LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS
Agradecimientos
ThePhantomPain02: gracias por tu review. De hecho el siete no será un castigo, bueno, quizá lo parezca pero no lo será. En cuanto al motivo de el siete lo verás en el próximo capítulo. No es necesario que me agradezcas la recomendación, era lo mínimo que podría hacer, por dios, es demasiado bueno, espero el nuevo capítulo :v. Gracias por leer.
Daniel Shurtugal: gracias por tu review. Era algo lógico que debía haber un espía, pero casi nadie lo notó y en este capítulo iniciará la acción, y para el próximo capítulo, uff, no te esperarás lo que pasará. Gracias por leer.
Alex Fox de Wilde: gracias por tu review. Porfirio es la polla, me divierte mucho ese personaje . Gracias por leer.
SirDaniSkyWatcher304: gracias por tu review. Me alegra mucho eso. Gracias por leer.
Alicevalentinebwh: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.
armony men: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.
Jpc: gracias por tu review. Me alagas con esas palabras, pues no sé, solo escribo y ya, aún me cuesta creer que a la gente la atrae tanto mi historia, el que debería agradecerte soy yo. Gracias por leer.
Jair937: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.
TEH Fluffynator: gracias por tu review. Espero que te guste el capítulo. Gracias por leer.
Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.
XXIII
Partamos bajo la guía de la octava lechuza
En algún lugar en los límites de Distrito Forestal. Domingo, 13 de noviembre, 8:45 h.
El sol estaba opacado en el cielo por las gruesas y enormes nubes lo bloqueaban. Los pocos rayos que las travesaban iluminaban esporádicamente la ciudad. En una de las zonas en los límites de Zootopia, la luz era muy poca. Más específico en una mansión en las cercanías, dentro de ella, estaba un zorro con un aspecto serio y prepotente, que a su vez emitía cansancio y estrés.
Zeus se encontraba sentado al borde de su cama, con las patas entrelazadas bajo su mentón y apoyando sus codos sobre sus rodillas, meditando, pensando, ideando alguna manera de terminar con la situación tan riesgosa. Serenó su mente dejando escapar un suave, pero largo suspiro, mientras analizaba con la mente fría la situación. Consideró lo que los demás miembros le habían dicho. Sí, es cierto que por parte de la ZPD no había que preocuparse mucho, Apolo no estaba en ella por puro gusto; siendo el hermano gemelo de Artemisa, tenía la misma habilidad del espionaje que ella. Sin embargo, también estaba el asunto de Hermes: debían encontrar la manera de limpiar todo lo referente a ellos de las cuentas bancarias y transacciones realizadas por el conejo. «Atenea se encargará de eso», pensó, estresado.
Expulsando todo el aire en sus pulmones, se centró en uno de sus dos problemas principales: Nicholas y la coneja. Enderezó su postura y frotó sus sienes con ambas patas, formándosele un notorio ceño fruncido. «¿Por qué tenias que meterte en mi camino, Nicholas?, te hubieras quedado mejor con la miserable vida de estafador que tenías.» Desde que él reapareció en su vida, sólo le trajo inconvenientes; primero, capturó a Dioniso; después, desmanteló el escondite de la trata de blancas de Afrodita; luego, descubrió a Hermes y debido a eso capturaron a Hefesto. Mientras más pensaba en él, más se enfurecía, aunque no es que le costara demasiado en todo caso. «Si no hubiera sido por ella, serías de los míos», pensó, enojado. Esa manera tan extraña que tenía Nicholas de desenmarañar sus secretos y jugarretas no eran normales, y sumado a las habilidades detectivescas de la coneja, todo empeoraba. Aunque no lo quisiera admitir, ambos eran un dúo difícil de derribar.
Sacudió su cabeza para dejar eso de lado y se dirigió hacia la ducha. Una vez en ella, bajo la regadera, dejando que el agua limpiara su mente agobiada, repasó a su otro dolor de cabeza: Porfirio y los Gigantes. «James.» Ya cuando de por sí las cosas estaban mal, él se dignó en aparecer. James. «Ya, ya. Recuerda los posibles ataques», se dijo a sí mismo, dándose suaves golpes en las mejillas. Si bien sabía que el grupo de James no sería fácil de vencer, sí tenía una oportunidad, y esa era FruFru, la hija de Big, más específicamente la hija de ella. Poseidón le había dicho varías veces que al atacarla causarían conmoción en ellos. Sonaba factible… no; era factible, entonces por qué no lo había hecho. Suspiró, no tenía ciencia, era simple: por orgullo. Si él terminaba acatando una sugerencia u orden de ese oso, perdería su imagen de líder, y eso a Zeus era algo que no le agradaba.
De improvisto, esbozó una sonrisa triunfal, le había llegado una idea para acabar con Nicholas y la coneja. Salió del baño sin perder ese gesto. Luego de un rato se encontraba ya casi listo, tenía su smoking negro a la medida, lo último que le faltaba era su distintivo anillo. Símbolo de su poderío y rango en la organización; un anillo de oro, grueso y con un rayo grabado. Se dio una mirada en el espejo y al verse sonrió y susurró unas palabras para sí.
—Hasta las últimas consecuencias… pequeño Nick. —Y salió de la habitación.
Bajó hasta su despacho e ingresó al mismo. Adentro lo estaba esperando la nutria, la cual estaba hecha un pulpo. Firmaba, leía, confirmaba y eliminaba documentos financieros, y quien sabe que otras cosas más. Zeus nunca se arrepentirá de haberle ofrecido unirse a ellos. Caminó hasta una pequeña estantería en la cual tenía una botella de ron, la abrió y sirvió su contenido en una pequeña copa de vidrio, le ofreció uno a ella, pero ésta no estaba de ánimos.
Se sentó en su escritorio y pidió un resumen de lo que estaba haciendo y había sucedido. Atenea resumió rápidamente lo que hizo, que era en palabras simples, el desligo de las asociaciones con McLean. Zeus asintió sonriente, por fin el panorama se les estaba aclarando, algo irónico, porque afuera pareciera que fuese a llover. Aprovechó la oportunidad para relatarle el plan que había ideado.
—… y dime Alison, ¿qué opinas? —quiso saber, agitando la copa con licor.
—Qué es algo descabellado —respondió Atenea. Su rostro dejaba ver una sorpresa grande, y algo parecido al escándalo tras aquellos ojos severos.
Zeus frunció el ceño, ¿por qué actuaba ella así? No era la primera vez que le contaba el plan para destruir psicológicamente a alguien, después de todo, era la especialidad de Atenea idearlos.
—¿Acaso los defiendes? —inquirió, apuntándola ligeramente con la copa.
—No, claro que no —repuso, seria, como si eso le hubiera ofendido—. Es sólo que me parece excesivo
—Sabes que a las plagas se les mata de raíz. Las guerras no se ganan por tener piedad con el enemigo.
—Sigue siendo excesivo.
Zeus se encogió de hombros.
—Es mí deber serlo.
El despacho quedó sumido en un silencio peligroso, de aquellos que quien los rompía, terminaba muriendo. Sin embargo, como no vio ninguna razón para mantenerlo, Zeus lo rompió con su gruesa voz.
—Quiero que le digas a Ares lo que debe hacer.
Atenea inspiró.
—Entendido. —Y luego de unos lentos segundos, agregó—: Pero no cuentes conmigo para seguir aquí. Me iré luego de que destruyamos a Wilde y Hopps. Has cruzado el límite.
—No permitiré que nos dejes, Atenea. —La declaración de la nutria había sido abrumadora. ¿Abandonarlos? ¿Abandonarlo a él? Qué buen chiste—. No te dejaré ir así de fácil.
Atenea recogió unos folios sin dirigirle la mirada, se volvió hacia la puerta y cuando estuvo en el umbral de ésta, se giró un poco, casi apuñalándolo con la mirada.
—¿Me estás amenazando? —preguntó, con la delicadeza de un cuchillo cortando una carne con finura.
—Es una advertencia.
—Yo que tú, Zeus, cuidaría tu lengua —aseveró—. No me retes, que cuando llamas al diablo, se te puede aparecer.
—¿Me estás amenazando tú ahora?
—No lo veas así —dijo—, míralo como lo que es: una verdadera advertencia. Tú me dejarás ir cuando quiera y en el momento en que a mí me plazca, ¿sabes por qué? Porque soy yo quien sabe hasta el número de vellos que cada uno tiene. No hay nadie en los Olímpicos que sepa más que yo de nosotros mismos; ni siquiera tú. —Hizo una pausa—. Y como conozco de qué son capaces, tengo un aval para mi seguridad: información. Si algo me llegase a pasar, ten por seguro que tus cuentas se congelarán, tu dinero se esfumará en el viento, el mundo entero sabrá quien fue Joseph Wilde, lo que hizo y lo retorcido de su mente. ¿Quedamos claro?
Atenea se giró por completo para irse, sin embargo, cuando estuvo a nada de cerrar la puerta, se detuvo, con su pata en el pomo que se hallaba a su altura. Con una voz glacial, que demostraba su punto, comentó como quien habla del clima.
—Por cierto, tan poco sabes de nosotros que dudo estés enterado que Poseidón apareció muerto en un almacén calcinado.
Luego, cerró la puerta.
Zeus se sorprendió hasta tal punto que dejó caer la copa en su pata, se recuperó de su asombro y antes de que siquiera pudiera pestañar, ya se encontraba llamando a los otros miembros. Debía poner en marcha el plan ahora más que nunca. Ahora que había perdido a uno de sus pilares principales.
Ya resolvería el problema con Atenea, de una manera o de otra.
Downtown, Central de la ZPD. Lunes, 14 de noviembre, 7:48 h.
Ese día la pareja estaba ya en el salón de la jefatura esperando que Bogo apareciera y diera las respectivas órdenes. Aunque la muerte de Afrodita estaba en boca de todos, para sorpresa, no le hizo mella en Nick, ya sabía que fue su tío quien lo hizo. No obstante, tenía la mente puesta en Meloney, se sentía extraño sin tenerla cerca. Habían decidido ambos no llevarla a la jefatura, dejándola en casa bajo el cuidado de Finnick.
Bogo entró con su típico mal genio, renegando por lo bajo. Dio las asignaciones para los oficiales, y cuando los nombrados salieron, sólo quedaron ocho en el salón; nueve, contándolo a él. Nick ya se esperaba que Bogo hablase con ellos, agregando la insistencia que había tenido Judy con él; incluso con Colmillar también, sin embargo, le extrañó que los otros cinco oficiales se quedaran.
Zanahorias miró inquisitivo a Bogo, hasta que éste refunfuñó con molestia.
—Tenemos información de una fuente sobre la posible localización de unos de los Olímpicos.
Todos los que se hallaban en el salón se quedaron boquiabiertos, a excepción Judy, quien por muy contradictorio que pareciese, frunció el ceño, molesta, y se colocó de pie en la silla tipo rinoceronte que ambos compartían en el salón.
—Jefe, no le parece que es muy fortuito le hecho de que, de la noche a la mañana, se tenga información sobre los Olímpicos —dijo Judy calmada, pero con el tono de alguien listo para pelear.
—En eso te concedo la razón, Hopps —respondió Bogo con un rostro enojado, cual mármol—. Pero es información a final de cuentas, es nuestro deber investigarlo.
—Señor —refunfuñó ella—, es claro que es una trampa. Y en caso de que no lo sea, nos están usando de limpiadores.
—Si tienes alguna otra idea, Hopps —finiquitó Bogo, con un tono terminante, apoyándose en el podio y flexionando los brazos—, soy todo oídos. —Los lentes se le movieron un poco—. No tenemos absolutamente nada relevante a los Olímpicos. Esos bastardos son como el aire, desaparecen sin más. Sea que nos estén usando como segundones o no, nuestra obligación es ir y confirmar.
Cuando salió de la impresión que le había ocasionado a Nick el ver a Judy debatir de tú a tú con Bogo, se percató de la forma en que los otros la miraban. Admirándola, respetándola y con cierta condolencia. «¡Cierto! —pensó asustado—. Si Bogo se pone serio, puede que nos separe en turnos distintos.» Cual centella, pasó su brazo alrededor del cuello de la coneja y con su pata le cubrió los labios, pasando ella de reclamar, a un murmullo sordo.
—Discúlpela, Bogo, es que…
—¡Basta! —bramó éste—. ¡Wilde, Hopps, Colmillar, Lobato, Osorio, McCuerno y Fernández, al despacho de investigaciones, ahora! —ordenó caminando hasta la puerta; una vez en el umbral, se detuvo y dio media vuelta hacia los animales—. Y el que se queje, que se prepare para un mes en parquímetros.
Cuando salió del salón, reinó un silencio abismal; todos se quedaron mirando a Judy en las patas de Nick, la cual pataleaba como niña pequeña para que la soltase. Se levantaron, y uno por uno fueron abandonando el salón, rumbo al despacho, dejando solos a la pareja. Ellos, después de una sana discusión, salieron tras los demás.
Entraron al despacho y ahí los esperaban los demás oficiales y Bogo.
—Como había dicho, tenemos información de la posible localización de un miembro de los Olímpicos —dijo Bogo, apuntando a un pizarrón de investigaciones.
Mientras explicaba al detalle la información obtenida, Fernández, un lobo ártico, levantó la pata para hacer una pregunta.
—Jefe, ¿qué pintamos nosotros en esto? Es decir, sabemos que Hopps y Wilde están inmiscuidos en este caso desde el principio, incluso Colmillar los ha apoyado, pero no veo de qué podríamos servir nosotros. —Apuntó con un amplio gesto de su pata a los demás oficiales.
—Eso lo voy a explicar al final —respondió, con un gesto para que no lo volvieran a interrumpir; al hallarse cómodo, prosiguió—: Según la información obtenida, Atenea, miembro de los Olímpicos, se encuentra escondida en esta residencia a los límites de Sabana Central. —Apuntó a una fotografía de la casa en cuestión, colgada en la pizarra—. Si la información es cierta, estaríamos organizando un golpe vital para ellos. Me explico, según informes obtenidos por cortesía de la ZIA, en los cuales están especificados los roles dentro de la organización, Atenea es la estratega y contadora de ellos. Por tanto, si la capturamos se quedarían sin una pieza clave, y ahí entran ustedes. —Apuntó a los oficiales—. Es cuestión de sentido común, ¿qué líder deja desprotegida a su estratega? Lo más probable es que este fuertemente custodiada, y ustedes serán los que los dobleguen.
—¿Por qué nosotros? —inquirió el rinoceronte.
—Sencillo, McCuerno, son los siete mejores del departamento. El mejor después de mi, claro. Además de que tienen la ventaja de ser mamíferos de gran tamaño. —Miró de reojo a Nick y Judy—. Bueno, casi todos.
Sabana Central. Lunes, 14 de noviembre, 8:03 h.
En una casa de arquitectura gótica, Atenea se hallaba dando las últimas órdenes al plan que había ideado, y que le había dejado un mal sabor de boca. En su mente, aparte de lo que realizarían en pocos momentos, se amasaba un grupo de ideas para garantizar su seguridad ahora que le plantó cara a Zeus.
—Entendieron sus roles, ¿cierto? —preguntó ella, volviendo al asunto en primera instancia más importante.
—Cálmate, Atenea, esto será sencillo —bostezó Deméter.
—Además, mi hermano nos estará ayudando —agregó Artemisa.
Atenea se les quedó mirando. Detestaba ponerse en la línea de fuego, era de las que prefería estar en la seguridad de su despacho, mientras los demás se mataban los unos a los otros, y para colmo de males, Zeus les designó como protección a ellas dos. Artemisa, la loba ártica, era alguien que no es de seguir las órdenes al pie de la letra y Deméter, la jaguar, era de las que se tomaban todo a la ligera. Sinceramente no supo qué les vio el zorro para querer reclutarlas. O sea, a la loba se lo pasaba porque ella era una espía y una asesina profesional; ¿pero a la jaguar qué?
Cerró los ojos y se frotó sus sienes para calmarse. «Sólo mantenlos ocupados el tiempo suficiente para que Ares haga el trabajo», pensó, recordando el asqueroso rol que tenía el tigre. Sabía que Ares estaba algo tocado, incluso podía decirse que era un sádico, pero hacer lo que iba a hacer era pasarse de la línea.
Esa era otra cosa que la ponía iracunda: ser usada como un simple número de distracción. No era que se opusiera del todo a dicho trabajo, no más de lo que ella consideraba ético, incluso para los criminales como ella, sin embargo, arriesgar su vida por un trabajo tan sucio, no calzaba con todo con su personalidad. Su orgullo le impedía dar el golpe definitivo como el que darían, aunque eso implicase la victoria. «Una victoria obtenida por métodos rastreros, no puede llamarse victoria.»
Soltó un suspiro, seguido de una sonrisa con los ojos cerrados, mientras se reía internamente de lo exacto que le calzó su alias. «Atenea, diosa de la sabiduría y la guerra estratégica». La sabiduría era algo innato en ella, después de todo, había salvado a la organización de ser capturadas más veces que el número de garras en sus patas; y la guerra estratégica, planear como destruir a sus enemigos, era algo que tenía su belleza. Abrió los ojos con parsimonia.
—Cambio de planes —dijo, con un tono sin lugar a réplicas.
Ambas hembras la observaron con sorpresa e interés. Atenea comenzó a mover las patas como si razonara consigo misma, cavilando. Al detenerse, miró con una sonrisa triunfal A Deméter y Artemisa, pasó sus garras por el dije en forma de lechuza de su collar, ya tenía claro qué haría para salir ilesa de aquella situación.
Después de todo, en la antigüedad usaban aquella estrategia tan simple y efectiva que siempre daba resultado, si se aplicaba correctamente.
Tan simple como: divide y vencerás.
Downtown, Central de la ZPD. Lunes 14 de noviembre, 8:36 h.
En la jefatura, Nick, Judy y los demás oficiales, salían del despacho de investigaciones. Preparados y listos, se dirigieron hacia la bóveda de la jefatura en dónde guardaban las armas de fuego y demás equipamientos. Judy tomó un chaleco antibalas y una nueve milímetros, pasó la vista por Nick y lo notó con su chaleco, mientras parecía debatirse en un dilema moral sobre cuál arma llevar. Al ver a los demás compañeros oficiales, se percató de que estaban tensos e incluso podría decir que asustados; y no era para menos, todos ellos tenían familia, por ejemplo Colmillar, él era el único animal para Sabrina, y lo mismo para los demás. Nada les aseguraba que saldrían sanos y salvos de esta. Sin embargo, algo la extrañó bastante, y era que Fernández estaba muy sereno, aparecía como que no le importaba lo que ocurriese.
Judy se dejó llevar por la curiosidad, y acercándose a él le preguntó.
—¿Estás nervioso?
El lobo ártico la miró sin expresión alguna y volvió a posar su vista en la armas.
—No.
No le terminaba de cuadrar la actitud del lobo.
—¿Sabes que somos un equipo verdad? —preguntó Judy, aunque era más para ella que para el lobo.
—Claro —respondió, apuntando al aire con un revólver, midiendo su peso.
La coneja emitió una sonrisa pesada al ver el comportamiento de su compañero, se asemejaba al de Nick la primera vez que se conocieron, cerrado y siempre a la defensiva. De cierta manera, lo entendía, aunque aún no comprendía el por qué de esa serenidad. Con el rabillo del ojo notó que él llevaba un sujetador de corbata en forma de un sol, lo que le hizo recordar el broche en forma de zanahoria que su padre le dio a Meloney.
—Lindo sujetador —dijo y se alejó del lobo.
Una vez afuera, había una pareja al lado de sus respectivas patrullas, Judy y Nick, Colmillar y Osorio, Lobato y McCuerno; en cambio, Fernández iría solo. Judy fue la designada por Bogo para ser la líder de la misión, y ésta había notado las caras dubitativas de los animales. Supo que debía decir algo, pero no encontraba palabras que expresaran lo que quería decir. Nick la vio en una lucha interna y se le adelantó.
—Mira y aprende, Zanahorias —susurró. Carraspeó algo fuerte para obtener la atención de los animales—. Señores, noto en sus rostros miedo y duda. No se sientan débiles por eso, es normal. No sabemos que nos depara esta misión de captura, pero algo es seguro, debemos hacerlo, no por nosotros, no porque sean órdenes; debemos hacerlo por ellos. —Apuntó a los civiles que caminaban en la acera—. Si nosotros no podemos defenderlos, ¿quién lo hará? Por ellos, por las familias de cada uno. ¿No se metieron a la policía para proteger? Entonces tengan eso en mente: ¡lo hacemos para proteger a los animales importantes para nosotros! —exclamó con una expresión que desbordaba confianza.
Judy se quedó impresionada ante las palabras de Nick, nunca en su vida se hubiera imaginado que él tuviera esos dotes de persuasión; aunque, mirándolo bien, él era un zorro después de todo. Esbozó una sonrisa, inspirada por las palabras de su pareja. Notó cómo los demás oficiales dejaron las dudas de lado y se les veía llenos de confianza.
—¡Que esta misión sea provechosa! —clamó el zorro.
—Entendido —respondieron todos al unísono, a excepción de Fernández.
Cada uno entró a su respectiva patrulla y salieron rumbo a Sabana Central. En donde iban Nick y Judy, había un ambiente tenso. Las palabras del zorro inspiraron a los demás oficiales, pero sonó como demasiado fúnebre.
—¿Cómo sigue Stu? —preguntó Nick, para romper la notoria tensión.
—Eh… Bien, hace tres días salió del hospital, está de reposo en la granja, aunque aún no puede hacer trabajos fuertes.
—¿Un conejo de reposo? —bromeó él—. Que un conejo se esté quieto es algo antinatural; es desorden, caos, anarquía.
El ambiente dentro del auto se aligeró considerablemente, aunque por un tiempo muy corto. De nuevo le llegó esa sensación a Judy de qué algo no andaba como debería de ser. Sin pensarlo mucho terminó musitando:
—Notaste que tu discurso fue como…
—Una despedida —completó Nick, con un tono serio—. Judy, lo sé, si esa información resulta ser cierta y Atenea se encuentra allí, será el final para alguno de nosotros siete, por no decir varios. No hay que ser un genio para deducirlo.
—Sólo espero que nada malo pase —dijo Judy.
—Yo también, Pelusa, yo también… —Nick pasó su cola alrededor del cuello de ella.
Durante todo el viaje el ambiente fue silencioso, más de lo normal. Después del trayecto de poco más de treinta minutos, llegaron a la edificación designada. Era muy elegante, como toda típica construcción de arquitectura gótica. Los oficiales estacionaron sus patrullas a dos casas de la misma para no levantar sospechas. Se bajaron y fueron rumbo a la casa, cuando estaban en la entrada de la misma, Judy alzó una pata para indicar que se detuvieran.
—Señores, no se separen de su pareja. Existe la posibilidad de que nos ataquen en la oscuridad así que por eso tienen un compañero con visión nocturna. Ya conocen el procedimiento. —Hizo una pausa—. Sin más preámbulos; ingresemos —dijo, dudó un momento en decirlo, pero lo dijo—. Y otra cosa…: suerte.
Ingresaron a la vivienda, cada pareja cubriendo a su compañero. Una vez adentro notaron que todo estaba oscuro. «Típico», pensó. Daba pasos lentos y seguros, sin adelantarse mucho, aunque sin retrasarse, contando cada uno de ellos.
Había dado veinticinco pasos, equivalente a unos dos metros y un poco más, cuando de la nada empezó a sonar una suave melodía instrumental que alertó a todos los presentes. Ésta le trajo a Judy una intensa tristeza, como si hubiera perdido a alguien a quien amaba con todas sus fuerzas.
Para ninguno de los presentes pasó desapercibida dicha música, pues parecía contener su propia carga emocional, como si el que la hubiera compuesto estuviera desahogándose, dejando que las lágrimas se volvieran música. El suave sonido de un arpa parecía entremezclarse con el de una caja musical, pero en realidad era lo mismo, las cuerdas eran tocadas con tal delicadeza que daba dicha sensación. Pasado casi un minuto, Judy detectó el sonido de una flauta de bambú y un violín, coronando todo con tiernos acordes de campanillas de viento, o tubulares.
El corazón se le afligió conforme la música continuaba, mas ninguno de los policías dejó de avanzar. Eso lo sabía porque con su agudo sentido del oído lograba escuchar los pasos y el rechinido del piso de madera.
Escuchó a su lado, muy cerca, una ligera aspiración y un glup que conocía bien.
—Nick, ¿qué sucede? —indagó Judy.
Él se detuvo de improvisto y respondió con voz ahogada.
—Esa canción… —musitó.
—Nick, ¿qué sucede? —preguntó de nuevo, esta vez, un poco más preocupada.
—Judy, esa canción es la compuso tío James —farfulló.
Ella se quedó en silencio, esperando a que Nick le dijera lo que ocurría, y por su tono de voz debía ser algo muy importante, Nick pocas veces se quebraba.
—Es del funeral de mi madre.
Judy se quedó anonadada, las primeras emociones que le llegaron fueron empatía y tristeza, al recordar la conversación que tuvo con Nick en la cual le había contado sobre su madre, luego le vino la incertidumbre de cómo diablos ellos sabían eso. Esas coincidencias no ocurren porque sí. Lo que pasaba tenía que ser planeado de tal forma que lograse debilitar a Nick, dándole donde más le duele. Lo tomó de la pata y lo llevó a ciegas, mientras esa música seguía sonando.
De pronto, él paró de improvisto, y con fuerza le apretó la pata, impidiéndole avanzar. Ella se giró y se quejó con susurros, ya que no podían darle a conocer al enemigo su ubicación.
—La ven, ¿cierto? —preguntó Nick a los demás oficiales, tomándola por sorpresa.
—Sí —respondió Colmillar.
—También yo —le siguió Lobato.
—Y yo —dijo Fernández, neutral.
—¿Qué ven? —preguntó Osorio.
—Será mejor ¿a quién ven? —agregó McCuerno.
Entonces Judy lo dedujo.
—Es Atenea, ¿cierto?
—Supongo —confirmaron Nick, Colmillar y Lobato al unísono.
—¿En dónde está? —quiso saber ella.
—A unos seis metros de nosotros hay una escalera, Pelusa —le indicó Nick—, en la cima está una nutria, esperando para desenfundar sus armas. Además, para colmo, tiene unos lentes de visión nocturna.
«¡Lentes de visión nocturna! ¿Cómo no se me ocurrió hacer que cada uno tomase un par?», se recriminó.
—Junto a ella —continuó Nick— hay dos animales más: una loba y una jaguar. Y…, maldita sea, se acaba de comer una píldora de Néctar. La tendremos complicada, Zanahorias. No te separes de mí.
—Bien —asintió ella, observando la infinita oscuridad—, aunque no te perderé tan fácil. Si no puedo ubicarme con la vista, lo haré con el oído.
Todo se hallaba en silencio, roto éste sólo por la música que sonaba con acordes cada vez más bajos, llegando a su final. Entonces la voz de quien supuso era Atenea, se sobrepuso a la melodía.
—Parece que tenemos invitados.
Y de un momento a otro, el grito de Nick la hizo sacar el arma.
—¡Atenta, Zanahorias!
