Entonces Eloísa recordó como si lo estuviera viviendo en ese preciso instante, esa vieja falda moviéndose a cada paso que ella daba, su increíble memoria parecía transportarla al momento exacto. Podía hasta respirar el aire dulzón del campo, como en el pasado. Recordó la incómoda sensación de usar esos huaraches pequeños y apretujados que Dorita le había prestado. Sintió la tierra caliente de aquellos gruesos surcos y terrones del campo en contacto con su piel. Era media jornada, cuando el sol quemaba con ganas, Pedro estaba bajo la sombra de un gran árbol esperando las viandas con las tortillas y el guisado que Dorotea su hermana le había preparado. La traviesa muchacha miraba hacia uno y otro lado, cuidando que nadie fuese a mirarlos.

–¿Qué te traes chamaca? –Preguntó extrañado Pedro a Dorita, secándose el sudor de la frente con un paliacate. Había estado terminando una cerca con gruesos maderos y alambre de púas. A pesar de sus escasos veinte años, su joven voz era agradable, grave, profunda, de esas voces capaces de adormecer las tripas, el entendimiento y las piernas de cualquier muchacha del pueblo. Pedro se quitó el sombrero y se apoyó en el borde saliente de la enorme y plana raíz de un árbol gigantesco, tan grandes eran las raíces que eran usadas como mesa y bancas.

—¿Que qué me traigo? –respondió traviesa Dorita. –Yo, pa' mi, nada... pero a ti te traje harto pa' comer y harto pa' beber... –Dorita sonrió nerviosa al mirar a su amiga, que muy segura de lo que hacía le ayudaba a destapar las ollitas con la comida. Con sus manos temblorosas Dorita también cargaba la jarra con agua fresca. Pedro miró un momento a la muchacha oculta bajo el rebozo, pronto reconoció las bonitas y blancas manos de quien le estaba ofreciendo de beber, pues ya muchas veces se había grabado esa imagen colocándose unos guantes para sujetar las riendas de un caballo. No, su mente le estaba engañando, es que eso no era para nada posible.

Una sencilla falda que más parecían harapos escondía muy bien la fina tela de su vestido, unos pies blancos y bien cuidados se delataban dentro de unos huaraches que no eran de su talla.

Pedro guardó silencio, la jovencita que les acompañaba era alguien cuyo rostro hermoso conocía bastante bien. Por eso entendió el nerviosismo de su hermana.

Respiró profundo y pretendiendo no darse cuenta de lo que sucedía, preguntó:

–Tú muchacha, ¿ya comiste? –Pedro dio tremenda mordida a una tortilla, casi se muerde los dedos, las manos le temblaban, lo invadieron de pronto los nervios. Nada más de imaginar lo que podría pasar si la encontraban ahí los patrones, hasta el hambre se le había esfumado.

Dorita soltó una carcajada y murmuró algo más para sí misma que para ellos. –Aquí hay bastante para nosotros tres. Ándale Dora, dile a tu amiga que coma, que parece que la espanté porque no dice nada, dile que no muerdo... –El joven sonrió de lado, bastante turbado como para decir que estaba disfrutando de aquel encuentro.

Eloísa Andrade se había mantenido oculta bajo su rebozo, un divertido e intenso cosquilleo despertaba en su vientre y sus ideas, cada que escuchaba al precioso muchacho. Ya sabía rumores de que Pedro alborotaba a las muchachas del pueblo y hasta en la misma hacienda con sus bromas y sus juegos. Pero esa, era la primera vez que comprobaba por ella misma que el muchacho era un verdadero encanto. También escuchó decir que era un hombre serio, que no se burlaba de nadie y que ninguna novia se le había conocido, eso ella ya lo sabía, días antes lo había visto ella misma, callado, muy en su papel de protector y guía. Bastó escuchar la voz relajada y bromista de él para que ella se descubriera la cabeza y levantara el rostro, para mirarlo.

Pedro soltó el taco y soltó de su otra mano también el plato, haciéndose el sorprendido pero al mismo tiempo obnubilado por la preciosa visión que junto a él había encontrado. Los ojos más hermosos, la tez más bonita que había mirado. Ahora, él era quien había enmudecido. Abrió los ojos sorprendido y Eloísa pudo ver muy de cerca y a detalle las vetas oscuras que salpicaban el bellísimo verde de los ojos del chamaco, se dió el gusto de mirar la brillante y sudorosa piel del cuello del joven, y allá hasta donde los botones de la camisa abierta de él le permitían mirarlo. Guardó en su memoria las manos grandes y callosas que nerviosas se llevaba el muchacho al cabello, a la frente.

–¡¿Pero qué?!... –Pedro no sabía que decir, fingía una sorpresa que por dentro le inflamaba el pecho de pura emoción. Si ella estaba ahí no era casualidad, ni travesura de su hermana, pues al mirar a Dora, ella simplemente se encogió de hombros y bajó la mirada esperando el regaño de su vida. Si la niña Eloísa estaba ahi con ellos, era nomás porque así lo había querido. Ya se imaginaba todas las peripecias que Dora había tenido que hacer para conseguirle a la patroncita tremendas fachas. Con los ojos fingía fulminar a Dorotea, con otra mirada muy distinta se dirigía a la preciosa hija de sus patrones. Ese muchachote fuerte, fornido, trabajador, temblaba; de miedo, de alegría, de vergüenza, de suerte, pero también de puro amor... El sólo pensar en el plan que aquellas dos habían urdido para poder acompañarle un rato, le estremecía el corazón.

Y ya que hablamos de corazón, el de Eloísa estaba cerca de detenerse para siempre, un infarto le estaba apagando la vida. Candy entró aprisa al cuarto, se montó a horcajadas sobre la anciana y comenzó a dar las compresiones torácicas. Dorita había alertado a sus patrones, Alberto iba de un lado a otro impaciente, apresurando a los servicios de emergencia del hospital que prometían llegar en diez minutos a lo mucho.

–Los caminos son de terracería señor Andrade, vamos en camino lo más rápido que nos es posible...

Guillermo se lamentó por haber dejado como irrelevante el asunto de los accesos al hospital. Muchos prados bien cuidados, mucha belleza en los caminos, pero habría sido mejor hacer calles de concreto para esas emergencias.

Un temor grande invadió el alma de Guillermo, Eloísa era lo único que le quedaba de sus ancestros. La posibilidad de perderla esa noche era muy alta. De no haber sido por Dorita que acostumbraba ir a darle las buenas noches, y que la había encontrado retorciéndose de dolor y con un color de piel entre blanco y transparente como fantasma, la historia sería distinta. Los ojos de Guillermo se llenaron de lágrimas, no podía sacarse de la cabeza el grito de terror de Dorotea pidiendo por ayuda, pensó lo peor cuando vio el semblante de Dorita balbuceando algo ininteligible sobre la patroncita. No quería perderla. Su tía había sido algo muy parecido a una mamá, esos minutos entre la llegada de la ambulancia y las compresiones que su cansada esposa daba a la mayor de los Andrade le estaban pareciendo eternos.

–Deja que te ayude... –Se escuchó la voz grave, nerviosa de Alberto. No se subiría a su tía al igual que Candy, pero sentía la imperiosa necesidad de hacer algo.

Candy tenía miedo de que Alberto no lo hiciera bien, que aplicara mucha fuerza, o que algo fallara en el ritmo. Era extraño que con otros pacientes jamás sintió inseguridad, con Eloísa todo era diferente, estaba ahí, delgadita, vulnerable, frágil.

No, no podía dejar de hacer hasta lo imposible por tratar de recuperarla.

Y entonces sintió el latido, algo débil, apenas perceptible mejor dicho, pero ahí estaba.

Candy estaba agitada, cansada. Pero suspiró con alivio cuando las luces rojas y blancas de la ambulancia iluminaron la habitación desde el exterior. Sólo hasta que el paramédico y la enfermera entraron al cuarto, se detuvo y bajó del cuerpo de Eloísa. Secó el sudor de su frente, su cabello se pegaba en las mejillas coloradas y su cuello húmedo.

El corazón de Pedro estaba contento a pesar del peligro, no podía esconder la sonrisa en su rostro, la niña Elo lo quería, ¡vaya que sí! no era un sueño ni cosa de su loca imaginación cada mirada que había atrapado de ella, cada gesto. Las ocasiones en que la encontraba observándolo, con esa carita de tristeza, con los ojitos enamorados como los de otras muchachas del pueblo, que él sabía también le querían y le deseaban del mismo modo que Eloísa Andrade. Sólo que para él nomás existía ella, la niña inalcanzable de los ojos como el cielo.

–Señorita Elo, no debería estar aquí... –Habló por fin el muchacho en un murmullo apesadumbrado, preocupado.

–Eso mismo me dijo Dorita. Pero pues ¿Qué le vamos a hacer? aquí estoy, Pedro... –Eloísa sonrió como los mismitos angelitos, con sus bonitos labios que de tan rosas parecía llevar pintados, sus dientes parejitos y blancos, con sus mejillas llenas de un rubor exquisito. Con esa mirada tierna, enigmática, profunda, como la mirada de todos los Andrade. Y es que, él le había llamado Elo, de un modo tan familiar, tan bonito. Nunca había encontrado en su nombre tanto encanto, es que aquello era casi mágico y por Dios que no sentía mariposas, sino un enjambre de colibríes revoloteando en su estómago. Pedro sintió un vuelco en el pecho. Su respiración se volvió errática, pensaba exactamente lo mismo que Eloísa; ese "Pedro" había sonado casi como un poema en los labios de ella. Miró a Dorita una vez más y negó con la cabeza sin decir ya nada, en su interior, su corazón bailaba de gusto, presuroso, como el corazón de un caballo que ha corrido a todo galope. Agradecía inmensa y eternamente en su pensamiento a su hermana, pero eso podía acarrear para ellos una serie de graves consecuencias.

–Es que si llegan a verla aquí conmigo... Quiero decir, con nosotros, –corrigió el joven apenado, –nos va a ir muy mal a Dora y a mí.

–Yo nunca permitiré que les hagan nada malo... –Respondió con seguridad Eloísa Andrade, temiendo en el fondo que alguien los descubriera. Dorotea por alguna razón se sintió segura con las palabras de su ama y amiga y levantó orgullosa el mentón hacia su dudoso hermano. El cabello lacio, brillante y dorado de Eloísa se volvió a ocultar bajo el viejo rebozo que llevaba en la cabeza para seguir con su disfraz. Después sirvió otro pocillo lleno de agua fresca al nervioso muchacho. –Ande, coma a gusto, o me sentiré culpable de que su comida se enfríe, al cabo que yo, tampoco muerdo...

El joven sonrió a la preciosa jovencita que rondaba los diecisiete años y que atrevida y sonriente guiñó un ojo al de por sí enamorado muchacho. ¿Quien iba a decirle que un día podría verla tan de cerca? ¿Cómo podía imaginar que la mujercita que él adoraba podía hablarle, incluso hacer bromas con él y tratarlo así, tan bonito?

Se sintió pequeño, le cayó el peso de los prejuicios de la sociedad sobre los hombros. ¿Cómo se atrevía él, un simple mozo de cuadra, un campesino pobretón e insignificante a mirar siquiera a tan fina mujer?

Entonces se puso serio, sus ojos perdieron el brillo de su jovialidad previa y frunció el ceño. Él sabía que las estrellas tan sólo se miran de lejos porque deslumbran, sabía que no se tratan de alcanzar porque es imposible y si uno intenta acercarse a ellas, seguro, va a morir quemado.

Pero esa estrella estaba ahí, cerquita a él, juntita a él. Y él podía sentir en su piel el calor, los chispazos y los destellos incandescentes del condenado amor. Su corazón seguía con su tum tum alegre ¡Gracias al cielo que podía escuchar su voz, ver su sonrisa y mirar sus ojos! Esos benditos ojos tan preciosos como el color del cielo por los que podría bajar al mismito infierno.

Infierno al que creyeron que bajarían los tres muchachos cuando miraron acercarse a caballo al patrón, al joven Guillermo, al cacarizo de Rubén Velasco, los hermanos y el padre de éste.

Dorita borró de su carita redonda la sonrisa. Rezó en silencio y mirando a todos lados. Eloísa cubrió su rostro además de su cabello. ¿En qué bendito momento se les había podido ocurrir semejante aventura? Pedro sintió que era su fin, rezó un Padre Nuestro mentalmente y pidió en silencio a Dios y los ángeles del cielo que no fueran a hacerles nada a ellas, él enfrentaría las consecuencias de semejante atrevimiento.

Los caballos se acercaron lo suficiente como para que se descubriese todo. Eloísa Andrade escuchó la voz de su padre preguntar por ella, pero no se movió ni un poco, solamente negó con la cabeza agachada evitando en lo posible hasta respirar. Pedro se quedó pensativo, mudo de puro susto. Dorotea fue quien respondió muy tranquila y segura de sí misma poniéndose de pie:

–No patroncito, pero orita mismo voy y la busco si usté quiere.

Guillermo, el joven hermano miró en silencio los pies blancos apretujados en los viejos huaraches. Distrajo a su padre señalando a lo lejos. Aseguró haber recordado que su hermana iría sola al pueblo. – "Anda volada con unas sandalias muy finas que llegaron desde el norte, tiene unas pero le quedan ya muy chicas"... –Dijo el hermano de Eloísa a su padre. El patrón Andrade llamó la atención a Dorotea:

–Mira chamaca, antes que cualquier otra cosa, tu deber es acompañar a mi hija. ¿¡Cómo es eso que anda sola en el pueblo!? ¡Rápido se me van los tres a buscarla! –El enorme hombretón reprendió a su hijo por olvidar ese pequeño detalle y le ordenó ir al pueblo por Eloísa, asuzó su caballo y se alejó con el grupo de jinetes tan pronto como habían llegado.

Todos se fueron excepto Guillermo, que miraba insistente a la jovencita del rebozo. –¡Mírela! –le habló enérgico a su hermana una vez que los demás se habían alejado lo suficiente. Eloísa lentamente se descubrió la cabeza. –Que no se repita esto hermana, usted no tiene nada que hacer aquí en el campo, con ellos. –Guillermo miró despectivo y enojado a Pedro y a Dorita. –Tiene diez minutos pa' llegar a la casa, ahí nos vemos... –Y Guillermo Andrade, padre de Guillermo Alberto, apuró a su brioso alazán negro dejando una estela de tierra por donde galopó con él.

La ambulancia llegaba al hospital, las maniobras de reanimación cardíaca habían funcionado bastante bien. Alberto se había ido con su tía en la ambulancia mientras Candy descansaba por el esfuerzo extenuante que había hecho y preparaba junto con Dorita, algo para comer en el hospital.

–Mi niña, deberías dormir, ya es muy tarde... –Dorita ofrecía una taza de chocolate caliente a la rubia, –además el hospital tiene un restoranzote.

–No Dorita, es una cafetería y a estas horas está cerrada. En cuanto termine esto me cambiaré de ropa y alcanzaré a mi esposo en el hospital. Esta será una noche muy larga. –Candy bebió del chocolate, tomó las viandas con la comida y se apresuró a alistarse.

Dorita terminaba de guardar las frutas y el resto de comida en el refrigerador, cuando entró Antonio a la cocina y agitado por llegar corriendo, preguntó:

–Supe lo de mi tía, ¿dónde están todos Dora?

–La niña Candy está por irse al hospital, es requete necia, dice que va a manejar hasta allá ella sola, ¡a ver hazla entender! Yo creo que mejor la llevas tú. ¡Ándale, alcánzala!Los caminos están bien fieros y solos, ándale apúrate mi niño, no dejes ir solita a esa cabezona.

Antonio asintió y salió apurado buscando en la oscuridad de la hacienda alguna pista de Candy. La camioneta de Guillermo estaba en su lugar, Kena no ladraba ni daba señales de andar alerta.

Apresuró el paso, todo oscuro y en silencio. Alcanzó a ver entre la penumbra un par de figuras escurridizas, pensó que era Candy subiendo las cosas a su automóvil, pero le llamó por su nombre y una de las sombras hasta pareció esconderse misteriosamente.

Kena seguía sin aparecer por ningun lado. Antonio cayó en la cuenta de que las farolas que iluminaban siempre los pasillos de cantera y adoquín y los enormes jardines, estaban apagadas a propósito. Esas farolas jamás se habían apagado todas juntas.

Supo en ese momento que algo no andaba bien.

Antonio gritó a Tomás, Tomás emitió un quejido agónico desde algún lugar a la distancia. Antonio sintió miedo, tuvo la certeza de que habían entrado a la hacienda a hacer algo malo. Varias veces pensó que la seguridad en la finca no era nada buena, pero abogando por la bondad de la gente del pueblo y los alrededores fue que vivieron confiados todo el tiempo. Esperaba con todo su corazón que no tuviesen que lamentarlo, pero un pesado presentimiento en sus vísceras le indicaban que si lo lamentarían.

–¡Candyyyy! –Gritó Antonio el nombre de ella sin obtener respuesta. Con la linterna de su móvil alumbraba a medias el camino donde pasaba nervioso, buscando, temiendo que le salieran al paso pues iba desarmado. A lo lejos pudo ver, el cuerpecito de Kena, la fiel guardiana como le llamaba su tío. Inerte, sin vida. Algo muy malo había pasado, los delincuentes habían aprovechado para hacer de las suyas tras el alboroto previo. Temía por Candy, por la bebé y por Tomás. Se detuvo en seco, con sus manos temblando marcó un número para pedir ayuda. Sudaba frío, sentía los poros de su cuerpo transpirar y congelarse con el aire fesco, o quizás a causa del mismo miedo. La adrenalina hacía latir su corazón con furia. Un golpe seco en su cabeza terminó con sus intentos por pedir auxilio, el celular se estrelló en el suelo y el cuerpo del joven hombre fue arrastrado por las redondas piedras del piso.

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Continuará...


Gracias a quienes siguen leyendo...

A Dayiiii: Felicidades por todos los cambios tan preciosos en tu vida! Amo el spam que compartes en insta! Extraño tus letras, pero se que tu tiempo es valiosísimo y muy bien invertido siempre, en especial ahora. Ni hablar, hay prioridades y las tuyas son hermosas =) La alta alcurnia, jeje, que alegría que esa palabra te trajo buenos recuerdos. Yo creo que ese ángel tuyo está feliz desde el cielo cuidando de ti y de tu familia. Conociendo fascinado desde algún lugar a bebé J.

MaríaGpe22: Gracias por tus comentarios, a mí me emociona mucho saber que les gusta lo que leen, que les parece un buen capítulo. Tu comentario me dio ánimos para seguir escribiendo. Gracias!!

Ana C Bustincio Grefa: Si, se nos va la Elo. A ver si se salva, tu que opinas?

Mia Brower Graham de Andrew: Gracias por tus comentarios. Hasta ahorita vi en tu nickname que eres de las mías, jajajaja amas a los tres como yo! Muy bien chica!

Sincity12345: Gracias por seguir leyendo! un beso!

Gracias Rotelle92, por añadir esta historia a tus favoritos!