Las siguientes semanas pasaron, afortunadamente, sin más noticias de muertes extrañas de magos en El Profeta ni de nueva información sospechosa por parte de Narcisa o incluso de Lucius, a quién también había empezado a vigilar Sirius. De vez en cuando volvía a pedirle la capa a James y a seguirlos por los pasillos y en las comidas, pero sin ningún resultado satisfactorio, quitando el hecho de que a McGonagall había castigado a Narcisa por no presentar sus tareas, siempre le alegraba ver que alguien le bajaba los humos a la altanera de su prima.

A los pocos días, James dejó de acompañar a Sirius en sus excursiones bajo la capa porque después de la impresión inicial le parecía que estaba exagerando con su familia. Bien, sí, podrían ser una familia de magos tenebrosos y les gustaban las artes oscuras y todo eso, pero de ahí a cometer asesinatos… James creía que era demasiado. Remus, y en menor medida también Peter, habían empezado a notar igualmente la actitud rara de Sirius y al final éste había terminado contándoles sus teorías. Para horror de Sirius, Remus coincidía con James y creía que no era para tanto, que el hecho de que haya un grupo de gente que compartiera las ideas de Grindelwald no significaba que fuera a pasar lo mismo que la vez anterior, que gente con ideas supremacistas siempre había habido y nunca había pasado a mayores. Peter, por su parte, no dijo nada y se encogió de hombros. No tenía nada que decir al respecto, pero tampoco quiso acompañar a Sirius en la vigilancia porque tenía muchos deberes que hacer. Al cabo de unos cuantos días, Sirius también se aburrió de seguir a su prima y a Lucius a todas horas y se contentaba con escuchar con atención siempre que se los encontraba por el pasillo, aunque nunca oía nada que despejase sus dudas.

Regulus por fin había escrito a Sirius. En la carta, le decía que su madre le había prohibido escribirle por el momento, que tampoco le contestara porque iba a interceptar todas las lechuzas, a ver si castigándole así hacía caso. Le había podido escribir aprovechando que sus padres habían salido de viaje unos días y Regulus se había quedado al cuidado del tío Alphard. Era una carta corta, lo último que le pedía era que Sirius hiciera caso a sus padres para poder volver a escribirse con normalidad. Pero Sirius no pensaba hacerles ningún caso, había tomado una decisión y no iba a echarse atrás. En cambio pensó en un modo mejor de poder cartearse con su hermano y era a través de su tío, seguro que él los ayudaba ya que le encantaba hacer de rabiar a su hermana. Así pues, cogió dos trozos de pergamino y escribió dos cartas.

Tío,

Me ha contado Reg que mis padres me han castigado sin poder cartearnos, así que he pensado que a lo mejor tú podías darle mis cartas y enviar las suyas para mí mientras le das clase a Reg. Porque no pienso dejar de lado a mis amigos ni disculparme con el idiota de Avery y mucho menos empezar a ser amigo suyo. Por si no lo sabías, el motivo de que le petrificara fue que estaba intentando robar unas chocolatinas a una niña y la defendí. Díselo a Reg de mi parte, por favor.

Espero que estés bien.

Sirius.

P.D.: Echo mucho de menos tus clases.

Lo siento mucho, Reg.

No esperaba que me pudieran castigar sin poder hablarnos y castigarte a ti de rebote. No es justo. Pero, ¿sabes qué? Que da lo mismo, podemos seguir mandándonos cartas a través del tío Alphard sin que padre ni madre se enteren, ya le he contado a él mi plan y espero que esté de acuerdo. Supongo que si lees esto es que sí.

Por cierto, ¿desde cuándo se van padre y madre de viaje? Hasta ahora nunca se habían ido a ningún lado y mucho menos dejarnos con el tío. ¿Sabes dónde han ido? Me ha entrado curiosidad.

Por lo demás, espero que no te aburras mucho, con el tío no hay manera de aburrirse. Ya queda menos para que nos veamos durante las vacaciones de Pascua. Cuídate.

Sirius.

Esperando la respuesta de Regulus, Sirius buscaba todas las mañanas entre las lechuzas la de su tío. Pero aún no había habido suerte. De todos modos, tampoco esperaba que su hermano tuviera mucho que contarle, sabiendo que la vida en Gimmauld Place no es que fuera muy entretenida que digamos y que hacía poco que había enviado sus cartas. Una mañana, mientras intentaba divisar el plumaje tan raro de la lechuza de su tío, negro con rayas blancas, no se dio cuenta que otra lechuza más común se había posado en su plato y chasqueaba el pico intentado llamar su atención. En cuanto hubo cogido el paquete que llevaba la lechuza, el animal salió volando y fue entonces, al seguirla con la vista, cuando Sirius se dio cuenta del inusual número de pájaros sobrevolando el comedor, junto con un murmullo de risitas y grititos, sobre todo entre los alumnos más mayores.

El paquete consistía en una caja de ranas de chocolate y una tarjeta, adornada con estrellas brillantes que parpadeaban. Evidentemente, no era de Regulus ni de nadie de su familia. Sus compañeros lo miraban con una mezcla entre divertidos y curiosos, claramente esperando la reacción de Sirius, quien aún no tenía ni idea de qué pasaba. Al abrir la tarjeta y leerla quedó resuelto el misterio.

Feliz día de San Valentin.

Muchas gracias por ayudarme.

Sandy.

¡Una tarjeta de San Valentín! Nunca jamás se habría imaginado recibir una. De hecho, no sabría ni siquiera lo que significaba si no fuera porque alguna vez que había espiado a sus primas las había oído hablar de las que habían recibido. En su casa nunca había visto ese tipo de muestras de afecto.

Al levantar la vista de la tarjeta, miró sin pensar mucho a la mesa de Hufflepuff. Sandy lo estaba mirando también, igual de colorada que él y lo saludó. Sirius notaba cómo se iba poniendo rojo de vergüenza, pero le devolvió el saludo y al mismo tiempo sus amigos iban riendo con más ganas.

- Ya vale de reíros de mí, ¿no?

- Es que vaya cara has puesto – consiguió decir James entre risas.

- Estás hecho un rompecorazones – reía también Remus -. Primero Carmen te da un beso y ahora Sandy con su tarjeta. Pobrecitas, no le haces caso a ninguna.

- La tarjeta es sólo de agradecimiento – replicó Sirius, ya más recompuesto -. Y lo de Carmen no cuenta, siempre está dando besos a todo el mundo. Además, tú estabas enfermo o con tu madre o algo así. ¿Cómo lo sabes?

- James me lo contó.

- ¿Cotilleáis de mi a mis espaldas? Muy bonito. Es igual, como no lo viste no te está permitido opinar. De todos modos no importa. No me interesan las chicas.

- Eso decía yo a tu edad – dijo de pronto Frank Longbottom a la vez que se sentaba en el sitio que había libre al lado de Sirius -. Y ahora mírame, no puedo estar sin Alice. Pero aún sois unos críos para preocuparos por esas cosas, sólo tenéis once años.

- Doce.

- Pues doce, es lo mismo. Ya creceréis y cambiaréis de opinión. Dentro de unos años me lo contáis.

- ¿Tú le has regalado algo a Alice? – preguntó Sirius, confiando en cambiar la atención a Frank.

- Aún no, pero le tengo una sorpresa preparada para luego.

- ¿Qué es?

- Nada que vuestros jóvenes oídos tengan que oír.

Afortunadamente para Sirius, el resto del tiempo del desayuno transcurrió intentando sonsacar a Frank hasta que llegó la hora de ir a clase de Transformaciones. Durante el resto del día, la euforia general pareció irse difuminando, salvo alguna que otra discusión en la que alguien esperaba algún regalo que a otro alguien se le había olvidado.

Ya por la tarde, estando en la sala común jugando con unos yo-yos mordedores, James llamó la atención de Sirius señalando hacia la salida. Allí estaba Lily Evans, preparada para salir, pero con un vestido muggle en lugar de la habitual túnica del colegio.

- ¿Dónde irá así vestida?

- Y mira, hay más gente que también va con ropas que no son del colegio – Sirius señaló a un chico y una chica de quinto que también se dirigían hacia la salida.

- ¿Los seguimos? – preguntó James, con el brillo de la travesura en los ojos.

- Eso ni se pregunta – dijo Sirius. Se volvió hacia el resto de sus amigos, que se encontraban en una mesa cercana haciendo deberes -. Remus, Peter ¿Os apuntáis?

- ¡Claro! – exclamó Peter antes de que Remus dijera nada, y parecía que tenía pinta de negarse.

- Está bien – dijo este último dando un suspiro y levantándose.

- ¡Pues en marcha!

Los cuatro chicos se apresuraron a salir de la sala común, siguiendo a cierta distancia a la pareja de quinto. Comprobando bien que no había gente a la vista, se pusieron la capa de invisibilidad de James y continuaron siguiendo a sus compañeros de casa. Al bajar al sexto piso volvieron a encontrarse con Lily, que se reunía en ese momento con Snape y empezaron a caminar detrás de los otros más mayores, que pararon de pronto frente a la puerta del despacho de Slughorn y abrieron la puerta, sin llamar ni nada. La pareja de Gryffindor dejó pasar a los más pequeños cuando los vieron y, aprovechando que desde el otro extremo del pasillo los llamaron otros dos chicos de Ravenclaw, se colaron dentro del despacho antes de que se les ocurriera pasar ellos o cerrar la puerta.

El despacho del profesor Slughorn estaba irreconocible, todo decorado con guirnaldas de color rojo y rosa y de las que colgaban corazones que se encogían y agrandaban a cada segundo. También había una mesa llena de comida y bebida y un par de elfos domésticos que llevaban bandejas ofreciendo su contenido a los asistentes, los cuales eran de lo más variopinto. Allí estaban charlando entre ellos alumnos de todas las edades y las casas, Sirius rápidamente vio que también estaban Narcisa y Malfoy, quienes hablaban animadamente con un hombre, que no era ningún profesor ni, evidentemente, ningún alumno. Entre otro grupo de personas, Sirius reconoció a un trabajador del Ministerio, aunque no recordaba su nombre, pero sí le sonaba de cuando había ido allí con su padre las Navidades pasadas.

- ¿Qué es esto? ¿Una fiesta? – preguntó Peter cuando consiguieron ponerse a resguardo de la gente en un rincón de la habitación.

- Obvio. La pregunta es por qué en el despacho de Slughorn y sólo un puñado de gente.

- Si fuera una fiesta del colegio se haría en el Comedor, ¿no?

- ¿Entonces es una fiesta privada?

Al cabo de unos minutos, los chicos descubrieron de qué se trataba todo eso. El profesor Slughorn comenzó a golpear una copa con una cucharilla para llamar la atención de los asistentes.

- ¡Por favor! Me gustaría decir unas palabras. Ejem. En primer lugar, me gustaría dar la bienvenida de nuevo a este humilde despacho a los señores Rufus Umber y John Grubber, trabajadores del Departamento de Accidentes Mágicos y Catástrofes y del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas respectivamente. También está el señor Geno Tamino, pianista del famoso cuarteto La Flauta Mágica, que amablemente ha hecho un alto en su gira por las Islas para hacernos una visita. Todos ellos, igual que vosotros, queridos estudiantes, formaron en su día parte de este modesto Club de las Eminencias. Gracias nuevamente por venir, señores, y ahora ¡a disfrutar de esta pequeña fiesta de San Valentin!

Con un golpe de varita del profesor, empezó a sonar música de un gramófono que había en un lado de la estancia y que Sirius reconoció como una pieza del grupo que había mencionado Slughorn. Los chicos se retiraron a una esquina para comentar lo que acababan de oir.

- ¿Club de las eminencias? – preguntó James -. ¿Qué narices es eso? ¿Alguno de vosotros sabía de la existencia de este club?

- No.

- Ni idea.

- Y de todos modos – dijo Sirius -, ¿eminencias? ¿A los que están aquí los considera eminencias? El pianista vale, ¿pero los demás? ¿Malfoy una eminencia? ¡Venga ya!

- Ni Snape – añadió James -. Y lo más importante, ¿por qué nosotros no estamos invitados?

- Igual hay que hacerle mucho la pelota a Slughorn. Snape siempre le está haciendo la pelota en clase de Pociones – propuso Peter.

- Es posible – concedió Sirius -. Y Malfoy también es un pelota insufrible, tiene sentido. De todos modos, ¿por qué quieres que te inviten, James? Esto tiene pinta de ser un aburrimiento total. Me recuerda mucho a las reuniones que hace mi padre. Dice que son fiestas, pero sólo hablan de negocios.

- No es que quiera venir, para nada. Es verdad que no es nada divertido, por lo que parece, pero si se trata de eminencias, no hay nadie más eminente que nosotros.

- Eminencias del desastre, sí – apuntó Remus -. Si se tratara de acumular castigos y reprimendas seguro que estabas aquí el primero. Y no parece el caso, casi todos los alumnos que veo aquí son prefectos y premios anuales.

- Con lo que volvemos a la teoría de hacerle la pelota a Slughorn.

- Como sea, vayamos a dar una vuelta y a cotillear.

En primer lugar, se situaron cerca de Snape y Lily, que eran los que estaban más próximos y también un poco apartados de la fiesta en general. Hablaban de una tal Petunia y Lily parecía un tanto apenada por algo que le había dicho en una carta que había recibido recientemente. Por su parte, Snape la animaba a que no volviera a hablarla que no la entendía y nunca lo haría y ante estas palabras, Lily se enfadó con el chico, levantándose hacia la mesa de la comida, dejándole sólo donde estaban. Al ver la comida, Peter apremió a los demás a comer algo también y se las ingeniaron como pudieron para pasar por debajo de la capa varios bocadillos y una botella de zumo de calabaza (a pesar de las quejas de James, que no le hacía gracia beber todos de la misma botella) sin ser vistos. En vez de volver con Snape y Lily, que parecía que volvían a hablarse bien otra vez, pasaron al siguiente grupo de gente. Se trataba de los chicos de Gryffindor que habían seguido y que hablaban con los chicos de Ravenclaw con los que se habían encontrado en el pasillo. Se lamentaban de la cantidad de tareas que les habían mandado los profesores con motivo de los próximos exámenes de TIMO. Si la conversación de Lily y Snape era aburrida, ésta lo era más aún. Se aproximaron con cuidado al grupo contiguo, que resultaron en ser Lucius Malfoy, Narcisa y uno de los invitados del Ministerio.

- El otro día lo comentaba con Abraxas, desde hace unos meses hay más avistamientos que de costumbre – decía el hombre.

- ¿Y se sabe a qué se debe? – preguntó Malfoy.

- Por supuesto que no, nadie sabe qué pueden tener en la cabeza esas bestias y me temo que todo el que se ha acercado para averiguar algo no ha salido muy bien parado. El mes pasado, sin ir más lejos, perdimos a varios hombres y otro tuvo que pasar varias semanas en San Mungo hasta que se recuperó de las heridas.

- ¿No se habrá…? ya sabe… convertido en uno de ellos, ¿verdad? – preguntó Narcisa, horrorizada.

- No, no. Por suerte cuando lo hirieron no era luna llena, solo fueron rasguños, pero malditos al fin y al cabo, no son fáciles de sanar.

- Lo que tenían que hacer es exterminarlos a todos. Sin excepción.

- Me temo que no es tan sencillo, señorita. A la mayoría no podemos identificarlos, sólo sabemos que alguien en un hombre lobo cuando se transforman en presencia de alguien y eso no sucede a menudo. Solemos llegar al lugar después de que ya se haya perpetrado un ataque y en las raras ocasiones en que la bestia siga en las proximidades, no es nada fácil matarlo o atraparlo. Se necesitan por lo menos tres aurores experimentados y últimamente estos están muy ocupados en otros asuntos.

- ¿Y qué hay de los que están identificados?

- La ley no nos permite hacerles nada hasta que no se demuestre que han atacado a alguna persona, y, francamente, éstos son de los que menos hay que preocuparse. Se aíslan y la gran mayoría acaba suicidándose. No, no. Los que atacan no están registrados. Sabemos que se mueven en manadas, ocultos por los bosques y liderados por un tal Greyback y no podemos seguirles la pista mucho tiempo.

- Pues en mi opinión deberían cambiar esa ley. Registrados o no, son un peligro para toda la comunidad, hasta para los muggles. No es justo que estés tranquilamente en tu casa y…

Sirius no llegó a saber lo que quería decir Malfoy, pese a que le interesaba muchísimo. James empezó a tirar de él y arrastrarle hacia la salida. Hacía un rato que notaba que le tiraban de la túnica, pero estaba tan absorto en la conversación que no había hecho caso. Por señas, James le indicó que mirara a Remus, que estaba muy pálido y a punto de vomitar.

Cuando consiguieron salir fuera del despacho, Remus salió corriendo de debajo de la capa, hacia un aseo cercano. Por suerte, no había nadie a la vista, así que James recogió su capa, quedando todos al descubierto, y siguieron a Remus dentro del baño.

- ¿Te encuentras bien? – preguntó James, con la oreja apoyada en la puerta del único retrete que tenía cerrada la puerta.

- Parece que no – contestó Peter, a la vez que un ruido de arcadas salía del retrete.

- Jo, qué oportuno – dijo Sirius, a la vez que daba una patada a uno de los lavabos -. Justo cuando se empezaba a poner interesante…

- ¿Y no te interesa que tu amigo se encuentre mal? – James se encaró con Sirius.

- Claro que sí, pero lo de Malfoy… quizá tenga que ver algo que ver con lo del grupo de mi prima, hablaban de ataques...

- Lo dudo, estaban hablando de ataques de hombres lobo, no de atacar a muggles. Te estás obsesionando con eso. Pero si te preocupa más lo que estén diciendo que Remus, puedes volver tú solo a la fiesta – dijo James fríamente y dándole la espalda.

- No es eso… Claro que me preocupa Remus, pero…

- No discutáis – interrumpió de pronto Remus, aún muy pálido, saliendo del retrete -. Ya estoy mejor. Me parece que el bocadillo no me ha sentado muy bien. Lo siento, Sirius.

- No tienes nada que disculparte con alguien que parece que no tiene muy claras sus prioridades – dijo James, mirando de reojo a Sirius -. ¿Necesitas algo, Remus? ¿Quieres que te acompañemos a la enfermería?

- No, no… está bien, sólo necesito descansar un poco.

- Yo… lo siento Remus – dijo Sirus, apenado -. Sólo quería decir… Si puedo hacer algo para que te sientas mejor…

- Pues mira, a lo mejor sí que puedes hacer algo – fue James quien contestó -. Quizá a Remus le apetezca un té, mi madre siempre dice que es lo mejor para que se asiente el estómago. Ten – James le tiró a Sirius la capa invisible -. Y ya que vas a las cocinas, súbete unos cuantos bocadillos más, que aún tengo hambre.

- No te pases, Potter.

Pero Sirius se puso la capa sin rechistar y se encaminó a las cocinas mientras los otros ponían rumbo a la sala común de Gryffindor. Cuando entró a la habitación con el té y unas cuantas cosas más para comer el ambiente era el de siempre, James ya no parecía estar molesto con él y Remus, aunque aún un poco debilucho, parecía estar de mejor humor.