LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS


Agradecimientos

Sin mas que decir los dejo con el capitulo.


XXIX

Mis dos grandes pérdidas

Downtown, Hospital Central. Sábado, 19 de noviembre, 1:43 h.

Nick corrió con el revólver en la pata directo al hospital, la cual sería una imagen un tanto perturbadora para cualquier paciente que viniera a hacerse una revisión o algún familiar de visita. El edificio media fácilmente unos veinte metros de altura y tenía cinco pisos de alto y en la cima del mismo, una terraza con un hangar para helicópteros. Un pensamiento preocupante le llegó cuando miró la cima. ¿Zeus usaría ese medio para escapar luego de venir a hacer su cometido?

Corrieron a través de una plaza de autos y llegaron a la entrada principal del hospital que, para desgracia del zorro, estaba cerrada. Ojeó el interior a través de la puerta de cristal en busca de algún animal adentro que abriera, alguna enfermera, guardia, oficial, doctor, mantenimiento, lo que sea. El recibidor era de unos diez metros de ancho, hacia la izquierda había unas escaleras mecánicas que iban a los pisos superiores e inferiores, junto a éstas los ascensores (sólo para doctores y pacientes graves) y a la izquierda, el lugar donde debería estar la secretaria. Pero el sitio parecía un cementerio: solo, oscuro y vacío.

En su desespero por entrar, golpeó con su cuerpo el cristal de la entrada intentando romperlo e ingresar. Sin un resultado positivo, apuntó su arma hacia el mismo, pero una pata lo detuvo.

—¿Eres loco, Nicholas?

Nick miró a James, confundido, y vio que éste bufó enojado.

—¿No me digas que no recuerdas que el vidrio es antibalas?

Nick se sintió estúpido. James tenía razón. Era lógico, después de varios «incidentes» ocurridos cuando él era joven y había delincuentes internados, el alcalde había optado por colocar vidrio antibalas en el recinto. ¿Tan desesperado estaba que olvidó eso? Vale, era comprensible, su hija estaba en peligro de muerte y un zorro maníaco y homicida estaba buscándola para matarla, si es que no lo había hecho ya.

Se espabiló un poco y razonó rápidamente. El hospital estaba cerrado por el frente, obvio, era la una de la mañana. El edificio tenía un total de siete pisos, cinco en la superficie y dos bajo tierra. No tenía sentido que el hospital estuviera completamente cerrado, por lo que debería haber una entrada. «¡La de Emergencias!»

Bien, ya tenía un punto de partida, lo problemático era que dicha entrada estaba en el segundo piso bajo tierra del recinto. Es decir, debía rodear el edificio y encontrar la rampa para autos y ambulancias que llevaban a dicho pabellón.

Le explico sobre la entrada a James y éste comprendió en el acto.

—¿Qué esperamos? —dijo— ¡Muévete, muévete, muévete!

Salieron como alma que lleva el diablo y rodearon el hospital, buscando con frenesí la entrada.


Había pasado un año, Nick tenía diez. Ese día sería el último en que vería, oiría y recibiría un abrazo de su madre.

Era de mañana, faltaba poco para el mediodía y la puerta sonó. Automáticamente Nick giró la vista hacia la puerta y se levantó para abrirla, pero su madre lo detuvo alzando la pata, sin decir palabra. Esperó hasta que volvieron a tocar y ahí se percató de que no podría ser su tío James, quien ansiaba que fuera. No había ese código con el que él tocaba la puerta, diciendo «Los quiero» en código Morse.

Su madre se llevó su dedo índice a los labios, indicándole que no hiciera ruido, mientras se asomaba en el ojo mágico que había en la puerta, instalado hace año y medio. Cuando miró, se volvió hacia él, angustiada. Con unas señas le indicó que se escondiera en el baúl que había allí mismo, donde guardaban la ropa sucia.

Nick obedeció y se escondió. La puerta volvió a sonar esta vez con más fuerza, pareciera que la fueran a derrumbar. La madre de Nick le dio un beso en la frente y con una sonrisa le dijo «Te amo, Nicholas», y cerró la tapa del baúl.

Nick solo podía ver por la rendija de la llave del arcón, lo máximo que podía ver era hasta la cintura de su madre. Escuchó la puerta abrirse y entraron tres animales; un tigre, una zorra fennec y un zorro rojo.

Vio que su madre se quedó quieta en el acto y el tigre, tras una orden del zorro, empezó a caminar por la casa. Estaban buscando algo o a alguien y Nick supuso que sería a él, por lo que se puso ambas patas en la boca para no emitir ningún sonido.

El tigre pasó varias veces peligrosamente cerca del baúl, pero por suerte, no se le dio por revisar en él.

—No hay nada —informó el tigre.

Nick vio cómo el zorro movía el pie, inconforme. Escuchó un golpe y su madre estaba de rodillas en el suelo. La habían golpeado.

—¡Donde está! —espetó la fennec, mirando iracunda a la madre de Nick—. ¡Entrégalo, él lo necesita!

Quería salir a ayudar, aunque ¿qué podría hacer? Era solo un cachorro. Miró impotente a su madre en el suelo y ella cruzó la mirada con él. Sintió cómo si se hubiera comido una piedra y algo se le trababa en la garganta. Su madre le sonrió dulcemente con los ojos cerrados (la última sonrisa que vería) y se levantó.

—Nunca tendrás a Nicholas —dijo.

El zorro chasqueó los dedos y se retiró, siendo seguido por la zorra fennec y el tigre. Nick suspiró aliviado, pensando que ellos se irían, sin embargo, el tigre se dio media vuelta y sonó algo muy fuerte. Como si algo explotara dentro de un contenedor metálico. Sería la primera arma de fuego que oiría, y su madre cayó hacia atrás con un ruido sordo en el suelo.


Pasaron tres minutos exactos, los cuales se le hicieron eternos a Nick. Corrió como un demonio por la rampa de acceso. Se tropezó varias veces y en una de esas por poco se cayó, pero por fin llegaron a Emergencias.

Entraron con sus armas en alto y vieron que dentro todo estaba vuelto un caos. Animales corrían presas del pánico, algunos se escondían bajo los muebles de espera o se acurrucaban en las esquinas, otros se tiraban al suelo. James le pidió la dirección de la habitación de Meloney y éste se la dio: piso cuatro, habitación treinta y dos. Su tío asintió y fue rumbo al ascensor.

Nick, por otra parte, fue hacia una gacela en la recepción del pabellón y le preguntó si había visto a un zorro de mediana edad muy parecido a él, acompañado de un oso. Temerosa, la enfermera asintió y le empezó a dar detalles:

—Vi-vino preguntando p-por una paciente —gimoteó—. Dijo q-que era familiar suyo. Y que venía a d-darle una última visita porque iba a irse de viaje y…, y…, no quería irse sin despedirse de su n-nieta.

Nick gruñó enojado. El descaro de Zeus era enorme. ¿Venir a visitarla? ¿Su última visita? Ahora no tenía el más pequeño ápice de dejarlo vivo. Iba a hacerlo sufrir.

Se dio media vuelta y fue rumbo al ascensor, pero el único que había lo estaba usando James y no podía darse el lujo de perder el tiempo a esperar que regrese. Las escaleras. Atravesó la puerta como un rayo y empezó a subir los escalones de a zancadas de tres. De algo le serviría su condición física.

Cuando le faltaba un piso por subir, escuchó disparos. No uno, no dos, varios. Un fuego cruzado. Eso lo puso aún más nervioso, si se libraba un enfrentamiento, que ya estaba pasando, en el piso, alguna bala perdida podría parar en Meloney.

«¡No! Eso no va a pasar. ¡Cálmate!»

Aunque era más fácil decirlo que hacerlo.

Llegó al cuarto piso y de una patada abrió la puerta y entró con el arma en alto. El pasillo era de unos seis metros de largo y se bifurcaba al final en dos más, formando una T. Corrió hasta que llegó a la división y vio lo que sucedía.

Hacia el lado derecho estaban varios oficiales, uno inerte en el suelo y otros dos, novatos por lo que pudo reconocer. Una loba ártica y un leopardo, Lupa y Seymour. A la derecha de ellos, cubriéndose con el muro de la recepcionista de ese piso, estaba James recargando el arma. A su izquierda estaba un oso que Nick reconoció a la primera. Con el que todo esto comenzó: Héctor Bearline, Dioniso, y al lado de éste estaba Zeus, analizando la situación y buscando un hueco para poder huir.

El problema no era que ambos Olímpicos estuvieran allí, sino que también por ese mismo pasillo estaba la habitación donde se encontraba Meloney. Para la suerte de Nick, ambos oficiales y James estaban disparando tan coordinados y cubriéndose que no le daban chance a Zeus o Dioniso para salir. Pero era cuestión de tiempo para que encontraran una brecha.

Debía intervenir. Podía tratar de llegar a la habitación de la pequeña, aunque a juro debería pasar al lado de Zeus y eso es una muerte segura. O podía juntarse con los oficiales y su tío y así mantener a raya a Dioniso. Ambas, opciones débiles. Nada garantizaba que algún plan funcionase.

Optando por el lado más prometedor, fue rumbo a los oficiales, quienes le hicieron un espacio de tiempo para salir. Nick aprovechó el momentáneo lapso de tiempo y se lanzó hacia James. Una vez al lado de éste, notaron con horror cómo Zeus también aprovechó ese lapso y emprendió a correr hacia las habitaciones. Ambos zorros dispararon al animal, sin embargo, Zeus se movía en zigzag para evitar las balas y justo antes de girar en la esquina derecha y perderse, les lanzó una sonrisa macabra como diciendo: «Van tarde, imbéciles».

Cuando Zeus se perdió de la vista, Nick trató de salir, pero Dioniso reanudó la balacera. Una le pasó silbando por encima y lo obligó a volver a su puesto. Estaban sin tiempo y sin opciones. No podían salir o terminarían muertos por una bala, y en cuyo caso de que a Dioniso se le terminara la munición, su contextura sería un impedimento. Empezó a disparar cuando el oso asomaba el cogote intentando darle, mas al último momento se escondía y la bala rebotaba en la pared. Y luego escuchó algo que le heló la sangre.

—Se nos acabaron las balas —avisó Lupa.

Nick volteó a verla y tanto la loba como el leopardo estaban sin munición. Miró a James y éste le pidió su otro revolver porque también se había quedado sin munición. «¿En serio? ¡¿Ahora nadie tiene balas?!» Sin dudarlo le dio el revólver al zorro, quedándose así con la nueve milímetros que tenía… realmente no sabía cuántas balas le quedaba y no podía revisar, sería tiempo perdido.

Escuchó una maldición del oso y supuso que también se había quedado sin balas. Era su oportunidad. No tuvo que decirle nada a James porque este pensó lo mismo que él. Cuando se disponían a salir, sus vagas esperanzas se disiparon en un suspiro. Dioniso se había comido una píldora de Néctar y se les quedaba mirando con una expresión desafiante como diciendo: «¿Quién se atreve?».

Nick conocía en carne propia los efectos del Néctar en Dioniso, un solo golpe, bien dado, con la pata podría romperle las costillas, por lo que no podía lanzarse así de buenas a primeras y tampoco podía hacerle lo mismo a los novatos. Se pasó una pata por la cara y la desesperación empezó a jugarle a mal. Estaba comenzando a respirar demasiado rápido, corriendo el riesgo de hiperventilarse y desmayarse, que ahora era un lujo que no podía darse.

James le tocó el hombro y le mostró una píldora de Néctar.

—¿De dónde? —preguntó Nick.

—Se la logré arrebatar a Ceo cuando me di cuenta de que me traicionó, fue mucho antes de que me fueras a ayudar.

—No pensarás…

—Pues sí, tú debes llegar a donde tu hija. Aunque yo quiera saldar cuentas con el bastardo de Joseph, es tu hija. Tú debes ir.

Nick dudó por un momento, y luego asintió. Porfirio… no, James, tenía razón. Debía ser él quien fuera. Cuando estaban planeando la manera de salir, un destello negro pasó a gran velocidad cerca de Dioniso y le dejó un corte en un ojo. El oso rugió con fuerza y lanzó un golpe al aire, mientras con la otra pata se sostenía la cara.

Ambos zorros y oficiales se quedaron estupefactos ante la escena. Una mancha de la mitad del tamaño de Nick había herido al oso. Cuando miró con más claridad, notó que no era una mancha, era un animal cubierto por una capucha negra. Ambos supieron de inmediato quién era, y era algo que no se podían creer. El animal sonrió y levantó una pata donde se dejó ver un cuchillo alargado, y doblado un poco en la mitad: un kukri.

—¿Me recuerdas?, Big D

Dioniso rugió y lanzó un golpe hacia el animal. Éste lo esquivó y corrió hacia Nick y los demás. Se recostó contra el muro y empezó a jadear notoriamente cansado.

—¿Qué diablos haces aquí, Duke? —preguntó Nick, sorprendido.

—Vine a… echar una… pata —jadeó y Nick pudo notar que su pata izquierda estaba sangrando a mares.

—¿Pero por qué?

—Escuché por el comunicador… que Dioniso estaba libre y… yo tengo un asuntito con él…

Ambos, James y Nick, se dieron una mirada y asintieron, sabiendo qué hacer. Le dieron la píldora a Duke y él la comió. Por un momento Nick creyó que su cuerpo la rechazaría, mas no fue así. Los efectos fueron muy notorios en él. La sangre empezó a reducirse y salía en menos cantidad, sus ojos se movían como si tuviera mucha cafeína en el sistema, y sus garras toqueteaban el mango de uno de los kukris con mucho frenesí.

Antes de que Nick le dijera algo, Duke salió como un demonio. Su risa sonaba perturbadora y lanzaba cortes al oso como si no hubiera un mañana. Esa sería la manera de que ambos zorros cruzaran.

Corrieron y ambos se las arreglaban para cubrirse las zonas importantes y evitar que Duke le diera un corte en las mismas. Giraron a la derecha en una esquina y vieron que al fondo Zeus le daba golpes con su cuerpo a la puerta del cuarto de Meloney. Había olvidado por completo la seguridad del cuarto: triple cerrojo reforzado. Sin embargo, pese a que la seguridad de la puerta sea buena, las bisagras no tanto, la puerta en sí no aguantaría mucho, estaba empezando a sonar con crujidos, se partiría en cualquier momento.

—Cuando entremos, céntrate en la pequeña, Nicholas —dijo James—. Yo me ocupo de Joseph.

—Pero tío James yo iba a…

—¡Pero nada, Nicholas! Yo tengo mi razón.


Pasaron horas, Nick lloraba en silencio sin ánimos de salir y ver lo que ya sabía. Su madre había muerto.

Escuchó la puerta otra vez y por un momento le entró miedo, un enorme miedo, pero luego reconoció el sonido. «Los quiero». Era James. Como no hubo respuesta del otro lado, volvió a tocar; sin respuesta. Esta vez se escucharon golpes fuertes contra la puerta hasta que la misma cedió.

Pudo oír un grito ahogado y luego vio por la rendija cómo James se agachaba y repetía incesantemente la palabra «no». Con cada repetición la voz se le quebraba y ahogaba cada vez más.

Seguido de él, entró otro zorro, este era mucho más viejo que James, y le colocó una pata sobre el hombro.

Nick llamó a su tío desde el baúl, y el que lo abrió fue el otro zorro. Al verlo mejor, se le hizo parecido a James, tenía la misma expresión despreocupada que su tío, con arrugas marcadas en los labios causadas de tanto sonreír, pero todo eso era ensombrecido por un ceño fruncido.

—Hola, Nicholas —saludó el zorro, con una voz tan gruesa que parecía un locutor—. Lamento que tengas que ver eso —dijo, pasándole una pata por la cabeza.

—¿Qui-quién eres? —gimoteó Nick.

El zorro mayor esbozó una sonrisa, la cual si no hubiera estado opacada por el ceño, se hubiera visto alegre, pero esta tenía el efecto contrario: mostraba preocupación.

— Soy tu tío-abuelo, Océano.

—¿Te llamas como el agua?

—No, pequeño. Es solo que mi nombre es el mismo del causante de todo esto, y no quiero que me guardes rencor por eso.

—Yo no te odiaré por eso —dijo Nick, limpiándose las lágrimas, mientras veía de soslayo a James, que estaba con la cabeza sobre el pecho de su madre, llorando en silencio.

El zorro esbozó una sonrisa entre pesada y alegre.

—Me llamo igual que mi sobrino, Joseph Wilde.

Se le quedó mirando al zorro y de reojo miró a James, con su cabeza reposando sobre el pecho de su madre, y pudo oír unas palabras. Un juramento. «Me vas a pagar esto, Joseph. Lo pagaras con sangre».


Nick no decidió discutir, sólo asintió.

La puerta cedió y vio cómo Zeus entraba apurado al cuarto. Al momento entraron Nick y James. Cuando Nick entró, se le cayó el alma a los pies. Sabía lo que vería, pero aún así el impacto fue igual de duro.

Meloney estaba conectada a un monitor de frecuencia cardíaca y un respirador artificial. Tenía varias agujas en sus bracitos que le suministraban los distintos medicamentos y sueros para su recuperación. Tenía cables por doquier para las distintas máquinas que la ayudaban. Sintió los ojos cristalizárseles, aunque mantuvo la compostura. No era momento para dejarse llevar por las emociones. No ahora.

James le disparó a Zeus y el zorro se movió en dirección contraria a Meloney. Nick aprovechó esto y logró ponerse al frente de la pequeña. Zeus quedó arrinconado contra la pared y James estaba a dos pasos de Nick. Ambos con sus armas en alto apuntándole al zorro.

Ninguno decía nada. Nick miraba cada tanto de reojo a Meloney, en cambio, James no apartaba la mirada de Zeus.

Zeus levantó ambas patas al aire, en tono burlón. En una de ellas llevaba un revólver.

—Bueno… ¿qué tenemos aquí? —sonrió y se pasó el arma de mano en mano—. Mi hermano y mi hijo en mi contra. No es muy justo que digamos.

Nick gruñó enojado, James se mantenía atento.

—¿Justo? —escupió—. ¿Qué sabes tú de ser justo?

—Oye, oye, te me calmas un poco, James —soltó Zeus—. Nadie te mandó a encariñarte con Teresa ni con Nicholas.

—¡Cállate, miserable! No mereces hablar de ella. —El revólver temblaba en la pata de su tío.

Zeus rió con sorna.

Nick estaba al tanto de todo, esperaba una oportunidad para cobrárselas. El intento de asesinato de Judy que terminó con Stu herido. El ataque a Meloney y muchas cosas más.

James y Zeus mantenían la mirada fija en el otro. Esperando que alguno de ellos hiciera el primer movimiento, para poder matar al otro. Zeus se pasaba su arma de una pata a la otra, como un ladrón lo haría con un cuchillo, sin quitarse esa sonrisa de superioridad del rostro.

—¿Creen que me tienen atrapado? —dijo—. Admito que han sido una piedra en mi zapato; ambos, pero hay varias maneras de zafarme de esta. Digamos que… —Lanzó una mirada furtiva hacia Meloney y Nick lo comprendió al momento.

—¡Nicholas! —gritó James.

No hubo más palabras. Nick ya se estaba abalanzando sobre Meloney para protegerla, la abrazó contra su pecho cuidadosamente, tratando de no desconectar ningún cable, sensor o aguja, y cerró los ojos. Cuando la tenía abrazada, hubo destellos.


Habían transcurrido dos años desde todo lo ocurrido. Nick tenía doce.

Se había ido a vivir con James desde ese día fatídico. Vivía en una casa en las afueras de Zootopia. Había oído unas riñas en la cocina por lo que se decidió a bajar y oír. En el lugar se veían dos sombras hablando, una de ellas sentada y otra alterada, moviéndose hacia todos lados y levantando los brazos de tanto en tanto.

Al principio no se entendía nada de lo que decían porque casi ni se escuchaban, ya que había una pequeña radio con una música sonando, una que se sabía de memoria debido a las muchas veces que sonaba en la casa. Expresaba cariño, aflicción, consejo…

It´s not time to make a change
Just sit down, take it slowly
You´re still young, that´s your fault
There´s so much you have to go through
Find a girl, settle down,
If you want you can marry
Look at me, I am old, but I´m happy

La música se detuvo cuando la sombra sentada estiró el brazo, pudiendo Nick entonces escucharlos.

—James, debes apartarte del cachorro —dijo la sombra sentada, por la voz lo reconoció, era su tío-abuelo.

—¿Como me pides eso, tío? —espetó la segunda sombra, James—. Yo le juré a Teresa el mismo día que Joseph los dejó que si le pasaba algo a ella, yo cuidaría de Nicholas.

—Pero tú respóndeme algo —comentó—: ¿quieres que Nicholas termine como nosotros?

Hubo un largo silencio.

—No. Quiero que él crezca apartado de todo esto —aseguró, con un nota de voz afligida, como si le doliera proseguir—. Se lo juré a ella, a la única que amé. Iba a proteger a Nicholas, pero sobre todo, evitaría que el pequeño se adentrara en este mundo.

La sombra de Joseph se levantó de la silla, afincando su peso en su bastón. Se acercó a James y le puso la pata en el hombro.

—James, querido sobrino —dijo—. Las decisiones correctas siempre son dolorosas, y por más que quieras permanecer al lado de Nicholas, por más que lo ames como a un hijo, tienes un deber aún mayor. Velar por su futuro y evitar que termine como nosotros. Si tanto amabas a Teresa, entenderás que es lo correcto. Y por más que odie decírtelo, porque yo también quiero al pequeño, debes… debemos separarnos de él.

Nick, quien no comprendió el trasfondo de la conversación, terminó comprendiendo otra cosa, pensó que se iban a deshacer de él porque ya no lo querían, creyó que era una carga para ellos.


Disparos.

Cuatro disparos.

Uno atrás del otro.

Lo primero que pensó Nick fue en él, pero no sentía dolor o el calor que le sigue al dolor del disparo. Nada. Aterrado, miró a Meloney, pero ella también estaba sana. ¿Entonces a quién le…?

Miró hacia atrás y no pudo ver a Zeus, al contrario, vio a James de espaldas a él y con los brazos extendidos, sirviéndole a ambos de pared animal. El zorro se tambaleó un poco y Nick pudo ver cómo Zeus salía corriendo hacia la puerta. Se levantó de Meloney con cuidado y fue a ayudar a James.

El zorro tenía cuatro impactos: uno en el lado derecho del pecho, dos en el abdomen y uno en la pierna. Se tambaleó hacia atrás y se recostó sobre el barandal de la cama. Soltó el arma y se retenía la sangre de las heridas.

Nick fue hacia él. Las emociones estaban vueltas un torbellino dentro de sí. Gratitud por haberlos salvado; miedo al ver la posición de cada bala; temor porque sabía que esos impactos eran en zonas mortales, pero no instantáneas, llevaría un tiempo para que el zorro muriera; y enojo, un enorme enojo dirigido hacia Zeus.

—¿P-p-por qué? —logró decir.

James sonrió, y al hacerlo un hilo de sangre le corrió por el labio.

—Yo mantengo mi palabra, Nicholas. —Tosió—. Ve por Zeus.

—No puedo dejarte…

—No te preocupes… —jadeó—. Yo no moriré tan fácil.

Aunque dijera eso para calmarlo, Nick muy bien sabía que no sería así, los dos impactos del abdomen decían lo contrario. Uno de ellos estaba situado sobre donde debería estar el hígado y el otro un poco más abajo. Por donde se le mirara eran mortales. Aspiró con fuerza obligando a sus emociones a mantenerse a raya. Le dio un asentamiento a su tío y salió a toda velocidad para perseguir al zorro.

Solo tenía su nueve milímetros consigo, nada más. Eso iba a ser suficiente. Corrió por los pasillos y pasó junto a Duke y Dioniso. La comadreja estaba por darle el golpe final al oso, miró de soslayo a ambos oficiales y notó que ambos tenían un impacto de bala, ninguno mortal, pero hecho para inhabilitarlos. Llegó a las escaleras y subió de a saltos hacia la planta alta del edificio. Estaba en el piso cuatro, le faltaban dos.


Dos meses después de haber oído esa charla entre los dos zorros, Nick alistaba su maleta con las pocas cosas que tenía. El día anterior habían hablado ambos zorros con él y le indicaron que se iría a vivir un tiempo indefinido con un familiar lejano de ellos.

Salió de su habitación y en la sala lo esperaban James y su tío-abuelo Joseph. Se despidió de ambos con un abrazo, aunque fuera por pura formalidad. Nick se sentía rechazado, dolido, y enojado.

Salió de la casa junto a James y fueron juntos a la estación de trenes. Una vez allí, el zorro le dio dinero suficiente a Nick para que pudiera resolverse por unos meses, y después, le iría mandando cada mes. Prometió visitarlo seguido, pero Nicholas sabía que eran palabras vacías.

El tren llegó y una voz femenina anunció por el parlante que los pasajeros abordasen.

James se agachó al nivel de Nick y le colocó la pata en el hombro.

—Nicholas, aunque quiera, no podré cuidarte a partir de ahora. Teresa no querría que te volvieras como él o como yo. Aún eres muy joven para que entiendas, pero quiero que tengas algo en claro… —Inspiró—: un Wilde siempre llega hasta las últimas consecuencias, y te juro que lo de tu madre no se quedará así.

Nick miró a James a los ojos y notó que lo que decía lo hacía con un gran esfuerzo, recordar a su madre lo hacía emocionalmente débil. No respondió. Sólo se quedo viendo los ojos azules de su tío.

El altavoz volvió a sonar dando la última llamada a los pasajeros. Nick se despidió de James, pero al último momento, el zorro adulto le dio un abrazo, tomándolo por sorpresa. Nick sintió ese calor, ese mismo cariño que cuando era más pequeño y no dudó en corresponderlo. Al separase, lo observó a los ojos y pudo ver que James retenía las lágrimas. Se levantó y le dijo las últimas palabras durante los próximos veinte años, hasta que se lo volviera a encontrar.

—Sé la diferencia, Nicholas.

Nick vio cómo James se fue caminando sin voltear a ver atrás y, cuando el zorro se perdió a los lejos, salió corriendo en dirección opuesta. No iba a irse a ningún hogar de ningún pariente. Si tenía que lidiárselas solo, lo haría. Pero nunca más iba a ser dejado por nadie. Nunca iba a ser herido de nuevo. Iba a empezar desde cero. Sería otro Nicholas P. Wilde.

Se volvería el estafador que la gente creía que era. Si un zorro solo puede ser tramposo y deshonesto, ¿por qué se molestaría en demostrar lo contrario?


Llegó al quinto piso y las escaleras se detuvieron. Recordó que ellas no llegaban a la azotea. Debía cruzar el pasillo del quinto piso y llegar a otras escaleras, las que llevaban arriba. Apenas abrió la puerta de la entrada del piso, pudo ver una mancha rojiza corriendo a lo lejos. Levantó su arma y disparó, consiguiendo darle en un hombro.

Zeus volteó enojado y propinó disparos al azar. Nick se cubrió con una columna cercana. Extrañamente la ira y el enojo que sentía por dentro lo mantenían calmado y sereno. No sentía pánico o nervios porque lo alcanzara una bala. Sólo quería terminar con eso.

Zeus se escondió tras otra columna y empezó a disparar.

—¿Matarías a tu propio padre, pequeño Nick?

Nick no respondió.

—¿Qué pasa? ¿Estás dolido porque tu preciado tío va a morir?

Nick vio que Zeus asomó el rostro y disparó. La bala pasó rozando a Zeus, pero no alcanzó a darle.

—Tienes una puntería terrorífica, pequeño Nick —dijo, riéndose.

Nick suspiró y revisó la cantidad de munición que le quedaba. Ocho balas. Bien. Eso debería bastar. Rodó por el suelo y disparó una vez, le rozó la mejilla al zorro, dejándole una quemadura. Zeus maldijo y disparó. Nick se cubría con los muebles, las columnas, el recibidor, incluso con las puertas de las distintas salas para exámenes, y mientras lo hacía, iba avanzando cada vez más hacia él.

Zeus disparó y aprovechó que él se cubría para no ser alcanzado por las balas que, al hacerlo de nuevo, cuando salió de su protección, Zeus había escapado por las escaleras a la azotea.

Oyó unos ruidos atrás suyo, pero no le dio importancia, y salió corriendo rumbo hacia arriba.

Subió las escaleras y abrió la puerta de la azotea de un estrépito. Zeus estaba desorientado porque el helicóptero que había allí ahora no estaba. Nick no supo porqué, sólo que ahora una cosa era segura: Zeus no huiría. Estaban a seis pisos de altura y sin ninguna salida. Estaba atrapado.

Nick disparó al aire una bala como señal de advertencia al zorro para éste se rindiera, claro está que aunque lo hiciera no saldría vivo de esta.

Zeus se volteó y apunto a Nick, pero este fue más rápido y le dio un disparo en la muñeca, haciéndole soltar el arma. Volvió a escuchar otros sonidos a su espalda y decidió ignorarlos. Pudo ver cómo el rostro de Zeus pasaba de autoritario y superior a asustado. Sabía muy bien que estaba atrapado.

Nick caminó lentamente hacia él y con cada paso que daba, Zeus retrocedía uno, hasta que el zorro chocó con un enorme ducto de ventilación. Miró nervioso hacia atrás y vio que lo que lo separaba de caer al vacío era dicho ducto. Le dio una mirada entre aterrada y desafiante a Nick.

—¿Realmente matarías a tu propio padre, pequeño Nick?

Nick frunció el ceño. Al diablo con la serenidad y la paciencia. Lo tenía donde quería y el muy desgraciado quería manipularlo con tecnicismos.

—¿Padre? —Su tono era frío y de a poco se volvió furioso—. ¿Desde cuándo eres mi padre?

Zeus se recostó contra el ducto y cada vez se acercaba más al suelo.

—Soy tu padre, Nicholas —dijo—. No puedes matarme.

Nick sonrió.

—En eso te equivocas, Joseph. —Empezó a mover su arma de igual manera que lo hacía Zeus. Aumentando la presión en el zorro—. Tú no eres nada mío. Sí, gracias a ti yo nací, pero eso no te hace mi padre. —Tomó el arma con su pata y lo apuntaba girándola—. ¿Dónde estuviste cuando yo caí enfermo a los cinco? ¿Dónde estuviste en mis cumpleaños? ¿Cuándo nos ayudaste a mi madre y a mí? ¿Cuándo te preguntaste sobre cómo estaba tu hijo?

Cargó el arma y apuntó. Movía el arma de posición para tensar más al zorro, apuntaba a la cabeza, luego al pecho, luego a las piernas y así sucesivamente.

—¡Nunca!

—Nicholas —dijo Zeus, su tono era ahogado, tenía miedo—, de igual forma soy tu padre.

Nick arqueó las cejas y sonrió con sorna.

—¿Es miedo lo que distingo en tu voz? —Sonrió al ver la expresión de Zeus—. ¡Vaya que lo es! Miedo.

Empezó a recordar a todos los animales que terminaron inmiscuidos en todo esto, causándole un enorme enojo.

Recordó cómo encontró a Colmillar.

—Cuando torturaron a mi amigo no tuviste miedo, ¿verdad? —Le disparó en la pierna.

Zeus ahogó un grito y Nick recordó cuando Stu recibió el disparo por Judy.

—Cuando mandaste a McLean a matar a Judy y terminó hiriendo a su padre, ¿tuviste miedo? —Le disparó en la otra pierna.

Recordó cómo encontró a Finnick y que por culpa de la golpiza perdió un ojo.

—Cuando casi matan a mi hermano, ¿te dio miedo? —Le disparó en un brazo.

Recordó el estado en que quedó James y sintió como las lágrimas se le agolpaban en los ojos.

—¿Acaso sentiste miedo cuando le disparaste a Meloney, hiriendo a James en el proceso? —Le disparó en el otro brazo.

Recordó a su madre. La forma en que lo miró y le sonrió por última vez; y cómo Zeus, con el tronar de sus dedos, ordenó a el tigre, quien era Ares, que la matase. Y las lágrimas empezaron a salir, lágrimas de dolor, de un enorme dolor, así como de un enorme enojo.

—¿Cuando mataste a mi madre te dio miedo? —Le disparó en el abdomen.

Zeus no pudo ahogar esta vez el grito. El chillido fue estruendoso. Nick había disparado en el mismo lugar dónde tenía James el impacto. La pata le temblaba a Nick, no de miedo, ni de remordimiento. Le temblaba de enojo al pensar en Meloney, en recordar como ella era de animada y alegre y terminó así: dependiendo de una máquina para sobrevivir.

—¿Sabes de lo que si estoy seguro? ¡De que cuando mandaste matar a mi hija no te dio miedo! —Le disparó en el pecho, al lado derecho.

Nick empezaba a respirar agitadamente. Los temblores de su pata eran cada vez más fuertes, evitando así que la puntería fuera certera. Levantó el arma y la puso al nivel del rostro de Zeus. Lo miró a los ojos. Los iracundos buscaban a los desafiantes. Dio un último suspiro y habló:

—Cuando me arruinaste la vida no sentiste miedo. —Afincó el arma en el hocico de Zeus—. Me alegra que ahora si lo sientas.

—No puedes… —La sangre burbujeó en la boca de Zeus—. No puedes matar a tu padre, Nicholas.

—Yo ya tengo un padre —aseveró, deslizando el dedo en el gatillo—: se llama James Wilde.

Apretó el gatillo y…

¡Clac!

Nick se quedó estupefacto. Apretó varias veces más el gatillo, pero era el mismo sonido. Le llevó varios segundos darse cuenta que se le habían acabado las balas. No, no podía tener tan mala suerte para que pasar esto. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes? Miró a Zeus y vio que lo apuntaba a él con el arma que había soltado. El zorro sonrió escupiendo sangre.

—Vendrás conmigo, pequeño Nick.

Nick se quedó en blanco. ¿Iba a morir? ¿Realmente iba a morir después de tanto? ¡No! ¡No era justo!

Vio que el zorro se ponía de pie, recostándose del ducto y lo apuntó a la cabeza. Escuchó el tambor del arma posicionarse y se preparó para su final. Hasta que…

¡Bang!

Un sólo disparo. El sonido se disipó tan rápido como apareció. Nick seguía vivo. Lo siguiente que escuchó fue el caer de un cuerpo contra el suelo, seguido de algo metálico, un arma. Levantó la vista hacia Zeus y lo vio boca arriba en el suelo, con un único agujero en su cabeza. Alguien lo había salvado.

Miró hacia atrás y vio que, quien mató a Zeus y lo había salvado, fue James. Nick estaba incrédulo. James le dio una sonrisa vivaracha, como cuando era pequeño, y se tambaleó hacia adelante.

Con rapidez y dando traspiés, corrió a sujetar a James. Las lágrimas de enojo ahora no estaban, sólo era por dolor. James cayó sobre los hombros de Nick. Con cuidado lo recostó en el muro de la puerta de la entrada de la escalera, mientras lo miraba fijamente. Quería decirle que por qué lo hizo, sólo que no tenía la fuerza suficiente.

James sonrió al ver las lágrimas de Nick.

—Con pareja e hija y sigues igual de llorón, Nicholas —bromeó. Tosió un poco e hizo una mueca de dolor.

—¿Por qué…? —logró decir, con la voz quebrada.

—Lo hice por dos cosas, Campeón…

Nick sintió cómo se quebraba por dentro. Desde hacía muchos años James no lo llamaba así.

—Tenía que cumplir mi palabra… la que le hice a tu madre y… la que le hice a la coneja… —rió débilmente—. ¿Quién lo diría? Si mi padre me viera cumpliendo mi palabra con una… coneja… se moriría de la vergüenza.

—Por favor. —A Nick se le rompía la voz—. No hables más, debes guardar energías, debo llevarte abajo, quizás ellos…

—Nicholas —interrumpió—, ¿ya te diste cuenta, no?

Nick no respondió. Sabía muy bien a lo que se refería.

—¿Y la segunda?

—La segunda… porque no quería mataras una parte de ti.

—¿Qué? —preguntó, reteniendo un sollozo.

James sonrió. Por primera vez para Nick pudo ver la forma en que la edad del zorro se reflejaba en su rostro. Si Nick se ponía a sacar las cuentas, James tendría unos cuarenta y tantos, cincuenta máximo, pero no se le notaban en lo más mínimo. Con esta sonrisa, se le remarcaron las facciones del rostro, parecía un anciano al borde de la muerte.

—Cuando… matas a un familiar matas algo dentro de ti —James empezó a respirar más suave—. Hay una diferencia… entre matar a un extraño y a un familiar. Siempre… siempre hay límites, impuestos o no. —Jadeó—. Una vez cruzas alguno no hay vuelta atrás… matas una parte de ti… una importante. Por eso… por eso le juré a Teresa una vez que… si este momento llegaba… sería yo quien matara a Joseph.

—No lo comprendo —gimió, al borde del llanto.

—No lo harás ahora —sonrió—. Todavía eres joven, esa es tu falta. Lo entenderás cuando… —Contuvo un gemido, gruñendo en cambio.

El sonido de las patrullas empezó a inundar el aire y se escuchaban los gritos de Bogo y los demás oficiales.

—Vaya… parece que ya terminaron en la mansión… —James dio unas suaves carcajadas—. Esta ZPD no es tan inepta como… como la de cuando era joven.

Nick se dio cuenta que la respiración de James se hacía cada vez más débil y silenciosa. No faltaba mucho para que el zorro muriera y eso no podía aceptarlo. Le dolía demasiado.

—No te mueras —rogó—. Debe haber alguna manera. Por favor, eres la única familia que me queda.

James sonrió alegre y se llevó una pata sobre la otra, se movió un poco y apretaba algo en una de ellas.

—Nicholas, eso no es cierto… tienes una pareja y una hija…

—Pero tú eres el último Wilde que me queda —gimió—. Mi madre, mi tio-abuelo, mi tío y prima, incluso a ese bastardo de allá. —Apuntó el cuerpo de Zeus con la cabeza—. Todos han muerto y sólo me quedas tú. Perder a mi madre fue un enorme golpe, no quiero perderte a ti también. No aguantaría dos golpes así.

—Nicholas… la familia no es siempre de sangre… es… toda la que tu quieres que sea… —Levantó una pata con esfuerzo y le apretó la camisa—. Hay muchas cosas que debes vivir. Y muchas más familia qué conocer.

Nick asintió, queriendo comprenderlo, pero para lo único que tenía mente era para James. Su tío que estaba agonizando frente a él.

—Quiero darte esto. —Estiró su otra pata y en la palma llevaba un anillo, su anillo. Era de oro y tenía una W grabada—. Es lo mínimo… que puedo darte.

Nick lo miró sorprendido y negó con la cabeza.

—No puedo aceptarlo. Es tuyo.

James negó.

—Nicholas, ¿sabes qué es este anillo? —Nick negó—. Este anillo… es de los Wilde… se pasa de padre a hijo y… cuando el padre tiene varios hijos… se lo da al que demuestre más méritos. Mi abuelo se lo dio a mi tío Joseph… y como él no tuvo hijos, me lo dio a mí. —Miró a Nick intentando fruncir el ceño, pero sin fuerzas—. Míralo de este modo: eres el último Wilde, pero este anillo… este anillo tiene a todos los Wilde que valen la pena; pocos, pero valiosos. —Suspiró entrecortado—. Lamento los errores que he cometido contigo, Nick, pero de esta manera… siempre estaremos contigo, siempre estaremos para ti. —Hizo una pausa—. Tómalo.

Nick tomó el anillo.

—Así me gusta —sonrió—. Me recuerdas mucho a tu madre. Lamento que ella no esté viva ahora y que vieras en lo que… te has convertido. —Suspiró—. Aunque… tomaste el camino fácil al inicio… te recompusiste y te volviste policía. ¡Ja! Esa coneja te puso derecho. Tienes una familia que te aprecia y debes valorarla. ¿Sabes?... la familia Wilde… nunca ha tenido alguna mención buena, pero contigo la cosa cambió, realmente hiciste la diferencia y ese es el mejor legado que me puedo imaginar.

Cada palabra lo calaba hondo y las lágrimas salían con fuerza, mas no iba a quebrarse por completo, no aún. Si iba a oír las últimas palabras de James, lo haría claramente.

—No te mueras —gimoteó, como si le arrancaran las lágrimas con ganchos, lo que de verdad sentía—. No sé qué haría sin ti.

Yo una vez fui como tú, y sé que no es fácil, pero con tranquilidad puedes encontrar lo que buscas. Pero tómate tu tiempo, piensa mucho, en todo lo que has conseguido, porque tú estarás aquí mañana. —Reconocía esas frases; le parecía hasta poético que aquellas letras de esa canción hubieran sonado el día en que James y su tío abuelo decidieron separarlo de ellos para su bienestar y ahora, que se separaban para siempre, a James se le ocurriera decirlas—. Simplemente relájate, tómalo con calma. Mírame, yo soy viejo, pero estoy feliz.

James cerró los ojos con fuerza, conteniendo un gemido de dolor, volviéndolo a abrir segundos después.

Sé que debo marcharme. —Sonrió—. Y quiero decirte algo, algo que tu madre aunque no pueda, yo lo haré por ambos…

Apretó el agarré en Nick y susurró.

—Mírame.

Nick hizo un esfuerzo para mantener la vista fija en James y no romper aún más en lágrimas. Miró los ojos azules de su tío y se vio reflejado en ellos.

—Estoy orgulloso de ti, Nicholas.

Al oír esas palabras, Nick no aguantó y se quebró. En una pata apretaba el anillo y con la otra se tapaba el rostro, tratando de contenerse. Escuchó unos pasos provenientes de la escalera y supo que pronto estarían allí. Sintió cómo la pata que lo sujetaba se aflojó. Nick miró a James y sus ojos perdieron ese destello, estaban vacíos. Había muerto. Murió como cuando lo conoció por primera vez… con una sonrisa en el rostro.

Las lágrimas salieron desmesuradamente, como tratando de liberarse de un dolor, pero era todo lo contrario. Su último familiar había fallecido. No de la forma que él hubiera querido, deseó no haber escapado de pequeño, deseó haberse ido a la casa de ese familiar y de esa manera. Hubiera querido pasar más tiempo con él.

La puerta de las escaleras se abrió con un estrepito, dejando ver a una coneja. Judy se quedó conmocionada con la escena que vio. Zeus muerto cerca de un ducto al borde del edificio. En el muro de la puerta, a su lado, estaba James y junto a él Nick, llorando como un bebe. Se acercó al zorro y lo abrazó por la espalda.

—¿Cómo murió James, Nick? —preguntó Judy luego de un rato que pudieron ser horas o minutos, recostando su rostro contra su espalda y apretándolo con fuerza.

—Mi padre murió protegiéndome.