Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco. Tampoco nos pertenecen, ni a Pixie ni a mí, los derechos de El último unicornio, película de Peter S. Beagle.
Capítulo 19: Deseos de Navidad
1 de julio
Otra noche más sin dormir. No era una queja, sólo era la forma en que eran las cosas. Menos mal que tenía su sangre demoníaca o, si no, probablemente se habría caído muerto del cansancio para ahora.
El sueño era su enemigo.
Cerrar los ojos significaba ver a Kagome mientras se la arrebataban. El destello de pánico en su rostro mientras la magia la agarraba. Siempre estaba en sus pensamientos, así que tenerla en el cerebro no era inusual. Pero por la noche, sin distracciones, su pérdida era casi arrolladora. Su aroma prácticamente se había desvanecido de todo lo que había tocado. Lo único que quedaba que contenía trazas del aroma del que había llegado a depender era su rosario. Una parte de él sabía que probablemente era sólo el recuerdo de su aroma, pero cada vez que lo tocaba, al menos podía fingir…
Había sido un regalo conmovedor, uno que ella había hecho con sus propias manos. Fue la primera vez que pensó que tal vez realmente sentía algo por él más allá de una simple amistad. Le dio su primera auténtica esperanza. Había compartido los recuerdos de la Navidad con su familia con él y empezaron su propia tradición familiar. Eran una familia.
Inuyasha sonrió. A Kagome sí que le gustaba celebrar. Celebraba festividades de su propia cultura y festividades de otras culturas. Estaba bastante seguro de que incluso se había inventado algunas propias. Kagome celebraba la vida.
Sus razones para mantenerla a distancia ahora parecían sencillamente estúpidas.
Al cerrar los ojos, intentó recordar cada momento de aquella primera Navidad juntos. Recordaba cómo había refunfuñado por cómo decoraba un árbol o un arbusto cada vez que acampaban. Recordó sus ojos chispeando de alegría mientras cantaba y tarareaba. Recordó que le había preguntado qué deseaba. Pero en aquel momento realmente no tenía ningún deseo. La tenía a ella. No pareció haber necesidad de desear algo entonces.
Pero ahora tenía algo que desear.
Deseaba a Kagome.
Deseaba poder volver a inhalar su aroma.
Deseaba poder tocarla otra vez.
Deseaba poder verla y hablar con ella a solas, ¡sin todas las personas del apestoso mundo entero allí intentando competir por su atención! Por desgracia, para que la magia funcionase, Kikyo también tenía que estar allí.
Pero aun así lo deseó.
—¿Inuyasha?
El demonio perro bajó la mirada y vio al zorrito somnoliento.
—¿Qué pasa, mocoso?
—No puedo dormir.
Inuyasha gruñó y se movió un poco. Shippo saltó a su lado y se acurrucó en una bola.
—Echo de menos sus historias.
—Sí.
—¿Recuerdas las historias?
—Vete a dormir, mocoso.
Shippo gruñó algo sobre malos y cerró los ojos. No sería la primera vez que el zorrito se quedaba dormido aferrando el borde de la túnica de la rata de fuego. Se aseguraría de devolverlo de una patada a su propio sitio para dormir antes de que los demás despertasen. Shippo se consolaba estando a su lado y, aunque nunca lo admitiría ni bajo tortura, Inuyasha también se consolaba con él.
—Kagome… —Inuyasha cerró los ojos y deseó. Se tocó el rosario, su primer regalo de Navidad, e inhaló para captar incluso una traza de su aroma. Nunca olvidaría su aroma, nunca. Estaba grabado en él. La recordaría cuando los humanos fueran cuentos de hadas en libros escritos por conejos. Recordó esa frase mientras sonreía ligeramente. Era una cita de un libro que a ella le había encantado, una de las historias que le encantaba contar.
—¿Inuyasha?
—¿Qué? —La palabra salió más brusca de lo que pretendía, pero le había sobresaltado, pensaba que su joven protegido ya se había quedado dormido.
—No… No consigo recordar cómo son las historias…
La voz era tan bajita y tan sufrida que el demonio perro hizo una mueca, aunque sabía que era mentira. A menudo descubría a Shippo contándose esas historias mientras dibujaba en la tierra. Inuyasha sabía que estaba mintiendo y Shippo probablemente sabía que él sabía que estaba mintiendo.
—Érase una vez —empezó Inuyasha—, un progenitor estúpido que envió a su hija indefensa al bosque infestado de malvados demonios lobo sarnosos sólo para llevarle un poco de comida a una vieja bruja.
Shippo se acurrucó.
—Era su abuela —le corrigió con poco entusiasmo.
—Qué más da. —Contar la historia le hacía sentirse más cerca de Kagome. La mantenía con ellos. Con él. Tal vez el rosario no era su mejor regalo de Navidad para él, después de todo. Tal vez era el sentimiento de una familia. De ser parte de algo. Sólo deseaba que ella estuviera aquí para que la familia estuviera completa.
—¿Puede salvarla un zorro esta vez?
—Keh. ¿Vas a escuchar mi historia o vas a seguir berreando? —Inuyasha puso las manos detrás de la cabeza y se recostó, más cómodo de lo que estaba antes. Aun así, no dormiría, pero no pasaba nada—. Bueno… ¿por dónde iba?
—Érase una vez.
—Sí, cierto. —Inuyasha se permitió sonreír—. Érase una vez…
