NOTA DE LA AUTORA:
Hola a todo el mundo. Aprovecho para felicitaros con retraso las navidades, el año nuevo, e incluso el día de Reyes (que es el día en que pretendía actualizar). Como ya os veo sacar los tomates (en lata, so sádicos), os explicaré los motivos de semejante retraso al actualizar el fic. Pero antes de nada, muchísimas gracias a todos porque, con escasísimas excepciones, nadie me ha metido prisa para actualizar (a pesar de que estoy segura de que todo el mundo estaba sacándole brillo a los tomates). Sois unos cielos.
Supongo que cada uno escribe de forma diferente, y a mí el muso sólo me visita cuando le echo horas. Es decir, que escribir un capítulo decente supone estar un buen rato al día delante del ordenador, y yo ya no sé lo que significan las palabras "tiempo libre", debido a la sobrecarga que tengo de trabajo (que me llevo a casa, por supuesto). Así que, si sólo puedo dedicarme al capítulo de forma muy esporádica, pues la inspiración se va a paseo y no consigo hilvanar la historia. Y hala, un mes más tarde, vuelta a empezar de cero. Y así hasta la náusea.
De modo que, como más vale anticipo en mano que capítulo completo en espera, voy a subir lo que tengo escrito del capítulo 23, por lo menos para que no os olvidéis del fic. De este modo, lo que iba a ser el capítulo 23, probablemente el último, se convierte en 23 y 24. Le he echado todo el tiempo que he podido y espero que os guste, aunque es bastante corto. Así que disfrutadlo, y al final encontraréis las notas de la autora.
Antes de nada, para que os pongáis en situación otra vez (después de meses sin actualizar, me sorprendería que os acordáseis de todo), repito el resumen de la historia:
Voldemort está ganando la guerra. Harry ha muerto, y sólo Hermione y Remus quedan con vida. En un último intento desesperado, Hermione viaja diez años atrás al pasado utilizando un "trasportador temporal" y evita la muerte de Sirius. Cuando regresa, ese pequeño cambio en el pasado ha cambiado todo su presente, para mejor, claro está. Ni Sirius ni Harry ni los demás han muerto, Voldemort fue derrotado y los mortífagos están en Azkaban. Y ella, que en su pasado estaba enamorada de Harry, se encuentra casada con... ¡Sirius! (qué suerte tienen algunas...).
Mientras intenta adaptarse a su nuevo presente y se piensa qué hacer con su flamante matrimonio ahora que Harry está vivo y corresponde sus sentimientos, los mortífagos intentan secuestrar a Hermione. En una contienda en la semi-derruida mansión Riddle capturan a varios mortífagos, pero Tonks es herida de gravedad. Remus descubre entonces que su esposa estaba embarazada, y como finalmente ella se recupera, celebran su futura paternidad felices y contentos. Bueno, Tonks concretamente comiendo por cuatro.
Finalmente, Hermione sucumbe a los encantos y mimos de Sirius y pasa la noche con él (y parecía tonta cuando la compramos), pero la felicidad dura muy poco. Hay un malentendido entre ella y Sirius, que no le da tiempo de aclarar: los Malfoy se escapan de Azkaban y consiguen secuestrarla. Es torturada sin piedad por los mortífagos, aunque la chica consigue salvarse sola (con la ayuda involuntaria y bajo coacción del ex-mortífago Snape) y hace que el beso del dementor que le tenían reservado a ella vaya a parar al joven Malfoy, que así queda fuera de combate para siempre. Los aurores ya han conseguido llegar hasta ella, Harry la encuentra y la lleva ante los demás, y la pobre Hermione consigue aclararle a Sirius que es a él a quien quiere antes de caer en un estado de inconsciencia que no pinta nada bien.
Hermione ingresa gravísima en San Mungo, donde la cuida una sanadora llamada Gray. Sirius, Remus y Harry, que se han cargado a Lucius Malfoy y Snape, han sido liberados sin cargos por sus muertes, pero a cambio, Portia Santorini, jefa de la Secretaría del Estado Mágico para la Seguridad, le propone a Harry colaborar con ella vigilando que los aurores no se salgan de madre. Después de pensárselo mucho, Harry acepta. A su vez (tiene tiempo para todo, el chico) ha conseguido invitar a cenar a la arisca doctora Gray e incluso ha logrado que la joven caiga en sus redes. Ginny ha intentado que la chica se eche para atrás, por aquello de eliminar rivales, pero parece que Harry y Gray, de momento, han aclarado entuertos. Y, la noche del 23 al 24 de diciembre, el segundo intento de los sanadores tiene éxito: Hermione se recupera de su estado letárgico, aunque no sabemos con qué secuelas. .
Bueno, pues antes de nada doy entrada al capítulo. Así que con todos ustedes, el capítulo con el parto más largo de todo el fic...
DE LA SARTÉN... ¿AL FUEGO?Capítulo 23: Al mal tiempo, buena cara
"Ya sabía yo que Hermione se recuperaría… ¡¡¡nadie puede con ese cerebro privilegiado, ni los cruciatus!!!" –exclamó Tonks mientras desempaquetaba con torpeza lo que parecía una tableta del mejor chocolate de Honeydukes.
El grupo de aurores a las órdenes de Harry Potter y Alastor Moody surcaba los pasillos en dirección a sus oficinas con desigual humor.
"¿Otra vez comiendo chocolate?" –le preguntó Remus mirándola con una ceja enarcada y expresión de disgusto. "Qué manía te ha entrado… no lo entiendo…"
"Yo pensaba que a ti te gustaba el chocolate" –lo interrumpió Ginny con gesto de sorpresa, girándose hacia atrás desde su posición adelantada en el grupo.
"Y yo" –corroboró Ron robándole un par de onzas de chocolate a Tonks, que lo reprendió con un manotazo recuperando el objeto hurtado. "Bueno, y creo que todo Hogwarts; al fin y al cabo siempre llevabas chocolate encima, en tercero. Todo el mundo pensaba que eras un adicto…"
"Eso era porque Dumbledore me había advertido que el Ministerio llenaría Hogwarts de dementores" –gruñó Remus. "Sabía que tarde o temprano cederían a sus impulsos y se acercarían a los niños. Y todo el mundo sabe lo que hay que hacer después del ataque de un dementor…"
"Todo el mundo no: se han perdido las buenas costumbres… las víctimas de ataques de dementores necesitan comer chocolate para contrarrestar el frío lo antes posible" –intervino Alastor arrastrando su pierna de madera. "Ahora los que entrenan a los aurores usan métodos muy sofisticados y ni les enseñan a llevar un par de onzas encima…"
"¿Lo veif? Fi me adaca un demendod, yo ya efdoy brebarada…" añadió Tonks con la boca llena de chocolate.
"Con lo que estás comiendo te podría atacar un ejército entero y ni lo notarías" –refunfuñó Ron todavía picado por su abortado robo.
"Es por el embarazo, idiota" –lo reprendió Ginny dándole un manotazo en el hombro a su hermano. "No tienes ni idea"
"Gafiaf, Ginny" –le agradeció Tonks con un guiño.
"¿Qué te pasa, tío?" –le preguntó Ron a Harry en voz baja mientras los demás traspasaban el umbral de su despacho. "Cuando llegamos a San Mungo parecías estar más contento que Snape delante de un caldero, y desde que salimos de la habitación de Hermione no has abierto la boca"
El joven jefe de aurores se limitó a emitir un ligero gruñido. Ron se rascó la cabeza, acostumbrado a los arranques de mal genio de su amigo.
"Vale. Vamos a ver: imagino que todo esto no tendrá que ver con esa Gray, ¿verdad? Porque no te cortaste demasiado en cuanto viste a Hermione"
Harry gruñó de nuevo. En cuanto se habían enterado de la recuperación de Hermione, una bandada de lechuzas se había cruzado entre ellos y se habían precipitado hacia San Mungo a golpe de red flú. El grupo entero había irrumpido en la habitación de la joven auror como un vendaval, y habían sepultado a Hermione bajo una avalancha de abrazos. La primera en achucharla había sido Tonks, que desde que estaba embarazada tenía una curiosa tendencia hacia la emotividad descontrolada, y a continuación había sido Harry el que se había acercado lentamente hasta ella. Se habían mirado en silencio durante varios segundos, los dos inseguros por diferentes motivos, hasta que el joven auror la había abrazado sin miramientos, feliz y aliviado hasta la extenuación de verla viva. Todos habían guardado silencio durante el abrazo, todos ellos conscientes de la relación que había habido entre ellos y que teóricamente ignoraban. Realmente aquello era lo que habitualmente se denomina "un secreto a voces".
Lástima que Harry no se hubiese dado cuenta de que había alguien más en la habitación, que parcialmente oculto por la penumbra había pasado desapercibido. En medio del emocionado abrazo, los ojos de Harry se encontraron por sorpresa con la mirada penetrante de la sanadora Gray. Mina había apartado los ojos rápidamente de los del joven jefe de aurores y se había pasado los dedos por el pelo, en un gesto suyo muy característico, y que Harry sabía que hacía cuando estaba confusa.
"Pero venga, tío… Hermione es tu mejor amiga y ha estado a punto de p…" –Ron se interrumpió, supersticioso como era. "Gray no tiene por qué pensar nada malo, tú simplemente actuaste… eh… de forma impulsiva, pero ella no pareció tomárselo mal. Después de que Hermione acabase de contarnos todo, se fue de la habitación tan tranquila… ¿por qué iba a enfadarse?"
Harry suspiró profundamente. Ojoloco había interrogado a Hermione sobre todo lo sucedido durante su secuestro, y la doctora Gray se había quedado a escuchar el relato porque quería saber, de labios de su paciente, las maldiciones, hechizos y pociones que los Malfoy y Snape habían utilizado con ella. Cuando llegó el momento de hablar de la invasión de Prince Hall por parte de los aurores, viendo que aquello ya no le interesaba y que además podía ser información confidencial, se retiró discretamente.
"Quizás porque tu hermana le dijo que estoy enamorado de Hermione" –le respondió Harry en voz baja.
Ron puso la misma cara de atontado que había puesto la primera vez que había visto a Fleur Delacour entrando, etérea, en el Gran Comedor de Hogwarts.
"Estás bromeando…"
Por la cara que puso Harry dedujo que, efectivamente, no bromeaba.
"Hablaré con ella" –propuso Ron, decidido.
Pero Harry le cogió el brazo y negó con la cabeza.
"No, yo hablaré con Ginny, pero no ahora. Además, lo primero es solucionar el problema con Mina… no tengo ni idea de lo que voy a decirle…"
"A lo mejor no tienes que decirle nada. Esa chica tiene un genio del demonio, pero parece bastante racional…"
Harry lo miró asombrado de la clarividencia del pelirrojo.
"Es bastante racional… pero después de lo que le dijo Ginny, ¿qué hubieras pensado tú en su lugar?"
Ron se rascó de nuevo la coronilla y no dijo nada. Harry tenía razón: por muy fría que fuese Mina Gray, ver a Harry abrazar a Hermione con aquel ímpetu le tenía que haber sentado como una patada en el culo, sobre todo si su hermanita había empezado a sembrar la cizaña entre ellos. Negó ligeramente con la cabeza; lo cierto era que él no podía hacer nada. Ahora estaba en manos de Harry solucionar la situación.
---------------------------------
"¿Cuándo vas a poder llevártela a casa?" –preguntó Remus mientras abría tres botellas de cerveza de mantequilla. Él y Tonks habían conseguido sacar a Sirius, a regañadientes, de San Mungo, mientras Hermione descansaba bajo una montaña de hechizos sedantes. El sanador Wilkes había sedado a Hermione y le había dicho a Sirius que no la despertaría ni una banshee con dolor de muelas, así que sería mejor que se fuese a dormir a su casa para estar descansado cuando Hermione se despertase, por la mañana. Sirius no quería irse, pero la lógica de Remus y Tonks terminó por imponerse. Rechazó la proposición de los Weasley de pasar la Nochebuena en su casa, porque sólo le faltaba en aquel momento la excesiva afectividad de Molly para terminar con su paciencia. Sin embargo, aceptó de buen grado el ofrecimiento de los Lupin.
"Gray quiere dejarla en observación durante un par de semanas, pero me gustaría que pudiese pasar el Año Nuevo en casa" –respondió Sirius frunciendo el ceño, mientras vertía la cerveza en una copa alta que le había acercado Tonks. "Podría contratar a varias enfermeras si es preciso, el dinero no es un problema. Pero esa sanadora es demasiado prudente…"
"Esa loca de la prudencia le ha salvado la vida a Hermione, Sirius" –lo amonestó Tonks acompañando su cerveza de mantequilla con un trozo de tronco de Navidad rebosante de chocolate. "Yo comprendo que quieras que Hermione esté en casa lo antes posible, sobre todo ahora que la tienes en el bote otra vez" –añadió con un guiño pícaro, haciendo que Sirius le lanzase una mirada asesina. "Pero lo primero es su bienestar, y al fin y al cabo se ha pasado prácticamente muerta durante un mes, y la han despertado la pasada madrugada… ¡es demasiado pronto!"
Sirius hizo un gesto de aburrido asentimiento, en plan "sí, todo eso ya me lo sé".
"Hermione me pidió que la llevase a casa, y eso pienso hacer lo antes posible" –repuso con empecinamiento.
Remus le dio un trago a su cerveza, directamente de la botella. Observó detenidamente al animago, entrecerrando los ojos.
"Ya puedes ir soltando lo que pasa, Padfoot"
Sirius y Tonks levantaron la vista ligeramente sorprendidos. Los dos conocían lo suficiente a Remus como para saber que, con contadas excepciones, al licántropo no se le podía ocultar nada.
"¿Qué quieres decir, Remus?" –indagó la metamorfomaga asombrada.
"Tiene razón, Tonks" –interrumpió Sirius negando con la cabeza. "Hermione tiene heridas que van bastante más allá de esas vísceras destrozadas por los cruciatus"
"Me lo imaginaba" –se limitó a constatar Remus, dándole otro trago a su botella.
"¿Me lo vais a contar o es otro de vuestros ataques de 'somos merodeadores y tenemos nuestros códigos privados'?" –preguntó Tonks visiblemente fastidiada.
"Está aterrorizada" –resumió Sirius pasándose la mano por la frente. "Tensa, sobresaltada cada vez que oye un ruido… creo que cuanto antes abandone San Mungo y vuelva a casa, mejor…"
Se hizo un silencio denso entre los tres. Tonks miraba a uno y a otro alternativamente; Remus permanecía de pie, con la espalda apoyada en un mueble, las piernas y los brazos cruzados, mientras le daba sorbos en silencio a su cerveza. Sirius, quien a pesar de haber renunciado hacía muchos años a su familia seguía siendo un Black, saboreaba indolentemente su cerveza de mantequilla mientras sujetaba la copa que la contenía con la misma elegancia natural con la que hubiera sostenido un Dom Pérignon Vintage, que, según Walburga Black, era lo único bueno que habían hecho los muggles.
"Pero… pero eso es normal, ¿no? Quiero decir que… bueno… la han torturado durante horas con cruciatus, y un solo cruciatus es suficiente para que supliques que te maten, así que hora tras hora de dolor insoportable…" –comenzó Tonks, que se calló abruptamente a un gesto de Remus al ver la expresión agobiada que estaba poniendo Sirius.
"Tonks, tú no viviste la primera guerra como nosotros" –empezó a explicar Remus lentamente. "Esta vez estábamos más preparados y…"
"Eh, vale ya con eso" –rechazó Tonks con un gesto. "No me vengáis con el rollo de siempre de ″la otra vez fue terrible, y vosotros los jóvenes no sabéis de qué os estamos hablando″" –pidió la metamorfomaga con hastío.
"Pero es cierto" –se limitó a decir Sirius con pesadumbre. "Vosotros, los que no vivisteis la otra guerra porque erais demasiado jóvenes, no sabéis lo que fue. La segunda guerra fue terrible, eso no lo puede negar nadie. Pero la primera guerra fue una masacre, Tonks…" –ante el tono sombrío de su primo, Tonks dejó la cuchara en el plato y lo escuchó con seriedad. "Los Longbottom no fueron los únicos a los que torturaron, y desde luego no fueron los únicos que perdieron la cordura después de suplicar a gritos que los matasen…"
Ante el silencio que guardó Sirius, Tonks se atrevió a preguntar. "¿Es eso lo que te da miedo, que Hermione pierda el juicio por el miedo a que vuelvan a torturarla otra vez?"
"No es tan simple. Hubo muchos magos torturados, pero la mayoría no aparecía así, completamente desconectados de la realidad, como Frank y Alice… la mayoría se recuperaba de las heridas y luego eran incapaces de recuperar su vida anterior, incapaces de seguir viviendo, paralizados por el miedo. Locura, suicidios… hubo de todo…" –explicó Sirius con pesar.
"Pues perdona que no comparta tus ideas, primo, pero me parece que esta Hermione es bastante más dura de lo que crees" –constató la metamorfomaga irguiéndose en su silla. "¿Ya no te acuerdas de lo que te contó, cuando viajó al pasado y te advirtió que no fueses al Departamento de Misterior? No era una niña, Sirius, era la misma mujer que conocemos ahora. Por favor, ¡si no hace ni dos meses que estaba refugiada en Hogwarts, junto al Remus que ella conoció, eran los únicos supervivientes de la segunda guerra y estaban a punto de ser torturados y asesinados por los mortífagos! Para ti han pasado diez años, pero para ella sólo semanas… está acostumbrada a luchar y a sobrevivir, Sirius, ha visto morir a todos sus amigos, y ahora no sólo nos tiene a todos a su lado de nuevo, sino que te tiene a ti con ella… y por lo que dijo después de que Harry la ayudase a salir de Prince Hall, tiene toda la pinta de que no tiene ninguna intención de dejarse derrotar, ¿no te parece?"
Sirius miró fijamente a la última representante de las mujeres Black. Su prima parecía a veces un desastre, siempre tropezando y haciendo de las suyas, pero en momentos como aquel entendía la admiración que sentía Remus por ella. Sí, Nymphadora Lupin tenía razón: la Hermione que ahora yacía sedada en San Mungo no tenía ninguna pinta de dejarse vencer con facilidad. Recordó las palabras que había pronunciado Hermione antes de desmayarse: "tenía que sobrevivir para decírtelo"… Había aguantado cruciatus tras cruciatus, sin dejarse llevar por el desánimo ni suplicar la muerte a manos de sus torturadores, algo de lo que él había sido testigo en muchas ocasiones durante la primera guerra. Se sintió invadido por una oleada de esperanza: Tonks tenía razón. Esta Hermione parecía hecha de piedra.
"Crees que la estoy subestimando" –consató.
"Creo que… sí, creo que no te das cuenta de a quién tienes en tu cama" –le respondió su prima con descaro. "Pero bueno, los tíos de tu edad sois así de sobreprotectores, ya estoy acostumbrada…" –finalizó, lanzándole a su marido una mirada de soslayo.
"¡Oye! ¡Yo no soy sobreprotector!" –protestó Remus enarcando una ceja.
"Sí, claro…" –replicó Tonks condescendiente. "Debe de ser por eso que has puesto hechizos amortiguadores en toda la casa"
"En tu estado, una caída puede ser peligrosa" –se defendió el licántropo, enrojeciendo involuntariamente.
"Ya, Remus, pero… ¿un hechizo amortiguador en el sofá?" –Tonks puso los ojos en blanco, divertida por el excesivo afán protector de su marido. "En fin, mientras no pongas otro en la cama…" –dijo divertida. Sin embargo, el repentino tono rojizo de las mejillas del licántropo la alertaron de que no iba tan descaminada. "No, Remus, dime que no lo has hecho…"
Mientras el matrimonio Lupin discutía si los desvelos de Remus eran exagerados o no, Sirius reflexionó sobre lo que había dicho Tonks. Esta Hermione, en la mayoría de los aspectos, era la misma mujer con la que se había casado; sin embargo, sus vivencias habían sido tan diferentes a partir de los quince años que se habían convertido en dos personas con reacciones muy distintas. ¿Habría soportado la otra Hermione hora tras hora de una tortura difícilmente imaginable? Sirius no lo sabía, pero cuando aquella mañana Hermione les había relatado cómo había conseguido que el dementor besase a Malfoy en lugar de a ella, había notado una salvaje satisfacción que su agotamiento apenas podía encubrir. Hermione sentía una desgarradora alegría al saber que había destrozado a su principal enemigo, algo que difícilmente podía haber imaginado en la otra Hermione.
Sirius le dio un largo trago a su cerveza. Sabía que tarde o temprano tendría que contarle a Hermione lo que le habían hecho a Lucius Malfoy y Severus Snape, un relato que había decidido retrasar temiendo la reacción de su esposa. Sin embargo, Tonks le había abierto los ojos. Al día siguiente, cuando Hermione se despertase, le contaría todo lo que había pasado con sus torturadores. Y si Nymphadora tenía razón, probablemente su reacción fuese más favorable de lo que había previsto.
--------------------------------
"¿Así que no has conseguido hablar con ella?" –le preguntó Ron sirviéndose otro plato más de humeante asado.
Harry negó con la cabeza. Como siempre, pasaba la Navidad en La Madriguera, donde, como cada año, había encontrado otro de los famosos "jerseys Weasley" esperándole, convenientemente empaquetado, al pie del árbol de Navidad. Harry tenía ya unos quince jerseys, y aunque pensaba que la carta de colores se había terminado tiempo atrás, la señora Weasley siempre se las apañaba para sorprenderlo con uno diferente. El de ese año era de color verde, con la "H" en gris. "Muy Slytherin" –había bromeado al abrirlo, ante el bochorno de Molly.
"Hedwig ha regresado con las patas vacías, y eso que le especifiqué que no regresase sin contestación" –explicó desanimado. "Pero Mina es demasiado lista, y le llenó la panza antes de pedirle que volviese sin respuesta"
"Hedwig es una buena lechuza, pero permíteme que te diga que se la soborna con facilidad, siempre que se trate de comida" –apuntó el pelirrojo, comiendo a dos carrillos.
"Mira quién habla" –gruñó Harry, de visible mal humor.
Las cosas no iban para nada como había esperado. Mina no respondía a sus lechuzas, había intentado buscarla en San Mungo, pero, o bien se había marchado temprano, o simplemente le había dado esquinazo, y sus compañeros le habían dicho que no tenía guardias esos días. Se había acercado a su casa, pero parecía que no había nadie. Y tenía su red flú bloqueada. Estaba bastante claro.
No quería ni verle.
"¿No habías quedado con ella?" –preguntó Ron en voz baja, para evitar que los gemelos agudizasen la oreja.
Harry negó con la cabeza.
"Eh… no… el último día que estuvimos juntos no concretamos otra cita…" –explicó, recordando que cuando habían abandonado los jardines de Kensington se sentían demasiado ebrios de entusiasmo como para bajar a la realidad y fijar un nuevo encuentro.
"Bueno, hoy es Navidad, probablemente hoy almuerce con sus padres… pero podrías intentar contactar con ella esta noche, ¿no? Es posible que no tenga guardia en San Mungo"
"Hoy estoy invitado a una cena formal en casa de Santorini" –refunfuñó Harry rechazando la invitación de Arthur a servirse más patatas asadas, ante lo cual el señor Weasley secuestró la fuente y vertió en su plato el total del contenido de la misma. "Hace tiempo que acepté la invitación y aunque preferiría quedarme en casa, tengo que ir" –finalizó con fastidio.
Ron chascó la lengua.
"Vaya, pues lo siento, tío. Y aún encima aguantar una de esas recepciones estiradas… está visto que no estás teniendo mucha suerte…"
"Vaya, vaya… ¿el pequeño Harry se va de fiesta esta noche?" –interrumpió George intercambiando una mirada significativa con su gemelo.
"Harry, querido, qué bien que salgas algo… siempre estás trabajando, necesitas divertirte un poco" –intervino Molly abrumada por su sentimiento maternal.
"Eh… no es una fiesta, en realidad… es más trabajo que otra cosa" –se apresuró en aclarar Harry, temiendo que Ginny interpretase la situación como el momento ideal para autoinvitarse.
"La fiesta de Navidad de Santorini, ¿eh?" –intervino Arthur asintiendo con la cabeza. "Van todos los altos cargos del ministerio, Harry, aunque parezca un evento privado no es así. Si Santorini te ha invitado, es que te quiere en su equipo"
Harry se quedó mirando fijamente al patriarca de los Weasley.
"¿Te parece mal, Arthur?" –preguntó. A pesar del aspecto bonachón e inocente de Arthur Weasley, Harry sabía que, en su puesto poco importante del ministerio, se enteraba de todo y, lo más importante, tenía calado a todo el mundo. "Trabajar con Santorini, quiero decir…"
Pero Arthur negó con la cabeza.
"Es ambiciosa, no cabe duda… pero tiene ética y no hace concesiones" –remarcó, dándole un trago a su copa y limpiándose con la servilleta. "Su nombre suena periódicamente como posible sucesora del Ministro de Magia, pero todavía queda mucho para eso. Aunque no tengo ninguna duda de que lo conseguirá, y muchos se alegrarán, yo incluido. El que te haya invitado significa que te considera un aliado suyo, y eso es bueno para el cuerpo de aurores" –matizó el padre de Ron. "Y bueno para ti, por supuesto, si consideras dedicarte a la política en el futuro" –finalizó, analizando la expresión de Harry con expresión de curiosidad.
Harry evadió la respuesta con un gesto vago, si bien se quedó más tranquilo al ver la buena opinión que Arthur Weasley tenía de Portia Santorini.
"¿Y vas a ig solo, Haggy?" –sorprendentemente, fue Fleur y no Ginny quien hizo la pregunta del millón. "¿No levagás acompañante a una fiesta tan impogtante?"
"Eh… la invitación no comenta nada de acompañante, y no me pareció correcto invitar a nadie" –explicó Harry, suplicando en su interior que a Ginny no se le ocurriese decir nada.
"Pego queguido, eso se da pog sentado…" –insistió Fleur impaciente. "En esos cígculos elegantes…"
"Si Harry quiere ir solo, a mí me parece de lo más prudente por su parte" –interrumpió Ginny mosqueada, para sorpresa del joven Potter. "Mejor no arriesgarse a tomarse demasiadas libertades" –en realidad, lo que Ginny temía era que Harry invitase a la sanadora Gray, y le parecía mil veces mejor que Harry fuese solo, y perderse la fiesta, a que fuese acompañado, pero con Mina. Harry no entendió su hilo de pensamiento y le sonrió, agradecido por que le echase un cable.
"Yo opino lo mismo, Fleur, querida. Si Harry ha decidido ir sólo es cosa suya, ya tendrá tiempo de llevar acompañante si lo invitan a otra fiesta, ¿verdad, Harry?" –opinó la matriarca Weasley llenándole el plato a su nuera por segunda vez. "Vamos, querida, estás en los huesos…"
Harry se alegró de que el asunto se diese por zanjado. Tenía demasiadas cosas de las que preocuparse en aquel momento, incluida una fiesta a la que no le apetecía nada ir y que se imaginaba que sería un acontecimiento envarado y encorsetado, lleno de presentaciones formales a altos cargos políticos entrados en años y en carnes. Suspiró profundamente, deseando poder llevar a Ron y a Hermione con él, como en los viejos tiempos, se metió una patata asada en la boca y la masticó lentamente, resignado a aburrirse mortalmente durante una recepción interminable.
Claro que, como decía la profesora Trelawnay, Harry nunca se había caracterizado por el buen funcionamiento de su ojo interior.
----------------------------------
"Cuéntame, querida..." -pidió el señor Santorini solícito mientras abrochaba el cierre del collar de su esposa. "Si me estrujo mucho el cerebro, puedo llegar a imaginarme qué pinta aquí Potter, pero lo que no acabo de entender es por qué has mezclado invitados en contra de tu costumbre..."
"Y según tú, ¿qué pinta aquí Harry Potter?" -preguntó Portia Santorini colocándose bien el collar, una vez el cierre hizo el "clic" de rigor.
El señor Santorini suspiró profundamente, haciendo la vista gorda ante el cambio de tema.
"Has invitado a gente lo suficientemente importante y lo suficientemente accesible para que Potter empiece a tener contacto con este mundo y no se asuste demasiado. Quieres que entre en política, y por lo que parece vas a darle un empujoncito..."
Portia Santorini se giró bruscamente y acarició el mentón de su esposo. Sonrió brevemente y le dio un suave beso en los labios.
"A veces me olvido de que eres extremadamente listo"
"Mentirosa..."
La frágil señora Santorini se sentó en su tocador y comenzó a cepillarse la suave melena rubia.
"Efectivamente, creo que Harry será el hombre adecuado para ser el futuro Secretario del Estado Mágico para la Seguridad... algún día. Pero de momento no le gusta la política, y todavía es demasiado pronto para dejar de ser un hombre de acción. De modo que mi idea es que empiece a conocer a los que un día serán sus mejores apoyos. Harry desconfía de los políticos..." -finalizó, con tono de lamento.
"No seré yo quien lo culpe por eso" -matizó el señor Santorini, sonriendo sin ironía.
Portia Santorini rechazó el comentario con un gesto de la mano.
"Fudge, Scrimgeour... no eran precisamente unos modelos a seguir, Portia"
"Precisamente por eso quiero que conozca a la gente realmente valiosa... quiero que conozca a todo el que merezca la pena dentro del mundo de la política"
"Portia... Potter no quiere meterse en política..."
"No quiere ahora, pero en cuanto sepa cómo puede tener el poder para cambiar las cosas desde dentro..."
El señor Santorini suspiró de nuevo y se sentó en una confortable butaca al lado de la chimenea del vestidor.
"De acuerdo, nunca he interferido en tus planes y no voy a hacerlo ahora... todo el mundo conoce a Harry Potter, y le precede su fama de hombre leal e incorruptible… no es la primera vez que un político le tienta, tanto con halagos como con amenazas, y hasta ahora nadie ha tenido éxito. Como nunca te he subestimado, sé perfectamente que si alguien puede conseguirlo en sus filas, esa eres tú. Pero no has respondido a mi pregunta… dime tan sólo por qué has dejado de ser fiel a tu costumbre de no mezclar reuniones políticas con familiares... y por qué has invitado a tu sobrina…"
Portia Santorini se levantó de su silla y se fue a sentar en el brazo de la butaca de su marido.
"Es joven, inteligente y encantadora. Sabes que tengo especial debilidad por ella, ¿verdad? No conoce a demasiada gente, y creo que lleva una vida demasiado retirada"
"Tiene un trabajo muy absorbente. Cuando tenías su edad, era más fácil invitar a cenar a un colacuerno húngaro que a ti"
"No veo que te fuese mal" -bromeó Santorini revolviéndole el pelo a su marido.
"No cambies de tema, ¿quieres?" -replicó el hombre. "Quiero saber por qué la has invitado precisamente hoy" -añadió en tono falsamente severo. "Nunca ha aceptado venir a una de tus reuniones sociales, ¿qué te hace pensar que vendrá hoy en que has invitado a tus más cercanos colaboradores políticos?"
La señora Santorini se encogió de hombros.
"Quizás el hecho de que le dije que sería una simple cena en familia, después de la Navidad…"
El señor Santorini abrió los ojos como platos.
"¿No le has dicho nada? ¡La has engañado y le has dicho que era una de tus cenas familiares! ¿Pero por qué?"
"Porque también he invitado a Harry" –dejó caer Portia Santorini con un gesto falsamente inocente.
Santorini miró a su esposa fijamente y finalmente soltó una carcajada.
"¡No puedo creerlo! ¿Estás intentando hacer de celestina entre Potter y tu sobrina? ¡Jamás lo habría creído de ti!"
Portia Santorini enarcó una ceja.
"No estoy intentando hacer de celestina, Digius…" –rechazó con un movimiento de cabeza. "Tan sólo creo que conocerse podría ser interesante para ambos… son de edades parecidas, además, y…" –se interrumpió al ver la sonrisa maligna que estaba apareciendo en el rostro de su marido. "¿Qué se te está ocurriendo ahora?"
Eudigius Santorini se levantó de la butaca, apoyó las manos en los hombros de su esposa y le besó afectuosamente la coronilla.
"Menos mal. Ya me estaba empezando a preocupar, con tanto «Harry por aquí, Harry por allá»… Estaba empezando a sentirme celoso…"
"Mira que eres bobo…"
-------------------------------
Harry nunca había sido invitado a una cena oficial de la categoría de la organizada por la jefa de la Secretaría del Estado Mágico para la Seguridad. Obviamente, las residencias oficiales de los altos cargos no podían estar protegidas por un fidelius y luego andar saltándoselo a la torera cada vez que alguien era invitado a una de ellas, por lo que Harry tenía curiosidad por conocer la forma de acceso a la casa. Media hora antes del comienzo oficial de la cena, una lechuza de color roble llegó hasta su ventana y le entregó un pequeño paquete, que contenía un dedal y un pequeño pergamino que simplemente rezaba: Activación a las ocho y media. Y, con británica puntualidad, el traslador comenzó a brillar a la hora estipulada, mientras Harry sentía el característico tirón bajo el ombligo que lo llevaba, sin escalas, a los jardines de la residencia Santorini.
Una legión de camareros ataviados con una sobria túnica gris oscuro revoloteaba por los jardines sirviendo a los invitados unas finas copas de un líquido chispeante que cambiaba continuamente de color, mientras otro tipo de servidumbre uniformada recogía los crujientes pergaminos en los que iban impresas las invitaciones. Unos trescientos invitados, todos ellos vestidos con una abrumadora elegancia que en ocasiones se acercaba peligrosamente a la ostentación, se dirigían en una fila informal a la enorme escalinata exterior de la exquisita mansión, que conducía directamente a los salones donde se celebraba la cena. Harry se bebió de un golpe el contenido de la copa, esperando que contuviese algo de elevada graduación alcohólica, pero para su sorpresa, el líquido, ligeramente dulzón, le proporcionó de inmediato una enorme tranquilidad, una sosegada sensación de confianza, y una cierta euforia. Se quedó mirando sorprendido a la copa vacía que sostenía en su mano derecha.
"Un destilado espumoso, aderezado con una mezcla de pociones, algunas euforizantes, todas ellas inocuas, evidentemente" –sonó una voz varonil cerca de su oído.
Harry se giró de golpe. El hombre que le había hablado debía tener unos cuarenta y cinco o cincuenta años, un metro ochenta de estatura, y complexión atlética. El pelo estaba salpicado de canas, que eran más evidentes en las sienes. Sin llegar a los niveles de Sirius, resultaba un hombre considerablemente atractivo, pero Harry no recordaba haberlo visto nunca.
"Imagino que no daría muy buena imagen servir Felix Felicis con los aperitivos" –repuso Harry tendiéndole la mano al extraño. "Soy Harry…"
"…Potter, por supuesto" –lo interrumpió el hombre con una amplia sonrisa. "Y aunque El Profeta no hubiese publicado fotos suyas en innumerables ocasiones, mi esposa no para de hablar de usted, últimamente. Me llamo Eudigius Santorini" –añadió, estrechando con firmeza la mano de Harry.
"¿Me ha encontrado aquí por casualidad?" –preguntó Harry, al que no le parecía muy probable que el anfitrión tuviese por costumbre mezclarse con los invitados en los jardines.
"Claro que no, señor Potter" –rechazó el señor Santorini con un gesto. "Dado que es la primera vez que acude a una de las recepciones de Navidad de mi esposa, a los dos nos pareció mejor que acudiésemos en su rescate. Venga conmigo. Portia le está esperando, y de camino puedo ir explicándole quién es quién y, de paso, contarle algún jugoso cotilleo. En fin, ¿qué le parece nuestra humilde choza?"
Rosefield Park, la "humilde choza" de los Santorini, tenía poco de humilde y menos todavía de choza. Era un edificio neoclásico imponente, sobrio pero magnífico, y el mobiliario que lo adornaba era tan exquisito que Fleur hubiera dejado que le rapasen la melena al cero con tal de pasar allí un par de semanas al año. La cubertería de orfebrería duende, la vajilla de fina porcelana blanca tan pura que casi era transparente, la sofisticación de la comida… en fin, que Harry se sintió tan fuera de lugar como McGonagall desfilando en un concurso de belleza. Sin embargo, el señor Santorini era tan afable y cercano como le había parecido en un principio, su conversación tan amena que resultaba hipnotizante y, al contrario de lo que había amenazado, no le contó ningún cotilleo, sino que le fue explicando con sutil ingenio quién era cada uno de los invitados y el motivo por el que estaba allí.
"¿Y yo qué pinto aquí?" –preguntó Harry de buen humor, quién sabe si por la compañía o por el licor camaleónico.
"Eso mismo le pregunté yo a Portia esta tarde"
Harry no hubiera sido capaz de discernir si Eudigius Santorini bromeaba o no, aunque en aquel momento una amable Portia Santorini se dirigía hacia ellos para saludar al joven auror.
"Hola, señor Potter. Es un placer tenerle en nuestra casa. ¿Cómo se encuentra su amiga?" –preguntó la jefa de la Secretaría del Estado Mágico para la Seguridad, estrechando la mano de Harry.
"Mucho mejor, gracias, señora Santorini" –contestó el joven Potter sonriendo para sí. Como buena política, Portia Santorini se había informado previamente del estado de Hermione y se dirigía a Harry apuntando directamente a su lado emocional. "Muy hábil", pensó.
"Me alegro mucho. Durante el pequeño cóctel que se servirá previo a la cena, me gustaría presentarle a algunos de mis mejores amigos, señor Potter, pero antes me gustaría que conociese a mi sobrina. La he sentado a su lado durante la cena, y como ninguno de los dos conoce a demasiada gente aquí, pensé que le agradaría" –finalizó Santorini, sonriendo de forma afable.
"Por supuesto" –contestó Harry, pensando que aún encima le iba a tocar lidiar con la sobrina rarita de la futura ministra de magia. Siguió a la señora Santorini, que se movía entre los invitados lanzando pequeños saludos rezumantes de diplomacia, hasta que se acercaron a una chica de pelo oscuro que se encontraba de espaldas a ellos, conversando con un matrimonio de mediana edad. Llevaba un vestido de cóctel de color vino, con tirantes finos, cuyo moderado escote de la espalda estaba parcialmente tapado por la melena negra que caía lisa. Ante el saludo de Santorini, la pareja de mediana edad se giró hacia ellos, y lo mismo hizo la morena, que se dio la vuelta lentamente.
Harry notó cómo el corazón se le paraba de golpe, daba un par de volteretas, desaparecía en algún lugar remoto de sus vísceras, y reaparecía de nuevo, el traidor, para latir al doble de la velocidad permitida en cualquier país civilizado.
"Señor Potter, le presento a mi sobrina… Wilhelmina Augusta McKinnon…a quien todos llamamos Mina…"
-------------------------------
Bueno, como veis, mucho Harry, algo de Harry-Mina, poca interacción Sirius-Hermione (ninguna, en realidad), y básicamente un Harry comiéndose el tarro con respecto a la irascible sanadora que, como me preguntó la sublime Carla, se apellida Gray por su padrastro muggle, y no por su verdadero padre biológico, que, como veis, era un miembro de la familia McKinnon, a quienes los mortífagos tuvieron el dudoso honor de asesinar en masa durante la primera guerra. Bueno, eso lo veremos en el próximo episodio, que espero subir antes del 2009. Por Dios, guardad los tomates en lata, que escritora lesionada fic que no se actualiza.
Una cosilla: lo que más me gusta de este minicapítulo, como siempre, es Tonks. Y otra cosilla: los próximos días subiré un review que será la respuesta a los vuestros. Lo haré en cuanto pueda, supongo que el lunes o el martes, no desesperéis. Si no pudiese hacerlo pronto, contestaría los reviews de este capítulo y del siguiente juntos, ¿vale? Prefiero subir el capítulo sin respuestas a los reviews que no subirlo. Una vez más, un beso cariñoso a todo el mundo y gracias por vuestra comprensión.
Lara
