Disclaimer: No soy J. K. Rowling, pero os aseguro que cuando le echo un ojo a mi cuenta corriente no me importaría nada serlo.

NOTA DE LA AUTORA:

En fin, siento haber tardado tanto en actualizar, pero todo tiene su explicación. ¿Os acordáis que os dije hace unos meses que tenía un problema? Bueno, pues el problema era laboral y finalmente he cambiado de trabajo. Cobro bastante más pero trabajo como un elfo doméstico en casa de los Malfoy. Eso significa no tener absolutamente nada de tiempo libre. Creo que la última vez que fui al cine todavía era en blanco y negro.

Así que, ya sabéis. Afortunadamente, tods sois un encanto, y de entre los más de 680 reviews que ya tengo (todavía no me lo creo), es excepcional encontrar a alguien que me meta prisa. Dos cosas: una, millones de gracias a los que no me metéis prisa para actualizar, de verdad que sois unos lectores maravillosos. Y dos, a los que sí lo habéis hecho, en serio que no sirven de nada los comentarios bordes al respecto. Si no actualizo antes, es porque estoy hundida hasta las cejas en trabajo. Y como el trabajo es lo que me da de comer y no ffnet, pues como que tengo claras las prioridades.

Como la semana que viene estoy un poco más libre, he decidido premiarme esta última semana y escribir un poco. Espero que os guste este capítulo, porque os aseguro que le he echado ganas.

Os hago un brevísimo resumen del estado del fic: Hermione está gravísima en San Mungo, donde la cuida una sanadora llamada Gray. Sirius, Remus y Harry han sido liberados sin cargos por las muertes de Malfoy y Snape, pero a cambio, Portia Santorini, jefa de la Secretaría del Estado Mágico para la Seguridad, le propone a Harry colaborar con ella vigilando que los aurores no se salgan de madre. Tonks está sana y salva, reponiéndose en su casa, y esperando con Remus el nacimiento de su retoño. Harry, irritado porque la chica parece odiarlo, ha invitado a cenar a la sanadora Gray, a ver si así le consigue caer un poco mejor. Y... eso es todo, me parece. Ahora, a disfrutar (espero) de este nuevo capítulo...

DE LA SARTÉN... ¿AL FUEGO?

Capítulo 21: La diplomacia consigue más triunfos que los cañones.

La sanadora Gray no era una mujer que perdiese la calma fácilmente, y por lo tanto aquella sensación de desasosiego que no podía quitarse de encima la exasperaba todavía más. Estaba apoyada en uno de los muros blancos que rodeaban la magnífica puerta de bronce pulido de Gringotts, y había cambiado de posición quince veces en los últimos diez minutos. Quién le había mandado llegar tan temprano...

Aquello no era una cita, se repitió a sí misma por enésima vez.

Había salido de su casa con tiempo suficiente para hacer todos los engorrosos trámites que exigían los gnomos de Gringotts a los usuarios de las cámaras. Desgraciadamente, ese día había muchísimo trabajo en el banco, y el gnomo que le había tocado en suerte, que ya la conocía, había optado por eliminar burocracia, limitarse a exigir la llave de la cámara y entregarle la suma que le pedía. Así que había estado haciendo tiempo curioseando libros en una tienda cercana y finalmente había regresado a la puerta principal de Gringotts, donde había quedado con Harry, quince minutos antes de la hora acordada.

Y ahora se estaba arrepintiendo terriblemente de su puntualidad, que le había proporcionado un tiempo extra para comerse el tarro.

No lograba entender por qué se había dejado embaucar por Potter para aquella cena. Ella era una mujer práctica que aceptaba sin remilgos cuando un hombre que le resultaba atractivo la invitaba a cenar; pero Potter no le gustaba, más bien le ponía los nervios de punta, así que... ¿por qué demonios había aceptado? Reconocía que, sin ser un hombre especialmente guapo, tenía un moderado atractivo, y unos ojos verdes que quitaban el hipo; pero no soportaba sus actitudes "heroicas"... eso de saltar en defensa del débil... esa irritante manía de pensar que en sus manos estaba la salvación del mundo...

Suspiró profundamente. Necesitaba más horas de sueño, pensó. La falta de descanso le estaba afectando el cerebro, eso era. Intentó tranquilizarse y repetirse varias veces seguidas, de nuevo, que aquello no era una cita. Potter había sido claro: era una cena para enterrar el hacha de guerra. Un poco más tranquila, se cruzó de brazos y apoyó la espalda en la pared. Era simple caridad darle una oportunidad a Potter, y además, iba a invitarla a cenar. Se moría de hambre...

"¡Doctora Gray!"

Levantó la mirada. Un despeinado Harry Potter la saludaba con la mano al otro lado de la calle. Iba vestido de manera informal, pero el polo verde oscuro que llevaba le favorecía mucho. Resaltaba aquellos ojos increíbles que tenía. El salvador del mundo mágico cruzó la calle de una carrera y llegó a donde estaba ella, sonriendo de oreja a oreja.

"Espero no haberla hecho esperar..."

La sanadora negó con la cabeza. "No, está bien, señor Potter, soy yo la que he llegado antes..."

Harry la miró pensativo y se frotó la nuca. Esperaba que la sanadora bajase la guardia y se mostrase más amigable, pero no parecían ir por ahí los tiros.

"¿Qué tipo de comida le gusta?" -tanteó.

"Usted me dijo ayer que conocía un sitio muy agradable aquí cerca... ¿ha cambiado de opinión?" -atacó Gray.

Harry suspiró. "Oiga, pensaba llevarla a un sitio bastante informal donde preparan una comida de muerte, pero si insiste en el usted y en el Potter, casi prefiero llevarla al Wizardtrust..."

La sanadora lo miró fijamente, con suspicacia. El Wizardtrust era probablemente el restaurante más caro, pijo e insufriblemente estirado del Londres mágico. Servían una comida más que aceptable, pero en porciones microscópicas que parecían perdidas en platos del tamaño de un campo de quidditch, y ella tenía tanta hambre que se hubiera comido un colacuerno húngaro vuelta y vuelta. Además, no le gustaba un pelo la insinuación implícita en las palabras de Potter.

"No me apetece nada ir al Wizardtrust" -se apresuró a aclarar. "¿Quiere decir que mi actitud pegaría con el restaurante?"

"Pues sí" -le respondió Harry con sinceridad. "Pero si nos llamamos por el nombre y nos tuteamos, pegaremos más con el ambiente del Pasha Patil".

"¿El Pasha Patil¿El restaurante hindú?" -la doctora Gray empezaba a notar cómo sus jugos gástricos empezaban a segregarse a velocidad de Nimbus 3000. Le encantaba la comida india, y el Pasha Patil, aunque relativamente modesto y sorprendentemente económico, tenía fama de servir la mejor del Londres mágico. No... de todo el Reino Unido mágico... También tenía una lista de espera de al menos tres semanas. Suspiró y aceptó a regañadientes. "Vale, nos llamamos por el nombre, yo le llamo Harry y usted me llama... ¿qué pasa?" -replicó al ver cómo Harry negaba con la cabeza.

"Por el nombre y tuteándonos" -especificó Harry, implacable.

La sanadora Gray entrecerró los ojos. Potter no parecía dispuesto a claudicar, y ella estaba literalmente muriéndose de hambre. Decidió ir a lo práctico.

"Sólo hoy" -propuso.

"Sólo hoy si después de la cena se reafirma en su teoría de que soy un tipo insufrible que va de héroe por la vida" -rectificó Harry. Al ver que la sanadora no respondía, añadió: "Vamos, al fin y al cabo, si su opinión sobre mí mejora bastante, tendrá motivos más que suficientes para tutearme"

Gray hubiese continuado sopesando sus opciones si su estómago no hubiera intervenido espontáneamente, rugiendo como un basilisco con conjuntivitis. Suspiró, asintió con la cabeza y decidió capitular, por el bien del estado nutricional de sus neuronas.

"De acuerdo" -aceptó, al tiempo que le tendía la mano. "Wilhelmina Augusta Gray, pero todo el mundo me llama Mina"

Harry le estrechó la mano con energía.

"Harry James Potter, pero todo el mundo me llama El-Salvador-del-Mundo-Mágico" -sugirió con una media sonrisa.

"No tiente a su suerte, Potter, no tiente a su suerte..."

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Harry, como buen espécimen masculino, no se había roto tanto la cabeza con su no-cita. Tenía claro en un noventa por cien el motivo por el que quería cenar con la doctora Gray: la chica le había cogido manía, y le molestaba profundamente que alguien que le caía tan bien tuviese una opinión tan pobre sobre él. El otro diez por ciento no lo tenía tan claro, pero Harry no quería pensar en eso. Al fin y al cabo¿para qué?

A lo largo del día se había sorprendido a sí mismo pensando en la cena de esa noche, sonriendo involuntariamente al imaginarse a la gruñona doctora Gray charlando animadamente mientras engullían plato tras plato de pollo tandoori. Conseguir una mesa de un día para otro en Pasha Patil era totalmente imposible, pero Harry tenía enchufe con las dueñas; no por ser el salvador del mundo mágico, sino porque las flamantes propietarias del Pasha Patil eran las bellísimas hermanas Padma y Parvati Patil, y ahí Harry jugaba con ventaja: además de ser ex-compañeros de Hogwarts y amigos, tanto Padma como Parvati eran unas cotillas que darían un riñón con tal de recibir en su restaurante al siempre reservado Harry, cuya vida sentimental era más hermética que las cámaras acorazadas de Gringotts, y una posible conquista. Cuando la noche anterior Harry había envíado su cabeza, vía red flu, a la chimenea del Pasha, a Parvati le había faltado tiempo para asignarles, a él y a su acompañante, la mesa más discreta, apartada y romántica de todo el restaurante. Lo suficientemente cerca de la cocina para no sacarles el ojo de encima, por supuesto.

"Bienvenidos al Pasha Patil" -exclamó una sospechosamente almibarada Padma cuando los recibió en el vestíbulo del local. "Hola, Harry, estamos encantadas de tenerte aquí de nuevo... y por supuesto a usted, señora..." -Padma vaciló unos segundos, dándole la oportunidad a la sanadora para responder.

"Gray, Mina Gray" -respondió ésta con amabilidad.

"Encantada, señora Gray... esperamos que usted también se convierta en una asidua visitante de nuestra casa" -expresó Padma con satisfacción, mientras analizaba a la pareja con ojos expertos. De momento, parecía que aquella tal Mina Gray miraba al curry que circulaba por las mesas de forma más lujuriosa que al propio Harry.

"¿Qué tal, Padma?" -la grave voz de Harry interrumpió el hilo de pensamiento de la oriental. "Creo que los dos tenemos un poco de hambre..." -insinuó para evitar que la más lista de las hermanas Patil los retuviese más de la cuenta con el único fin de alimentar su vena "Skeeter".

"Por supuesto, por aquí..." -los guió la bruja sacudiendo con un gesto cimbreante la melena, brillante y pulida como un espejo de obsidiana.

Minutos después se encontraban sentados en la mejor mesa del Pasha Patil, concentrados en la carta.

"¡Oh, vaya, tienen rogan josh...!" -murmuró la sanadora sorprendida.

"Y el garam masala es casero" -le explicó Harry, mirándola con una sonrisa satisfecha. Al menos, con la elección del sitio había ganado varios puntos...

El tono de auto-complacencia de Harry hizo que Gray levantase la mirada, endurecida de nuevo.

"Escúchame bien: he aceptado tu invitación a cenar para que... bueno, no sé por qué demonios he aceptado, pero lo he hecho. Sin embargo, es mejor que borres esa sonrisita satisfecha de tu cara, y si esperas que te hable sobre el estado de Hermione, te recuerdo que esa información es confidencial y sólo estoy autorizada a dársela a sus familiares" -le soltó a bocajarro.

"Te aseguro que no te he invitado para hablar de Hermione" -se apresuró a aclarar Harry.

"Bien¿para qué entonces?" -le preguntó ella enarcando las cejas.

Harry se quedó callado un momento, dubitativo. A pesar de que ya no era el chaval de quince años que no conseguía pedirle a la chica que le gustaba que lo acompañase al baile del Torneo de los Tres Magos, seguía habiendo algo en la mente femenina que lo ponía muy nervioso. ¿Qué más daba por qué lo había hecho? Ya le había dicho que no era para hablar de Hermione... ¿por qué las mujeres les daban tantas vueltas a las cosas?

"Ya te lo dije en San Mungo... una oportunidad para hacerte ver que no soy un idiota integral" -contestó encogiéndose de hombros. "Aunque empiezo a pensar que lo único bueno de esta cita va a ser la comida" -añadió con un gruñido de exasperación.

El corazón de Mina Gray dejó de latir durante varios segundos después de oír la palabra "cita". Harry tenía la mirada fija en la carta, por lo que ella pudo examinarlo a sus anchas. En realidad no era precisamente un Lockhart, con su estatura media y su complexión delgada, pero había algo en él... el pelo negro y despeinado le daban un aspecto informal, moderno quizás... y los impresionantes ojos verdes, protegidos tras aquellas gafas de montura metálica que le daban un encantador aire intelectual... sólo por aquellos ojos hipnotizantes, Harry podía considerarse ya un hombre muy atractivo.

¿A quién quería engañar?

Había aceptado su invitación porque Harry le gustaba, evidentemente, sino a qué venía esa súbita pereza cardíaca al oír la palabra "cita". No le hacía mucha gracia, pero tenía que admitir la evidencia. Harry hablaba de más y tenía la costumbre de meter la pata, pero quizás era sólo porque no se callaba lo que pensaba. En el fondo era bastante parecido a ella, para qué negarlo. La sanadora apretó los dientes y cogió aire.

"Te ofrezco una tregua" -declaró, bajando la carta y destapándose la cara.

"¿Qué?" -Harry levantó la vista del menú.

"He dicho que te ofrezco una tregua" -repitió ella con resignación. "He aceptado a venir a cenar contigo, así que me voy a portar bien y voy a ser buena chica¿vale?" -ofreció, tendiéndole la mano.

Harry miró aquella mano de piel blanca y uñas recortadas, y la estrechó de nuevo, con cuidado.

"Acepto la tregua. Aparte de Hermione¿hay algún otro tema que no podamos tocar?" -le preguntó enarcando una ceja.

Gray pareció pensárselo un momento.

"No, creo que ninguno. Y lo de no hablar de Hermione, no es un capricho..." -recalcó.

"Lo sé, me parece lógico" -aceptó Harry. "Escucha... de verdad que lo último que me gustaría es que te sientas incómoda. ¿Por qué no pedimos la cena y nos relajamos un poco, eh?"

Gray aceptó de buena gana, y al cabo de un rato tenía ante sí un plato rogan josh que olía de maravilla. Mientras saboreaban la cena, fue notando cómo el deliciosamente informal ambiente de chez Patil y su exquisita comida contribuían a que el tono de la conversación también se fuese destensando progresivamente.

"Hola, Harry, Mina... espero que todo sea de su agrado" -la voluptuosa melena de Padma Patil acababa de hacer su aparición junto con su propietaria.

"Todo delicioso, Padma, como siempre" -la felicitó Harry con amabilidad.

"¿Es usted una aficionada a la comida hindú, Mina?" -le preguntó Padma a la sanadora, utilizando su voz más aterciopelada. "Nunca la había visto por aquí con Harry"

"Eh... es la primera vez que vengo, en realidad..." -confesó Mina Gray, obviando la insinuación de la ravenclaw. "Conseguir mesa en su restaurante no es nada fácil"

"No hay problema: si es usted una buena amiga de Harry, llámenos cuando quiera y le reservaremos una mesa" -propuso Padma lanzando el anzuelo.

Antes de que Mina Gray pudiese siquiera asentir, Harry se apresuró a cortar por lo sano cualquier intento de la escultural oriental de averiguar algún dato sobre la relación que los unía.

"Gracias Padma, seguro que Mina aceptará tu invitación gustosa" -interrumpió Harry evitándole a la sanadora que aclarase si era o no una buena amiga suya. "Saluda a Parvati de mi parte¿quieres?"

Padma se despidió con una inclinación de cabeza y se fue en dirección a las cocinas, con el fin de informar a su hermana Parvati de sus conjeturas. Era evidente que Harry y aquella chica todavía no salían juntos, pero era más evidente todavía que, al menos a Harry, no le importaría nada.

"Lo siento" -se disculpó Harry con un gesto de resignación que a la sanadora le pareció encantador. "No sé si la comida compensará que Padma y Parvati estén metiendo la nariz en nuestra mesa para cotillear a quién he traído"

"No hay problema... ¿siempre lo hacen?" -preguntó Mina con sincera ingenuidad.

Harry miró a la doctora Gray sopesando las posibilidades de que la pregunta fuese tan inocente como parecía.

"Suelo venir con mi mejor amigo, Ron Weasley" -explicó-, "así que no acostumbro a darles motivo para que intenten meter la nariz"

"Ah..." -acertó a decir la sanadora. Su intención no había sido averiguar si Harry solía traer allí a sus ligues, pero ahora no había forma de arreglarlo sin parecer idiota. "¿Compañero del colegio?"

"Sí" -confirmó Harry hundiendo su tenedor en el curry. "Ron y Hermione son mis mejores amigos, y los tres estábamos en Gryffindor con Parvati. Padma estaba en Ravenclaw. ¿En qué casa estabas tú?"

La sanadora no contestó nada, y cuando Harry levantó la vista se dio cuenta de que lo estaba observando con genuina perplejidad.

"Ah, ya... es que yo no estudié en Hogwarts, sino en Vlaanderen, cerca de Bruselas" -explicó.

"¿Por qué no estudiaste en Hogwarts?" -preguntó Harry sorprendido.

"Porque mis padres vivían en Bruselas" -respondió ella. "Mi padre trabajaba en el parlamento europeo" -añadió al ver que Harry la seguía mirando con curiosidad.

"Así que tu padre es muggle..." -concluyó él.

La sanadora miró fijamente a Harry, como si estuviese indecisa de si seguir hablando o cambiar de tema. Bajó la mirada y la fijó en el rogan josh, jugueteó un poco con el tenedor y volvió a mirar a Harry.

"No, mi padre era mago, pero murió antes de que yo naciese. Mi madre se volvió a casar otra vez, cuando yo tenía un año, así que para mí, mi padrastro es como mi padre de verdad. Cuando le propusieron irse a trabajar a Bruselas, mi madre estuvo encantada de que nos fuésemos de Inglaterra y de que yo estudiase lejos de aquí" -explicó.

"¿Y por qué quiso tu madre marcharse de Inglaterra?"

"Mi madre tenía un miedo atroz a los mortífagos desde la primera guerra... mataron a mi padre, y ella se quedó sola. Cuando conoció a mi padrastro, estoy segura de que una de las cosas que la impulsaron a casarse con él fue su condición de muggle... quería desvincularse todo lo posible del mundo mágico, porque tenía un terror irracional a que me pasase algo a mí. Así que cuando surgió lo de Bruselas, mi madre aceptó entusiasmada" -continuó la sanadora.

"¿Y por qué has vuelto?" -se interesó Harry.

Mina Gray suspiró y se encogió de hombros.

"Mi madre aceptó volver cuando casi matan a mi padrastro, que se libró por los pelos"

Harry sintió unas ganas irrefrenables de saltar de la silla, y por un momento tuvo un aire con Ojoloco en su estado de "alerta permanente".

"No es posible que fuesen los mortífagos" -exclamó.

Gray puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.

"Qué va... fue un atentado terrorista muggle... mi madre, que estaba obsesionada con Voldemort, se encontró de repente con que huir del mundo mágico tampoco le aseguraba seguridad. Así que terminé mis estudios en Vlaanderen, volvimos a Inglaterra, y yo empecé a estudiar en la Escuela de Sanadores" -finalizó.

Y lo decía tan tranquila, pensó Harry.

"¿Y tu madre...?"

Gray suspiró profundamente.

"Mi madre, que siempre pensó que Voldemort era la reencarnación de todo mal, comprendió entonces que al mal no se le puede erradicar por completo, y que lo hay en todos los mundos, mágico o muggle. Dumbledore acabó con Grindewald, tú acabaste con Voldemort... pero vendrán otros, y habrá otros que acabarán con ellos, igual que en el mundo muggle..."

Harry la miraba sin saber muy bien qué decir. Mina Gray parecía aceptar aquello como una ley natural e inexorable, como parte del destino y de la vida.

"Pero... ¿tú no... no sientes...?"

"¿Rencor?" -repuso Mina atacando el plato con evidente apetito. "Claro, pero sobre todo lo que siento es que todo esto es un desperdicio; a lo largo de los siglos siempre ha habido imbéciles que se han dejado convencer para luchar y matar en nombre de unos ideales más bien patéticos... al fin y al cabo, el problema no es la maldad, sino la estupidez humana"

Harry seguía mirándola como si le hubiesen crecido mandrágoras en las orejas.

"Vamos, no me mires así. Voldemort por sí solo no sería más que un pobre chalado inmortal, pero lo que le dio poder fue el enorme número de seguidores que tenía"

Harry se pasó la mano por el pelo, dejándolo hecho un desastre.

"Me temo que yo tengo otro punto de vista" -aseguró Harry acabando su pinta de cerveza, que fue inmediatamente sustituida por otra con sutileza por un hábil camarero. "Ese pobre chalado, como lo llamas tú, se dedicó a intentar matarme año tras año mientras estudié en Hogwarts..."

"Ya, supongo que tu caso es un poco especial, Harry..." -aceptó Mina con comprensión. "A ti no te quedó otro remedio que convertirte en héroe..." -suspiró, con un disimulado acento burlón en sus palabras.

"Yo no tuve nunca la intención de convertirme en héroe"

"¿Seguro que nunca tuviste cierta tendencia a la heroicidad?" -insistió Mina con un sospechoso brillo de diversión en los ojos. A Harry le recordó terriblemente una conversación, años atrás, en que Hermione lo había acusado de algo parecido, y se sonrojó ligeramente. "Ah... lo sabía..."

Harry se echó hacia atrás y se apoyó en el respaldo de la silla, observando la expresión risueña de la doctora Gray. Definitivamente, la joven se había destensado con la comida y la conversación, y se mostraba ahora abierta, divertida y franca. Había dejado de ser la sanadora rígida y seria que no le permitía el menor desliz, y parecía ahora relajada y tranquila. La cerveza helada que habían estado bebiendo le había dado un brillo chispeante a sus ojos, tan oscuros que parecían dilatados por una poción de láudano. Acostumbrado al respeto y la admiración que suscitaba en el mundo mágico, aquel comportamiento irreverente y burlón lo provocaba y lo estimulaba a partes iguales.

"¿No decías que ibas a portarte bien?" -gruñó.

"Y me estoy portando bien, Harry... deberías verme cuando realmente me porto mal..."

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Cuando Sirius entraba en la CIM para ver a Hermione, descubrió con sorpresa que ya había alguien con ella: Albert Granger. El padre de Hermione sujetaba la mano de su hija entre las suyas mientras la acariciaba lenta y pausadamente, completamente abstraído, y parecía haber envejecido diez años de un golpe. Apenas giró la cabeza cuando Sirius entró en la unidad, aunque finalmente se puso de pie con lentitud y lo miró durante unos segundos, al cabo de los cuales los dos hombres adelantaron la mano a la vez para estrechársela.

"Hola, Albert"

"Black..."

El silencio se mantuvo unos breves momentos, mientras padre y marido se miraban con incomodidad. Sirius estaba habituado a leer la expresión de desagrado en el rostro de Albert Granger todas y cada una de las escasas ocasiones en las que se encontraban, pero esa vez el odontólogo parecía demasiado cansado para demostrar nada. Finalmente, el padre de Hermione señaló a la puerta.

"Ya me marchaba, pero... me gustaría hablar contigo un momento"

"Por supuesto"

Sirius le cedió paso y salió detrás de él, preocupado por la conversación que su suegro tenía intención de mantener. El animago conocía las ideas de Albert Granger sobre la guerra y sobre los métodos utilizados por los aurores y el ministerio, teóricamente en el bando de los buenos. De todos los que rodeaban a Hermione, su progenitor era conocido por sus ideas estrictamente pacifistas, y rechazaba completamente los interrogatorios agresivos, la utilización de los dementores y las cadenas a perpetuidad en Azkaban. No es que Sirius pensase que el padre de Hermione fuese idiota, pero consideraba que veía los toros desde la barrera, y evitaba discutir con él porque sabía que un muggle jamás podría llegar a comprender el mundo en el que ellos estaban metidos.

"Escucha, Black... me gustaría saber..." -vaciló Albert-; "... yo... ¿sabéis quién le ha hecho esto a Hermione?"

Sirius asintió con la cabeza.

"Los Malfoy" -respondió. "Y Severus Snape, un antiguo profesor de Hogwarts que estaba a las órdenes de Voldemort. Creo que ya sabíais que los Malfoy estaban cumpliendo cadena perpetua en Azkaban y se la tenían jurada a Hermione. Consiguieron escapar y la secuestraron delante de nuestras narices"

Albert Granger desordenó su alborotado cabello rojizo y asintió con lentitud. Sirius observó que tenía unas ojeras pronunciadas y sintió una oleada de compasión por aquel hombre que, al fin y al cabo, adoraba a Hermione tanto como él.

"Albert, lo siento... de verdad..."

El padre de Hermione miró a Sirius y negó con la cabeza.

"Ya... dime... ¿dónde están ellos ahora?"

Sirius hesitó unos instantes. No sabía cómo decirle a Albert que él mismo, junto con Harry, había asesinado a Malfoy y a Snape a sangre fría. Con las ideas de Granger, eso sólo añadiría leña al fuego. Pero tampoco podía mentirle... sabía que matar a Malfoy era algo que había tenido que hacer, al menos por la seguridad de Hermione.

"¿Sabes lo que es el beso del dementor?" -comenzó.

Albert Granger asintió reprimiendo un escalofrío.

"Es lo que pensaban a hacerle a Hermione, pero ella se defendió bien e hizo que el dementor que tenía que haberla besado a ella se lo hiciese a Draco Malfoy... Draco es ahora un cuerpo inerte pero vivo, y está custodiado en un lugar seguro del Ministerio. Snape y Lucius Malfoy se escaparon y fuimos tras ellos..." -dudó unos instantes, pero continuó con voz firme- "... los maté yo mismo... No es que me sienta especialmente orgulloso de ello, Albert, pero lo volvería a hacer sin ninguna duda"

Albert Granger se sobresaltó ligeramente, y miró a Sirius con una expresión indescifrable. El animago esperó una explosión de furia, o un ataque de desesperación, pero Albert se mantuvo callado un buen rato, sin decir nada. Parecía tener la mirada perdida, y Sirius supuso que estaba intentando asimilar la información.

"Eso significa... que ya no pueden volver a hacerle nada..." -al cabo de un rato, Albert Granger habló en voz tan baja que a Sirius le costó trabajo entenderle.

"Eso es" -confirmó el animago.

El padre de Hermione miraba hacia la puerta de la unidad donde su hija estaba ingresada, como si pudiese ver a su través. Sirius estaba callado, a su lado, sin saber muy bien qué reacción esperarse. Finalmente, su suegro lo miró fijamente y le puso una mano en el hombro, lo apretó ligeramente y lo soltó.

"Sirius, hijo... gracias" -pronunció con voz clara. "Para mí significa mucho que no puedan volver a hacerle daño nunca más"

Sirius palmeó a su vez el hombro de su suegro asintiendo brevemente con la cabeza, en un gesto muy masculino. Por primera vez, Albert Granger lo había llamado por el nombre, y por primera vez Sirius lo vio como a un simple ser humano que estaba sufriendo por su hija. Sabía que no tenía que decir nada, que no había nada que decir, y que el padre de Hermione lo aceptaría de entonces en adelante, simplemente porque comprendía también, por primera vez, lo que Hermione significaba para Sirius. Mientras veía a Albert Granger alejarse de allí, el animago comprendió que se había ganado su respeto para siempre.

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Mina Gray caminaba de regreso a su apartamento con paso firme, flanqueada por Harry, quien había insistido en acompañarla. Tenía que reconocer que lo había pasado muy bien, y que Harry no era tan insufrible como ella le había reprochado en San Mungo.

"No era necesario que me acompañases" -volvió a repetir con exasperación.

"Perdona, pero soy un caballero" -le recordó Harry hundiendo las manos en los bolsillos del abrigo.

"Yo no soy ninguna damisela en apuros" -replicó Gray molesta.

"Sí eres una dama, aunque no tienes ninguna pinta de estar en apuros" -la picó Harry mirándola de reojo.

"Eres insufrible, Potter"

"Eh, eh, eh... después de los postres quedamos en que yo tenía razón y no volveríamos a llamarnos por el apellido¿recuerdas?" -insistió Harry.

"Habrá sido el curry, que atonta el cerebro" -suspiró la chica.

"Tú sabrás" -zanjó el héroe del mundo mágico canturreando.

Gray sonrió a su pesar. Reconocía que probablemente había prejuzgado a Harry, y que el joven auror no tenía nada de prepotente ni mostraba especial predisposición para salvar a la humanidad, al menos cuando tenía delante un plato de humeante y deliciosa comida. "Y buena compañía", le sugirió su inoportuno subconsciente, haciendo que el corazón le latiese un poco más deprisa y se sonrojase bruscamente.

"Te has puesto roja" -observó Harry súbitamente interesado. "¿Qué estabas pensando?"

"En que si me ve alguno de mis compañeros por la calle contigo, me moriré de la vergüenza" -le soltó ella a la defensiva.

"Vamos, tampoco es para tanto..." -terció él interpretando acertadamente que eso no era lo que ella estaba pensando. "Ir acompañada por un el salvador del mundo mágico siempre viene bien, por si a Voldemort se le ocurre resucitar..."

"¿Y quién dice que esta vez le ganarías tú?" -contraatacó Gray.

Harry soltó una carcajada.

"Tienes razón... si yo fuese Voldemort, tú me darías mucho más miedo"

Mina no pudo evitar reírse también, y en ese preciso momento se los encontró alguien que no disfrutó exactamente de aquel arrebato de súbita complicidad.

"¡Harry!"

Éste se giró bruscamente y se encontró con una pelirroja sumamente sorprendida al verlo. Ginny Weasley, que se imaginaba a Harry sumido en la desesperación, no podía creer a sus ojos al verlo divirtiéndose abiertamente en compañía de otra mujer.

"¡Ginny¡Hola¿Qué haces por aquí?" -preguntó él con una amplia sonrisa, sin darse cuenta de que a la pequeña Weasley se le estaba poniendo una cara muy parecida a la de la matriarca de la familia cuando uno de sus vástagos (o su marido) conseguían contrariarla.

"He ido a cenar a casa de Luna" -explicó mirándolo fijamente y esbozando una sonrisa forzada dirigida tanto al joven auror como a su acompañante. "Se nos ha hecho un poco tarde, y volvía a casa..."

Harry vio que Ginny le lanzada miradas furtivas a la sanadora y se dio cuenta de que no las había presentado. La verdad era que la pelirroja había reconocido perfectamente a la mujer, por haberla visto en San Mungo, y le sorprendía haberlos pillado a los dos caminando juntos de forma tan... relajada. Se moría de la curiosidad de saber si se habían encontrado por casualidad o habían ido juntos a algún sitio, pero se hubiera cortado la lengua antes de demostrarlo.

"Por cierto, no sé si conoces a Mina, Mina Gray... Mina, esta es Ginny Weasley, es la hermana pequeña de mi amigo Ron... trabaja conmigo..."

"Encantada" -dijo Mina estrechando la mano de Ginny que no estaba entablillada.

"Lo mismo digo" -contestó Ginny, sintiéndose muy lejos de estar encantada de conocer a la sanadora. Además, el que Harry la hubiese presentado como simplemente la hermana de Ron era algo que la molestaba profundamente.

A la doctora Gray, acostumbrada a lidiar con situaciones de emergencia, interpretó aquella como un código uno: ex-novia (o aspirante a novia) celosa dispuesta a todo. Reprimió un suspiro. No le apetecía nada tener que lidiar con admiradoras furibundas del héroe de todos los héroes.

"Bueno, mi casa ya está aquí al lado..." -sugirió, esperando que Harry no insistiese en llevarla hasta la puerta.

"Perfecto, porque tengo la intención de dejarte allí sana y salva. Hasta luego, Ginny, nos vemos mañana" -se despidió de la pelirroja con un saludo amistoso y agarró a la sanadora por el codo, llevándosela de allí sin darle tiempo ni de pestañear.

Durante el corto trayecto restante hasta su apartamento, Mina y Harry apenas intercambiaron palabra. Mina pensaba en qué lío se estaba metiendo, y Harry pensaba a su vez en cómo pedirle a la irascible sanadora una nueva cita sin que ella sacase su varita y le lanzase una imperdonable. Finalmente llegaron al un coqueto edificio de dos pisos con un acogedor jardincito.

"Es aquí" -dijo Gray sacándose los guantes y frotándose las manos para abrir la verja.

"Vale, ya lo hago yo" -la interrumpió Harry abriendo la entrada al jardín por ella.

"Oye, ya lo sé hacer yo solita¿sabes?" -refunfuñó la sanadora, molesta.

"No lo pongo en duda" -atajó Harry impertérrito. "Ha sido el mínimo gesto de galantería que se puede esperar en una cita".

"Escucha, Potter..." -suspiró la sanadora en un arranque de feminismo. ""Esto no ha sido una cita... he aceptado que nos tuteemos y que nos llamemos por el nombre, pero no que a partir de ahora seamos amigos"

"Claro que no" -aceptó Harry con una sonrisa desarmante. "Pero podríamos empezar por una segunda cena". Hacía mucho tiempo que una chica no le interesaba tanto como aquella, y no estaba dispuesto a dejarla escapar.

Gray entornó los ojos. No sabía por qué, pero algo le impulsaba a resistirse y hacer rabiar a Harry hasta resultar casi maleducada. Era como una alarma interna que le gritaba en todos los idiomas posibles "sal corriendo ahora que aún puedes".

"Ni lo sueñes, Potter, no habrá una segunda cena"

"¿Por qué?" -se limitó a preguntar el jefe de aurores.

"Porque... no" -vaciló la sanadora buscando un motivo contundente.

Harry se la quedó mirando fijamente.

"Buen motivo... ¿estás libre el viernes por la noche?" -insistió Harry.

"No..." -la sanadora dudó un momento-; "estoy de guardia". En realidad, el viernes era el día previsto para retirar los hechizos de hibernación a Hermione y ver cómo respondía... iba a pasarse todo el día y toda la noche metida en San Mungo.

"Entonces el sábado estarás libre" -volvió a atacar el auror. Sabía que la sanadora se había divertido con él en la cena, intuía que su compañía le resultaba agradable, pero también sabía que no se lo iba a poner fácil.

"No"

"Escucha, Mina..." -suspiró Harry intentando no perder la paciencia y atizarle a la sanadora con la varita. "Si realmente mi compañía no te agrada, no volveré a pedírtelo"

"Tu compañía no me agrada" -replicó ella cruzándose de brazos, sabiendo que era evidente que mentía.

"Bien"

Se quedaron de pie, frente a frente. Mientras Harry le sostenía la mirada fijamente, ella recurría a toda su fuerza de voluntad para hacer lo mismo. Harry era un mago orgulloso, y en cualquier otra circunstancia se hubiera dado media vuelta y se hubiera aparecido en su casa, pero no lo hizo. Simplemente se aproximó a Mina Gray, la tomó por los hombros, y la besó.

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"¿Qué tal Eurídice?"

Nymphadora y Remus Lupin se encontraban en la cocina de su casa, disfrutando de un momento de tranquilidad antes de acostarse. Ella tenía los codos apoyados en la mesa, y abrazaba con las manos una humeante taza de té. Remus, que ya había terminado la suya, estaba recostado en el respaldo de la silla, con las piernas cruzadas indolentemente, y una expresión de satisfacción en la cara.

"Ya te he dicho que no pienso traumatizar a mi hija con un nombre horrible" -bufó la metamofomaga.

"Mi abuela se llamaba Eurídice... a mí me parece bonito"

"Sí, hombre, sí, y de segundo, Walburga, como la madre de Sirius¿eh?"

"Mmmmmm... no, Walburga me parece un poco fuerte... ¿y si es niño?"

"Podríamos llamarlo John... al fin y al cabo es tu segundo nombre"

"A mí me haría más ilusión ponerle Remus de segundo"

"Ni lo sueñes. Ni Remus ni Nymphadora"

"¿Orpheus?"

"Que Dios nos ampare..."

Remus sonrió con satisfacción. Le encantaba mortificar a su esposa sin que ella se diese cuenta de que bromeaba, y la elección del nombre de su futuro hijo le estaba dando mucho juego.

"¿Cuándo sabremos si es niño o niña?" -preguntó.

"No quiero saberlo" -zanjó Tonks resoplando. "Le quitaría toda la emoción de saber lo que te vas a encontrar"

"Curiosa idea" -observó Remus enarcando una ceja. "Sobre todo cuando no sabemos si lo que nos vamos a encontrar es un metamorfomago o un licántropo"

Tonks lo miró desafiante.

"¿Tanto te importaría?" -toda su precaución inicial cuando hablaba con Remus sobre su futuro hijo se había ido a paseo a medida que pasaba el tiempo. Remus suspiró profundamente y puso los ojos en blanco.

"Si es metamorfomago no, al contrario, pero la licantropía es una enfermedad, Tonks, asúmelo de una vez" -resopló con impaciencia.

La auror más patosa del mundo mágico aferró con más fuerza la taza de té. Sabía que su marido tenía razón, pero se resistía a pensar en ello. Cuando el bebé naciese, no quería que nada enturbiase la felicidad que iban a sentir, así que no quería admitir que el hecho de que heredase la licantropía podía ser un problema.

"Sabemos lo que puede pasar, Remus, no nos va a pillar por sorpresa, y ahora hay poción matalobos... la niña contará con nosotros, y además tú puedes ayudarla muchísimo..."

El licántropo sonrió involuntariamente.

"¿Por qué una niña? Podría ser un niño... no es que me importe..." -se apresuró a añadir al ver la mirada furibunda de su esposa.

"No lo sé... algo me dice que va a ser una niña, estoy completamente segura" -insistió la auror.

"Pues a mí me da la sensación de que va a ser un niño... mira tú por dónde" -la contradijo el licántropo con una sonrisilla malévola.

"La que está embarazada soy yo... supongo que eso me da una cierta autoridad¿no crees?" -Tonks se levantó y se aproximó a Remus, amenazándolo con el índice.

El ex-merodeador, que estaba columpiándose sobre las patas de atrás de su silla, se echó hacia delante de golpe, sorprendiendo a una auror que obviamente no se encontraba en alerta permanente. Desde que sabía que Tonks estaba embarazada, no sabía por qué, la encontraba francamente irresistible. La cogió por las caderas y la sentó sobre sus rodillas.

"Será una niña preciosa, patosa y metamorfomaga, que se llamará como tú quieras" -declaró abrazándola por la cintura y dándole besos breves y ligeros por debajo del lóbulo de la oreja.

"¿Y si hereda la licantropía?" -acertó a preguntar Tonks mientras notaba un conocido cosquilleo por la espalda.

"Será una niña preciosa, patosa, metamorfomaga y licántropa, que se llamará como tú quieras" -insistió Remus empezando a acariciarla con suavidad. "¿Por qué no nos vamos a dormir?"

Tonks consiguió asentir con la cabeza mientras se giraba para besar a Remus apasionadamente. Entre las hormonas revolucionadas de ella y las de él, les esperaba un embarazo agotador.

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Mientras tanto, otra pareja tenía también las hormonas revolucionadas. A la sanadora Gray el beso de Harry la había tomado por sorpresa: como no se lo esperaba, no se resistió, y tanto su cuerpo como su mente respondieron automáticamente a algo que llevaba deseando toda la noche. En cuanto los labios de Harry acariciaron los suyos, sintió cómo las piernas dejaban de sostenerla, y le pasó los brazos tras el cuello, devolviendo el beso con la misma pasión que le ponía él. Entonces Harry soltó sus hombros y la abrazó por la cintura, aproximándola con suavidad.

Para los dos, fue como un estallido de calor, como tirarse de cabeza dentro de un horno. Y, al mismo tiempo, como una liberación.

A pesar de que el carácter independiente de la sanadora lo había atraído desde el principio, el recuerdo de Hermione seguía omnipresente en los pensamientos de Harry, aún después de haber visto en primera persona y con diáfana claridad cómo Hermione se soltaba de sus brazos y se lanzaba a los de Sirius. Por ese motivo no había admitido ante la sanadora, ni ante Remus, ni ante sí mismo, que su interés en la doctora Gray iba más allá que un deseo infantil de caerle bien. Mina Gray era el tipo de persona a la que su fama, su condición de salvador del mundo mágico y su elevado estatus social le traían sin cuidado, y eso le encantaba. Además, era fuerte, desenvuelta, y segura de sí misma. Su cabello oscuro, sus ojos brillantes, unos labios llenos y cálidos y la expresividad con la que éstos acompañaban todos sus gestos no eran más que la guinda del pastel. Y el comprobar que aquellos labios lo besaban ahora con absoluta entrega estaba haciendo que una intensa oleada de deseo lo consumiese por dentro.

Mina, por su parte, ya no podía pensar en nada. Cuando notó que Harry interrumpía el beso y se separaba de ella unos centímetros, no hubiera podido elaborar una frase medianamente coherente. Abrió los ojos y vio los de Harry fijos en los suyos, mientras aquellos labios abrasadores se curvaban ahora en una incipiente sonrisa. Se sintió afrentada y humillada, pero cuando abrió la boca para soltarle un comentario cáustico, se dio cuenta de que la sonrisa no reflejaba burla, sino una increíble ternura. Harry la soltó y le cogió las manos entre las de él.

"Estás helada, y la culpa es mía por tenerte aquí a la intemperie" -se disculpó el auror mientras le calentaba las manos frías con las de él, cálidas y grandes. No dijo nada sobre las últimas palabras de ella, no se jactó ni se burló de que alguien que había dicho que no disfrutaba su compañía le devolviese el beso con tanto entusiasmo. Simplemente la miraba sin parar de sonreír levemente y le frotaba las manos con las suyas. Mina Gray no fue capaz ni de pestañear.

"Es tarde..." -fue todo lo que pudo pronunciar.

"Lo sé, y yo soy un desconsiderado. Tienes que dormir" -dijo Harry asintiendo con la cabeza. "¿Podrías considerar otra vez lo de salir conmigo el sábado?" -le pidió con humildad.

El la mente de Mina Gray apareció un gigantesco cartel con letras luminosas que decía "ADORABLE".

"Eh... sí..." -consiguió balbucear.

"Mmmmmm... ¿Que sí lo podrías considerar o que sí saldrías conmigo?" -insistió el auror, disfrutando del estado de atontamiento de Gray.

"Eh... saldría contigo" -murmuró la sanadora. Se miró las manos. Harry las mantenía entre las suyas, y las acariciaba con delicadeza. Aquel gesto la turbó más que una caricia más íntima y volvió a hacer que las piernas le fallasen. Vaciló un poco y Harry soltó una de sus manos y la sujetó por la cintura.

"Tienes que descansar" -dijo con firmeza.

Mina dejó que la acompañase hasta la puerta y sacó energías Dios sabe de dónde para abrirla ella misma con un alohomora. La sanadora subió el peldaño de la entrada y una vez dentro se giró para despedirse de Harry. Antes de que tuviese tiempo de abrir la boca, los labios de Harry estaban de nuevo sobre los suyos, dándole un beso más breve y ligero que el anterior, pero con un grado de intimidad abrumador.

"Te enviaré una lechuza antes del sábado¿de acuerdo?" -propuso Harry.

Mina consiguió asentir con la cabeza, y gracias.

"Hasta el sábado entonces"

La sanadora respondió a su despedida y cerró la puerta. Una vez hecho esto, apoyó la espalda sobre la puerta e intentó calmarse.

No hace falta decir que no tuvo mucho éxito.

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Unos nudillos llamaron delicadamente en la puerta de roble de la Secretaría del Estado Mágico para la Seguridad, en el Ministerio de Magia.

"¿Sí?"

La puerta se entreabrió ligeramente.

"Señora Santorini, es el señor Potter"

Portia Santorini dejó sobre la mesa el informe que estaba leyendo y se recostó en la silla.

"Hágalo pasar, bloquee los accesos flu y que nadie nos moleste hasta que yo le llame"

"Enseguida, señora Santorini"

Cuando Harry Potter franqueó la entrada del despacho, observó con agrado cómo Santorini lo aguardaba de pie, con gesto amigable. Se saludaron con un apretón de manos y la jefa de la Secretaría del Estado Mágico para la Seguridad señaló a una pequeña mesa que había a un lado, con dos butacas.

"¿Ha pensado en la oferta que le hice, señor Potter?" -interrogó Santorini.

Harry asintió con la cabeza.

"He pensado mucho en su oferta, señora Santorini. Y he decidido aceptarla, aunque con algunas condiciones" -respondió.

Santorini hizo un gesto con la mano, como invitándolo a hablar.

"Necesito conocer cualquier intento de la OVA de actuar en contra de los aurores. También quiero que nuestras reuniones queden en el más estricto secreto. La informaré de cualquier expediente disciplinario que se le haga a un auror, y de las intromisiones de otras fracciones del ministerio en nuestro trabajo... y usted hará lo mismo..." -fue enumerando Harry.

Portia Santorini hizo un gesto de sobresalto.

"¿Quiere decir que...?" -comenzó. Al ver el gesto serio de Harry se interrumpió, no queriendo quedar como una idiota. "Entiendo... no es la primera vez que sucede, entonces..."

Harry suspiró.

"Siempre... siempre hay algún alto cargo del ministerio metiendo las narices en nuestro trabajo, o intentando sonsacar información a alguno de los aurores con menos experiencia. Quiero que usted se ocupe de que esto no suceda más"

"Pero... pero... yo no podría inmiscuirme en lo que hagan otros organismos del ministerio... yo..." -Santorini se calló y se quedó pensativa. Cierto era que teóricamente ella no podía meterse en los asuntos de otros, pero sabía (y Harry también) que alguien con un cargo tan algo como el suyo podía tener ojos y oídos por todo el ministerio, y que indirectamente sí podía asegurarle a Harry lo que éste le pedía. Claro que aquello tendría un precio político. "Puedo hacerme muchos enemigos con lo que usted me pide, señor Potter"

"Lo sé, señora Santorini, pero puede permitírselo. Sobre todo si se gana un amigo que no va a traicionarla" -replicó Harry con firmeza.

Santorini se levantó y se acercó a la cristalera que había en su despacho, con vistas a un jardín exuberante. En realidad no había tal jardín, claro, porque su oficina estaba bajo tierra, pero le gustaba aquel hechizo, que le hacía sentirse más libre y menos ahogada en aquel sótano. Reflexionó unos minutos, y Harry permaneció silencioso, mirándola. Finalmente, se volvió hacia el auror y asintió con la cabeza.

"De acuerdo, lealtad completa por las dos partes¿es eso lo que quiere?" -accedió.

"Sí, es exactamente eso" -confirmó Harry con seriedad.

"Podemos reunirnos en mi casa" -propuso Santorini. "Yo no podría ir a la suya sin llevar a toda mi escolta, y es más fácil que sea usted el que venga a la mía" -añadió ante la mirada sorprendida de Harry.

"¿No le molesta?" -le preguntó el auror. "Por invadir su privacidad, quiero decir..."

Portia Santorini hizo un gesto de varita y una bandeja de té apareció en la mesa. Sirvió dos tazas y le alcanzó una a Harry.

"Escúcheme bien, señor Potter, por si algún día le interesa aceptar algún cargo político... no, no me mire de esa forma, porque es posible que algún día sí le interese, y dé por seguro que algún día se lo ofrecerán..." -hizo una pausa y se volvió a sentar. "Como le decía, señor Potter, los políticos no tenemos vida privada..."

"Entonces, no me interesará nunca" -se reafirmó Harry con tozudez.

Para su sorpresa, Portia Santorini se rió abiertamente.

"Sí que le interesará, Harry... créame, una de mis cualidades es comprender bien a la gente, y a usted sí le interesará el mundo de la política... es sólo que todavía no... es demasiado joven para dejar la acción"

"Usted también es joven"

Santorini casi se atraganta con el té.

"Vaya, gracias por la galantería, pero a mí siempre me gustó más la política que la acción"

"Y a mí siempre me gustará más la acción que la política" -insistió Harry.

"Como usted diga, señor Potter..." -zanjó Santorini. "Pero en el futuro le recordaré sus palabras. Me gustaría que tuviésemos una reunión más larga y con más calma, en breve. Podríamos quedar este sábado en mi casa... ¿qué le parece?"

"Este sábado me será imposible" -la interrumpió Harry pensando en su cita con Mina. A pesar de que había intentado mantener una fachada de impecable profesionalidad desde que había entrado en el despacho de Santorini, sólo de pensar en la cita del sábado hizo que se pusiera súbitamente nervioso. "Es... yo... bueno, no podré porque tengo otro compromiso"

Portia Santorini sonrió como si supiese perfectamente en qué consistía el compromiso de Harry y asintió con la cabeza.

"No hay problema, podemos aplazarlo. Le mandaré una lechuza"

"Eh... sí, de acuerdo"

Dieron la reunión por finalizada, y la jefa de la Secretaría del Estado Mágico para la Seguridad lo acompañó a la puerta de su despacho. Cuando Harry se fue, ella se quedó un rato junto al ventanal, hasta que sus pensamientos fueron interrumpidos por la atractiva cabeza del señor Santorini, que apareció entre las llamas de la chimenea.

"Portia... he intentado hablarte hace un rato pero tenías la red flu bloqueada... ¿todo va bien?"

"Hola, querido" -lo saludó con afecto Santorini, aproximándose a la chimenea. "Sí, todo va perfectamente"

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"Tan sólo puedo decirle que vamos a intentarlo, señor Black, no puedo darle garantías"

"¿Y si vuelve a agonizar, y si continúan las hemorragias?"

"Repetiremos los hechizos de hibernación y la mantendremos así más tiempo, señor Black. Tenemos que intentarlo"

Sirius se acarició ligeramente la mandíbula. La sanadora Gray quería intentar despertar a Hermione y ver si las casi dos semanas que llevaba bajo los múltiples hechizos de curación habían sido efectivas, pero él sentía pánico de que las cosas no saliesen bien.

"¿Está segura?"

"No" -respondió con firmeza la sanadora. "Por supuesto que no estoy segura, no sé cómo va a reaccionar, pero no podemos tenerla así por tiempo indefinido. Hay que interrumpir los hechizos, señor Black, y devolver sus constantes vitales a la normalidad durante al menos unas horas" -al ver la expresión de Sirius, el tono de Gray se dulcificó. "Tenemos que hacerlo, señor Black, y comprendo que quiera quedarse, pero no es necesario. Si hay novedades, le enviaremos inmediatamente una lechuza"

Sirius negó con la cabeza.

"No, me quedaré aquí fuera. Tan sólo le pido que salga a informarme de vez en cuando de cómo va todo"

"Por supuesto, señor Black" -accedió la sanadora.

Después de ver cómo la sanadora desaparecía tras las puertas de la unidad de CIM, Sirius se sentó con los brazos cruzados y una expresión impasible. Miró a la silla donde estaba sentado, negó con la cabeza, sacó la varita y le lanzó un hechizo de confortabilidad. Al fin y al cabo, iba a ser una noche muy larga.

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"¡Sigue sangrando!"

"Ya lo veo, Wilkes" -replicó la sanadora Gray, cortante, mientras le lanzaba un hechizo de cicatrización a la herida que tenía Hermione en la cabeza.

En la unidad de Cuidados Intensivos Mágicos había bastante agitación. Varios sanadores revoloteaban alrededor de la camilla donde se encontraba Hermione. Los hechizos de hibernación ya estaban revertidos, pero la paciente no parecía estar respondiendo demasiado bien. El latido cardíaco era rápido e irregular, la respiración era superficial, y la piel tenía un color pálido nada esperanzador.

"Necesito poción cicatrizante¡rápido!"

Mientras Mina Gray lanzaba hechizo tras hechizo, observaba con detenimiento el efecto que éstos tenían en Hermione. La auror empezaba a moverse ligeramente, respiraba cada vez peor y comenzaba a tener algo de sangre en las comisuras de la boca.

"¡Se nos está yendo!" -exclamó Gray con frustración. "Hay que hibernarla de nuevo"

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Hale, lo dejamos aquí. Ya que habéis esperado tanto, en este episodio pasan muchas cosas y además es largo, largo¿eh? Ya véis que nuestra querida sanadora Gray ha caído con todo el equipo en los brazos de Harry, que Tonks y Remus siguen felices y comiendo perdices, y que Hermione sigue debatiéndose entre la vida y la muerte (lo siento, pero esta expresión me parece tan horrible que no puedo resistirme a ponerla) en la unidad de Cuidados Intensivos Mágicos de San Mungo. Y, para no dejarnos nada en el tintero, de nuevo aparece la misteriosa Portia Santorini, que de momento parece haberse salido con la suya.

Una cosilla: con respecto a la cena de Harry con Mina Gray, los términos que salen (pollo tandoori, rogan josh) son platos de la gastronomía hindú, y garam masala y curry son mezclas de especias de la misma.

Y ahora la pregunta del millón¿cuándo vas a actualizar? Pues cuando pueda. Espero que pronto, pero todo depende de mi trabajo. De todos modos, sólo queda un capítulo, aunque si es muy largo lo voy a dividir en dos. El problema es que escribir cuando no se tiene tiempo, como los que también escribís sabéis, no consiste sólo en encontrar ese tiempo para sentarse frente al ordenador, sino que desde que te sientas hasta que consigues escribir algo decente pasa bastante tiempo, y el muso necesita horas y dedicación. Al menos mi muso, que es de un exigente que no os podéis hacer idea.

En fin, como siempre, la respuesta a los reviews la encontraréis en un review dirigido a mí misma. Muchísimas gracias a todos, y sobre todo a aquellos que sois constantes y dejáis review con cada capítulo. Un beso muy grande, y, para todos los que dejéis review con este chapter, podéis elegir entre lo siguiente: un Sirius en su más puro estilo merodeador, un Remus apasionado en los días previos a la luna llena, una Hermione que se ruboriza de forma encantadora cuando le soltáis un piropo, o una sanadora Gray peleona que se derrite ante un beso por sorpresa (por aquello de que, aunque pocos, también hay lectores chicos, je, je, je...).

Y para todos, como siempre, un beso enorme de chocolate relleno de mermelada de higos.

Lara