LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS


Agradecimientos

ThePhantomPain02: gracias por tu review. De hecho el siete no será un castigo, bueno, quizá lo parezca pero no lo será. En cuanto al motivo de el siete lo verás en el próximo capítulo. No es necesario que me agradezcas la recomendación, era lo mínimo que podría hacer, por dios, es demasiado bueno, espero el nuevo capítulo :v. Gracias por leer.

Daniel Shurtugal: gracias por tu review. Era algo lógico que debía haber un espía, pero casi nadie lo notó y en este capítulo iniciará la acción, y para el próximo capítulo, uff, no te esperarás lo que pasará. Gracias por leer.

Alex Fox de Wilde: gracias por tu review. Porfirio es la polla, me divierte mucho ese personaje . Gracias por leer.

SirDaniSkyWatcher304: gracias por tu review. Me alegra mucho eso. Gracias por leer.

Alicevalentinebwh: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.

armony men: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.

Jpc: gracias por tu review. Me alagas con esas palabras, pues no sé, solo escribo y ya, aún me cuesta creer que a la gente la atrae tanto mi historia, el que debería agradecerte soy yo. Gracias por leer.

Jair937: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.

TEH Fluffynator: gracias por tu review. Espero que te guste el capítulo. Gracias por leer.

Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.


XXII

El noveno castigo

Tundratown, Mansión de los Big. Viernes, 11 de noviembre, 22:05 h.

Era una noche ridículamente fría en Tundratown, por algún motivo el frío no era lo típico de veintiocho o treinta y cinco grados bajo cero, sino que era aún más bajo. Lo pocos árboles que habían en ese distrito de la ciudad estaban cubiertos por una capa de nieve y escarcha, casi sepultándolos. El viento era feroz, no tenía piedad por nada ni nadie, golpeando las ventanas de las edificaciones y trayendo consigo una nieve que evitaba la visibilidad hacia afuera.

Porfirio se encontraba haciendo ejercicio en una de las muchas habitaciones de la mansión. Estaba en la caminadora, estirando sus músculos, evitando así que el frío ambiente terminara derribándolo. Mientras estaba en lo suyo, escuchó que golpearon a la puerta.

—Adelante —dijo mientras apagaba la máquina, respirando con fuerza.

La puerta se abrió con suavidad, emitiendo un ligero chirrido, para dejar ver a un fuerte oso polar, éste ingresó a la habitación y se dirigió con cortesía hacia él.

—Señor Porfirio, alguien lo busca —dijo Raymund, con un semblante serio.

Porfirio tomó la toalla que estaba en los manillares de la máquina.

—Te dije que no me dijeras «señor», Raymund —repuso Porfirio, mientras se secaba el sudor—. ¿Quién me está buscando?

—Se identificó como Eurito.

James se detuvo en el acto, lanzó la toalla a su costado y se giró buscando su chaqueta. Tomó su arma y la guardó en la prenda, se dio media vuelta y con un ceño fruncido se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, miró a Raymund y le preguntó:

—¿Quién más sabe que él está aquí?

—Solo usted y yo.

—Espero que así se quede, no puedes decirle a nadie de esto. ¿Entendido?

No hubo respuesta sonora; un asentimiento firme dio a entender a Porfirio que el oso mantendría la boca cerrada.

Salió de la habitación y a un veloz caminar se dirigió a la entrada de la mansión, al abrir la puerta y llegar a la reja del portón, se encontró con un animal, el cual llevaba una túnica y una capucha, evitando que su rostro se viera. Se acercó hacia él y comenzaron a hablar por lo bajo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó el zorro, amablemente, pero con el tono de alguien que estaba por iniciar una pelea.

—Solo vengo a traerte esto —respondió el animal, estirando su pata, en la cual tenía unos expedientes—. Es poco, pero son las únicas identidades que he podido conseguir.

—¡Vete! —gruñó Porfirio, tomando los sumarios—. Me ha costado mucho infiltrarte como para que te descubran.

El animal asintió, dio media vuelta y se retiró. El fuerte viento ondeaba su túnica y capucha, dándole un aspecto siniestro, el cual, no estaba muy lejos de la realidad, incluyendo además que le venía como anillo al dedo al alías que tenía en la organización en la cual se infiltró.

Una vez Porfirio se aseguró de que el animal ya no estuviera en las cercanías de la mansión ni de nadie que lo lograra identificar, entró a la residencia, mientras ojeaba los nombres en los expedientes. Al verlos arqueó una de sus cejas. «¿Las únicas? ¡Pero si son todas!»

Una vez en la mansión, se dirigió a donde se encontraba Raymund y le pidió que llamara a FruFru, debido a que tenía unos importantes asuntos que hablar con ella. Él asintió y se retiró, rumbo a la habitación de su jefa.

James se quedó aguardando su llegada, recostado contra el umbral de la puerta de la habitación donde se había estado ejercitando. Luego de unos minutos, Kevin, la pata derecha de FruFru, venía hacia él. Al llegar a su lado, Kevin dejó ver sus patas, donde llevaba a FruFru, sentada en una elegante silla estilo ejecutivo, como hacía en vida Mr. Big.

—¿Para qué me necesitas? —preguntó ella.

Porfirio se pasó una pata por el rostro, no podían hablar ahí. Más aún cuando en las identidades que Eurito, su infiltrado, le consiguió, se hallaba una demasiado delicada como para tratarla en dicha mansión.

—Sígueme —dijo, encaminándose hacia la salida principal de la mansión—, aquí no es seguro.

Salió, seguido de Kevin y FruFru. Con el implacable viento gélido azotándolos como esclavos, Porfirio los guió hacia una cafetería a cuatro calles de la mansión. Al entrar, el vulpino suspiró de gusto, puesto que el lugar tenía una agradable calefacción: ni muy fuerte como para hacer sudar, pero tampoco tan leve como para no sentirse. Dentro, cuando los dependientes y camareros vieron a Kevin y FruFru, se precipitaron hacia ella, ofreciéndole y atendiéndola como una reina. «Es la hija de Big, es lo mínimo que pueden hacer, sumado a que si les cae bien podrían tener protección.»

Porfirio se sentó en una mesa al fondo del local, oculta por una cuantas plantas, y con un cortés ademán le indicó a Kevin que tomara asiento. Colocó los expedientes en la mesa, mientras se los acercaba a éste, deslizándolos. Él los abrió uno por uno, enseñándole el contenido a su jefa, que, cuando los vio, se inquietó bastante.

—Así que nuestras especulaciones fueron ciertas después de todo —dijo FruFru, sin apartar la vista del expediente.

—Así es —asintió Porfirio, mientras afincaba los brazos en la mesa y entrelazaba sus patas—. Yo tenía mis sospechas, pero esto lo confirma. —Lanzó una mirada a los demás documentos, indicándoles que los leyeran.

Tomó la carta del restaurante y pasó la vista por la selección de bebidas. Llamó al mesonero y ordenó, mientras Kevin y FruFru ojeaban los documentos. El mesonero con un suave asentir se retiró.

—¿Cómo obtuviste esto? —preguntó ella, fijándole la mirada

Porfirio no respondió al momento, sino que se tomó su tiempo en hacerlo, saboreando el haber tenido razón en sospechar de los osos de Mr. Big, ahora de FruFru. Nunca se estaba suficientemente precavido. Tomó uno de los mondadientes que estaban junto a las servilletas, el salero y pimentero de la mesa, y le dio vueltas entre sus dedos.

—Tengo mis contactos —dijo al fin, con un tono que dejaba claro no diría nada más sobre el tema.

El tiempo pasó en silencio, FruFru terminaba de leer todo lo que estaba en los expedientes y, en eso, llegó el mesonero con una bandeja, en la cual había tres copas acorde a los tamaños de los tres animales y una botella de vino. Con un ademán de la pata, Porfirio le indicó que se retirara. Sirvió la medida justa a cada una de las copas y las entregó.

—¿Qué quieres hacer? —inquirió el zorro, agitando suavemente la copa.

—¿Tu qué crees? —sonrió sarcástica.

El mensaje estaba claro: mátalo.

—¿Quieres que sufra?

Al no responder, Porfirio supo que podría disfrutar en cómo lo haría.

—Quiero que no vuelvan a la mansión hasta que yo les diga. —Vio cómo ella iba a protestar y se le adelantó—. No te preocupes por tu hija, llamaré a Raymund para que la saque de allá.

Luego de indicarle que escondiera el folio con las identidades de los Olímpicos, Porfirio se levantó para retirarse.

Maquinó varias formas de atraer al oso a una trampa, mas ninguna era factible. No tenía el factor interés. Entonces, para su buena o mala suerte, comprendió que no podría hacerlo solo, sino que además de llamar a algunos de su grupo, tendría que recurrir a pedirle ayuda a Eurito, arriesgándose a que lo capturaran.

Suspiró, aceptándolo. Sacó su móvil y marcó a uno de los suyos.

—¿Polibotes? —dijo, cuando contestaron.

—Dime, Porfirio.

—Tengo un asunto pendiente, necesito que nos reunamos en la mansión de Big, y trae a Mimas.

—Ahí nos vemos —dijo, y Porfirio colgó.

Luego de colgar, mandó un mensaje a Raymund, indicándole que salieran de la mansión y se llevara a la pequeña Judy, dándole la dirección del restaurante donde FruFru los estaba esperando. Después de eso, contra todo su sentido común, realizó una llamada que podría hacer caer todos los planes que tenía.

—¿Bueno? —habló una voz tras la línea.

—¿Eurito?

—Sí, ¿qué quieres, Porfirio? —El fastidio en el tono tras la línea era tal y tan cortante que hizo rodar los ojos al zorro—. Ya te entregué lo que he logrado descubrir.

—Es que necesito que me eches una pata.

—¿En qué?

—Para engañar a Poseidón.

Por un largo rato no hubo respuesta, sólo un desesperante silencio y la tenue respiración del animal al otro lado de la línea.

—Será… —contestó, cansino, al fin—. ¿Dónde nos reunimos?

—En la mansión de Big, en media hora.

Después, colgó y siguió rumbo hacia la mansión. La fuerte ventisca que azotaba el distrito paró de repente, sin previo aviso, algo muy raro. James, intrigado, pero sin detenerse, miró fugazmente el cielo cubierto de oscuras nubes, mientras emanaba una sonrisa.

«Parece que el mismo cielo sabe lo que va a pasar», pensó. Una vez habiendo llegado a la mansión, entró y recorrió todas las habitaciones en busca de armas y/o micrófonos ocultos que pudieran delatarlos. En su depuración de la casa terminó encontrando poco más de cincuenta pequeños micrófonos escondidos, en los jarrones, sillas, incluso tras los retratos. Hizo un pequeño inventario del armamento encontrado y los colocó sobre el comedor principal de la casa.

Habían pasado casi cuarenta y cinco minutos desde que les avisó a los demás, algo extraño, porque ellos no eran animales que se retrasaran, a excepción de Eurito, pero luego de unos minutos más la puerta principal sonó. Con cautela, se dirigió a la misma, sacó su arma y se recostó sobre ésta. Al ver a través del ojo mágico, observó a un león y un tigre. Abrió la puerta y permitió su ingreso.

Lo grandes animales se adentraron, fuertemente equipados con chalecos antibalas, armas de alto calibre, granadas aturdidoras y de humo y un arma blanca para ataque cuerpo a cuerpo. Al verlos, Porfirio esbozó una sonrisa apremiante, ellos ya estaban listos, sólo faltaba que él llegara.

Los invitó a que se sentaran en alguno de los muebles disponibles, mientras esperaban a que el faltante llegara.

—¿Para qué nos citaste aquí? —preguntó el león, lanzándose al sofá.

—Mimas, ten un poco más de respeto, esta no es tu casa —se quejó el tigre.

—Les daré los detalles cuando estén todos —dijo Porfirio, ignorando las actitudes de Mimas. El león era… simple. No tendía a respetar casi nada, si antes no lo había derrotado o casi matado, como pasó una vez.

—¿Todos? —Polibotes arqueó las cejas—. ¿Acaso llamaste a otros?

No hubo respuesta.

De la nada, escucharon unos sonidos provenientes de la entrada de servicio que se ubicaba en la cocina. Los tres animales apuntaron sus armas hacia la cocina, expectantes y a la vez preparados a disparar a lo que sea que haya causado ese sonido. Con lentitud y a un paso burlón, salió de la misma un pequeño animal, con una túnica desgastada y una capucha que lo cubría por completo, y detrás de él iba un oso polar que James reconoció de inmediato. Al verlo, él bajó su arma y con una señal les indicó a Mimas y Polibotes que bajaran las suyas.

Ellos acataron, algo confundidos.

—¿Por qué tanta precaución, Porfirio? —se mofó el animal.

—Igual de irreverente, Eurito. —Rodó los ojos.

Al oír ese alias, tanto el león como el tigre se sorprendieron y lanzaron unas miradas inquisitivas hacia James.

—¿Eurito? ¿No se supone que él estaba muerto? —preguntó Mimas.

Porfirio les sonrió con sorna, mientras les explicaba lo sucedido.

—…y para ese fin lo hice pasar por muerto. —Se giró hacia el animal y el oso—. Y dime, Raymund, ¿qué haces aquí? Deberías estar con FruFru y Kevin.

—Señor, si lo que dijo la señorita FruFru es cierto, es mi deber inmiscuirme en esto —aseveró, sin mostrar debilidad.

Porfirio no quiso preguntar más nada, con sólo verlo a los ojos supo que había una fuerte razón de trasfondo, mucho más allá de una simple traición. Una vez estando reunidos los presentes, procedió a explicar el plan. Sacó un plano, en el cual estaba al detalle un antiguo almacén en donde Mr. Big guardaba el armamento, que en la actualidad estaba abandonado.

Ya asignados los roles que tomarían cada uno, salieron rumbo al almacén. Cuando estaban en la reja de la mansión tomaron caminos separados, Mimas y Polibotes se fueron por su lado, mientras Raymund y Porfirio se fueron por otro. El único que iría solo sería Eurito. Antes de separarse, el zorro dijo en voz baja una advertencia que sonó más como un mantra.

—Espero que nadie muera.


En algún lugar en los límites de Distrito Forestal. Viernes, 11 de noviembre, 23:47 h.

En la mansión de los Olímpicos, unos de los miembros más relevantes de la organización estaban reunidos en uno de los despachos de la mansión.

Zeus estaba con un enojo notorio, se frotaba las sienes en un vago intento de relajarse, cosa que fue en vano. Sus garras sonaban contra el cristal de la mesa. La situación en la que se encontraban era la más trágica desde que se fundó la organización, aunque Poseidón no hubiera estado en sus orígenes, estaba al tanto de todo desde que decidió unirse a ellos cuando lo contactaron.

La reunión en sí era lo típico de estos últimos días, ideas de cómo atacar a los Gigantes, cómo evitar que los atraparan y cómo atacar a la ZPD, pero por más sugerencias que se le dieran a Zeus, éste se dejaba llevar por su orgullo cuando no había mucho que pensar. ¿Los Gigantes? Lo más sencillo sería atacar al corazón de ellos, es decir, a quien los llamó. FruFru tenía una hija, un enorme punto débil, al matarla ella quedaría devastada e indispuesta a organizar un golpe. ¿Evitar que los atraparan? Sencillo, Atenea era la estratega y contadora, fácilmente podría eliminar toda evidencia que los incriminara con Hermes y a su vez desligar las asociaciones que estuvieran registradas. ¿La ZPD? Para algo tenían a Apolo infiltrado en la misma, ¿entonces por qué darse mala vida pensando en eso? Muchas veces el lobo los había advertido y/o salvado cuando la situación era peliaguda o la policía les estaba pisando los talones.

No le encontraba sentido a la susodicha reunión, y era demasiado obvio que esto tenía un trasfondo más importante. Lo más probable sería que se deba a lo sucedido en el restaurante con los Gigantes. El asunto podía resolverse así sin más; y la negativa de Zeus en acceder a un ataque a escala, sumado al hecho que no mencionara la muerte de Afrodita, que terminó siendo un duro golpe para la organización, empezaron a hacer que todos desconfiaran del zorro. Además, de que según por la información que Poseidón había obtenido de los miembros que tiene bajo su mando, parece ser que Zeus tiene alguna relación con Wilde y Hopps. Esto no se lo había dicho a nadie, considerando el revuelo que causaría, cuando ya de por sí las cosas están muy mal como para que por una especulación suya se fragmente la organización. Y había algo que lo estaba intrigado demasiado, el cómo supieron los Gigantes que ellos estarían en el restaurante ese día.

Mientras oía en silencio la conversación entre Atenea, Hera, Ares y Zeus, el celular de Poseidón vibró. Sin que los demás lo vieran, lo sacó y lo miró de reojo, le había llegado un mensaje.

Hades
Poseidón, encontré el escondite de uno de los Gigantes, necesito tu apoyo.

El oso polar observó intrigado el mensaje, le pareció algo extraño, nadie aún había decidido localizar a los Gigantes, entonces por qué él se le adelantó a todos. «Quizá sea para ganarse un lugar permanente entre nosotros», pensó, sin darle mucha importancia al asunto. Dudó en responder, pero luego cayó en cuenta que para salir rápido de esta situación, lo mejor sería acabar con los enemigos antes de que ellos mismos lo esperaran.

¿En dónde? ¿De cuál Gigante estamos hablando?

No pasaron ni diez segundos cuando su celular volvió a vibrar.

Hades
Polibotes, y está la posibilidad de que Mimas esté también. Si me descubren soy animal muerto. Estoy en uno de los antiguos almacenes de Big, al noroeste de Tundratown.

Y le respondió:

Muy bien, nos vemos allá, llevaré a unas amigas.

Se levantó de la mesa y con educación se despidió de los miembros presentes, bajo la excusa de que la hija de Mr. Big estaba solicitándolo para una reunión. Ninguno de los animales tuvo alguna queja y lo dejaron retirarse.

Afuera de la mansión, Poseidón sacó de nuevo su celular y mandó un mensaje a los mejores miembros bajo su cargo, indicándoles que fueran solas, con un buen equipo y el lugar en cuestión donde se reunirían. Luego del largo viaje hasta el almacén, que le tomó poco más de treinta minutos, por fin llegó. Ahí los esperaban cuatro animales que el reconoció a la primera. Hades, la comadreja, y a su lado, tres osas polares jóvenes. Estacionó su auto en las cercanías y bajo de él. Se aseguró que de que llevaba consigo su armamento y se dirigió hacia ellos.

—Situación —pidió, al llegar a ellos.

Roda, una de las tres osas, con un mechón del pelaje en la frente color purpura, respondió:

—Según lo que la comadreja nos dijo, dentro de este almacén se encuentra un Gigante. Un tigre cuyo alias es Polibotes.

—Posiblemente esté otro miembro, Mimas, un león —añadió la segunda osa, Cimopolea; ella tenía unos aretes en forma de gotas de agua color negro.

—Pero no es nada seguro —confirmó Bentesicime, la tercera osa. Ella llevaba tres perforaciones en cada una de sus orejas.

Poseidón asintió con firmeza ante la aclaración, y miró de reojo a la comadreja, la cual estaba esperando que ellos se decidieran en entrar. Poseidón metió su pata en la chaqueta de su esmoquin y sacó un revólver, no tuvo que decirles nada a sus osas, porque al verlo sacar el arma ellas prepararon sus rifles MP5, mientras que Hades sólo tenía dos cuchillos, uno en cada pata. Arqueó una ceja al verlo y le susurró por lo bajo.

—¿Ahora eres como Atenea? —preguntó, haciendo referencia a la nutria, la cual nunca peleaba con armas de fuego, siempre con cuchillos.

—Meh… —Hades se encogió de hombros, observando los cuchillos—. Tienen su encanto.

Todos se dieron una mirada seria indicando que entrarían al almacén. Dio unas últimas indicaciones antes de ingresar.

—Roda, Benti y Cimo, ni se les ocurra separarse —musitó Poseidón viendo a las tres osas—. Nosotros no tenemos una perfecta visión nocturna, así que no quiero locuras. La operación es entrar, matar a los animales y salir ilesos.

Las tres osas lo miraron, divertidas, ignorando sus advertencias.

—¿Locuras? —dijo Roda, haciéndose la ofendida.

—Confía en nosotros, tío Koslov —afirmó Bentesicime.

—Además, llámanos por nuestros nombres. Estos alias son horribles —le siguió Cimopolea.

Poseidón exhaló todo el aire en sus pulmones, intentando relajarse, y sin responder a las quejas de sus sobrinas. Ingresaron al almacén. Sabía que iba a estar oscuro, mas nunca imaginó que tanto. No podía ver absolutamente nada. ¿Por qué no pudo Hades hallar el escondite en la mañana cuando él podía ver mejor? Poco a poco iba avanzando, mientras muy suave susurraba los alias de todos con el fin de detectar su posición.

—Chicas…

—Aquí —murmuraron las tres.

—¿Hades?

—Aquí.

Avanzaron con cautela por todo el almacén, con sus armas en alto. Quizá su vista no era la mejor para esos casos, aunque al menos podía fiarse de su sentido del oído. Poseidón podía escuchar cada paso que daban.

¡PUM!

Un golpe a una barra metálica los desconcertó. Todos se pusieron al tanto, no sabían a ciencia cierta si fue un ruido provocado o accidental. No se podían dar el lujo de distraerse.

—¿Chicas? —susurró, preocupado.

—Aquí.

—¿Hades?

No hubo respuesta.

Poseidón se angustió, ya no había duda, los habían descubierto. De repente escuchó un grito, cosa que lo alarmó aún más. ¿Habían atacado a las chicas? Contra todo su sentido común las llamó a voz suelta; pero nadie respondía. Sacó su segunda arma y agudizó sus sentidos.

—Poseidón, malas noticias —dijo Roda, con la voz quebrada.

—¿Qué sucedió?

—Mataron a Benti —gimoteó Cimopolea.

Eso le cayó como un balde de agua fría. Ahora se dio cuenta de la terrible situación en la que se había metido. Ya no era sobre de qué manera matarían a los Gigantes, ahora la cosa era cómo iban a salir vivos. Sin una de sus tres mejores miembros y sin Hades, el cual se suponía que sería sus ojos, la tenían difícil. Sin bajar la guardia, se fue acercando hacia donde escuchaba los leves sollozos de una de las osas, pero algo más lo alertó. Un suave repiqueteo contra el suelo. ¡Pick! ¡Pick! ¡Pick! El sonido de algo metálico, medio pesado, repicando contra el suelo. Caviló qué pudo haber causado eso. No duró ni siquiera dos segundos en adivinar.

—¡CHICAS PONGANSE A RESGUARDO Y CIERREN LOS OJOS! —gritó Poseidón, lanzándose hacia unos contenedores, deduciendo que ese sonido lo debió causar una bomba aturdidora.

Roda fue la que reaccionó más rápido. Ella era la más experimentada de las tres, y por consecuencia la líder, y muy bien sabía que cuando su tío decía algo era porque estaba muy cerca de acertar. Sin importarle su hermana que gimoteaba en el cuerpo de su otra hermana, saltó hacia lo que pudo distinguir que eran unos barriles.

Ni bien ellos se pusieron a resguardo, una fuerte y cegadora luz iluminó el lugar por un segundo, dos a lo mucho. Poseidón oyó gritar a Cimopolea, haciéndolo sentir impotente.

—Sal, Poseidón. ¿Es que tienes miedo? —dijo alguien en burlón, su voz era gruesa y altanera.

—Tómate esto enserio, Mimas —reprendió otro, quien a diferencia del primero, sonaba cauto; y por ende, peligroso.

Koslov estaba enfurecido, no por los intentos de los animales en matarlo, sino por sus sobrinas, sus mejores miembros, habían sido derrotadas tan fácilmente que eso lo enfurecía. Palpó su chaqueta en busca de algo, ese algo era una píldora de Néctar. Al sacarla no lo pensó dos veces y se la comió. Luego de unos minutos y un intenso dolor en el pecho, empezó a notar sus efectos: su oído se agudizo al máximo, su visión, aunque no era al cien por cien nocturna, le permitió ver en la oscuridad, y sus reflejos mejoraron.

Sin pensarlo dos veces, rodó fuera de la protección de los contenedores en donde estaba escondido y abrió fuego en contra de los animales.

Dicha acción los tomó por sorpresa, notando Koslov que eran un tigre y un león. Decidió ir a lo seguro, disparando al león. Tal vez no se esperaban que él, siendo un oso polar, se lanzara al ataque cuando los osos no tenían una buena visión nocturna. Tal fue la sorpresa que el león no pudo reaccionar a tiempo y fue impactado por el proyectil justo en el cráneo, cayendo al suelo sin vida con un sonoro ruido.

El tigre abrió fuego contra Poseidón, iracundo, mas éste las esquivaba con facilidad. Corría de un lado a otro y se refugiaba en los contenedores, barriles y columnas cercanas.

Poseidón, en su afán evadiendo las balas, terminó en un barril junto a Roda, quien no podía hacer nada por su pobre visión. Agudizó su vista y notó que cerca del tigre estaba un interruptor de luz. «Si llego a él podré iluminar el lugar y Roda me ayudará», pensó. Y sin ningún arrepentimiento, se lanzó en contra del tigre.

Disparó a la pierna del felino y acertó. Vio cómo él se tambaleo por el dolor en la extremidad y le dio la oportunidad de matarlo. Alzó sus revólveres y apuntó al tigre, sin embargo, algo lo sorprendió. Detrás del felino estaba Hades empuñando ambos cuchillos en dirección al tigre, Poseidón lo miró con una expresión de sorpresa y la comadreja al verlo le guiño un ojo.

Bajó ambas armas y apartó la vista del tigre, Hades se encargaría de él. Cosa de la que se arrepintió instantes después. Con el rabillo del ojo vio cómo el tigre se echaba hacia un lado, evitando completamente la estocada de Hades, y se sorprendió más aún al ver que él no se detuvo, todo lo contrario, tomó impulso en la espalda del tigre y se lanzó hacia él con una sonrisa macabra, clavando ambas dagas en cada uno de sus hombros, haciéndole soltar sus revólveres.

Poseidón no supo cómo reaccionar ante tal acción de la comadreja. «¡¿Me traicionas?!» De pronto, escuchó una serie de aplausos; giró su vista, mas no pudo encontrar su origen, lo que le hizo darse cuenta de algo: el efecto del Néctar se estaba terminando.

Las luces del lugar se encendieron, unas destellaban pobremente, mientras que otras iluminaban con fuerza el lugar. Giró su vista para ver cómo estaba Roda y vio que estaba encañonada por uno de sus antiguos compañeros, Raymund.

—Has dado buena pelea —dijo el zorro líder de los Gigantes, Porfirio, con sorna, aún con sus patas suspendidas en un aplauso incompleto.

Las palabras del zorro no tuvieron ningún efecto en él. Su situación no era favorable, tenía ambas dagas clavadas en los hombros, la de la derecha sobresalía unos tres o cuatro centímetros más que la otra y Raymund estaba a no más de metro y medio de él, tenía chance de atacar, sólo debía esperar una abertura. No obstante, no le era tan factible; el efecto de la droga estaba a segundos de acabarse.

—Carolina… —musitó.

Al oír su nombre, a Roda le tomó unos segundos comprender lo que quería. Lentamente movió su pata y logró llegar a una de las granadas aturdidoras que tenía en el chaleco táctico del pecho y con una sonrisa desafiante, le quitó el seguro. Poseidón sabía que recibir una explosión desde tan cerca la dejaría inconsciente, sin embargo, en los ojos de su sobrina no había atisbo de duda, sino una determinación de acero. Soltó el broche de la granada y éste repicó en el suelo.

—¡Ahora! —gritó.

Esa fue toda la señal que necesitaba Poseidón. Él escuchó perfectamente el repiqueteo del seguro de la aturdidora, y había analizado con precisión la distancia entre él y Raymund. Con su hocico sacó la daga de su hombro derecho, cerró los ojos y se lanzó en contra de su excompañero. Escuchó el fuerte pitido de cuando la granada explotó y sintió un horrible dolor en sus oídos, incluso creyó que le explotaría la cabeza, sin embargo, logró conectar el golpe a Raymund. Sintió cómo su peso era detenido de repente y ahí cayó en cuenta de que había llegado a su objetivo. Abrió los ojos y observó un corte limpio en el cuello de Raymund, éste yacía en el suelo sujetándose la garganta en un vano intento de parar el sangrado. Giró la vista y notó que el tigre había protegido al zorro del rango de la explosión.

—¡Maldito! —vociferó Porfirio, sosteniéndose las orejas—. Mira que hacer ese movimiento en tu estado. —Soltó una risilla enojada—. Ya veo que no eras la mano derecha de Big por puro gusto.

Sus piernas le fallaron y la pérdida de sangre le estaba pasando factura. La visión se le desenfocaba de tanto en tanto y cayó sentado al piso, sin poder moverse. Escuchó los pasos del zorro acercándose, mientras lanzaba maldiciones a voz suelta. Sintió cómo Porfirio le tomó el rostro y se lo levantó, quedando viendo esos ojos azules.

—¿Sabes? Nunca supe por qué mi hermano decidió basarse en la mitología griega para ponerle un nombre a su grupo —comentó—. Yo le puse Los Gigantes al mío porque al leer su historia, me gustó. Quizá fue lo mismo con él —añadió, soltando el rostro del oso.

Porfirio le hizo unas señas al tigre y a Hades, al rato volvieron con bidones de gasolina, respectivo a sus tamaños.

—Algo muy interesante de esa mitología —prosiguió, como un maestro en hábitos criminales que relataba la retorcida mente criminal— eran los castigos que colocaban. El que más me llamó la atención fue el de Tántalo, mira que estar en un estanque y que los frutos desaparezcan cuando tengas hambre y el agua baje de nivel cuando tengas sed, tortura por hambre y sed, algo muy macabro y a la vez hermoso —aseguró tocándose el mentón—. ¿Sabes? Según lo que he leído hay en total ocho castigos: el de Sísifo, el de Ticio, el de Ixión, el de las cincuentas hijas de Dánao, el de Ocnos, el de Atlas, el de Prometeo y el del mencionado Tántalo —contó, enumerando cada uno los dedos de sus patas—. Todos irónicos, brillantes o macabros, y eso me hizo pensar… ¿Por qué no ponerte un castigo a ti? —Sacó de su ropa una daga de color gris acerado, la cual tenía en su mango una G grabada—. Uno en donde veas a tu sangre, tus seres queridos morir, mientras esperas tu muerte y sólo puedes sentirte impotente. —Con un asentimiento de su cabeza, el tigre y Hades llenaron el lugar de gasolina—. Vivirás el noveno castigo. —Y le clavó la daga en el vientre.

Koslov suprimió un grito, únicamente formó una expresión de dolor, pero nada más. Vio cómo el zorro se empezó a alejar hacia la puerta y con un chasquido de sus dedos los demás lo siguieron.

—Traidor —le espetó Koslov a Hades con una voz débil y escupiendo sangre.

—Nunca lo he sido, siempre he sido un Gigante —gritó Hades desde la puerta.

Oyó las estridentes carcajadas de la comadreja. Escuchó el ruido del martillo mover el tambor de un arma y luego ¡bang! un disparo que impactó en el vientre de Roda, empezando ella a manar sangre. Acto seguido hubo otro disparo; Poseidón pensó que el disparo era para él, aunque al abrir los ojos vio que el combustible que habían esparcido por el suelo estaba prendiéndose fuego.

—Veamos qué te mata primero, el desangramiento por la hemorragia o el fuego —manifestó Porfirio—. Nos vemos en el infierno, mi estimado.

Cuando Koslov quiso volver a ver al zorro, no pudo, una enorme pared de fuego se alzaba entre él y la puerta. Sabía que no iba a salir de esta, por lo que pasó la mirada por sus sobrinas. Bentesicime y Cimopolea yacían sin vida en el suelo, ambas con un limpio corte en el cuello, en cambio, Roda estaba inconsciente y empezando a formar un charco de sangre.

—Diana, Saraith, Carolina —se disculpó con un susurro grave, cansado de la vida—: lamento haberlas metido en esto.

La visión se le puso borrosa.

La cabeza le dio vueltas hasta que todo se le empezó a oscurecer por los costados, siendo engullido por el opresivo calor de las llamas. En cuestión de segundos ellas le devorarían sin piedad, haciéndolo sentir en carne viva el dolor de las vidas que terminó arrebatando, incluyendo las de su familia.

Pero, para su suerte, el destino le concedería un último favor, quitándole la conciencia antes de morir quemado.

Bastó con pocos minutos para que unas furiosas paredes de fuego, rugientes como dragones emergentes, consumieran el almacén en su totalidad, luchando por reducir el amasijo de metal y los animales inconscientes a cenizas, superponiéndose a las frías temperaturas nocturnas.

Y los rojos, azules y naranjas que contrastaban con los oscuros tonos azules y negros de la noche, se reflejaban en los ojos de Porfirio, quien las observa por la ventana del auto en que él y los suyos se retiraban.