Disclaimer: Ninguno de los personajes que podáis reconocer (sobrios) me pertenece.

NOTA IMPORTANTE: CONTIENE SPOILERS DE HBP

Nota de la autora al final del capítulo.

DE LA SARTÉN... ¿AL FUEGO?

Capítulo 12: Homo homini lupus (Thomas Hobbes).

Hermione sintió cómo la luz del sol le calentaba los párpados, filtrándose suavemente por las cortinas del dormitorio. Tenía la sensación de no haber dormido nada, y la inquietud del que ha olvidado algo importante. Sin abrir los ojos y sin haberse despertado de todo aún, comenzó con lentitud a tomar contacto con la realidad.

Notaba las sábanas frescas directamente sobre su piel, acariciándola delicadamente. También se sentía agotada, con algunos puntos ligeramente dolorosos en los músculos. A la vez, flotaba en un mar de paz y serena felicidad. ¿Qué había pasado...?

Al girarse, todavía casi dormida, se topó con unos ojos negros que la miraban fijamente. Unos ojos muy oscuros, intensos y profundos.

Rodeados de plumas.

"¡Ahhhhhh!" -Hermione no pudo reprimir un grito cuando se despertó del todo y se encontró de narices con una lechuza gris de buen tamaño, posada sobre la cama y con una de las patas en alto, que le ofrecía un pequeño pergamino.

Hermione se despertó del todo y se incorporó en la cama. Y entonces, de golpe, se acordó de todo lo que había sucedido la noche anterior.

Sirius.

Como no podía ser de otro modo, enrojeció una vez más. Había sido una noche que recordaría toda la vida, romántica, apasionada y tierna. Sirius era un amante experto y extremadamente generoso, que le había hecho vivir unas horas únicas en las que se había sentido como la mujer más atractiva y deseable del mundo. Se habían dejado llevar por una vorágine de sentimientos, emociones y sensualidad, y habían terminado de madrugada, compartiendo la enorme bañera que había junto al dormitorio, entre espuma y caricias.

Alargó la mano para recoger el pergamino que le ofrecía la lechuza y le palmeó delicadamente la cabeza. Era una nota breve, escrita con la elegante caligrafía del animago.

He recibido una nota de Remus y estoy en San Mungo.

Me daba pena despertarte.

Sirius

Hermione arrugó la frente al leer la carta. Seguramente había habido cambios en el estado de Tonks, y por eso Remus había llamado a su amigo. Miró el reloj: ¡eran ya las once de la mañana! Seguro que el resto de los compañeros ya habían ido al hospital a ver cómo seguía la metamorfomaga. Se levantó de la cama de un salto, ansiosa por conocer el estado de Tonks y del pequeño metamorfomago que estaba gestando.

Volvió a leer la nota de Sirius, intentando leer entre líneas algún indicio del estado de ánimo del auror. No era exactamente fría, pero tampoco lo que hubiera esperado después de una noche... bueno, después de lo que había pasado. Cayó en la cuenta de que seguramente no iban a verse a solas, sino delante de Remus y seguramente de alguien más. Otra parte de su cerebro recordó al hombre del que había estado enamorada durante años: Harry. Se sentía de alguna forma en deuda con él, y se veía en la obligación de explicarle lo que había sucedido con Sirius. Cierto era que era con Sirius con quien estaba casada, pero le había especificado a Harry que necesitaba tiempo para decidir qué iba a hacer. Bien, ya estaba todo decidido, pero Harry se merecía, al menos, una explicación. Tenía que hablar con él antes de hacerle daño sin quererlo.

Suspiró y pensó, sin darse cuenta siquiera de las palabras que estaba utilizando, que qué complicado era eso de enamorarse...

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La vida de Remus Lupin había sido ciertamente difícil. Convertirse una vez al mes en una bestia sanguinaria que no reconoce ni a sus padres es una circunstancia difícil para cualquier adulto, pero se convierte en algo casi imposible de asumir para un niño de seis años. Remus maduró muy pronto. Nunca fue un niño cualquiera: desde muy pequeño comprendió lo peligroso que podía llegar a ser, y rehuyó la amistad de otros niños, para desolación de su madre, que veía cómo el pequeño Remus se imponía un autocontrol inhumano. Le asustaba tanto que la bestia que anidaba en su interior tomase alguna vez el control, que se comportaba con una amabilidad y una gentileza sorprendentes. Remus se había prometido a sí mismo que nunca nadie, por su comportamiento, pudiese deducir que se encontraba frente a un licántropo.

Pero así era, y el lobo no sólo afloraba con la luna llena. Los días previos, Remus notaba cómo su humor se hacía más irascible, cómo tenía que luchar tenazmente para ser amable y paciente, más amable y paciente que los demás. Cuando comenzó a asistir a clase en Hogwarts, juró que tanto Dumbledore como sus padres estarían orgullosos de él. No había alumno más aplicado ni tranquilo que Remus Lupin, excepto cuando se veía influenciado por sus amigos, los otros merodeadores. Remus quería tanto a James, Sirius y Peter que hubiera hecho cualquier cosa por ellos.

Remus nunca se había planteado la posibilidad de formar una familia. Sus padres y sus amigos eran la única familia que él estaba dispuesto a permitirse. La llegada de la adolescencia había perturbado aún más al mesurado Remus: si habitualmente las hormonas le aceleraban el ritmo cardíaco, antes de la luna llena la sangre le hervía literalmente. No debía, ni quería, confesarle a ninguna chica su condición de licántropo; Dumbledore prefería que aquel pequeño problemilla no trascendiese, preocupado por que los padres de los alumnos, asustados, retirasen a sus hijos del colegio. Remus se veía en una incómoda disyuntiva: no podía salir en serio con una chica y mantenerla en la ignoracia de que estaba saliendo con una posible bestia sedienta de sangre (al menos una vez al mes), pero tampoco podía abrazar un celibato físico y espiritual porque sus hormonas eran bastante más efervescentes que las de sus amigos. Todo esto, unido a que, como Sirius le había contado a Hermione, su aura trágica y su belleza frágil atraían a las chicas como un buen tarro de miel a un enjambre de abejas, había hecho que el licántropo tomase una drástica decisión: chicas sí, pero ninguna en serio. La torre de Astronomía nunca había pasado de ser un observatorio frío y aislado hasta que el más tranquilo de los merodeadores descubrió sus infinitas posibilidades; la torre, para ser justos, debía haberse re-bautizado como "la torre Lupin", pero ya se sabe que estas cosas deben permanecer en el anonimato, por el bien de Hogwarts.

Durante esos años, Remus flotó en un mar de felicidad, sólo perturbada por los remordimientos que le acometían a veces, cuando pensaba en cómo había traicionado la confianza de Dumbledore al salir de "la casa de los gritos" con la única vigilancia de sus amigos el ciervo, el perro y la rata. Tras su graduación, consiguió algunos trabajos no muy bien remunerados, pero trabajos al fin y al cabo. Superó la muerte de sus padres gracias al apoyo de sus amigos, que se convirtieron en su única familia. Cuando Voldemort dejó huérfano a Harry y Sirius fue declarado culpable y condenado a cadena perpetua en Azkaban, Remus vio cómo la escasa felicidad que había disfrutado se desvanecía irremediablemente. Y tras la muerte de James y Lily, vinieron los años oscuros de Remus Lupin.

Sin amigos, sin familia, casi sin dinero y sin esperanza. Voldemort estaba derrotado y la primera Orden del Fénix se deshizo. Remus se dedicó a realizar pequeños trabajos aquí y allá, y entre un trabajo y otro investigó todo lo que pudo sobre las Artes Oscuras. Visitó las manadas de licántropos, intentando saberlo todo sobre los de su especie, y se preparó a conciencia por si aquel-que-no-debe-ser-nombrado resurgía de sus cenizas, dispuesto a ser él el que lo matase. A Remus le importaba un pimiento pronunciar una innombrable y acabar en Azkaban: si Voldemort volvía, no iba a temblarle el pulso a la hora de lanzarle un avada. Por James y por Lily... y por hacer que Sirius los traicionase.

Viajó por toda Europa, en busca de criaturas oscuras que pudiesen saber algo de un posible resurgir de Voldemort y aceptando cualquier trabajo remunerado, por peligroso que fuese. Se codeó con vampiros, trolls, espíritus malignos y demonios de las aguas. Tenía amigos entre los aurores, que a veces le pedían ayuda, aunque el Ministerio no se decidiese a contratarlo por su condición de hombre lobo. Y sus conocimientos le dieron la idea a Dumbledore para contratarlo como profesor.

Su segunda estancia en Hogwarts le aportó un poco de la felicidad perdida, al darle la oportunidad de ser el profesor de Harry, que le recordaba tanto a James. No podía evitar comportarse como un padre con el pequeño Potter, con aquellos ojos que en su mente pertenecían a Lily. Se sintió orgulloso de él cuando consiguió conjurar un Patronus corpóreo, y más cuando con ello salvó la vida de Sirius. Reencontrarse con el animago supuso emociones contradictorias: la alegría de saberlo inocente y la amargura de saber que Sirius lo había creído a él un espía de Voldemort, razón por la cual había nombrado guardián secreto a Peter. Pero Sirius tuvo que huir y Snape hizo pública su licantropía, obligándolo a otro año de vagar de un lado a otro.

El regreso de Voldemort en el Torneo de los Tres Magos reagrupó a la Orden del Fénix. De nuevo, Remus tenía algo parecido a una familia, y volvía a estar cerca de Sirius, el otro merodeador que quedaba. Proteger a Harry, velar por la profecía y apoyar a un irritable Sirius se convirtieron en sus objetivos. De nuevo no tenía un sueldo, y de nuevo le importaba un bledo.

Hasta que alguien se cruzó en su camino.

Nymphadora Tonks era todo lo contrario a Remus Lupin. Espontánea, colorista, cálida y divertida, rodeada de un halo de ruido y escándalo frente al siempre discreto Remus. Cuando él le explicó que era un licántropo se limitó a mirarlo fijamente, como si esperase algo más, y cuando vio que Remus no añadía nada más a su confesión, se limitó a encogerse de hombros y comentarle con un guiño que, una vez al mes, ella también estaba un poco irritable. Lupin ahogó la risa que amenazaba con escapársele de la garganta, pensando que nunca había conocido a alguien así.

Desde el día en que lo había conocido, Tonks se había quedado impresionada por su serenidad y autodominio, y había envidiado profundamente esa madurez que irradiaba. En aquel momento, ella tenía veintitrés años y él treinta y cuatro, pero se sentía infantil e inmadura a su lado. A pesar de que casi todos los miembros de la orden eran mayores que Remus, exceptuando a Bill y a Charlie, a ella le parecía el referente adulto del grupo, obviando, claro está, a Albus Dumbledore.

El contacto continuado con Nymphadora fue haciendo de Remus un hombre cada día más feliz. Ella le hacía reír, aún en contra de su voluntad, y se tomaba su enfermedad a risa. Poco a poco, se le fue haciendo más difícil imaginarse un día entero sin sus meteduras de pata y sus legendarios tropiezos, y a veces no podía evitar quedarse embobado, mirándola. Remus era tan discreto que nadie percibió nada, ni siquiera Sirius. Bueno, nadie excepto alguien especialmente intuitivo y, para qué negarlo, fisgón, en todo lo relacionado con el ex-merodeador: Severus Snape. El profesor de pociones sometía al licántropo a una vigilancia tan constante y minuciosa, que no pudo menos que interceptar las miradas furtivas que Remus le dirigía a la metamorfomaga.

Una tarde, Tonks volvió tan cansada de su turno de guardia que se quedó dormida en el sofá de Grimmauld Place, un par de horas antes de la reunión de la Orden. Remus iba a leer un rato en el sofá, cuando se lo encontró ocupado por una versión post-moderna de la bella durmiente, vestida con vaqueros, una camiseta negra de las Weird Sisters y el pelo rojo y largo hasta la cintura. Sintió una oleada de emociones y pensó que había sido el pelo, que le había recordado a Lily. Pero cuando la metamorfomaga se agitó en sueños y pronunció algo ininteligible, se sorprendió a sí mismo deseando que fuese su nombre. Apretó la mandíbula y se dio la vuelta: con el hombro apoyado en el dintel de la puerta, Severus Snape lo miraba con una mueca que parecía simular una sonrisa cínica. Remus lo saludó con una inclinación de cabeza y se fue a leer a su habitación, tarea que le resultó absolutamente imposible.

Las miradas de Tonks, por su parte, eran tan abiertas que cualquiera las veía (menos el licántropo) a no ser que estuviese completamente ciego. Molly Weasley las interceptó con pesar, puesto que conocía bastante a Remus y sabía que esa soledad que se había autoimpuesto iba a ser difícil de romper. Sirius también se dio cuenta de que su prima encontraba a Remus increíblemente atractivo, pero no sabía muy bien cómo respiraba él y, queriendo al licántropo como a un hermano y sintiendo una suerte de instinto de protección fraternal hacia ella, prefirió permanecer al margen, al menos al principio. Cuando la Hermione del futuro le contó que Remus y su prima habían formado una pareja estable durante nueve años, Sirius se guardó la información y decidió no perderlos de vista, facilitándoles las cosas en la medida de lo posible.

Un buen día, después de un ataque de los mortífagos en el que había muerto una auror, Remus se apareció en el apartamento londinense de Tonks, desesperado por comprobar que no era ella la víctima. Cuando la vio allí, sentada a la mesa de la cocina, tomándose un té mientras leía "El Profeta", sintió tal oleada de alivio que pensó que iba a marearse. En lugar de disculparse por aparecerse de aquella forma en su casa, el otrora controlado y discreto Remus la besó con desesperación hasta que ambos se quedaron sin aliento.

A pesar de aquel momento de debilidad, Remus se negó a formalizar una relación con la joven auror. No tenía ninguna intención de iniciar con ella una de aquellas relaciones fugaces que había ido acumulando, tanto en Hogwarts como durante su vida adulta. Por primera vez, el licántropo se había enamorado perdidamente, e intuyendo un sentimiento incipiente en Tonks, había decidido permanecer lo más lejos posible de ella. En su afán protector, de nada sirvieron los lógicos argumentos de Nymphadora: él era viejo, pobre y peligroso, y nada iba a hacerle cambiar de opinión.

Tonks se pasó un año entero intentando convencer al licántropo de que ambos merecían una oportunidad. Sabía lo que Remus sentía por ella, lo cual todavía la enfurecía y deprimía más: si al menos su afecto no fuese correspondido, podría olvidarlo, pero saber que Remus también estaba enamorado de ella no hacía sino irritarla y provocar que no pudiese darse por vencida. Aquel amor desperdiciado la ponía furiosa.

Finalmente, una noche fría de noviembre, Remus Lupin estaba sentado en el salón de su casa, leyendo, mientras se tomaba una cerveza de mantequilla, cuando llamaron a la puerta. Antes de abrirla, miró por la ventana y vio el intenso aguacero que estaba cayendo, preguntándose quién estaría tan loco para ir a visitarlo a aquellas horas y con aquel tiempo. Cuando finalmente la abrió, ante sus ojos estaba una empapada Tonks, con la mirada triste y los ojos rojos de llorar.

"Es verdad" -se limitó a decir, con la voz afónica.

"¿Qué es lo que es verdad?" -preguntó Remus, tan sorprendido que ni siquiera acertó a dejarla entrar.

"Aquello que decías de que eres peligroso"

Remus se sorprendió.

"¿Qué pasa? ¿Acaso ha sucedido algo durante la última luna llena? Yo he estado encerrado porque no tenía poción matalobos, pero no salí del sótano de casa y... ¿he hecho daño a alguien?" -consiguió preguntar, visiblemente angustiado.

"No has mordido a nadie, si eso es lo que estás pensando" -negó Tonks, pesarosa.

"¿Entonces...?"

Tonks lo miró fijamente, los ojos brillantes y el mentón ligeramente tembloroso.

"¿Puedo... pasar?" -musitó.

Por primera vez, Remus se dio cuenta de que él estaba en el umbral de la puerta, salpicado levemente por los gotarrones de lluvia que la estaban calando a ella hasta los huesos. Se maldijo interiormente por aquella falta de caballerosidad y la ayudó a pasar. Intentó ayudarla a quitarse la capa pero ella negó con la cabeza, evitando ligeramente el contacto físico.

Tonks entró directamente en el salón, seguida por el licántropo. Sin su torpeza característica, se autodirigió un hechizo para secarse la ropa, aunque la piel y el lacio cabello castaño permanecían mojados. Remus le indicó que se sentase en el sofá, pero ella eligió una desgastada butaca que había a su lado.

"Cuando dije que eras peligroso, no me refería a ti en tu forma de licántropo" -explicó con voz de cansancio, mientras el cuerpo le temblaba del frío. "Me refería a que me estás haciendo daño"

Remus se quedó de pie, mirándola, visiblemente incómodo.

"Vamos, Nymphadora, sólo fue un beso... estás exagerando las cosas, ¿no te parece?" -Remus no podía evitar sentirse culpable, pero su afán protector podía más que sus sentimientos. Estaba decidido a apartarla de su vida.

"Como en Hogwarts, ¿no?"

Remus, que se había dirigido a un armario de donde estaba sacando otro vaso y lo estaba llenando de espumosa cerveza, giró el cuello tan bruscamente que casi pudo oírse el chasquido de sus vértebras.

"¿Qué sabes tú de Hogwarts?"

"Todo"

Remus le ofreció a ella el vaso, que la metamorfomaga rechazó con un movimiento de cabeza.

"Sirius me lo contó. Todo. Las citas en la torre de astronomía, en las que nunca repetías acompañante. Las estudiantes de todos los cursos que caían a tus pies, y cómo tú las escogías cuidadosamente, sin demasiados escrúpulos... bueno, no podía dar crédito. Lo bueno de todo es que Sirius insiste en que tú eres un amigo excelente, pero que como... no sé cómo decirlo... con las chicas... no te lo pensabas demasiado. Yo no le he contado nada a Sirius de lo que pasó entre nosotros, por si es eso lo que estás pensando" -añadió apretando los labios.

Remus empezaba a sentir cómo la furia bullía en su interior. ¿Cómo se atrevía ella a juzgarlo? ¿Por qué Sirius le había contado todo eso? ¿Intuía lo que había pasado entre los dos e intentaba alejar a su prima de él? ¿Es que nadie entendía que él nunca había aceptado a ninguna chica que estuviese enamorada de él? ¿Que todas aceptaban gustosas una relación puramente física con el chico que suscitaba más morbo de toda la escuela?

"No tienes ni idea de lo que estás hablando" -siseó. "Ni Sirius ni tú tenéis derecho a juzgarme"

Tonks suspiró profundamente y asintió con la cabeza.

"Es cierto que lo que hacías en Hogwarts no es de mi incumbencia, pero no estoy dispuesta a permitir que conmigo hagas lo mismo" -aseguró decidida. "Me... me gustas mucho, muchísimo... pero conociéndote, no di ningún paso, porque imaginaba que alguien con tu rectitud y tu conciencia tendría que romperse mucho la cabeza cuando de amor se trata... y fuiste tú, Remus, quien se apareció en mi casa, de repente, y sin venir a cuento me besó como si yo significase algo. Parecía evidente que estabas enamorado, pero que no querías llegar a nada conmigo por ese estúpido problema tuyo con la licantropía. Lo que no sabía es que yo era una más de una enorme lista... que no te implicas con nadie, que sólo te interesa... bueno... eso..."

Remus apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

"¿Has terminado de insultarme?" -preguntó con voz acerada.

Tonks negó con la cabeza.

"No he venido a insultarte, Remus" -aclaró. "Durante todo este tiempo he pensado que lo que yo sentía por ti era recíproco, y estaba esperando el momento en que se te quitasen todas esas tonterías de la cabeza y aceptases que te quiero y que me importa un bledo que seas un licántropo. Incluso estaba dispuesta a aceptar que sólo fuésemos amigos. No me hubiese importado ser solamente tu amiga..." -mientras su voz se quebraba, Tonks se levantó lentamente con un renovado temblor desde las rodillas a la mandíbula. "Pero fuiste tú el que vino a mi casa y me besó, y si no sentías nada por mí no tenías derecho a hacerme creer lo contrario. Me has hecho daño, Remus, y creo que no me lo merecía..."

El licántropo se veía asaltado por dos sensaciones contradictorias: las ganas de asesinar a Sirius por haberle contado a Tonks sus correrías de adolescente, y una especie de nudo en mitad del esófago, que le impediría tragar, hablar o respirar hasta que no le hubiese hecho entender a aquella terca y torpe jovencita que estaba enamorado de ella hasta el alma, y que lo único que quería era no hacerle daño. Pero cuando oyó la última frase pronunciada por la metamorfomaga, percibir su dolor se hizo insoportable y superó a todo lo demás.

"Adiós, Remus" -dijo ella atravesando el salón y tomando el picaporte de la puerta con la mano. Sabía que iba a ponerse a llorar en cualquier momento y no quería darle ese gusto. Pensó que, al final, ella no era más que una tonta, que había pensado que esa fachada suya de caballero andante era real, y no una cuidada pose de seductor.

Pero no pudo abrir la puerta. Una mano la había agarrado por el codo y ahora tiraba de ella con fuerza, haciéndole girar de golpe y apoyándola sin delicadeza en la puerta.

"Ya has hablado bastante. Ahora es mi turno" -los ojos dorados del licántropo estaban fijos en los suyos, que ahora eran de un castaño desvaído. Abrió la boca para replicarle, pero su voz quedó ahogada por unos labios que la besaban como nunca la había besado nadie. No era un beso como el que le había dado en su casa. Era un beso que anulaba la consciencia, que intentaba transmitir todos los sentimientos que desbordaban al licántropo, y que la consumía igual que si estuviese inmersa en una gigantesca hoguera.

Remus se separó unos centímetros y fijó de nuevo en ella la mirada. Tonks abrió los ojos lentamente, y antes de que él hablase, ya había leído en los de él lo que iba a decirle a continuación.

"Te quiero" -admitió Remus con voz ronca. "Pero tú no has hecho nada para merecer un futuro así"

Ella asintió con la cabeza, todavía con la espalda pegada a la puerta e inmovilizada por los brazos del licántropo.

"Ya sé que no me lo merezco" -replicó en un susurro. "Pero algo habré hecho bien en otra vida para que tú me toques en suerte en esta"

Remus no pudo evitar una leve sonrisa.

"Soy más viejo que tú"

"Buf, treinta y cinco años... es verdad, eres un anciano venerable" -bufó ella.

"No puedo... no debo... tener hijos" -agregó el licántropo con amargura.

"¿Hijos?" -preguntó ella enarcando una ceja. "¿Nos hemos dado dos besos y ya me hablas de hijos? No tienes término medio, tú, ¿eh?"

Remus sonrió abiertamente, sintiéndose derrotado pero feliz de estarlo.

"Debería ir a ver a Sirius ahora mismo" -susurró al oído de Tonks.

"¿Para matarlo?" -preguntó ella con los ojos cerrados, sintiendo el cosquilleo de sus labios en el lóbulo de la oreja.

"No. Para agradecérselo. Ese saco de pulgas sabía muy bien lo que hacía cuando te contó todo eso"

Ella abrió los ojos, sonrió con expresión embobada y le acarició la mandíbula con la palma de la mano.

"¿Y tiene que ser ahora?"

Remus soltó una carcajada.

"He dicho que debería ir ahora mismo, pero creo que es algo que puede esperar a mañana" -afirmó, mientras abrazaba a Tonks por la cintura y la besaba de nuevo, de forma lenta pero abrasadora.

A partir de ese momento, la relación de Tonks con Remus fue intensa, feliz y sin altibajos, pero el licántropo se olvidó por completo de la frase pronunciada en un momento de ofuscación, en un intento de darle a ella un motivo, una última oportunidad para decir que no. Tonks asumió que él no quería tener hijos por cualquiera de los sensatos motivos que un licántropo podía tener y, tal y como habían decidido, hizo lo necesario para evitar quedarse embarazada. Pero cuando se dio cuenta de que se había estado tomando equivocadamente la poción matalobos de Remus en lugar de su poción anticonceptiva, y que ese despiste había tenido como resultado un incipiente embarazo, tuvo un ataque de pánico. Se sentía muy feliz por ese futuro hijo, pero no tenía ni idea de cómo podía reaccionar Remus. Y la decidida Tonks se calló, en espera del momento ideal para decirle a su marido que iban a ser padres. Pero, como no podía ser de otro modo, ese momento ideal no llegaba nunca.

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Bueno, a ver: siento muchísimo el retraso, y lo cortísimo que es el capítulo. En realidad es medio capítulo nada más. Pero estas semanas han sido un desastre: he estado de viaje y no he podido enviar nada, y cuando volví a casa mi conexión a internet no funcionaba. Acabé con los pelos de punta. Así que mando esto, que sé que os va a saber a muy poco, pero es que no me gusta la idea de tardar un mes en actualizar, y al paso que voy esto puede acabar en hecatombe. Al fin y al cabo, hoy la conexión funciona y no sé si mañana volverá a fallar o no.

En fin, intentaré compensar actualizando en una semana. Las contestaciones a los reviews las pongo en un review firmado por mí, ¿vale? Ya sé que no es la forma ideal, pero menos da una piedra.

En cuanto al capítulo, pues eso: era la primera mitad del capítulo 12 y se limita a explicar algunas cosas del pasado de Remus. A ver qué os parece. No sufráis, que el resto lo subiré pronto.

Un besito a todo el mundo, pequeñines míos.

Lara

PD: Mira, podría actualizar para San Valentín...