LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS


Agradecimientos

Daniel Shurtugal: gracias por tu review. Pues sí, los Gigantes atacará de noche, este capítulo habla de eso. Huehuehuehue en cuanto a Ceo, pues deberás leer el capítulo :v. Gracias por leer.

Byakko Yugure: gracias por tu review. ¿No más sobresaltos? ¡Ja! El sobresalto de este capítulo va de la mano con tu corazonada y desconfianza. Espero que te guste este capítulo. Gracias por leer.

Alex Fox de Wilde: gracias por tu review. Me alegra que te guste, en parte es por Duke, obvio, pero por otro lado pues... debes leer el capítulo para saber. Gracias por leer.

armony men: gracias por tu review. Me alegra que te guste, espeto que este capítulo sea de tu agrado. Gracias por leer.

Sin mas que decir los dejo con el capitulo.


XXVII

Cuatro sucesos

En algún lugar en los límites de Distrito Forestal. Viernes, 18 de noviembre, 22:56 h.

La noche era fría, pero el viento que soplaba traía humedad. No se oía ni el más pequeño ruido, los insectos no se hacían presentes, como si hubiesen presentido lo que arremetería. La tupida vegetación del distrito evitaba que la luz de la luna iluminara por completo, creando así zonas oscuras y zonas con luz, intercalándose entre ellas.

Todo estaba preparado y listo. Nick había visto cómo Judy daba los últimos detalles a Bogo a través de un intercomunicador que ambos llevaban. El suyo estaba a una frecuencia distinta al de ella, o mejor dicho, a la frecuencia que debían estar.

Habían planeado cada detalle de la operación. Judy y él les habían dado a la jefatura los pasos y las instrucciones exactas que Ceo les había dictado. Según los planes de Ceo y Mnemósine, la mansión de Los Olímpicos estaba resguardada por ocho animales, repartidos entre los puntos cardinales y las esquinas de la misma. Por lo que deberían eliminarlos silenciosa y rápidamente para evitar que alguno de ellos diera la alarma y vinieran los demás. El número concreto de animales era desconocido, pero oscilaba entre los treinta y los setenta, si no es que más. Los grupos se dividirían en tres: ataque, distracción y búsqueda. También había un grupo extra el cual no intervendría directamente en la batalla, sino que estarían de soporte: Judy y Agrio, la cabra.

El grupo de ataque estaría conformado por los animales más robustos y fuertes: Polibotes, el tigre; Hipólito, el zorro robusto; Toante, el rinoceronte; y los osos polares gemelos, Efialtes y Gratión. Ellos se encargarían de eliminar con la ayuda de los Soportes a los ocho animales, así como también de mantener ocupados a los que llegaran a cambiar el turno. En pocas palabras, serían la carnada.

Los de distracción se conformaban por los más certeros y los que tenían su cuenta pendiente con algún olímpico: Damasén, el elefante; Encélado, la loba; Alcioneo, el lobo; y Clitio, la hiena. Ellos cuatro se encargarían de hacerle frente a los cuatro Olímpicos que estaban en la mansión y proteger con ayuda de los Soportes al grupo de búsqueda.

Por último, el grupo de búsqueda, ellos se encargaran de localizar a Zeus y también a los cuatro Olímpicos restantes, dejando que los de distracción se encarguen de ellos; los componían en su mayoría los zorros: Porfirio, Ceo, Mnemósine y Nick, pero iban a ser guiados por Duke, el cual se conocía la mansión de pie a cabeza por haber estado infiltrado tanto tiempo.

El grupo que la tenía más complicada iba a ser el de soporte, es decir, Judy y Agrio. Ellos iban a estar a una distancia considerable de la mansión, ocultos en las sombras con un rifle de francotirador, encargados de cubrir a los grupos restantes. Al inicio, iban a colaborar con el de ataque, ayudando a limpiar la zona. Una vez que los de ataque entablen su riña y entren los de distracción y búsqueda, éstos deberían moverse por la zona, a la vez que reciben las coordenadas de dichos grupos. Y, cuando se separen los de distracción de los de búsqueda, deberían, por todos los medios, proteger a los de búsqueda hasta que den con el objetivo.

El plan en sí se veía sólido y sin aberturas, por lo que hizo pensar a Nick que iba a ser sencillo entrar y localizar a Zeus, pero Judy era otra historia. Aunque algo en él le decía que era demasiado bueno para ser verdad, sumándole que deberán arrestar a los que salgan vivos.

No iba a ser del todo sencillo.

Nick terminó de alistar su chaleco y guardó dos nueve milímetros en su guantera. Iba como todos los demás: llevaba un cuchillo en la pantorrilla, unas cuantas granadas aturdidoras y de humo colgando del chaleco y una MP5 en sus patas. Le parecía un poco excesivo semejante armamento, aunque tomando en cuenta contra quien irían, no podía cuestionar nada. Miró a Judy y ella iba casi igual que él, con la única diferencia que iba completamente de negro y llevaba un rifle de francotirador que la doblaba en tamaño. Los únicos que iban sin armas de fuego eran Encélado, Clitio y Alcioneo. Éste último llevaba una funda larga y ancha en la espalda, cosa que le pareció extraño, pero prefirió no preguntar.

Caminó hacia Judy y la apartó un poco de los demás.

—Zanahorias —susurró—, ¿segura que todo está listo?

—Segura, Nick —respondió, levantándose los lentes de visión nocturna, aunque con un tono de incertidumbre que le indicaba que había algo que la tenía pensando—. Informé a Bogo del plan para entrar. Repasamos el plan para entrar a la mansión cuando todo esto termine, rescatar a Colmillar y capturar a los que sobrevivan. No te preocupes, si todo sale como lo planeamos, todo esto llegará a su fin de una vez por todas.

Judy sonrió y se cargó el rifle a la espalda para ir a su posición, tambaleándose un poco. Nick no pudo evitar esbozar una sonrisa al verla retirarse, y una cosa tenía en claro: debía salir vivo, debía terminar con esto, y debía hacerlo por ella y por Meloney.

Se dio la vuelta y fue al punto donde Porfirio estaba dando los últimos repasos del plan a cada uno de sus miembros, cuando vio a Nick, le hizo una seña con la cabeza para que se uniera. Se llevó una pata al comunicador.

—Hopps, Agrio, encárguense de eliminar a todos los que interfieran. —Se apartó el dedo del comunicador y miró con ojos serios a sus Gigantes y a Nick—. Nosotros tenemos una misión: encontrar a Zeus. Si los golpean, regresen el golpe; si los matan… hay que revivir.

Hubo un asentimiento masivo. Luego los miembros del equipo de ataque se levantaron y se dirigieron a la mansión.

Los demás, el grupo de distracción y búsqueda, quedaron agachados tras los árboles y los arbustos de la zona, esperando la señal del grupo que había salido. Durante unos exasperantes minutos no se escuchó más que el silbar del viento. Era tranquilo, incluso se diría que relajante. Ahora entendía la frase que decían los oficiales en la jefatura: «La calma antes de la tormenta». Parecía inaudito, pero era cierto. La calma que se sentía en esos momentos era algo de otro mundo.

De pronto escuchó un zumbido, no uno como de una abeja, éste sonaba más grave como ¡Ffzzz! y luego oyó otros más agudos ¡Fizz! ¡Fizz! ¡Fizz!. Alzó la vista y vio cómo Hipólito, que según lo que le dijo Judy era un primo de Gideon, había dejado listos, de la parte este, a tres animales de los ocho. Unos chirridos salieron de su intercomunicador y recordó que no estaba a la frecuencia que tenían todos. Giró con cuidado el medidor y consiguió entrar en el mismo radio.

—Jefe, aquí Agrio, cayeron los del lado este, Hipólito dio de baja a dos y yo a uno. Gratión y Efialtes van por el lado norte. —dijo Agrio, con la voz serena, como si hiciera eso todos los días—. Polibotes va por lado sur, debería poder verlo. —Nick alzó la vista y, en efecto, el tigre estaba caminando a gachas, cubriéndose con los arbustos—. Toante va por el lado oeste, está a dos metros de contacto, debería…

¡Ffzzz! Otro de esos zumbidos graves. Giró su vista hacia su origen y vio que fue Judy; estaba tendida en el suelo, con la mirada fija en la mira y del cañón del arma salía un tenue y fino humo.

—Aquí Hopps, cayó uno, lado oeste, esquina inferior —informó Judy por la línea—. No se divisan más.

Nick esperaba ansioso, sus garras repiqueteaban en la tierra sin emitir sonido.

—Jefe, aquí Polibotes, no se divisan enemigos en el lado sur. ¿Seguro que deberían estar porque…?El tigre no pudo continuar ya que una ráfaga de disparos sonaron en el lado norte.

Todos se pusieron alerta, eso no estaba en el plan. Debían haber limpiado la zona sin causar mucho ruido, ¿entonces por qué esa ráfaga?

—Jefe, aquí Gratión —comunicó la osa polar—. Mataron a Efialtes, nos estaban esperando cuatro por este lado. ¡Si van a entrar entren de una vez! ¡Polibotes, ven ahora y cúbreme!

Todos los de distracción y búsqueda se vieron con seriedad y luego posaron la vista en Porfirio, el cual estaba con una expresión serena, tenía el ceño levemente fruncido, pero por lo demás se le veía como siempre. Pasó un minuto, que le parecieron años a Nick, hasta que Porfirio habló.

—Agrio, dime tu posición —pidió por el intercomunicador.

—Veinte metros al este de la mansión.

—Muévete al norte y cubre a Gratión y a Polibotes. Toante, haz lo mismo. Su deber es impedir que entren a la mansión, es obvio que pidieron refuerzos, así que aguanten.

—Pero jefe y quién los va a cu…

—De eso me encargo yo —terció Judy.

Le lanzó una mirada socarrona a Nick, pero éste no la comprendió. Miró a los demás miembros y les susurró.

—Espero que estén listos para la que vamos a armar allí dentro.

—Como en los viejos tiempos —dijo Ceo.

Los demás dieron un asentimiento y Porfirio les indicó con un ademán que salieran.

—Gigantes, hora de ganarnos el sueldo.

Todos salieron corriendo en cuatro patas directo a la mansión. Nick se quedó extrañado por unos segundos, luego les siguió el paso, claro que corriendo en dos. No comprendía por qué iban de esa manera hasta que una bala le pasó rozando la oreja. Ahora lo entendía y decidió imitarlos, se le hacía complicado correr de esa manera, aunque mientras más lo hacía, su cuerpo parecía responder por sí solo.

De un momento a otro empezaron a aparecer lobos en todas las direcciones. ¡Los refuerzos habían llegado! Miró al frente y reparó en que ninguno de los presentes aminoró el paso, ni siquiera les prestaron atención, sólo tenían un objetivo: llegar a la mansión. Vio cómo una sombra se proyectó cerca de él y al girar la vista notó que un lobo estaba por saltarle encima, fue a tomar su arma y… ¡Fuizz! Un disparo surcó el aire y el lobo cayó inerte al suelo. Su comunicador chirrió y escuchó a Judy reprendiéndolo.

¡¿Qué te dije, Nick?, que yo me encargo!

Nick no contestó, sólo siguió avanzando. Lo lobos que se colocaban frente a ellos caían unos tras otro, luego de los silbidos de la balas del rifle con silenciador de Judy. Uno, dos, tres, cinco, siete, caían como moscas. ¿Desde cuándo Judy manejaba así un rifle? ¿Acaso no era su primera vez usando un arma así?

—¡Damasén, desgraciado! ¿Acaso vienes por más? —gritaron desde el este.

Todos giraron la vista hacia la voz y Nick reconoció al animal. Un tigre con un arete en forma de serpiente que llevaba en sus patas una arma de alto calibre y tenía puesto un grueso chaleco antibalas. El mencionado se detuvo en seco y les dio la espalda, mientras iba a grandes zancadas hacia Ares.

Eso extrañó a Nick. ¿Cómo sabía Ares que iría esa noche? Más aún, ¿cómo sabía que irían por esa misma dirección exactamente?

Corrieron hasta la entrada de la mansión e ingresaron a la misma. Una vez adentro, todos se pararon en dos patas y mantuvieron sus armas en alto y sentidos atentos. Duke se puso al frente de ambos grupos y empezó a guiarlos a través de la enorme casa.

Caminaron hasta llegar a la sala, aunque par Nick, llamarlo propiamente sala estaba de más. Era un enorme salón, como tres veces más grande que su departamento, en el centro del mismo había una gran escalera estilo victoriano, como un castillo; a cada lado de las paredes laterales había tres puertas de madera que, según Duke, eran pura fachada. La verdadera puerta para ir al interior de la mansión, o sea, a donde se hacía todo, estaba debajo de la enorme escalera.

—No se separen de mí —les advirtió—, esta mansión es como un laberinto; hecha en específico para mantenerse a resguardo por si, como ahora, eran asediados.

Con paso cauteloso, fueron hacia la escalera y dejaron a Duke actuar. Sacó de sus ropas uno sus cuchillos kukris e introdujo la punta en la cerradura, a la vez que con su pata libre metía su garra, a modo de ganzúa, para intentar abrirla.

Nick veía algo ansioso a sus alrededores, todo estaba demasiado calmado. Sólo se oían los disparos de afuera, nada más. Y eso le daba mala espina. Escuchó un pequeño crujido de madera y sintió cómo alguien lo empujó contra el suelo. Antes de alzar la vista, oyó un choque de metal contra metal, y cuando alzó la mirada, se percató de que la loba gris, Encélado, cruzó golpes con Atenea. Ambas se miraban a los ojos con una sonrisa en el rostro.

—¿Qué demonios? —soltó Nick, levantándose rápido. Si no hubiera sido por Encélado ahora estaría muerto.

La loba gris y la nutria dieron un salto atrás y se quedaron viendo, fijas. Nick pudo apreciar que Atenea llevaba sus mismos cuchillos cortos que tenía la última vez, en cambio, Encélado tenía unos mucho más grandes. Eran totalmente curvos, parecían un colmillo, y el mango se ajustaba a la pata de ella: ¡Cuchillos Sheller! Sólo los había visto una vez en su vida, y eso fue en la academia. «No cualquiera domina un Sheller, y quien lo hace es ridículamente peligroso, más aún si su especie es predilecta a su uso. Si se encuentran con alguien así, su única oportunidad de salir vivos es huir», le había dicho su entrenadora hacía tanto tiempo. Nick tragó grueso, Encélado los sabía usar, y peor aún, paró una estocada de Atenea, cosa que él no pudo en su momento.

—Lourdes, cuanto tiempo, cariño —dijo Atenea, burlona—. ¿Aún sigues enojada por lo que pasó? Sólo perdiste una empresa y unos cincuenta o setena millones, poca cosa.

—Alison… —gruñó Encélado, apretando los Sheller—, ¿lista para hacerte rodajas?

Ambas hembras soltaron una risotada y se lanzaron contra la otra. Las estocadas iban y venían; Encélado peleaba como si fuera un boxeador, y, combinado con los cuchillos, daba miedo con sólo verlas. Pero Atenea las paraba con sus pequeños cuchillos cortos, generando unos sonidos espantosos. ¡Crac! ¡Zuish! ¡Crac! Si la nutria no la paraba con una estocada, los evadía grácilmente girando sobre sí misma.

Nick, estupefacto, veía cómo peleaban, no movía un músculo. Golpe, estocada, patada, estocada, golpe, estocada. Estaban parejas, pero en un descuido de Atenea, Encélado le dio un corte en la cara, dejándole una perfecta línea que iba desde la frente hasta la mejilla derecha. Atenea se echó hacia atrás y sacó una píldora de Néctar, se la comió y luego de unos segundos se lanzó contra la loba. Ahora la cosa estaba inclinada a favor de la nutria, saltaba de aquí para allá, se apoyaba de las columnas, y objetos pesados para impulsarse hacia la loba. Los destellos iban y venían contra Encélado, que ahora solo podía defenderse.

¡Crac! ¡Crac! ¡Crac!

Atenea no paraba de atacar, mientras Encélado sólo podía cubrirse y aguantar. Escuchó cómo la puerta detrás de él se abrió con un ¡clic! y Duke les indicó que entraran.

—¿Qué? ¿Acaso no van a ayudarla? —preguntó Nick, apuntando hacia donde las dos hembras.

—¡Ja! —se burló James—. Yo quiero mantener mi espectacular figura intacta, Nicholas. Además —agregó, esta vez con un tono muy serio—, si me metiera, ella no sólo se molestaría, probablemente me mataría. Es cuestión de orgullo, no creo que lo entiendas. —Retomó su estado burlesco—. Bien, ¿quién tiene hambre?, yo quiero un zorro a la parrilla, a uno que le daré unos tiros bien merecidos.

Nick decidió no discutir e ingresó por la puerta, seguido de los demás. Ya nada más quedaban dos de los distractores: Clitio, la hiena y Alcioneo, el lobo. Una vez estando todos adentro, Duke entrecerró la puerta y siguieron caminando.

Era un pasillo de unos cinco o seis metros de largo, las ventanas dejaban colar la poca luz de luna que llegaba, dejando zonas iluminadas y otras en completa oscuridad. Giró su vista hacia una de las ventanas y observó que Polibotes, el tigre, estaba solo contra cinco lobos, y a lo lejos se escuchaban aullidos, indicando que venían más en camino. Siguieron caminando hasta que el corredor se dividió en dos; una puerta a la derecha y una a la izquierda. «¿Qué clase de retorcido construyó esta casa?», pensó Nick.

James, Ceo y Mnemósine decidieron entrar juntos por la de la izquierda, mientras los demás iban por la de la derecha. Con un ademán se despidieron y entraron, dejando a Nick con Duke, Alcioneo y Clitio.

—Bien, vamos —sugirió Duke, aunque no muy convencido.

Abrió la puerta y esta emitió un chirrido seco. Entraron y caminaron con cuidado, con sus sentidos alertas. Clitio, quien iba al frente, alzó la pata en señal de que se detuvieran mientras olfateaba el aire. La hiena tenía una expresión seria, analizadora.

—¡Al piso! —gritó.

No tuvo que repetirlo dos veces, porque apenas la hiena tocó el suelo, una serie de disparos pasaron sobre sus cabezas. No eran uno, ni cinco, ni diez, eran veinte lobos los que disparaban. Nick, por acto de reflejo, lanzó una aturdidora hacia ellos, a la vez que cerraba los ojos y se cubría las orejas. Los demás siguieron su ejemplo y lanzaron sus respectivas granadas, a excepción de Duke, quien lanzó una de humo. Luego de la explosión, los cuatro se pusieron de pie y caminaron hacia una puerta a su derecha, pero Alcioneo estiró ambos brazos y les impidió avanzar. Fue justo en el momento exacto, porque una pequeña zorra fennec cayó rozando al lobo.

«¿Es que nadie en esta maldita organización usa armas de fuego?», pensó Nick, al ver que la zorra fennec tenía un pequeño machete en su pata, casi del tamaño de su brazo y en la otra, una larga cadena; y a juzgar por la forma en que se movió, de seguro estaba también bajo los efectos del Néctar.

—Hera —musitó Duke—, ¿por qué de todos teníamos que toparnos con ella?

—¿Por qué? —preguntó Alcioneo, el lobo.

—Ella es… —Duke pensó en qué palabra usar, hasta que se decidió— especial. Es quien se encarga de interrogar a los cautivos.

—¿Los tortura?

—Torturar se queda corto.

Nick tragó grueso, no quería enfrentarse a ella. Tenía dos objeticos en mente en ese momento: encontrar a Colmillar y encontrar a Zeus; y en ninguno de esos estaba perder el tiempo con esa zorra.

Clitio, la hiena, se adelantó a todos y se lanzó contra Hera. A Nick le pareció lo más insensato que vio jamás, él estaba desarmado y Hera tenía una cadena y un machete. ¿Qué iba a poder hacer él?

—Fred Crouch —comentó Hera, mirándolo, evadiendo el zarpazo que éste le lanzó—. Nunca pensé que fueras un Gigante, ¿cuántos tratos no hemos hecho contigo? —Le lanzó un golpe con la cadena—. ¿Tu hermana lo sabe? —se burló.

Clitio atrapó la cadena en el aire y tiró de ella, atrayendo a la zorra hacia él. Cuando la tuvo lo suficientemente cerca, la tomó por el rostro y la estampó contra el suelo.

Nick se quedó sorprendido, ahora comprendió porqué se lanzó así sin más.

—¡Muévanse! —les ordenó a los tres, en su voz había enojo. Tal vez la mención de la hermana, supuso Nick—. Esta zorra es mía.

Nick iba a replicar, pero vio que Hera levantó el machete que tenía en su pata y dio un corte circular hacia Clitio. La hiena la soltó y dio un salto acrobático en el aire, aterrizando un poco lejos de ella. Al ver que Hera se levantaba, éste se lanzó de nuevo hacia ella, dando zarpazos a diestra y siniestra los cuales terminaban parando en el machete de la zorra con un ¡clanc!, ¡clanc!, ¡clanc!

Ninguno de los presentes discutió la orden y se fueron del lugar. La cuestión no era irse, sino que para hacerlo debían cruzar una puerta y en esa puerta había veinte lobos con las armas en alto que, al verlos ir hacia ellos, abrieron fuego. Los tres se refugiaron tras una de las paredes aledañas, sin idear sobre cómo iban a salir de ahí.

Duke metió su pata en su ropa y sacó un pequeño cilindro negro. Nick lo miró con curiosidad, dispuesto a preguntarle, aunque el lobo se adelanto.

—¿Es lo que creo? —preguntó Alcioneo, arqueando una ceja.

—¿Qué comes que adivinas, mi estimado? —respondió Duke, sonriendo—. La lanzaré hacia ellos y cuando lo haga, corremos hacia la puerta a nuestra derecha. Si estoy en lo correcto, debería llevar a una escalera por la cual llegaríamos a la segunda planta.

Alcioneo desplazó su peso de una pata a la otra.

—Me parece muy macabro eso, Eurito —dijo—; una granada de clavos es muy vil. —Hizo una pausa y sonrió—. Me gusta.

Duke sonrió.

—Veo que el alias te viene como anillo al dedo, Greyback.

Los dos se sonrieron maliciosos y Duke lanzó la granada. Al momento en que la soltó, les indicó que lo siguieran. Nick y Alcioneo abrieron la puerta de un empujón justo antes de que la granada explotara, dejando oír unos gritos y alaridos detrás de la puerta, de los lobos que habían sido alcanzados.

Tal como dijo Duke, la puerta condujo a una enorme escalera de caracol que llevaba al segundo piso y aún más alto. En la segunda planta había una puerta cerrada. Eso no fue problema para la comadreja quien la abrió en un abrir y cerrar de ojos, mientras Nick y el lobo lo cubrían.

Ingresaron y caminaron por una ladera, sobre el enorme salón principal. Los tres miraron hacia abajo y veían cómo Encélado y Atenea se peleaban con uñas y dientes. La nutria tenía, además de la cortada en la cara, una en el brazo, pierna y pecho, mientras que la loba tenía cortes en lugares específicos del cuerpo: la articulación de los hombros y las muñecas, en las rodillas, incluso una en la clavícula, peligrosamente cerca de la yugular. Sin embargo, esas heridas no aminoraban la agresividad con la que se lanzaban estocadas.

Siguiendo adelante, entraron a otro cuarto que, según Duke, era el salón de tiro. El lugar era espacioso, casi del mismo tamaño que el lugar dónde se habían toparon con Hera. Había infinidad de armas de fuego allí, pistolas, rifles, escopetas, rifles de asalto y demás, lo que le causó una sensación incómoda al zorro. Sólo para asegurarse de que no había nadie escondido por ahí, lanzó una aturdidora al aire, la cual, cuando estaba en el punto más alto, explotó.

La brillante luz cegó temporalmente a Nick y el sonido por poco hacía que le explotara la cabeza. ¿Pero por qué? Se supone que las aturdidoras explotan diez segundo después de que se arrojaban, y con esa no pasaron ni tres. Sintió una pata en su hombro que lo jaló hacia atrás, y seguido de eso escuchó un disparo que hizo eco en la habitación. No podía abrir los ojos aún, pero empezaba a oír con claridad.

—¿Dónde está, Gratión? ¡Se supone que ella debería haber venido! —espetó una voz, la cual Nick reconoció al momento. Era la loba hermana del difunto Fernández: Artemisa.

Pasaron unos segundos más y ahora comenzaba a ver un poco más claro, aunque había manchas que le parpadeaban en los ojos. Miró hacia donde provenía la voz de la loba y sobre ellos, en una tarima, estaba Artemisa, apuntándolos con un rifle de francotirador. Ahí lo comprendió, ella le había disparado a la granada para que explotase antes. No obstante, ¿cómo supo ella que vendría?

—Elizabeth no ha podido venir, lobita —contestó Alcioneo, caminando hacia ella, mientras tenía una pata sobre la funda en su espalda—. Pero yo también tengo asuntos contigo.

Ya con la vista mejor, vio cómo Artemisa miraba intrigada a Alcioneo, y después de unos segundos su expresión cambió a una de sorpresa, para terminar en una de completo éxtasis.

—¡Oh, yo te recuerdo! —dijo, apuntándolo con su dedo—. Tú eres el hijo de Regulus Lestrenge. ¡Claro! Tú eras el mocoso que el protegió. ¿Cómo era tu nombre? Este… Greyback; Greyback Lestrenge. —Soltó el rifle y sacó una nueve milímetros y un cuchillo—. ¿Peleas igual que tu padre, cierto? —Esbozó una sonrisa de completa excitación—. Regulus fue el único que me planteó cara cuando peleamos hace diez años. Magnifico manejo de la espada, aunque algo anticuado. Tu familia es así ¿no?

Nick pudo observar cómo la cara de Alcioneo pasó de seria a enojada en un segundo, y de un momento a otro se escuchó un ¡clong! Al darse cuenta de qué pasaba, el lobo estaba haciéndole frente a la loba: Artemisa había parado el mandoble de Alcioneo, sin embargo, eso no fue lo que lo sorprendió. Primero creyó que era un machete lo que él blandía, aunque que al ver con más detalle, se percató de que parecía una pequeña espada, del mismo tamaño de un machete, pero recta, sin ninguna curvatura; y en su empuñadura había una media luna.

Artemisa levantó la pata donde tenía la nueve milímetros, dispuesta a disparar, pero Alcioneo la paró en seco de un puñetazo en el rostro que la mando un poco hacia atrás. Él aprovechó esto y dio un mandoble de media luna hacia ella; ésta dio un pequeño salto hacia atrás y disparó. Alcioneo se libró colocando la espada entre la trayectoria de la bala y él. Lo que produjo un ¡gong!

Duke jaló a Nick de la camisa y lo hizo seguirle el paso hasta una puerta, esta vez estaba abierta. Según las indicaciones de Duke, ésta llevaba a una especie de sala y, contigua a esa, estaba la sala de interrogatorios, donde a lo mejor tendrían a Colmillar.

Eso fue un golpe de adrenalina para Nick, quien se dispuso a correr junto a la comadreja. Al ver por la ventana hacia afuera pudo ver que Toante y Gratión estaban espalda contra espalda con sus rifles de asalto en alto, haciendo caer a los lobos cercanos; y de tanto en tanto se escuchaban los disparos de los francotiradores.

Iban a buen ritmo, sólo debían girar a la izquierda en la próxima curva y llegarían a la puerta que conducía a donde se supone estaba Colmillar, no obstante, apenas giraron, se encontraron con diez lobos que le cerraban el paso. Giraron para devolverse, pero otros diez aparecieron por la retaguardia. Estaban acorralados.

Se escudaron en los muros cercanos, aunque la veían muy difícil. Detrás del muro, Nick alistó su MP5 y Duke sus kukris.

—¿Listo, Wilde? —preguntó Duke, mirando por sobre el muro.

—Ya veremos. —Nick comprobó que la MP5 no tuviera el seguro.

Salieron. Nick hacia adelante disparando y Duke hacia atrás. El zorro disparó rápidamente y le conectó a tres lobos, dejándolos inertes en el acto, y a un cuarto en la pierna; se volvió de nuevo hacia el muro para resguardarse.

Por otro lado, escuchaba como las balas repicaban en los kukris que llevaba Duke y después los gritos de dolor de varios lobos. Antes de que se diera cuenta, la comadreja estaba a su lado, limpiándole la sangre a ambos cuchillos.

—¿A cuántos? —preguntó Nick.

—Dos, ¿y tú?

—Tres, y un cuarto herido.

—Eso nos deja siete por tu lado y ocho por el mío. Quince en total, no todos llevan armas, unos llevan cuchillos o machetes. —Suspiró—. La veo difícil, Wilde.

—Yo también —coincidió, moviendo la corredera de su arma.

—Esto podría ser lo último.

—Ya. —Lo pensaba, mas no se lo confirmaría, no podía darse el lujo de morir.

—¿Cómo es que dicen en estos casos? —filosofó Duke—. Ah, sí: un placer pelar contigo.

—Igualmente, supongo. —Alistó su rifle y asomó la mirada por sobre el muro.

—¿Cómo que supones?

Nick no respondió, sólo frunció el ceño y salió a la carga cuando vio la oportunidad. Duke lo siguió. Disparó a uno de los lobos que tenía apuntada a la comadreja, eliminándolo. Miró de reojo hacia donde estaba Duke y vio cómo, en tres movimientos, le cortó la garganta a un lobo y, de un tajo, la pata a otro, para luego clavarle el cuchillo en el pecho. Al ver que uno se le lanzó hacia Duke, Nick le disparó y éste cayó inerte, pero notó una sombra que se proyectó sobre él. Giró la vista y constató que un lobo se le abalanzaba encima, supo al instante que no iba a conseguir salir ileso.

¡Ffzzz!

Un destello atravesó la ventana como un rayo, quebrando el vidrio y terminando en el lobo que cayó sin vida sobre Nick, tumbándolo al suelo. Nic ni siquiera pudo sorprenderse como es debido, porque notó que se le venían más lobos encima y abrió fuego para defenderse, liquidando a dos; y vio como uno de los kukris de Duke surcaba el aire y se iba a clavar en el pecho de otro.

Ocho menos, faltaban siete.

¡NICK! ¿Estás bien? —preguntó Judy por el intercomunicador.

Nick no pudo evitar sonreír al oír la voz de ella.

—¿Has sido tú, Zanahorias?

¡Claro, torpe! Por poco y te mueres.

—Pelusa, ¿puedes cubrirnos? —preguntó, desembarazándose del lobo y poniéndose de pie—. Estamos a punto de encontrar a Colmillar, pero estos lobos nos cierran el paso. Sólo son siete.

—Bien, pero trata de situarlos cerca de las ventanas. Mi rango de tiro no es perfecto así que no hago milagros.

—Muy bien, Pelusa.

Los siete lobos restantes se aglomeraron juntos y Nick se colocó al lado de a Duke, quien había sacado el kukri del cuerpo de un lobo.

—¿Has oído, no? —musitó.

—Claro, Wilde. —Asintió—. Ventanas. Lo tengo.

De los siete lobos sólo quedaban tres con armas, y los demás con cuchillos e incluso con sus garras. Sería algo sencillo. Salieron del muro y dispararon. Nick acertó a la pierna de uno de los que iban desarmados y Duke aprovechó para dar el golpe final. Se le abalanzó uno a la comadreja, pero para desgracia del lobo, se situó muy cerca de la ventana y ¡Ffzzz!, una bala atravesó el vidrio y lo detuvo en el acto, cayendo sobre los cristales rotos.

Faltaban cinco.

Nick disparó a los dos que tenían armas y éstos quedaron inertes en el acto. «Ahora sólo quedan tres, todos sin armas.»

—¿Puedes, Duke?

—¿Quién te crees que soy? —preguntó ofendido—. ¡Claro que puedo!

Nick le asintió y salió corriendo rumbo a la puerta. Le dio un empujón, mas esta no se abrió, sólo emitió un crujido; con otro golpe se abriría, se dijo. Vio una sombra sobre la puerta y al voltear, un lobo, con una mirada certera, lo tacleó tan fuerte que lo hizo chocar contra la puerta y dejarlo aturdido.

—¡Nick —sonó la voz de Judy por el comunicador—, tendrás compañía!

Volviendo en sí, sacudiéndose el mareo, se dio la vuelta y con su arma le dio un disparo al lobo que tenía sus garras encima de Nick. Cuando cayó inerte al suelo, formando un pequeño charco de sangre por la herida en el cuello, el vulpino se llevó una pata al comunicador.

—La compañía —jadeó, adolorido—, ya vino.

Se giró hacia la puerta y de un empujón más fuerte, se abrió con un estrépito. Tal como dijo Duke, tras esa puerta se encontraba Colmillar; atado a una silla, con impactos de bala en los brazos y piernas, un colmillo quebrado y un ojo amoratado. La sangre le brotaba de la frente a mares, así como también de las heridas en las extremidades; y su uniforme tenía rastro de quemaduras.

Corrió hacia él y con cuidado lo desató. Las muñecas estaban cubiertas de sangre seca y el tigre tenía un preocupante color pálido por debajo del pelaje. Al desatarlo, se vino sobre él y a duras penas Nick pudo contener su peso, con las piernas temblándole; al final, varios segundos después, Nick se desplomó. Como pudo, se salió de debajo de Colmillar, para luego intentar arrastrarlo hacia la pared. Debido al peso del tigre, no pudo, por lo que con mucho esfuerzo lo volteó, colocándolo boca arroba y le checó el pulso: era débil, demasiado débil. Su respiración era entrecortada.

Le dio varias palmadas en el rostro.

—Vamos, Colmillar, no te mueras. —Le dio otras palmadas—. No puedes dejar sola Sabrina.

Tomó su intercomunicador.

—Zanahorias, encontré a Colmillar. Está en estado crítico. Si vas a llamar a la ZPD, hazlo ahora.

—No puedo llamarlos ahora —le informó, con la voz agotada—, ¿y si los Olímpicos y Los Gigantes se alertan y se retiran?

—No lo harán. —Esperaba tener razón—. Todo va de acuerdo al plan, el grupo de distracción está enfrentando a cada Olímpico. ¡Dile a Bogo que venga, Colmillar está que no la cuenta!

—Está bien. —Hubo un tiempo de duda—. Cambia de frecuencia cada cinco minutos para que estés al tanto. Y Nick…

—¿Qué?

—No mueras.

El intercomunicador dio un chirrido y el sonido se cortó.

Nick dio un suspiro y cortó con su cuchillo una parte de su uniforme. Haciéndole un torniquete a Colmillar en cada una de las extremidades, evitando que el sangrado continuase. Iba a salir para ver cómo estaba Duke, pero escuchó unos disparos a su derecha. Al otro lado de la pared. Acercó el oído al muro y escuchó nuevamente otra ráfaga de disparos.

Preocupado por saber qué pasaba tras esa pared, tanteó la zona en busca de alguna puerta que condujera hacia el otro lado. Pero solo había un estante a su lado. Le pareció estúpido, aunque quizá, sólo quizá, existiese una especie de pasadizo. Empezó a mover todo lo cercano a esa pared hasta que reparó en una inscripción en el borde del estante en una delicada caligrafía. «ME ABRO AL CIERRE».

¿Me abro al cierre? ¿Qué diablos significa eso? Escuchó que Colmillar dio un leve tosido y eso lo alertó. Debía sacarlo de allí rápido o el moriría. «Un momento…» ¿Morir? ¡Eso es un cuarto de tortura! ¿Sería que «cierre» significaba morir? No tuvo tiempo de analizarlo, porque otros disparos sonaron tras la pared. Pasó la vista por los libros que había en el estante hasta que dio con uno que en cuyo lomo ponía: Memento Mori.

¿Qué era lo que significaba eso?

Escuchó otros disparos tras la pared y puso su mente a trabajar a mil por hora. Recordaba que esa frase la escuchó una vez de su madre, ¿pero qué era lo que significaba? Cerró los ojos y trató por todos los medios de recordar.

—Nicholas, ¿otra vez con ese libro? —le había dicho una vez su madre, en un tono con una ligera reprimenda.

—Pero mamá, me gusta mucho —le había respondido.

—Nicholas, ese libro es de tu padre. No es propio que estés leyendo algo así, la guerra no es algo para un niño tan pequeño. —Se lo había quitado y lo colocó bajo su brazo.

—Mamá, ¿qué significa eso? —Apuntó hacia el título.

—Eso es una palabra en latín, Nicholas. «Memento Mori». Significa: «Recuerda que puedes morir».

Nick abrió los ojos de golpe, recordándolo.

—¡Bingo!

Tomó el libro con ese título y escuchó un sonido mecánico, como de engranajes, para luego el estante moverse un poco hacía la izquierda, abriendo el suficiente espacio para que él pasara. Atravesó la abertura sin mirar atrás, y con su arma en alto, con sólo tres balas en la recámara. Corrió por un angosto pasillo y salió a una habitación con el techo arqueado, como una cúpula. Vio que su tío James estaba tras una columna, resguardándose de alguien, pero no vio enemigo alguno.

—Tío James —lo llamó.

El aludido movió una oreja, indicando que lo había escuchado, pero no volvió la mirada puesto que estaba ocupado recargando su arma. En eso apareció Ceo, unos metros alejado de James. Nick le levantó la pata tratando de captar su atención.

—Tío Jacob —llamó—, ¿qué sucede? ¿Quién los ataca?

Ceo se giró hacia Nick, sorprendido, y fue hacia él con una sonrisa, pese a la situación en la que estaba. Caminó hacia su sobrino y Nick hizo lo mismo, pero antes de llegar, escuchó un disparo.

Sintió su brazo caliente y después como si fuera de plomo. Lo miró y vio un líquido espeso y carmesí brotar de él. ¿Quién lo hirió? ¿Cuándo? Miró hacia el frente y vio a Ceo con el arma en alto y la expresión seria, apuntándole.

—Llegas a buen momento, Nicholas —dijo, con la voz gélida—. Hubo un cambio de planes.

Todo quedó un silencio mientras se mantenían las miradas fijas. Nick aún no procesaba lo que acababa de pasar y lo siguiente que oyó fue el sonido de un disparo.