalo para Sabrina, mientras ella llevaba a Meloney a una tienda de ropa en busca de un atuendo lindo, y no aquellas ropas de chico que la zorrita tenía.

Judy terminó por comprarle un vestido azul a Meloney y volver al departamento; éste resaltaba los ojos verdes de la pequeña y el pelaje rojizo cobre que tenía, que si bien no era igual al de Nick, tenía unos tonos más oscuros. Con el vestido, tenía ciertos aires de reina victoriana. La coneja, por otra parte, le bastó con un vestido lila con escote en V, delicado, unos aretes a juego y un suave maquillaje para resaltar sus rasgos.

Miró el reloj y constató que faltaba poco para comenzar la fiesta; se decidió en ir y le avisaría a Nick que llegara a casa de Colmillar, sin embargo, cuando estaban a punto de irse, su móvil sonó.

—¿Zanahorias? —Era Nick.

—Sí, ¿dime?

—¿Tienes alguna idea de qué le guste a Sabrina?

—¿No has conseguido el regalo? —se exaltó Judy.

—¿Por qué crees que te llamo? —replicó él—. Obvio que no. No sé qué le gusta. —La sirena policial se oía al fondo—. Ponlo en altavoz, por favor.

Ella lo hizo.

—Ya estás —le avisó a Nick.

—Meloney —preguntó—, ¿qué le gusta a Sabrina?

—Los libros —respondió ella—. Hay una serie que se llama Percy Miakson, es su favorita.

—Percy Miakson, lo tengo. Las llamo después. No se vayan a ir sin mí, espérenme en el recibidor. Las quiero. —Y colgó.

Judy bufó, rodando los ojos.

—Vamos —le dijo a Meloney—, esperemos a tu papá abajo. —Revisó que el bolso de mano que llevaba tuviera las cosas necesarias, como su placa y tranquilizante—. Bien, vámonos. —Le sonrió.

En el ascensor, captó que la pequeña trataba de desacomodarse el vestido en el espejo del cubículo, su pequeño ceño estaba fruncido y parecía a punto de arrancárselo y andar como una naturalista. Se agachó a su altura.

—¿Qué sucede, cariño? —le preguntó.

—Es que no me gusta usar esto —refunfuñó, estirándose el vestido.

—¿El vestido?

—Sí.

—Sólo es por hoy, Meloney —le sonrió—. ¿Acaso quieres llegar enojada a la fiesta de Sabrina?

No —dijo, alargando el «no», como cuando sabía hacía algo mal.

—¿Lo ves? —prosiguió—. Úsalo sólo por hoy, cariño, y no tendrás que hacerlo de nuevo si no quieres, ¿te parece? —Meloney asintió y ahí terminó el problema.

Cuando llegaron al recibidor, Larry les comentó lo bien que se veían, a lo que Judy agradeció. Tuvieron que esperar quince minutos para que Nick llegara en su auto, teniendo en el asiento de atrás, un paquete grande y envuelto en papel de regalo. Iba ataviado con una mezcla semiformal, tirando más a lo informal: unos jeans ajustados negros como la noche, una camisa manga larga blanca con su corbata a juego y una chaqueta que parecía del esmoquin que tenía en casa. Era un poco extraño el conjunto, pero no le sentaba mal, sino que le daba un aire importante, como… el recuerdo de James la golpeó de lleno, al encontrarle a Nick un parecido con un mafioso.

«Hoy sabré de James», rememorando las palabras del zorro.

Al subir al auto, trató de apartar eso de su mente.

—¡Vaya, pero mira qué par de bellezas! —bromeó él.

—¿Conseguiste los libros? —le preguntó, con una sonrisa por el elogio.

—Claro que sí, Zanahorias. —Nick encendió el motor y arrancó una vez las dos estaban aseguradas en el auto. Arrancó—. Me costó encontrarlos, pero pude.

—Genial. —Hizo una pausa—. ¿Usaste la sirena para llegar más rápido, cierto?

—No, ¿cómo crees? —rebatió, fingiendo indignación.

—La escuché, Nick —finiquitó ella, con un tono entre gracioso y molesto—. No hay nada que no pueda escuchar, ¿recuerdas? —añadió, señalando sus orejas.

—Bien, bien. Sí, la use, pero sólo por esta vez. —Acto seguido la encendió y aceleró a todo lo que daba. Ella sólo pudo sonreír con diversión; Nick era un caso.

Al llegar a la casa de Colmillar, éste les abrió y agradeció por venir e invitó a pasar. Dentro, era como todas las fiestas infantiles a las que Judy había ido de pequeña: globos por doquier, brillantina, colores vivos, regalos, dulces hasta llegar al techo, y cachorros corriendo y riendo como… bueno, cachorros. Meloney, a su lado, entraba con pie dudoso, pero cuando Sabrina salió de un grupo de pequeños, corriendo hacia ella, una sonrisa se le dibujó a la zorrita.

Meloney le entregó el regalo, que Sabrina abrió con frenesí, para luego, al notar que eran los libros de Percy Miakson, pegar un grito que alertó a los pocos adultos que había, lanzándose a abrazar a Meloney con fuerza.

Judy, Nick y Colmillar sonrieron ante ellos y luego de que el padre de Sabrina le dijera que dejara los libros con los demás regalos, las alentó a irse a jugar. En cambio, a ellos, los guió a una especie de barra en un extremo de la sala, donde se servían tragos. El ambiente era acogedor.

El resto de la celebración pasó entre risas, anécdotas y uno que otro regaño a Sabrina y Meloney. Todo porque uno de los pequeños se había burlado de ambas al prácticamente hacer todo juntas, a Meloney no le gustó que se rieran de Sabrina e intentó defenderla, pero cuando recibió un zarpazo, Sabrina y ella se lanzaron sobre el podre cachorro que terminó llorando a mares y con una puma indignada yéndose con su hijo. El pastel lo cortaron y los demás dulces y entremeses se repartieron. Para cuando el sol se ocultaba, la mayoría de los invitados se habían retirado, y Meloney y Sabrina estaban dormidas en el sofá, una recostada contra la otra.

Colmillar, Nick y Judy, sin embargo, parecían tener intenciones de marcharse. Los tragos parecieron haber aceitado la comunicación entre el tigre y el zorro, pero ella se abstuvo de beber, porque no toleraba muy bien el alcohol.

—Fue muy gracioso todo —estaba diciendo Nick—, Bellwether creyó que nos mataría, pero ¿sabes?: Zanahorias es muy buena actriz. Algo dramática, pero muy buena.

—Aún no me creo que les tomara pocos meses atraparla —dijo Colmillar—. Si me hubieran asignado a mí, habría tardado unos siete años.

—¿Por qué siete? —se extrañó Judy.

—¡Oh!, ¿no lo saben? —Colmillar bajó una oreja—. El siete es mi número. —Estiró una pata y cada uno de sus dedos para contar las coincidencias—. Soy el séptimo mejor policía del cuerpo; en la graduación quedé como el séptimo mejor cadete; llevo siete casos importantes resueltos y cumplo años el siete. Es algo demasiado raro.

—Eso, mi felino amigo, es tener suerte —rió Nick.

Judy notó que Nick y Colmillar soltaban carcajadas como si se conocieran desde toda la vida. Sin embargo, toda la risa se esfumó de golpe cuando uno de los familiares del tigre preguntó por su esposa, la madre de Sabrina, causando que la expresión alegre de él pasara a una serie. Ahí fue cuando ambos se enteraron de que colmillar era viudo, su esposa había fallecido hacía un año atrás.

Cuando ya oscureció por completo, ambos decidieron que era hora de irse. Fueron al sofá donde Meloney y Sabrina estaban descansando y Nick cargó con cuidado a la pequeña, recostándola contra su pecho. Colmillar hizo lo mismo, para acompañarlos hasta la puerta y despedirlos.

—Muchas gracias por haber venido —dijo Colmillar—. Sabrina de verdad se la pasó de maravilla con Meloney.

—Gracias a ti por invitarnos, Colmillar —sonrió Judy; Nick asintió enfatizando sus palabras.

—Díganme Mike —pidió; giró la mirada para ver lo que quedaba por recoger en la fiesta, le esperaba una gran limpieza al pobre tigre. Los miró y sonrió—. Nos veremos mañana —se despidió.

—Hasta mañana, entonces —se despidieron ambos.

Llegar al departamento de Nick fue más rápido que de costumbre, porque como no había mucho transito por las calles, se podía avanzar mejor. Al llegar a casa, Nick le indicó que se iría a recostar a Meloney, Judy asintió y se dejó caer en el sofá y encendió la pantalla plana, sintonizando ZNN.

En la pantalla, había un panda rojo que reportaba la entrega de premios de unos animales por parte del Centro de Medicina Científica de la ciudad a un grupo de chicos de no más de diez años.

«—La increíble participación de un grupo de pequeños animales genios en el concurso de Ciencias Biológicas y Naturales patrocinado por el CEMECI, ha arrojado nombres de pequeños extremadamente inteligentes. A ellos se les pidió que realizaran una investigación con su respectiva demostración en un experimento.

»Aunque la competencia tuvo grandes mentes brillantes, de entre todas se alzó la de un joven lobo: Alastor Inval, quien ahora está en el escenario, recibiendo su premio».

Judy observó a un lobo de siete u ocho años, máximo nueve, subir a una tarima en un auditorio, donde varios animales de distintos tamaños, ataviados con batas de doctores y especialistas, le estrechaban la pata al lobo negro y le daban palmadas en la espalda, aprobativas. Se le hacía curioso el pelaje del pequeño, negro como la obsidiana pulida, pero notó que en los ojos del pequeño, cuando éste veía a la cámara, había una luz en extinción. Como si fuera lo suficientemente maduro como para entender los problemas y no hallar solución.

Suspiró, lamentándose por el lobo. «Es un cachorro, debería estar disfrutando su infancia en lugar de siendo una rata de aparador en un concurso.» Esperó que llegaran noticias más interesantes, y lo consiguió, pero al verla, se quedó sin habla.

Una lince narraba el reportaje.

«—La mañana de este diez de noviembre fue encontrado el cuerpo sin vida de la diseñadora de modas Rebeca Blair. Después de la respectiva y exhaustiva investigación policial se pudo confirmar que la occisa era miembro de la buscada organización criminal Los Olímpicos, bajo el alias de Afrodita.

»La información proporcionada por el Departamento de Policía de Zootopia, confirma lo que fuentes extraoficiales que han elegido permanecer en el anonimato nos han revelado: dados de baja y en custodia, suman cuatro mamíferos, siendo estos Héctor Bearline, alias Dionisio, detenido en las inmediaciones de la jefatura junto con Damian Bogo, alias Hefesto, en espera de que el juez estatal los llame a declarar y dar su sentencia. Cabe destacar que éste último tiene relación consanguínea con el jefe de la policía.

»Sumado a esto, además a de Rebeca Blair, alias Afrodita, se ha confirmado la muerte de otro miembro, el conejo y dueño de una farmacia en BunnyBurrows, Sergio McLean, alias Hermes.

»Se presume que el asesinato se llevó por un ajuste de cuentas por el declarado enemigo de la organización por testigos oculares en la Disputa de Burrows, como fue nombrada, Los Gigantes; sumado al hecho de que junto a ella apareció una daga ensangrentada con una letra "G" grabada en el mango.

»No tenemos más información hasta el momento. Les mantendremos informados.

»Reportando para noticias ZNN, Margareth White».

Judy se quedó asombrada por lo que veía y oía, captando de soslayo a un Nick igual que ella. En su mente empezó a refunfuñar que Bogo no les hubiese contado nada, sin embargo, eso se desplazó en el momento en que recordó a James.

«Sabrás de nosotros en siete días», había dicho.

Y ahora no podía evitar sentir una preocupante sensación preguntándose qué sería lo siguiente.