LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS


Agradecimientos

Sin mas que decir los dejo con el capitulo.


XXVIII

Tres promesas

Distrito Forestal, Mansión de los Olímpicos. Sábado, 19 de noviembre, 00:07 h.

Nick se quedó helado al comprender que quién lo hirió fue su propio tío. Peor aún, que había planeado todo el ataque a la mansión. Ahí cayó en cuenta sobre porqué todo salía mal: que los estuvieran esperando cuatro lobos por el lado norte, por donde inicialmente entrarían; que Artemisa estuviera esperando a Gratión y no a cualquier otro en el salón de tiro; que los lobos aparecieran en los lugares por donde se suponía nadie estaría.

Ceo los había traicionado.

Miró a los ojos al zorro y este tenía una sonrisa victoriosa, como si hubiese ganado el juego y todo estuviera decidido.

Los rayos del dolor empezaron a hacerse presente; tenía un brazo herido, aunque eso no le impediría defenderse. Soltó su rifle de asalto y tomó con su pata buena una de las dos pistolas que llevaba, en la guantera derecha llevaba un revolver, mientras en la izquierda una nueve milímetros. Sacó la nueve milímetros y la alzó, sólo que no le iba a dar tiempo de disparar antes que Ceo.

Ceo levantó su arma, apuntándole a la cabeza, iba a ser su final, Nick lo supo al momento en que comenzaba a elevar su arma para apuntarle, pero sonó un disparo al fondo. La bala fue a parar al hombro de Ceo, quien volvió en sí y le lanzó una mirada homicida a James. Al parecer, la prioridad de Jacob era matarlo a él, porque se olvidó de que James estaba allí también. Nick miró de soslayo a Porfirio y vio que éste le hacía ademanes para que se resguardara su lado, sin embargo, Nick de reojo vio que la hija de Ceo, según recordaba su alias era Mnemósine, estaba casi sobre James, empuñando un cuchillo.

En un acto de reflejo, Nick apuntó el arma contra la zorra, pero no le alcanzaría el tiempo. Cuando pensó que no llegaría, vio un destello de luz y un ¡crac!, de metal chocando contra metal. Al momento en que pudo ver mejor qué fue lo que pasó, constató que quien había parado el golpe de Mnemósine fue Duke. La sorpresa que causó la repentina aparición de la comadreja en ambos zorros, les sirvió de oportunidad a Nick y James para ponerse a resguardo. No sin antes conectarle a la zorra un disparo en la pierna.

Después de eso, Nick, James y Duke se escondieron tras el muro.

—¿Qué sucede? —le preguntó Nick a James, recostados contra el muro. Nick se hacía un torniquete con un trozo de uniforme para evitar el sangrado—. ¿Por qué nos traicionaron?

James le miró.

—¡¿Tengo cara de saberlo?! —espetó, con el ceño fruncido—. Los muy malditos me intentaron matar hace rato. Ni siquiera sé cómo me salvé de los dos disparos y logré salir ileso.

Nick asomó la vista por el borde del muro y propinó disparos hacia Ceo y Mnemósine; estos no llegaron a destino.

—Nicholas —reprendió James—, no les darás así de simple. Necesitamos una distracción o algo para que bajen la guardia. —Se giró hacia Duke, suspirando—. Gracias, Duke, me acabas de salvar el pellejo.

Duke sonrió burlón.

Al oír eso, a Nick le llegó una idea: las granadas de humo. Hubiera preferido las aturdidoras, pero ya había gastado las dos que llevaba; una con los veinte lobos cuando enfrentaron a Hera y la segunda cuando se encontraron a Artemisa.

—¿Sufren de asma? —preguntó, cansado, con una sonrisa valiente en el rostro.

—¿Cómo que si sufro de…? —Duke alzó la cabeza paulatinamente formando una perfecta «O» con los labios al ver la granada de humo en la pata de Nick—. Ya veo.

Hubo un corto silencio y después James habló.

—Nicholas, su prioridad es matarte. Irán por ti de seguro, así que serás la carnada —planeó—. Lanzarás la granada y saldrás. Independientemente de a quién te encuentres, lo atacarás. Mientras tanto, nosotros te cubrimos. Ustedes dos trataran de ir por Mnemósine y yo por Ceo, ¿entendido?

—Hubiera preferido ir yo por Ceo —masculló Duke—, pero bueno.

Nick lanzó la granada y una pantalla de humo negro cubrió la recámara y Nick fue el primero en salir.


Era una casa pequeña, pero reconfortante sin lugar a dudas. Había una zorra entrada en años, con los ojos verdes y con una que otra cana comenzándole a salir en el rojizo pelaje, a causa del duro trabajo que tuvo que pasar. Su rostro mostraba arrugas marcadas y unos inicios de ojeras bajo sus hermosos ojos. La zorra adulta se encontraba en una antigua máquina de coser, muy gastada y amenazando con dañarse, poniendo así en riesgo el único sustento de la familia.

—Mamá, ¿cuándo llegará mi tío?

La zorra dejo por un momento lo que hacía y con una sonrisa cariñosa se dirigió hacia el pequeño que la llamó. Cualquiera pensaría que sus arrugas y su expresión siempre preocupada, causarían que la sonrisa sea perturbadora, aunque era todo lo contrario. Causaba una sensación de protección y amor.

—Nicholas, se paciente. Las mejores cosas tardan en llegar —dijo ella, con la voz cansada, aunque lo suficientemente afectuosa para que no se notara.

El zorrito asintió sin decir nada y se sentó al lado de ella.


Los otros dos se lanzaron hacia la pantalla después de Nick. Duke siguió al zorro quien fue por la derecha, mientras James por la izquierda. Al salir de la pantalla, se toparon con el objetivo del otro, es decir, Nick con Ceo y James con Mnemósine. Ambos zorros se vieron a los ojos y sin mediar palabras, entendieron lo que harían: iban a ser la carnada del otro.

Ceo, al notar la cercanía de Nick y Duke, levantó su arma con la pata herida, mientras que con la buena, sacó el cuchillo de su pantorrilla y lo blandió hacia el zorro. Duke lo interceptó con sus kukris. Nick miró de reojo hacia donde estaba James y vio que éste daba pequeños saltos hacia atrás, evadiendo las estocadas de Mnemósine; se le veía complicado porque ella se movía fluidamente, pareciera que estuviera viendo a una Atenea en versión zorro.

Nick le dio una mirada a Duke y éste captó su significado: ayuda a Porfirio, Ceo es mío. Él asintió e hizo algo que sorprendió al zorro, le dio uno de sus kukris. Nick lo tomó e hizo lo mismo que Ceo, se enfrentó a él de la misma manera, un arma en una pata y un cuchillo en la otra.

La primera estocada la lanzó Ceo, y Nick pudo detenerla en seco. Le costó; sí, pero le pudo seguir el ritmo, y mejor aún, atacó repetidas veces, tantas que al zorro no le dio oportunidad de levantar el arma y realizar un buen tiro.

Ceo, al ver que no podría disparar debido a los repetidos intentos de Nick en conectarle un golpe, arrojó su arma al suelo y sacó un segundo cuchillo.

«Ya veo de dónde lo aprendió la hija», pensó Nick. En ese momento sus probabilidades eran bajas, así que optó por imitar a Ceo. Guardó el arma en la guantera y sacó su cuchillo de la pantorrilla. Ahora tenía un cuchillo corto y uno de los kukris de Duke. Se puso en guardia. Aunque no tuviera experiencia luchando de esa manera, debía intentarlo o terminaría en rodajas. De algo le tendría que servir el entrenamiento en la Academia.

—Tú no peleas con armas blancas, Nicholas —comentó Ceo, lanzándose contra él.

El choque de los metales produjo un sonido chirriante y molesto. Ceo lanzó una estocada, Nick la paró y desvió el peso del golpe hacia un lado. Él aprovechó esto y dio un rápido golpe, imitando el estilo de pelea de Encélado: guardia alta y movimientos rápidos, como un boxeador. «No estás peleando con cuchillos, son guantes, piensa que son guantes, Nick. Si pudiste con el hermano menor de McCuerno, podrás con él», pensó.

Lanzo una tanda de golpes hacia el zorro. Izquierda, derecha, arriba, abajo, de lado. Pero Ceo los detenía todos, y por lo que Nick notó, le estaba costando bastante seguirle el ritmo.

—Así pelea Encélado —gruñó Ceo, lanzando un tajo que Nick esquivó—, no tú.

Nick sonrió son sorna y lanzó otro ataque.

—Yo también juego este juego —dijo, cuando sus cuchillos chocaron.

Nick miró de reojo hacia donde James y Duke, observando que estaban a nada de reducir a Mnemósine. Sólo debía aguantar hasta que ellos la eliminaran y vinieran a echarle una pata, porque mientras más luchaba con Ceo, más se daba cuenta de que no le podría ganar; el zorro tenía muchas más experiencia que él.

Duraron así unos cinco minutos hasta que Nick notó que Duke le daba el último golpe a la zorra. Clavándole su propio cuchillo en el pecho. Mnemósine cayó al suelo sujetándose el pecho y después de unos espasmos, no se movió más. Bien. Ya eliminaron a uno, ahora debían echarle una pata. Evitó una estocada de Ceo, agachándose, y con un giro se colocó de frente a James, ocasionando que Ceo le diera la espalda a Duke y Porfirio.

El zorro le dio una mirada a Nick y éste captó: ¡agáchate!

Se agachó como si fuera a darle un golpe al mentón al zorro. Ceo cayó en la finta y creyó que lo iba a golpear, pero no se dio cuenta de que a su espalda James lo apuntaba con un arma.

¡Bang!

Un solo sonido.

Con un disparo estridente que generó un eco macabro en la recámara, el cuerpo de Ceo cayó al suelo con un ruido sordo, con un único impacto en la cabeza, certero y letal.

James y Duke se acercaron a Nick y le echaron una última ojeada a Ceo, inerte en el suelo. Duke le checó el pulso sólo por si acaso, mientras James se lamentaba por haber hecho eso, después de todo, era su hermano. Sin embargo, Nick sabía que no podía dejar que lo mataran. En cambio, Nick no sintió nada, podría ser su familia, pero simplemente no sintió nada. Sólo era un zorro muerto más. Un traidor, sí, aunque al fin de cuentas, un muerto más.

Sin perder el tiempo, Duke les indicó que lo siguieran, el plan inicial aún seguía en pie: encontrar a Zeus. James miró la hora en su reloj de mano y al hacerlo la expresión le cambió por completo, parecía preocupado, bueno, más de lo normal. El zorro aceleró el paso y Nick y Duke también. Llegaron a una puerta, la cual al atravesarla los llevó a un pasillo con el techo arqueado. Las ventanas daban hacia afuera, se podía ver con claridad a Agrio y Judy moviéndose de un lado a otro, apoyando a los demás animales. Eso hizo que un escalofrío le recorriera la columna vertebral a Nick, y una duda le surgió en la mente. ¿Zeus habría podido ver a los francotiradores? Era obvio que sabía del plan de ataque, quizá le haya ofrecido una suma de dinero más fuerte a Ceo, pero…. Alto, ¿si él estaba al tanto del plan, sería posible que no esté en la mansión?

Eso le produjo un inquietante nerviosismo, sin embargo, era lo que veía con mayor lógica. ¿Por qué quedarse en la mansión y arriesgar su vida sabiendo que la atacarían? Sin quitar esa duda de su mente, siguió a James, quien a su vez estaba siguiendo a Duke.

Antes de darse cuenta, terminaron recorriendo el segundo piso de la mansión y no dieron con Zeus. La duda de Nick estaba resonando cada vez más fuerte y eso lo preocupaba bastante. Duke los guió hasta una escalera de caracol, blanca como las nubes, subieron corriendo por ella hacia el tercer y último piso techado de la mansión. El cuarto piso era la azotea y era improbable que Zeus estuviera allí.

El comunicador de Nick emitió un chirrido y éste cambió la frecuencia. Al hacerlo, la voz de Judy sonó en la línea.

—Nick, toda la ZPD viene en camino, y cuando digo «toda», es toda. Procura salir de allí lo más rápido posible. Tienes máximo veinte minutos, así que apúrate; y no me respondas, no podemos arriesgarnos a que se den cuenta.

Oyó otro chirrido y la línea se cortó.

Nick suspiró mientras recorrían el tercer piso. Por un lado se sentía confiado, la ZPD vendría y sacaría a Colmillar de esto y, si el tigre tenía suerte, saldría vivo. Pero por el otro estaba angustiado, ya que Zeus no aparecía, y si la ZPD formaba un enfrentamiento allí (lo que era lo más probable), los Gigantes terminarían muertos o arrestados, y eso supondría un punto a favor de los Olímpicos. Debía encontrar a Zeus, de una buena vez.

Recorrieron el tercer piso sin éxito. Ahora estaba claro, Zeus no estaba en la mansión. Así que, poniendo en riesgo toda la operación, Nick le indicó a James que sacara a los Gigantes que sobrevivieran del edificio. Su tío asintió con firmeza, y en sus ojos había una mirada que Nick no supo identificar. ¿Nervios? ¿Gratitud? ¿Qué?

Porfirio le indicó a Duke que los guiara por los mismos lugares en donde se quedaron los del grupo de distracción. Él asintió y apuró el paso.

Devolvieron los pasos cruzando los mismos lugares. Al llegar a la recamara con cúpula donde quedaron los cuerpos de Ceo y Mnemósine, escuchó una disculpa murmurada de James, y ante eso, Nick no pudo no sentirse mal por la muerte de su tío y prima.


La puerta sonó con brusquedad, no había un timbre que les indicara que habían llegado visitas, por lo que debían tocar la puerta con fuerza en un intento de que se les oyera. Nicholas irguió las orejas al escuchar los primeros toques, y después sonrió al reconocer la secuencia: «Los quiero», en código Morse. El zorrito salió corriendo desde su precaria habitación rumbo a la puerta.

Su madre estaba abriendo la puerta, dejando ver al otro lado a un zorro de veintitantos años. Era muy parecido a su madre. Tenía una cara vivaracha que con sólo verla te hacía saber que estar con él iba a ser pura diversión, y unos ojos azules que terminaban de darle un aire de juerguista, pero a la vez de alguien honesto.

—Hola, Teresa, ¿me extrañaron? —saludó, abrazando a la zorra—. ¿Está Nicholas?

El zorrito apenas escuchó su nombre salió desbocado hacia el zorro adulto y de un brinco se abrazó a él, con una notoria alegría.

—Tío James.

James le correspondió el abrazo.

—Hola, Campeón, ¿listo para ir a divertirte? —Le revolvió el pelaje de la cabeza—. Tengo planeado ir al cine y después comer algo, para luego ir al parque de diversiones. Hoy cumples cinco años, Nicholas, y eso hay que celebrarlo en grande.

Nicholas vio cómo su madre sonreía de verdad, cosa que tenía tiempo sin ver desde que su padre se fue hacía poco más de seis meses. Y no pudo evitar sonreír también con todas sus anchas.

—James, cuida bien a Nicholas. —Teresa le dio un beso en la mejilla a Nick, le acomodó un poco la camisa y le sonrió—. ¡Diviértete!

—Déjalo todo en las patas de este atractivo zorro. —James rió—. Volveremos algo tarde, así que no nos esperes despierta.

James se subió a Nick en sus hombros y salió de la casa.

—¿Van a celebrar o se van de juerga? —bromeó la zorra.

El volteó un poco a verla y una sonrisa cariñosa se formó en sus labios.

—Es una treta, Tesoro.


Se devolvieron por el mismo pasadizo y salieron al cuarto donde Colmillar estaba en el suelo, se le veía respirando con dificultad. Nick quería llevarse al tigre de ahí y ponerlo a salvo, pero no había tiempo. Luego pasó algo que nunca creyó posible: James se colocó al lado del tigre y se pasó una de sus robustas patas sobre el cuello, lanzándole una mirada a Nick.

—¡Vamos, Nicholas!, ¿qué esperas? —replicó—. ¡Échame una pata!

Nick asintió entre confundido y sorprendido. ¿Por qué lo estaba ayudando? Peor aún, ¿por qué ayudaba a un policía? Si Nick estuviera en las patas de su tío, lo hubiera dejado allí a su suerte, ¿entonces por qué lo ayudaba?

Ambos zorros, forzando sus cuerpos para poder lidiar, a penas, con el peso de Colmillar, apresuraron el paso, siguiéndole la pista a Duke. Caminaron por el largo pasillo que conectaba la sala de interrogaciones con la sala de tiro y en el trayecto vieron los cuerpos de una veintena de lobos en el suelo. Luego de cruzar ese pasillo, llegaron al salón de tiro y allí vieron cómo la pelea de Alcioneo y Artemisa estaba en sus últimos apogeos.

El lobo tenía varios cortes profundos en el pecho y unos cuantos impactos de balas en las extremidades, pero aún así se mantenía de pie. En cambio, Artemisa, la loba, tenía varios cortes graves en el pecho y uno profundo en la pierna derecha.

Los tres animales se vieron con seriedad, sabían que con Colmillar con ellos no iban a poder librarse de la loba con facilidad, y Alcioneo no iba a durar mucho más. Iban a decir algo, mas Duke se les adelantó.

—Yo lo ayudo.

Los dos zorros lo no dijeron palabra alguna. Sin detenerse de caminar, Nick logró observar de reojo que Duke ya estaba con ambos kukris en el aire, rumbo hacia Artemisa. Alcioneo se percató de esto y, sabiendo que estaba en las últimas, dio un último ataque.

Artemisa, quien vio venir a Duke, apuntó su arma a la comadreja, sólo que no alcanzó a reaccionar ante el mandoble del lobo. Fue un sonido sin efecto, sordo totalmente, y lo que luego se oyó fue algo pesado cayendo en el suelo. Una pata. Alcioneo le cortó de un tajo la pata con la que Artemisa sostenía su pistola.

Ella, enfurecida, lanzó un corte fugaz con la otra pata, en la que tenía el cuchillo, y le dio un tajo limpio a la garganta a Alcioneo. Cosa que le sirvió de chance a Duke para darle una estocada a ella; logró clavarle ambos kukris en ambos hombros.

—Cuando la mates, te reúnes con Gratión y los demás, Eurito —ordenó James.

Ambos zorros cruzaron el salón y dejaron que Duke se encargara, aunque ambos sabían que era muy improbable que la comadreja ganara. Los dejaron atrás y sólo pudieron oír las maldiciones y quejidos de Artemisa: «Maldito Alcioneo, ¡mi pata!», «Hades, miserable traidor».

Bajaron por la escalera de caracol y caminaron hasta un salón en el cual deberían estar luchando Clitio, la hiena, y Hera. Observaron que la pelea entre ellos estaba muy reñida: Hera tenía una pata fracturada y doblada en un ángulo extraño; la otra la tenía con profundos cortes de zarpazos; y de igual manera el cuerpo; uno de sus ojos estaba amoratado en sangre. En cambio, Clitio sólo tenía una herida, pero era una herida grave, su pata izquierda estaba casi cercenada a nivel del codo, lo único que la mantenía unida era una fina piel que amenazaba con desgarrarse en cualquier momento.

Ninguno de los dos zorros decidió intervenir o decir algo. Cruzaron de largo. Atravesaron una puerta y llegaron al pasillo, al mirar por las ventanas vieron que Polibotes estaba a punto de ser sometido por seis lobos. Al noroeste del animal estaban un rinoceronte y una osa polar: Toante y Gratión, los cuales estaban resistiendo relativamente bien contra los lobos que venían uno tras otro. James, sin detenerse, le gritó al tigre que se fuera a reunir con la osa y aguantara. Polibotes hizo un esfuerzo para zafarse de los lobos y corrió en dirección de los mencionados.

El pasillo era largo, demasiado, pero no aminoraban el paso.

—¿Cuánto falta, Nicholas? —preguntó James, con cansancio.

—Ya casi llegamos —respondió de la misma forma; el peso de Colmillar no era necesariamente agradable.

—No me quieras ver la cara, Nicholas —replicó—. ¿Cuánto falta para que llegue la ZPD?

Nick tragó grueso y sintió cómo le aumentaba el ritmo cardíaco. ¿Cómo diablos pudo enterarse? ¿Desde cuándo lo sabía?

—N-no sé de qué me ha-hablas —farfulló.

—¡Carajo, Nicholas! Yo no nací ayer, ¿sabías?

—Alrededor de veinte minutos. —Bajó las orejas.

—¿Dónde está Encélado? —preguntó, con un poco de nerviosismo; los pies de Colmillar se arrastraban por el suelo—. No he tenido noticias de ella.

—¿Por qué?

—Necesito saber, ella no puede morir —repuso con vehemencia.

Nick arqueó una ceja sin dejar de caminar.

—¿Acaso tu y ella? —indagó.

Notó cómo la expresión de su tío pasaba de preocupación a sorpresa.

—¡No! —se sorprendió—, ¿cómo puedes creer que ella y yo…? ¡Ella es como mi hija!

—¿Perdón? —La verdad era que no esperaba esa respuesta.

—¿Celos? —dijo Porfirio, burlón, al ver como Nick reaccionó, para después hablar con seriedad—. Simplemente la cuidé desde pequeña cuando su madre murió. Fue en un trabajo. A los que teníamos que liquidar, se metieron a su casa y tomaron a la madre de ella como rehén, pero no la pudimos salvar. Así que yo me hice cargo de cuidarla. —Hizo una pausa y suspiró—. Puedes llamarlo culpa o remordimiento.

—¿Y por qué me cuentas eso?

James bufó, exasperado.

—¿No es obvio? —preguntó señalando con la cabeza a Colmillar—. Por algo te ayudé con tu amigo. Quiero que me eches una pata para sacar a Lourdes de aquí. Viva.

—¡Tiempo muerto! —protestó Nick—. ¿Si sabías que esto era una trampa de Judy y mía, por qué viniste?

James se encogió de hombros.

—Digamos que trato de enmendarme.

—No le veo sentido.

—No tienes que encontrárselo, Nicholas. Después de todo, fue una promesa que le hice a alguien amado. —Suspiró—. Prométeme algo.

—¿Qué?

—Que sacarás viva a Lourdes de aquí.

Nick dio un suspiro de resignación.

—Muy bien. La sacaré viva de aquí. —Nick toqueteó su intercomunicador y se conectó con Judy—. Zanahorias, necesito que encuentres un lugar donde tengas rango de tiro hacia la sala principal. Allí están peleando Encélado y Atenea, necesito que ayudes a Encélado para que salga viva. ¿De acuerdo? —Hizo una pausa—. Y dime cuánto falta para que lleguen.

El comunicador dio un chirrido, pero no hubo respuesta, sólo le tocó creer que Judy había recibido el mensaje. Nick dio un suspiro de cansancio y no decidió pensar más en el tema. Ahora tenía uno más importante en mente: ¿dónde estaba Zeus?

¿Si no estaba en la mansión, ni en las cercanías, dónde? Escapó, era obvio, aunque eso es muy cobarde hasta para él. Además, eso lo inquietaba, porque sabía que ya había demostrado que cuando se le mete algo a la cabeza nada lo detiene.

—¿Lo sabes, cierto? —preguntó James al ver la expresión pensativa de Nick—. No hay que ser un genio para darse cuenta, Nicholas.

Nick no respondió al momento, estaba sopesando esa posibilidad, mas se negaba a creerla. No quería volver a vivir lo mismo dos veces.


Por lo que Nick pudo notar, era tarde, muy tarde. La luna estaba en su cúspide y las estrellas brillaban con fuerza, podía oír el incesante sonido de los insectos y uno que otro croar de las pequeñas ranas del lugar. Estaba siendo cargado por su tío y entreabrió los ojos, pudiendo reconocer el camino hacia su casa. Escuchó cómo su tío tocaba la puerta y reconoció de inmediato el mensaje «Los quiero». Esa era una de las medidas de seguridad que les había recomendado James luego de que su padre se fuera un día sin razón aparente.

La puerta se abrió con un suave chirrido y escuchó un resoplido. Lo conocía muy bien, era su madre, enfadada, o por lo menos eso aparentaba. Así que optó por hacerse el dormido.

—James, ¿estas son horas de llegar? —regañó la mamá de Nick, a susurros—. Son casi las doce de la noche.

Nick pudo escuchar unas leves risas de su tío.

—Teresa, no me mires así. Sólo le hice pasar a Nicholas el mejor cumpleaños de su vida —se defendió James—. Lo llevé primero al parque de diversiones, como hasta las tres, luego a la piscina de donde salimos a las seis, después de eso fuimos al cine, como hasta las nueve o diez, vimos dos películas. Y por último, fuimos a comer; y aquí me tienes.

Nick oyó otro suspiro, aunque éste era alegre.

—Gracias por eso, James —comentó Teresa—. Pasa, prepararé algo.

Sintió cómo se desplazaba hacia dentro de la casa y luego su tío se sentaba en el único mueble de la sala. El que usaba su padre. Sintió cómo el zorro lo acomodaba en su pecho, acunándolo, como hacía su madre cuando lo llevaba cargado a la habitación.

Después de un momento, escuchó que colocaban una charola en la mesa y servían algo en ellas, probablemente café. Arrastraron un banquito y oyó un peso situarse en él. Supo de inmediato que era su madre.

—Realmente, gracias por ese lindo gesto, James.

—No tienes que agradecerme nada, Teresa —afirmó James—Nicholas es mi sobrino, es lo mínimo que puedo hacer luego de que el miserable de Joseph se marchara.

Pudo oír un suspiro amargo, como melancólico.

—¿Crees que venga por Nicholas? —preguntó la madre de Nick.

—Probablemente —aventuró James.

—¿Tienes idea de cuándo?

—No, Teresa. Pero de algo estoy seguro, él vendrá.

—Me lo suponía.

Hubo otro suspiro, esta vez de James.

—Ya sabes lo que te dije, Teresa —dijo James—. Sólo ábrele la puerta a los que conozcan el código. Cuando salgas, trata de cronometrar cuánto durarás afuera y evita dejar a Nicholas solo por mucho tiempo.

—Lo sé, James. Lo sé.

Escuchó que colocaban una taza en la charola y después que la levantaban. Luego de un momento de absoluto silencio, James se levantó y lo llevó a su habitación. Entreabrió los ojos y vio a su madre llevándose la charola a la cocina.

Sintió cómo James lo recostaba con cuidado sobre la cama y le daba un beso en la frente, para luego susurrar: «Espero que marques la diferencia, querido Nicholas».

Nick no supo por qué, pero esas palabras le dolieron mucho.

Oyó un suspiro algo lejos y con cuidado abrió los ojos, sin que no se notase, y pudo ver a su mamá recostada en el umbral de la puerta de la habitación, aunque no había puerta, era solo un umbral. Ella miró sonriente a James y éste caminó hacia ella.

—Lo encontraré, Teresa —prometió James—. Y me aseguraré que no vuelva a intervenir en la vida de Nicholas.

—Lo quieres bastante, ¿cierto? —preguntó ella, con una pequeña sonrisa.

James sonrió también.

—Como si fuera mi hijo, Teresa.

La madre de Nick suspiró, agradecida, y la sonrisa se le borró; a James también.

—James, es tu hermano, no puedes darle cacería a tu hermano.

—Puedo y lo haré —alegó—. Empezaré a buscarlo hoy mismo. Desde que los Titanes nos separamos cada quién tomó su rumbo y seguirle la pista a alguien es muy difícil. —James se pasó la pata por el rostro, preocupado—. Pero si doy con Océano podré usar su red de información y localizar a Joseph; nada más que espero que no esté muerto.

Hubo un largo silencio en la habitación hasta que Teresa, la madre de Nick, habló.

—¿Cuánto tiempo durarás en eso?

—No lo sé. Días, meses, incluso años —contestó—. Por eso le he dado este gran día a Nicholas, no sé en cuanto tiempo volveré a verlo.

Vio cómo su tío caminó hasta la puerta y le dio un abrazo a su madre, algo borroso, aunque lo pudo identificar.

—Cuídate mucho, Teresa —susurró—, y cuida aún más a Nicholas. Si no hubieras elegido a Joseph, el escenario fuera otro. Si tan solo…

—James, no hay que lamentarse por el pasado. Aunque es verdad, si te hubiera elegido, quizá esto no estaría pasando.

James suspiró y se pasó la mano por los ojos, limpiándose una lágrima que se estaba empezando a asomar.

—Adiós, Teresa. —James volteó a ver a Nick y ambos se vieron fijamente. El zorro le sonrió al darse cuenta que estaba despierto, pero no lo delató. Le lanzó su típica sonrisa burlona y le guiñó un ojo—. Adiós, Nicholas.

Y salió de la habitación.


Caminaron hasta que dieron con la puerta que daba a la sala principal, salieron y vieron que Encélado estaba en el suelo, boca arriba, con múltiples cortadas y heridas, mientras que Atenea estaba sobre ella, sentada a horcajadas, con ambas dagas en alto.

Encélado trató de defenderse, pero las patas las tenía muy débiles y muy heridas como para poder agarrar con firmeza sus Sheller. Nick miró, impotente, cómo la nutria estaba por darle el último golpe y miró de reojo a James, quien ya estaba con su arma en alto.

Su tío se llevó la pistola a los labios y con sus dientes movió la corredera de la pistola, haciendo que una bala se posicionara en la recámara. Una vez hecho, apuntó a la nutria, pero Atenea ya estaba lista.

—¿Últimas palabras? —añadió Atenea.

James a su lado gritó, entre dolido y molesto por, tal vez, no poder hacer nada. Nick quiso ayudar también, pero sabía que si soltaba a Colmillar, no podría volver a levantarlo; su cuerpo no estaba a toda su capacidad, por lo que cargar con el peso del tigre era ya algo complicado. Sin embargo, la puerta principal se abrió con un estrépito y una voz irrumpió en la sala.

—¡Las tuyas!

Atenea se giró hacia la puerta, sorprendida. Cosa que sería lo último que haría, porque varios disparos surcaron el aire con un estruendo y fueron a parar al pequeño cuerpo del animal. Cinco impactos, todos en el pecho.

Nick se había quedado sin palabras, al igual que Encélado y James. Los tres animales mantenían la mirada fija en la puerta y en el animal que había propinado los disparos.

—¡Zanahorias!

Judy sonrió triunfante al ver que llegó a tiempo.

—Nicholas, tengo que reconocerlo —dijo James, con la voz peculiarmente ronca—. Tu coneja tiene estilo.

Nick no pudo evitar sonreír por lo que dijo su tío James. Y tenía razón. Esa manera de entrar así tan de último momento tuvo su toque. Con un ademan de la cabeza, le indicó que se acercara y ayudara a la loba gris a levantarse.

Encélado apoyó su peso en Judy, pero terminaron cayéndose las dos. Judy no iba a poder con ella. Ambos zorros se acercaron y ayudaron a Encélado a levantarse, usando ella como punto de apoyo a Colmillar, inconsciente. James le brindó su brazo libre y ella se apoyó en él; y Nick pudo oír cómo su tío le preguntaba con una voz adolorida, dándose cuenta de que daba pasos con dificultad: «¿Estás bien, pequeña?» Le pareció algo cómico que le dijera pequeña cuando la loba aparentaba unos veintitantos. Pero se dio cuenta de algo más, algo inquietante: Porfirio y Encélado le recordaban a él mismo y Meloney.

Nick le indicó a Judy que los cubrieran mientras ellos salían. Debían llegar a terreno seguro, y si podían, ir a donde James dejó estacionado el vehículo de huida.

Salieron de la mansión a toda prisa, las balas les zumbaban peligrosamente cerca de los oídos. Nick miró hacia su derecha y pudo observar a Damasén y Ares en una riña sin cuartel. Los lobos que intentaban ayudar a Ares no llegaban a destino porque eran eliminados por el elefante, o lo eran por su mismo líder.

Damasén tenía varias heridas en la piel, y la sangre emanaba de ellas, aunque peor estaba el tigre. Ares tenía un brazo dislocado y bañado en sangre, de lejos se le notaba la mandíbula quebrada y una profunda cortada en el lado izquierdo del rostro, le iba desde la frente hasta poco más abajo del pecho. Damasén llevaba la ventaja.

Siguieron corriendo hacia los árboles cercanos, si llegaban allí, podrían ocultarse con la maleza y llegar a salvo al vehículo. Un lobo apareció cerca de ellos. Judy lo detuvo en seco y siguieron corriendo.

Cuando por fin llegaron a la zona boscosa, dejaron a Colmillar con delicadeza sobre el suelo. El transmisor de Nick dio un chirrido y la estruendosa voz de Bogo salió del auricular.

—Hopps, Wilde, estamos a dos minutos del lugar —informó—. Toda la fuerza de la jefatura va en camino. Aguanten hasta que lleguemos. Cambio y fuera.

Nick, sin pensarlo dos veces, habló. No le importaba que Porfirio y Encélado estuvieran allí. Tenía una muy mala corazonada.

—¡Bogo, ¿cómo que toda la fuerza? ¿Quién se quedó en la jefatura?!

El comunicador chirrió de nuevo.

—Wilde. Vamos todos. —gruñó—. ¿Qué entiendes tú por todos? ¡Nadie se quedó!

Nick sudó frío con esa respuesta.

—¡Bogo, Zeus no está en la mansión! ¡Tengo una idea de lo que va a hacer!

La comunicación chirrió y no pudo volver a contactarse.

Nick miró angustiado a Judy y ella parecía comprender lo mismo que él. Ahora tenían muy en claro lo que había pasado: Zeus huyó de la mansión y esperó hasta que toda la ZPD saliera para él ingresar y liberar a Hefesto y Dioniso, y eso no era lo peor. Lo peor era que, estaba seguro, irían a por Meloney.

Nick le dijo a James de lo que probablemente pasaría y ambos idearon un plan.

A las carreras y precipitado, pero era la única oportunidad que tenían. Cargaron a Colmillar y lo llevaron a donde estaban los vehículos de huida. Subieron al tigre a uno de ellos junto a Encélado, el cual sería conducido por Judy. Su objetivo era, lógicamente, llevar a Colmillar al hospital y luego ir a la jefatura.

Judy miraba confundida a James que daba las órdenes, y Nick le aclaró que el zorro sabía todo desde el principio. Aunque no entendía por qué llegó tan lejos si ya lo sabía. Encélado y Judy asintieron a regañadientes. La loba no quería irse junto a la policía y Judy no quería ir a la jefatura, quería ir con Nick y James.

Porfirio le pidió a Judy que por lo que más quisiera, evitara que arrestaran o mataran a Encélado, prometiéndole que si lo cumplía, él mismo se encargaría de que, tanto Nick como su hija, no salieran heridos.

—James, mas te vale que cumplas —advirtió Judy—. Luego dejar a Colmillar en el hospital y esconder a Encélado, a lo mejor en nuestro apartamento, iré a la jefatura y les informaré lo que vea por el comunicador. —Encendió el motor—. ¡Más le vale no morirse a ninguno de los dos!

James sonrió y le asintió a la coneja.

—Tranquila, Judy. Un Wilde siempre llega hasta las últimas consecuencias. Ese es nuestro defecto fatídico: el rencor. —Sonrió y miró a Encélado, quien estaba sentada en el asiento del copiloto—. Lourdes, Pequeña, lo más seguro es que este sea el final de los Gigantes, así que prométeme una cosa: dime que vas a dejar este mundo y te las arreglarás de otra manera.

La loba no contestó, pero en su semblante tenía la misma expresión que Nick y Judy.

Eso parecía una despedida.

Encélado asintió, firme, sin apartar sus ojos ámbar de los ojos del zorro, y este sonrió.

—Esa es mi chica.

Le hizo un ademán a Nick con la cabeza para que se subieran al auto.

Éste acató, y una vez en el auto, vio cómo su Zanahorias se iba por su lado. Encendió el auto y James se subió en él, mientras revisaba cuantas balas le quedaban en la recámara de su arma. Todo eso, con una sonrisa aventurera en el rostro.


Nick tenía nueve años, volvía de la reunión de exploradores. Tenía los ojos llorosos y llevaba en su pata la camisa de los exploradores, la que con tanto esfuerzo su madre pudo comprarle. Entró a la casa y se fue rumbo a su cama, sin decir o hacer nada. Lanzó su uniforme al suelo y se lanzó a la cama a llorar, llorar de tristeza, de ira, de rabia.

Necesitaba que su tío estuviera allí con él y que dijera algo con ese tono de voz tan despreocupado y a la vez tan alegre, para que le restara importancia al asunto. Pero no estaba, no había vuelto a verlo o saber de él desde la noche de su quinto cumpleaños, cuando habló con su madre en su habitación.

Su madre estaba destrozada, se podía oír cómo reprimía un sollozo y se concentraba en su trabajo. Sin embargo, eso no causó emoción alguna en el zorro. Estaba demasiado abatido como para sentirse mal por hacer llorar a su madre.

Ahí fue cuando aprendió una cosa, la que sería su guía y su credo para su vida.

«Nunca dejes ver a los demás que han logrado herirte».

Dos días después, habló con su madre de lo ocurrido y, al hacerlo, ella trataba de no llorar, pero se le veía que por dentro lo hacía a mares. Después de oír toda la historia, ella esbozó una sonrisa tranquilizadora.

Cuando Nick quiso saber el por qué ella siempre sonreía, pese a la situación, fue cuando aprendió una segunda frase, una que no dejaría que nadie supiera, una que solo sería de él y ella, de ellos dos, de más nadie. Aunque no tenía en cuenta que se lo diría a Judy muchos años después.

«Sonreír ante la calamidad es aceptar que ella te supera, razón por la cual, al hacerlo, aprenderás de ella y lograrás encontrar la forma de superarla, o como menos, evadirla».


Nick arrancó rumbo al hospital donde estaba Meloney, con una horrible verdad en su mente. «Está allí», pensó. Aceleró a todo lo que el auto daba, esperanzado en que llegara antes que él. Miró de reojo a James y vio que aún conservaba esa sonrisa. No supo identificar por qué era. ¿Alegría? ¿Emoción? ¿Nervios? ¿Ansiedad? Parecía un poco de todas esas y por un momento, por un pequeño momento, le recordó a su madre.


Downtown, Central de la ZPD. Sábado, 19 de noviembre, 01:10 h.

Judy ya había dejado a Colmillar en el hospital y las enfermeras ahogaron grito cuando vieron el estado del tigre, diciéndole que era probable que muriera; que el que sobreviviera sería cuestión de suerte.

«Suerte. Ese tigre está bañado en suerte», pensó con una sonrisa.

Después de dejarlo en el hospital, fue a toda máquina a su departamento y dejó a la loba en él. En un principio dudaba de hacerlo. ¿Por qué ayudarla? Sin embargo, James le había dado su palabra de que si ella ayudaba a la loba, tanto Nick como Meloney saldrían lesos. Quizá fueron unas palabras al viento, pero decidió confiar en él. Se estaba volviendo loca, confiar en un mafioso, nunca lo hubiera imaginado.

De allí fue hacia la jefatura de policía y al entrar la notó desierta, incluso Benjamín no estaba. Así que fue directo a la zona de celdas. Bajó unas escaleras hacia una especie de sótano y corrió hacia las celdas donde se alojaban prisioneros importantes. Al llegar allí, su corazón se le cayó a los pies. En esas celdas estaban Hefesto y en la contigua Dioniso, pero esta vez, Dioniso no estaba.

Golpeó la reja de dónde estaba durmiendo Hefesto y este resopló enfadado.

—¡¿Qué quieren? —espetó—, es que uno no puede dormir en paz!

Judy estaba hecha una furia.

—¡¿Dónde está Dioniso?!

—¿Por qué… debería decírtelo? —preguntó con un bostezo Hefesto, sentándose al borde de la cama.

—Si no quieres pasar más tiempo encerrado del que ya estás, te conviene responderme.

El búfalo se pasó una pezuña por el mentón, repasando sus posibilidades. Cosa que irritaba aún más a Judy, estaba más enfadada y exasperada que cuando hablaba con Flash.

Hefesto emitió otro bostezo y bajó las orejas, resignado.

—Se fue.

—¡No me digas! ¡No me di cuenta! —replicó Judy, con sarcasmo—. ¡Déjate de estupideces y dime!

—Oye, ya cálmate, coneja. —Hefesto se rascó la nuca, desentendido—. Se fue, vinieron por él para un encargo, pero yo no quise ir.

—¿Qué; por qué? —indagó Judy, confundida—. Hubieras escapado tú también. ¿Por qué no lo hiciste? ¿Estás loco o es que te fascina tu celda?

—No es eso, coneja —respondió Hefesto, con un resoplido—. La cosa es que… hasta yo tengo principios y reglas a las que me rijo.

—¿Reglas?

Hefesto se encogió de hombros.

—Yo no mato cachorros.

Al oír esa frase, Judy se sintió aturdida. Como si le hubiera caído un balde de agua fría. Salió como alma que lleva al diablo hacia el vestíbulo de la jefatura, rumbo al auto. Toqueteó su intercomunicador e hizo contacto con Nick.

—¡Nick, rápido! ¡Zeus se llevó a Dioniso al hospital! ¡Van por Meloney!


Downtown, Hospital Central. Sábado, 19 de noviembre, 01:35 h.

Nick sintió que su mundo empezaba a derrumbarse al oír el mensaje de Judy. Su presentimiento era verdad. Iban por Meloney. Pisó el acelerador y terminó de recorrer como un piloto de de Fórmula 1 las intrincadas calles de la ciudad que, gracias a que era de madrugada, estaban sin tráfico. Uno que otro taxista por aquí y por allá, pero nada más.

Al llegar al hospital, James levantó los asientos traseros y sacó unos revólveres: dos para él y dos para Nick. Él sólo le aceptó uno porque ya tenía uno. Se bajaron del auto y miraron la fachada del hospital.

James le lanzó una sonrisa aventurera a Nick y preguntó:

—¿Listo para terminar con todo esto?

Nick asintió, y un disparo sonó desde dentro del hospital.

Ambos zorros salieron a correr hacia la puerta, preparados para todo.