LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS


Agradecimientos

ThePhantomPain02: gracias por tu review. Diste en el calvo con lo del por qué de la reacción de Atenea. No es muy difícil descubrir quién es Apolo. Con lo de las muertes, pues deberás leer el capítulo para saberlo y veo que te diste cuenta de la cuenta regresiva. Gracias por leer.

Daniel Shurtugal: gracias por tu review. Aquí se cumplen tus tres temores, y en el próximo capítulo viene el drama. Gracias por leer.

Byakko Yugure: gracias por tu review. Acertaste con lo de los títulos y te agradezco que te hayas pasado por mi fic de Hotel Transylvania, tus comentarios allí son siempre acertados. Gracias por leer.

Alex Fox de Wilde: gracias por tu review. Acertaste con la cuenta regresiva, espero que este capítulo te guste . Gracias por leer.

SirDaniSkyWatcher304: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.

Alicevalentinebwh: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.

armony men: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.

CipherX: gracias por tu review. Espero qeu este capítulo te guste. Gracias por leer.

Jair937: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.

Flame n' Shadows: gracias por tu review. Ahora me diste hambre, jajaja. Gracias por leer.

Belen Rivera: gracias por tu review. Gracias por opinar eso. Gracias por leer.

Cancin: gracias por tu review. A mi me gusta más como "Con te partiró". Gracias por leer.

Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.


XXIV

Mis siete razones

Sabana Central. Lunes, 14 de noviembre, 8:45 h.

Nick observó cómo Artemisa, la loba, sacó una nueve milímetros y apuntó contra ellos, en cambio, la jaguar a la que reconoció del video de la trifulca como Deméter, tenía en sus patas dos cuchillos kukris, y para colmo de males se había inyectado Néctar en sus sistema. Pasaba la vista de la loba a la jaguar, esperando que alguna de esas dos iniciara movimiento. Como ninguna lo hizo, Nick volvió a posar su vista en la nutria, y por lo que veía era rápida, aunque para que lo tomara por sorpresa iba a ser difícil.

—¡Combínense con su compañero! —ordenó el zorro, colocándose contra la espalda de Judy, sin apartar la vista de las tres Olímpicas.

Colmillar se colocó contra la espalda de Osorio, mientras Lobato contra la de McCuerno, todos ellos con sus armas en alto, claro está que tanto Osorio como McCuerno no ayudarían mucho ya que no podían ver en la oscuridad, eso afectaba también a Judy, sin embargo, ella se podría valer de su sentido del oído.

Escucharon un disparo y tanto Nick como el tigre y ambos lobos posaron su vista hacia el origen del sonido. Artemisa tenía su arma en alto y había disparado hacia el techo, mientras tenía una sonrisa socarrona en su rostro. Colmillar y Lobato la siguieron observando confundidos, Nick se serenó y buscó a Deméter y Atenea, pero no las encontró, y ahí fue cuando su mente hizo clic. Por acto de reflejo tomó la pata de Judy y la jaló hacia él; cuando se volteó a verla, notó que Atenea había lanzado una estocada con los cuchillos. Nick se dio cuenta de que si no hubiera reaccionado a tiempo, Judy estaría muerta. Cuando levantó el arma para dispararle, la nutria se fue tan rápido como llegó.

Él comprendió de golpe su estrategia: «nos están separando y atacando en el eslabón más débil.»

—¡Van por los…! —gritó, intentando advertir que iban a por los que no tenían visión nocturna, sin embargo, se cortó cuando escuchó un grito de dolor.

Se volvió y observó a Deméter clavándole ambos cuchillos a Osorio en el pecho, mientras Colmillar usaba su arma como barrera entre la nutria y él. «¿Cómo demonios?» Hacía pocos segundos Atenea había atacado a Judy y ahora estaba arremetiendo contra Colmillar, ¿de tal forma había aumentado su velocidad?

Alzó su arma y disparó contra Deméter, mientras Lobato lo apoyó disparándole a Atenea. Ambas hembras dieron un salto a atrás y se agruparon a unos dos o tres metros de distancia de ellos. Nick observó cómo Osorio se sujetaba la herida, pero a simple vista se notaba que era mortal, tomó a Judy de la pata y la colocó detrás de él.

—¡Formación en línea! —ordenó—. Nuestro objetivo es proteger a los que no tienen visión nocturna.

En unos segundos, Lobato y Colmillar se colocaron a su lado, mientras Judy y McCuerno estaban a sus espaldas. El único que faltaba era Fernández. Lo buscó, encontrándolo con la mirada fija en Osorio, pero no expresaba miedo, preocupación o alguna emoción que reflejaran la situación en la que se encontraban. No supo el porqué, tal vez intuición, pero algo en él le indicó que viera a la loba. Y al hacerlo, notó que ella llevaba un collar con un dije de luna, eso ya lo sabía, entonces ¿por qué tenía esa sensación extraña? Volvió a ver al lobo y le ordenó que se uniera a la formación, mas fue en vano, él seguía viendo a Osorio. La mente de Nick estaba trabajando a más de lo normal: debía proteger a Judy, capturar a alguna de las tres, y evitar que no hubiera más bajas, no obstante, su sentido del peligro le indicaba que había algo más.

Volvió a mirar a Artemisa y fijó su vista en el dije otra vez. «Bien, ese dije la identifica», pensó. Algo que le pareció extraño era el porqué de un collar con un dije, hubiera sido mejor un broche.

Broche.

Esa palabra retumbó en su mente por alguna razón. Miró de nuevo a Fernández y con una pata le indicó que se uniera a la formación, éste espabiló y se dirigió hacia ellos caminando muy despacio. ¿Es que acaso él no tenía miedo a morir? Le hizo señas frenéticamente para que se apurara; pero fue inútil. De un momento a otro detuvo los llamados y se quedó en blanco al ver el pequeño brillo de un broche en el pecho de Fernández, un sujetador de corbata.

No obstante, no captó por completo hasta que reparó en que dicho broche tenía la forma de un sol.

La expresión de Nick pasó de preocupación por la situación a un completo pavor. Miró de reojo a Artemisa y confirmó su pensamiento. Alzó su arma y dio un disparo de advertencia hacia Fernández.

Sus compañeros se sorprendieron ante su proceder.

—¿Qué haces, Wilde? —preguntó Lobato.

—¿Por qué le disparas a Fernández? —le siguió Colmillar.

—¿Qué hizo qué? —dijeron McCuerno y Judy.

—¡Silencio! —ordenó Nick. Todos se callaron en el acto—. ¿No les parece extraño que Fernández esté tan tranquilo? —preguntó a los demás oficiales.

—¿Tú crees que…? —preguntó Judy. Para los demás oficiales esa pregunta se escuchó extraña, aunque para Nick era clara como el día.

—No tengo la menor duda, Pelusa.

—¿De qué hablan? —preguntaron Colmillar y Lobato.

—Miren a Artemisa y luego a Fernández —sugirió Nick, sin dejar de apuntar al lobo—. ¿No se parecen?

—Obviamente, ambos son lobos, es común —dijo Lobato.

—Un momento, Lobato, ambos son lobos árticos —agregó Colmillar.

Nick esbozó una sonrisa entre nerviosa y asertiva. Su teoría era cierta y mientras más la analizaba más fuerza tomaba.

—Exacto, ahora díganme cómo se llama Fernández y cómo se llama Artemisa.

—Augusto Fernández y según lo que sabemos ella, se llama Alejandra Fernández —dijo McCuerno.

Nick apuntó a la cabeza del lobo, mientras éste ni se inmutaba, observándolo tan serio como una estatua de un dios griego.

—Qué casualidad que ambos se apelliden igual, ¿no creen? —ironizó—. Y si aún no captan lo que les digo, respóndanme, Colmillar y Lobato: ¿qué forma tiene el broche que Fernández está sosteniendo en su pata?

Nick, al notar el silencio de ambos oficiales, supo que estaba en lo cierto. Agradeció infinitas veces su astucia de zorro y la suerte con la que disponía, si hubieran dejado que él se uniera a su formación podría haberlos atacado desde dentro y matado como viles escorias.

—Artemisa es la diosa de la luna, ambos tienen el mismo apellido y ambos son lobos árticos, ahora díganme: ¿quién es el gemelo de Artemisa y el dios que representa el sol? —preguntó, victorioso.

—Apolo —musitó Judy.

—¡Bingo! —convino Nick.

—¡Bravo! —se mofó Fernández, dando aplausos sarcásticos—. Veo, Wilde, que es la astucia es de familia.

Nick lo miró confundido, acababan de descubrir su identidad y él no parecía darle importancia. Lo peor de todo era que, al parecer, él sabía sobre su relación con Zeus, cosa que lo hizo enfurecer.

—No me tomes el pelo, bastardo —gruñó Nick por lo bajo, para disparar.

Justo cuando iba a apretar el gatillo recibió un disparo en su arma, haciendo que la soltara, cayendo esta al suelo y girando como un trompo. Volvió la mirada hacia el punto de destino, en el cual Artemisa lo estaba apuntando.

—No creerás que te dejaré matar a mi hermanito, ¿verdad? —desafió ella.

Nick la miró enojado, tenía unas enormes ganas de ir hacia ella, pero la voz de Fernández lo alertó.

—No creo que debas mirar hacia allá, Wilde.

Él volvió en sí, recordando el plan inicial que estaban aplicando con ellos: separarlos y atacar a los más débiles. Y él había caído de nuevo como un imbécil. Lo estaban distrayendo, haciéndolo centrar su atención en Artemisa para así las demás los atacaran; escuchó unos pasos a su derecha y por instinto se giró hacia allí. Pudo observar que Atenea se dirigía hacia él con ambas dagas en alto, pensó en moverse, pero esa nutria se movía endemoniadamente rápido. Antes de poder reaccionar para defenderse, Atenea estaba encima de él, pensó que lo atacaría, sin embargo, de improvisto, ella hizo un giro, ignorándolo por completo. «Yo no soy su objetivo», pensó, con un gruñido.

Era Judy.

Usó su flexibilidad natural, se giró hacia ella y se colocó al frente, protegiéndola; recibiendo en su brazo la estocada de la nutria. El cuchillo penetró muy profundo en su brazo, haciéndolo gritar del dolor y sentir como si le hubieran conectado una terminal eléctrica al mismo, por los rayos de dolor que le subían y explotaban en la cabeza. No obstante, él aprovechó la cercanía para tomar a la escurridiza Atenea por el cuello, con el brazo sano, y estamparla contra el suelo. La mirada de Nick era de una ira pura, tenían que tener agallas para atacar a su Zanahorias con él presente. Apretó el agarré en la nutria y ésta usaba sus pequeñas garritas para intentar liberarse, mientras se movía con frenesí, asemejando a un pez fuera del agua.

Pensó en acabarla ahí mismo, apretarle la tráquea y rompérsela, dejándola morir asfixiada, sin embargo, cuando fue a hacerlo recibió una patada en el mentón que lo desorientó; abrió la pata por inercia y Atenea se pudo liberar. Ésta le sacó el cuchillo del brazo de un tirón, haciéndolo rugir, para luego precipitarse hacia Lobato. Nick se tambaleó, mareado por el dolor en la barbilla como por el de la puñalada en el brazo; como pudo, giró la vista y se dio cuenta de que fue Deméter quien le dio la patada. Atenea y Deméter se dieron una rápida mirada, para luego la jaguar ir a por Colmillar.

El corazón empezaba a latirle mucho más rápido de lo normal, si seguía sangrando no pasaría mucho para que quedara inconsciente. Nick jadeó, con la mirada un poco borrosa: Colmillar estaba resistiendo contra Deméter, Lobato con Atenea y McCuerno de alguna manera se las resolvía contra Apolo.

Todos estaban contra alguien, a excepción de ellos, por lo que…

«¡Artemisa!»

Jaló a Judy y se la llevó con él, poniéndose a cubierto detrás de un muro en la sala, que hacía de barra para una especie de minibar. Miró de nuevo a los demás y vio que Apolo estaba siendo empujado por McCuerno, algo lógico; pero el lobo lo estaba guiando hacia el centro de la casa, miró a Artemisa y la vio con un rifle de largo alcance apuntando al animal. Fernández no se estaba dejando empujar, dedujo Nick, lo hacía adrede para que su hermana ejecutara al rinoceronte. «Su tamaño les está jugando en contra.»

Nick se halló en un dilema: advertirle a McCuerno o alertar a los demás. Si advertía al rinoceronte éste se salvaría, pero la loba les dispararía a Lobato o Colmillar, sin embargo, si alertaba a Colmillar y Lobato de las intenciones de la loba, ella mataría a McCuerno. Viera por donde lo viera, habría muerte. Se serenó un poco y analizó los pros y los contras, mientras rasgaba parte de su pantalón y se hacía un torniquete en el brazo, tratando de parar el sangrado.

Se decidió por la opción con más posibilidades de salir con vida, y esa era alertar a los que tenían visión nocturna.

—¡Colmillar, Lobato resguárdense! —ordenó, gritando por tras el muro.

En cuestión de segundos, los nombrados se resguardaron junto a él detrás del mismo muro, mientras el rinoceronte, desconcertado, giró su cabeza hacia donde oyó la advertencia, trató de ver hacia dónde habían ido los demás, mas fue en vano.

Lo siguiente que se oyó fue un único disparo, rápido, preciso, certero. El cuerpo del oficial cayó sin vida al suelo, ocasionando un ruido sordo. Judy, Colmillar y Lobato, se lamentaron el no poder ayudar a su compañero, sobre todo Nick.

Él les indicó a Colmillar y Lobato que le consiguieran tiempo, mientras ideaba una manera de salir. Ya no era sobre cómo arrestar a Atenea, ahora era sobre cómo salir vivos. Repasó lo sucedido varias veces: primero, la pista que mandaron a la jefatura; segundo, que estén atacado en un lugar sin iluminación; tercero, que estén atacando a los que no poseen visión nocturna; y cuarto, han tenido posibilidades de matar tanto a Colmillar como a Lobato varias veces y no lo han hecho. Eso solo lo lleva a un lado, los quieren separar, más específicamente, quieren separar a Judy. Sería mucho más sencillo matar a Colmillar y a Lobato para luego a él y a Judy, mas no lo habían hecho. Es imposible que en un uno contra uno como hubo hace un momento, Colmillar y Lobato lograsen hacerle frente a ellas, más aún cuando estaban bajo el efecto del Néctar. «Se están conteniendo», dedujo.

Sin embargo, ¿por qué no matarlos a todos y ya? ¿Por qué arriesgarse a que uno de ellos escape e informe a la ZPD la identidad de Apolo? ¿Por qué están jugando con ellos? ¿Por qué? «Vamos, Nick; piensa.» Bien, ya sabía que estaban jugando con ellos, ahora sólo debía averiguar el porqué. Asomó el rostro evitando las balas que venían de un lado al otro y vio que de los cuatro, sólo Artemisa y Apolo estaban disparando. ¿Qué diablos estaba pasando por alto? Pensó que tratar de encontrar el punto de esto era perder el tiempo…

«¡Tiempo, eso es! ¡Ellos están ganando tiempo! ¿Pero tiempo para qué?»

—Wilde, se nos están acabando las balas —le avisó Lobato.

«¿Enserio? ¡Trata tu de descifrar todo esto, mientras yo disparo», pensó molesto, tenía unas ganas de decírselo, pero logro resistirse. Lo menos que quería era que lo desconcentraran, cuando ya de por sí la herida en su brazo le mermaba la energía.

Bien, volviendo al punto: ellas estaban haciendo tiempo, aunque no sabía para qué. ¿Atacarían a la ZPD? No era algo factible, y menos con cuatro miembros envueltos en esto. ¿Atacarían la alcaldía? ¡Menos! ¿Algún homicidio en específico? Era lo más probable; sin embargo, ¿a quién? Lo más lógico sería a algunos de los presentes. Descartando a Osorio y McCuerno, quedaban Colmillar, Lobato, Judy y él. Se descartaba a Lobato porque él no estaba inmiscuido en el caso tanto como ellos tres, quedaban Colmillar y ellos dos, dudaba seriamente de Colmillar, él no tenía tantos problemas con los Olímpicos como ellos, y por proceso de eliminación quedaban ellos dos. Ahora, que sabía que están haciendo tiempo y que querían matar a alguien en específico, faltaba el hecho de hallar a quién en específico querían…

«¡Oh no! ¡No, no, no, no, no!»

—¡Judy, debemos salir de aquí ahora! —apremió Nick, aunque sonó más como una súplica.

—¿Qué sucede?

Nick le hizo un rápido resumen de la alarmante conclusión a la que llegó, lo que hizo que la coneja se tensara en el sitio. Sin importarle nada, asomó la mirada y vio que desde donde estaban hasta la puerta era un trayecto corto, aunque peligroso; salir en ese preciso momento era una muerte segura. Debían distraerlos de alguna manera.

—Nick, creo que ellos están reteniéndonos —alegó Colmillar.

El vulpino lo miró agradecido porque también llegara a la misma conclusión, claro que él sólo había comprendido la punta del iceberg. Con una mirada le dio a entender a Colmillar que Judy y él debían de irse de allí lo más pronto posible. Colmillar, aunque sin saber el verdadero motivo de su actitud, les dispuso a abrirle una oportunidad, susurrándole unas cuantas indicaciones a Lobato y éste no dudó en seguirlo.

Nick lo detuvo en el acto preguntándole lo que iba a hacer, pero en el fondo ya lo sabía, no había que ser un genio para darse cuenta que la única manera de distraerlo era con uno de ellos.

—Dame una razón para dejarte hacer esa locura —exigió.

—¿Quieres un razón? —Sonrió—. Puedo darte siete. —Y salió junto a Lobato.

Apenas ambos oficiales salieron de su resguardo, los cuatro Olímpicos los fijaron como objetivos. Lobato y Colmillar esquivaban las balas, mientras disparaban como respuesta.

Nick aprovechó esto y salió corriendo jalando a Judy, rumbo a la puerta, rogando poder llegar a tiempo.


Sabana Central. Lunes 14 de noviembre. 9:38 h.

Colmillar estaba recargando la pistola con una nueva tanda de balas, mientras veía la espalda de Nick, junto a Judy, corriendo hacia la salida. Le quedaban pocas, sólo diez. Si bien lo que había hecho era suicida, la experiencia jugaba un gran papel: con el record de ambos animales, si ellos tenían una corazonada, lo mejor era apoyarlos y ver a dónde los guiaba. No obstante, Fernández también se dio cuenta de que ambos intentaban escapar, por lo que empezó a ir hacia ellos, pero Colmillar alzó la pistola, posicionó la recámara y le dio un disparo de advertencia al lobo.

Fernández se volteó iracundo, con la pierna chorreando sangre.

—Nunca me des la espalda —dijo Colmillar.

Antes de que se diera cuenta, la jaguar, Deméter, estaba detrás de Lobato. Cuando su compañero logró voltearse, fue atravesado por los dos kukris de su enemiga. Colmillar, con el rabillo del ojo, vio esto y fue hacia él, observando que Lobato, en lugar de gritar de dolor o desmayarse, abrazó con fuerza a Deméter, como un pulpo atrapando a su presa.

Los ojos salvajes de Lobato buscaron los de Colmillar, y al hallarlos la determinación de él le embistió de lleno.

—¡Hazlo! —ordenó.

Colmillar se mostró dudoso, no podía simplemente dispararle al lobo. Era obvio lo que planeaba, inmovilizar temporalmente a Deméter, atrayéndola contra él para que el tigre la matara, pero eso implicaba la muerte de él mismo también, por la cercanía a la que sus cuerpos se encontraban.

—¡Hazlo, maldita sea! —ordenó de nuevo.

Esta vez Colmillar no dudó, disparó una ráfaga de siete disparos, seis de los cuales acertaron en la espalda Deméter. Ella cayó sin vida al suelo, seguido de Lobato, quien con una mirada le agradecía el haberlo hecho, para luego cerrar sus ojos de a poco y no volver a abrirlos más.

—Lo siento —musitó Colmillar.

Ahora la cosa estaba peor, le quedaban tres balas en la recamara de su última arma y estaba solo contra tres. Una bala para cada uno. Pasó con rapidez la vista por el lugar y decidió arremeter contra Fernández ya que él estaba herido, y mientras lo hacía, se repetía en su mente la frase del zorro.

«Dame una razón.»

Esbozó una sonrisa y alzó el arma hacia Fernández.

«Puedo darte siete. La primera: es mi deber.»

Acertó un disparo a la otra pierna de Fernández.

«Segunda: por mis compañeros caídos.»

Acertó otro disparo, esta vez en la espalda baja; por el dolor, Fernández terminó cayendo de rodillas. Cuando iba a darle el tiro de gracia, fue interceptado por un disparo a sus pies. Miró hacia Artemisa y luego cayó en cuenta de que era una distracción, cuando situó su vista al frente, Atenea estaba a centímetros de acertar una estocada. Levantó su pata y la recibió en la palma y le dio una patada amplia para alejarla.

Miró su pata inutilizable y luego a la nutria, para lanzarse contra ella. Le extrañaba el hecho de que la herida no le doliera en absoluto, la adrenalina estaba funcionando a tope.

«Tercera: mi postura. Nunca dejar algo sin terminar.»

Lanzó un golpe con la culata del arma en un intento de aturdirla, pero Atenea la esquivó desviándose hacia un lado. Ella dio un salto y clavó una de sus dagas en el hombro de Colmillar, haciéndolo soltar un rugido de cólera.

«Cuarta: mi orgullo.»

Lanzó un manotón con su pata herida, no obstante, Atenea la volvió a esquivar, girando sobre sí. Se situó atrás de él y clavó la segunda daga en su pierna, haciéndolo hincarse en una rodilla.

«Quinta: mi difunta esposa.»

Soltó su arma y con su pata buena dio un golpe y, otra vez, fue esquivado. Atenea se giró sobre sí de nuevo y se situó al frente de él, sacó la daga en el hombro del tigre y con un giro se colocó en su espalda para clavarla en la otra pierna.

Cayó de rodillas con estruendo, como un cautivo que esperase su verdugo.

«Sexta: mi promesa. Hacer del mundo un lugar más seguro para Sabrina, aunque me cueste la vida.»

Tomó el arma con su pata buena y la levantó contra la nutria. Artemisa le acertó un disparo en su hombro, ocasionando que la soltarla. Atenea sacó ambas dagas de las piernas de Colmillar, las giró en sus garras con destreza y se las clavó en ambas patas, haciéndolo emitir un fuerte rugido de dolor, el cual la adrenalina no pudo acallar. Dicho rugido fue seguido de otros disparos de Artemisa, impactándole en las piernas, brazos y hombros.

Recibiendo un total de siete disparos.

Artemisa caminó hasta la nutria y ambos animales lo vieron con una sonrisa victoriosa.

—Nos serviste de diversión —dijo Artemisa, para luego dirigirse hasta donde su hermano y ayudarlo a levantarse, colocando un brazo sobre su hombro.

Fernández se levantó y junto a Atenea y Artemisa se fueron retirando de la casa, aunque el lobo cojeaba demasiado debido a los impactos causados por el tigre. Colmillar ignoró el dolor que sus hombros, piernas y patas emitían, tomó el arma y le apuntó a Fernández, quien le daba la espalda.

—Séptima y la más importante —gruñó con la voz ronca—: mi hija.

Disparó.

La detonación tuvo un eco enrome que recorrió el silente lugar; el casquillo repiqueteó en la madera del piso. La bala surcó el aire ceremonialmente y atravesó el cráneo de Apolo, matándolo en seco. Ambas hembras se voltearon, sorprendidas, viendo furiosas al tigre, el cual tenía una sonrisa entre burlona y victoriosa. Las vio venir hacia él, pero poco a poco la visión se le iba volviendo borrosa. Cuando se detuvieron a centímetros de él, las oyó decir unas palabras.

—Nos vendrá bien un rehén.

No supo cuál de las dos lo dijo, y cuando intentó averiguarlo, su cuerpo colapsó, hundiéndose en la absorbente y opresora oscuridad.


Sabana Central. Lunes, 14 de noviembre, 9:58 h.

Conduciendo la patrulla a toda velocidad, esquivando autos, peatones, barricadas y todo lo que apareciera, Nick tenía el objetivo claro de llegar a casa lo más rápido posible.

Agradeció infinitas veces a su antigua vida de estafador, ya que por eso se conocía la mayoría de las calles y salidas de la ciudad, logrando así evadir el tráfico de algunas calles, ahorrando más tiempo. Mientras iba desbocado conduciendo, con su otra pata realizaba muchas llamadas, con un sólo pensamiento en mente. «Contesta, por favor, contesta.» Pero lo único que obtenía era el buzón de mensajes.

Llegó a su complejo de departamentos y al entrar notó que Larry, la cebra que era el vigilante, estaba inconsciente en el suelo, con un hilillo de sangre recorriéndole el mentón, lo que hizo tensar más a Nick.

«¡No, por favor, no!»

Subió a zancadas las escaleras para llegar a su departamento, dejando que Zanahorias atendiera a Larry. Cuando llegó a su piso, observó que la puerta estaba forzada.

«¡No!»

Corrió hasta allí y cuando se posó en el umbral, su mundo se derrumbó de golpe.

—¡Meloney!