CAPÍTULO 1:

PROMESAS, PROMESAS.

Era un mal sueño. No podía estar sucediendo esto, no a ella.

Pensó que la negación sería su arma más efectiva, porque simplemente Kagome esperaba que en cualquier momento la mujer abriera sus ojos y le dijera que todo era una broma, una de muy mal gusto, pero broma al fin. Sin embargo; mientras el sonido de clavos siendo golpeados por martillos, como un eco lejano, se oía por todo el lugar, ella comprendió que eso no sucedería.

En ese instante tuvo la certeza de que todo cambiaría para siempre.

Las personas a su alrededor lloraban. Naomi, su madre, no encontraba consuelo, ni lo encontraría en mucho tiempo, mientras su padre intentaba confortarla sin ningún éxito. Y ella estaba ahí, de pie frente al cajón, repitiendo una y otra vez que nada tenía sentido y que esto no era más que una horrible pesadilla. Miró hacia arriba, el cielo gris acompañando sus emociones, mientras su tía Kikyo descansaba dentro del frío cajón que estaban enterrando.

Parecía que todo sucedía tan rápido.

— Cariño, vamos a casa—. Dijo su padre.

Ella no supo cuánto tiempo divagó su mente intentando encontrar una respuesta, pues cuando miro a su alrededor ya no quedaba nadie más que ellos dos.

— Quiero quedarme un poco más—. Respondió, su voz sonaba débil y su boca estaba seca.

"Igual que ella." Pensó. Cerró con fuerza sus ojos y con angustia apartó la mirada intentando alejar esa imagen de su mente.

— Ven cariño, tu madre está esperándonos en el auto—. Habló Taiki dándole un beso en la cabeza.

Nadie habló durante el camino, tampoco cuando llegaron, la tristeza podía sentirse en el aire, un aire que los ahogaba.

Al llegar, su padre ayudó a su madre a bajar del auto y le hizo señas para que ella ayudara a Souta, quien se había quedado dormido luego de tanto llanto.

— Hey—. Dijo ella con suavidad. —Llegamos a casa—. Su hermano abrió sus ojos y la miró. Kagome acarició su cabeza y besó su frente. —¿Puedes caminar?

Él asintió y bajó del auto con pesadez. —¿Mamá?—. Preguntó al ver que no se encontraba cerca.

— Está dentro y papá con ella, ayudándola—. O por lo menos eso esperaba, su padre no era bueno en eso de ayudar. Antes de entrar miró a su hermano y presionó un poco sus hombros para que él la mirara. —Souta, necesito que seas un buen niño, mamá se recuperara, pero debemos ayudarla, ¿de acuerdo?—. Él asintió y refregó sus ojos. —Y si necesitas algo, debes pedírmelo a mí o a papá.

Luego de eso entraron a la casa. Su madre estaba de pie en el medio de la sala, ella ya no lloraba, pero tampoco estaba ahí, solo su cuerpo.

— Ve a tu habitación—. Le pidió al niño mientras se dirigía hacia Naomi, a lo lejos vio a su padre en la cocina. —Mamá ven, vamos a tu habitación—. Al llegar, le ayudó a recostarse y la arropó como si fuese una niña, besó su frente tal y como lo hacía ella cuando estaba enferma.

Su madre parecía haber vuelto a su cuerpo tras un pestañeo, sonrió y acarició su rostro.

— Lo siento, cariño. Yo debería estar consolándote, sé cuánto amabas a tu tía—. Su madre cerró sus ojos con fuerza y luchó contra las lágrimas. Estaba a punto de decirle que no se preocupara, pero volvió a hablar. —Jamás pensé que la enfermedad se la llevaría tan pronto, creí que tendríamos más tiempo.

Kagome parpadeó, confundida. —¿Enfermedad?

— Ella no quería que supieras que tenía cáncer, no quería verte triste. Maldita enfermedad—. Murmuró y cubrió sus ojos para que no viera que lloraba.

Su padre en ese momento entró a la habitación con una taza de té en sus manos y unos analgésicos para el dolor de cabeza

— Aquí está tu té, cariño—. Dijo, apartando a Kagome con un ligero empujón, evitando que continuara con toda esa charla sin sentido.

Se alejó de la habitación y fue directo a la cocina, le prepararía un sándwich a Souta y luego hablaría con su padre, pero este no salió, sino hasta que su madre se quedó finalmente dormida.

— ¿Aún sigues despierta?, deberías acostarte, no has dormido nada.

— No puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos, la veo allí, en la cama.

— Lo siento, cariño, sé que es algo difícil.

—Es que no lo entiendo, papá—. Dijo con cansancio. —¿Cómo puede ser que tan solo en dos días haya muerto de esa forma?

— Es una enfermedad muy cruel y ella intentaba que nadie notara como la consumía.

La angustia se hizo presente. —Ella era piel y huesos, eso fue lo que encontré ese día, cuando tan solo en el cumpleaños de Souta, sus mejillas eran regordetas. Nada de esto tiene sentido. No lo entiendo.

Su padre abrió su boca, para responder, pero sus ojos comenzaron a moverse de un lado a otro, como si estuviera pensando en las palabras dichas por su hija, luego, simplemente los cerró y frotó con rudeza. —Ha sido un día agotador Kag, no puedo pensar, no ahora.

Ella también estaba agotada, su mente no le había dado un respiro desde ese día. La imagen de Kikyo desnuda en su cama, era tan irreal, tan increíblemente sin sentido.

"No era ella." Se dijo. "No podía serlo."

Pero lo era.

De alguna forma, su querida Kikyo se convirtió en una momia; no había ni una sola gota de sangre en su cuerpo y nadie más que ella parecía notar lo antinatural de todo eso.

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— ¿Mamá no va a cenar con nosotros?

Miró a Souta, su rostro manchado con la salsa de los spaguettis que cenaba la hizo sonreír. —No, ella necesita descansar—. Dijo limpiando el rostro de su hermanito. —Estos últimos días fueron duros para ella.

— Pero si no cena va a enfermar.

— Descuida, en cuanto se despierte le llevaré la cena a la cama, ¿de acuerdo?

El pequeño asintió contento, y llevó a su boca otro bocado.

También le preocupaba que su madre no quisiera consumir alimentos, sólo tomaba infusiones y, a veces, decía que no podía siquiera eso.

Ella misma no estaba en mejores condiciones, su estómago se volvía un nudo y la mayoría de las veces terminaba vomitando lo poco o nada que había consumido.

— ¿Puedo jugar antes de ir a dormir?—. Dijo de repente Souta, sacándola de sus pensamientos.

— ¿Te refieres a jugar mientras te das un baño?—. Preguntó ella.

— Pero me di un baño ayer.

Negó con la cabeza sin dejar de sonreír, lo tomó de la mano y juntos caminaron en silencio hasta el baño. —Sigues comiendo como cuando eras un bebe, tienes fideos hasta en el cabello. No puedo creer que con siete años sigas comiendo igual que un cerdito.

Con una sonrisa, comenzó a quitarse la ropa para entrar en la ducha.

Fue un baño rápido, Kagome lo ayudó, luego lo envolvió en una suave toalla, lo llevó en brazos hasta su habitación para vestirlo y leerle un cuento hasta que finalmente se durmiera.

Se sentía terriblemente agotada. Su hermano estaba haciendo un esfuerzo enorme en no darle problemas, comiendo lo que fuera que ella pusiera en su plato y dándose baños que detestaba. Agradecía inmensamente su ayuda, pues no podía con todo sola. En ese momento, quería acostarse en su cómoda cama y cubrirse hasta la cabeza para intentar dormir un poco, pero aún no podía, su día aún no terminaba.

Suspiró con fuerza y bajó las escaleras para lavar los platos, vería si podía lograr que su madre comiera algo.

— Sí, lo sé—. Escuchó a su padre susurrar. —Pero no creo que sea conveniente en este momento, tal vez cuando ella mejore.

Kagome lo vio apoyado en la pared mientras hablaba por teléfono. Taiki al percatarse de su presencia le hizo una mueca de cansancio como una ligera broma, y ella le dio el gusto sonriendo. Se acercó hasta la mesada y se apoyó ahí, mirándolo.

— Kagura no es que no queramos verlos, es que una cena no parece ser apropiada.

Sintió como si el aire le faltara. Su corazón comenzó a latir descontroladamente.

— De acuerdo, pero no esperes una comida elaborada. Sabes que no sé cocinar. Nos vemos, adiós—. Colgó el teléfono, desenrollando distraídamente el dedo índice del cable, con una sonrisa cansada se volvió a mirarla. —Tu tía dice que lo mejor para que tu madre se recupere es que hagamos una cena en honor a Kikyo, mañana.

— No creo que mamá quiera ver a nadie.

— Lo sé, se lo he dicho, pero ella insistió—. Luego tomó un profundo respiro. —Dice que Sesshomaru es bueno convenciendo a la gente, creo que estudio psicología o algo así, aún no sé a qué se dedica ese hombre.

— De acuerdo—. Dijo ella haciendo girar sus hombros. —Mañana saldré antes de clases para hacer las compras, limpiar la casa, y cocinar… algo.

— Está bien, yo volveré antes del trabajo para ayudarte con lo que pueda.

Sabía que su padre no podría ayudar mucho, pues era tan bueno en la cocina como ella. Aun así, agradeció el gesto.

— Ahora ve a descansar, tu madre ya está dormida y yo lavaré los platos esta noche.

Sin dudarlo, ella se acercó con paso lento y beso su mejilla, mientras susurraba un " gracias".

— Sí, sí, vete antes de que me arrepienta—. Dijo él, bromeando.

Al estar en su habitación, tarareó su canción favorita: "Can´t Help Falling in Love", en voz baja. Adoraba a Elvis y tenía planes de ir a uno de sus conciertos cuando terminara sus estudios.

Kikyo había prometido que irían juntas pues a ella también le gustaba.

Se acostó en su cama sin siquiera quitarse sus zapatos, se quedó mirando el techo de su habitación, intentando no pensar en nada más que en la canción en su mente.

Esa noche esperaba no tener pesadillas y despertar asustada como todas las noches anteriores. Para distraerse aún más, hizo una lista mental de todo lo que debía comprar al día siguiente. Eso funcionaría mejor que contar tiernas ovejas.

Cuando estaba en ese punto entre dormida y despierta, creyó escuchar la canción, como si alguien hubiese puesto el tocadiscos, pero la letra iba acompañado de un suave eco, una voz gutural tan parecida a la de Sesshomaru, la cual susurraba:

"Sueña conmigo."

Y así lo hizo.

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Su padre la llevó en su Mini Cooper al colegio para que no tuviera que caminar. Mientras el auto atravesaba las calles, alcanzó a ver un cartel de la película "Los Pájaros". Arrugó su frente y apartó la mirada de inmediato, le dio dolor recordar que precisamente había ido a buscar a Kikyo para ir al estreno juntas.

Para olvidar el malestar, decidió hacer un repaso de lo que harían ese día cada uno y rogaban que todo saliera según el plan.

— Papá, por favor no olvides buscar a Souta al final de la clase, yo no estaré allí para hacerlo.

Taiki levantó su dedo antes de responder un "Lo prometo" y salió rápido hacia su trabajo.

Kagome tomó aire con fuerza, abrocho su saco, pero al girar sé quedó en su sitio sin comprender qué sucedía. Porque sin lugar a dudas algo había pasado, y era grave, todos los alumnos estaban afuera, hablando en voz baja, y ella solo escuchaba fragmentos mientras caminaba lentamente entre ellos.

— Pobre señor Maeda, era tan joven.

— Dicen que lo encontraron en su oficina, y que tenía cáncer, eso lo consumió.

Kagome se detuvo en su lugar, su corazón comenzó a latir con fuerza, dirigió su mirada hacia las jóvenes que hablaban entre ellas ajenas a todo. Conocía al Señor Maeda, él había sido el único que habló con ella cuando volvió a clases luego de lo de Kikyo, y le dijo que debía ser fuerte. No podía ser que muriera de esa forma, tan repentina.

Dio un paso hacia atrás, luego otro dando respiraciones demasiado cortas, sintiendo como el aire parecía no entrar en sus pulmones, un sudor frío apareció en su frente y cuando pensó que comenzaría a correr, sin ningún sentido, una voz golpeó en su oído de forma tan precisa que le enchino la piel.

"Kagome"

Ella giró levemente su rostro para encontrarse con los ojos dorados de Sesshomaru, por un momento creyó haberlo escuchado justo a su lado, pero no podía ser así porque él estaba a metros de distancia, con su brazo derecho apoyado sobre el techo de su elegante mustang rojo y en su mano izquierda sosteniendo su saco gris. Sus labios rectos se volvieron una mueca de una muy ligera sonrisa, pero ella solo se pudo concentrar en su mirada.

El sonido de la ambulancia la trajo de nuevo a la realidad, ella parpadeó y no supo cuánto tiempo se mantuvo perdida en ese mar dorado, pues cuando se percató de eso las estudiantes ya se habían ido.

Y Sesshomaru también.

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La casa estaba impoluta, Kagome había limpiado hasta el cansancio, pues esa cena sería importante, su tía Kikyo merecía ser recordada de la mejor manera, y rogaba que su tía Kagura consiguiera sacar a su madre de la habitación.

"Y que ingiera alimentos." Pensó.

El hecho de saber que Sesshomaru estaría presente esa noche, la tenía un poco alterada, pero mantuvo esos nervios a raya.

— La cena huele bien—. Dijo su padre cuando sacaba la carne asada del horno. —Espero que Kagura llegue pronto o no quedará ni la ensalada.

— Yo espero que le guste, no es un platillo elaborado como los que acostumbra cenar, pero por lo menos no son fideos—. Hizo una pausa, respirando profundamente antes de hacer la pregunta que había dado vueltas en su cabeza todo el día. —¿Has hablado con mamá?

Él cerró los ojos lentamente con cansancio mientras asentía igual de lento. —Sí, aunque no sé si realmente llegó a escucharme—. Taiki caminó junto a su hija hasta el comedor y tomaron asiento. —Ella a veces pareciera que no está aquí. Por momentos me habla, como si nada pasara, luego su mente parece entrar en una especie de confusión y su mirada se pierde, hasta que finalmente deja de hablarme.

Las marcas negras bajo sus ojos, signo del absoluto cansancio en el rostro de su padre, mostraban que él tampoco podía conciliar el sueño, se lo veía perdido.

— El médico dijo que era normal, que le diéramos tiempo.

— Lo sé, cariño, es solo que esto me asusta.

— También a mí.

Su padre la miró a los ojos. —¿Te encuentras bien?

Ella asintió lentamente, para luego negar antes de hablar. —Hoy encontraron el cuerpo de un profesor en su oficina, dicen que murió de cáncer.

— ¡Oh, cariño!, imagino que trajo recuerdos.

— Lo hizo, y no sé, tal vez piense demasiado en todo esto, pero…

El sonido de un auto estacionándose frente a su casa les indicó que la visita había llegado.

Taiki vio el miedo y la preocupación en los ojos de su hija, estaba pasando por demasiadas cosas estos días y él no deseaba hablar de eso con ella, pero era la única persona con la que podía hacerlo, su pequeña había crecido mucho más estas últimas dos semanas. —Todo saldrá bien, ya lo veras—. Dijo para tranquilizarla mientras caminaba hasta la puerta de entrada.

Ojos marrones rojizos, labios pintados de un rojo sangre, piel blanca como la leche, pestañas enormes y tupidas, cabello castaño oscuro, nariz pequeña y respingada, luciendo un vestido rojo ceñido a su cuerpo. Kagome miró a Kagura con admiración, su tía era la reencarnación de una diosa, tan hermosa y lejana. Ella siempre había querido parecérsele, tener un poco de la confianza y seguridad que brotaba por cada uno de sus poros, pero solo compartían la sangre y las letras K-a-g en sus nombres.

— Lamento la tardanza hermanito—. Dijo con voz suave mientras le daba un fuerte abrazo—. Sesshomaru tuvo que… —. Ella giró hacia Kagome y sonrió levemente mientras se acercaba para darle un rápido y suave beso en la mejilla. —Visitar unos lugares—. Finalizó alzando ambas cejas. —Es el precio a pagar por todo lo que tenemos.

— Supongo—. Comentó Kagome en voz baja, aunque sabía que su tía no se lo decía a ella.

En ese mismo momento Sesshomaru pasó por la puerta. Ella no lo había visto entrar, pero sí que lo sintió, su cuerpo tembló involuntariamente de pies a cabeza, como un escalofrío placentero.

— Buenas noches—. Dijo él, rozando de forma casual, con su dedo la mano de Kagome al pasar a su lado, para luego colocarse junto a Kagura, manteniendo la vista fija en la joven.

Eso y su mirada intensa fue demasiado, sus mejillas al instante se ruborizaban con violencia.

Kagura miró a su esposo y apoyó muy sutilmente su mano izquierda sobre su pecho como queriendo llamar su atención, pues él seguía mirando a la adolescente al borde del desmayo.

— Querido debemos hablar con mi cuñada.

Él asintió, apartó su atención de Kagome y saludó con un movimiento de cabeza hacia Taiki, luego los tres fueron en busca de Naomi.

Cuando los adultos entraron en la habitación, Kagome volvió a respirar, llevó su mano a su pecho y presionó con fuerza, pues sentía que en cualquier momento saldría disparado.

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Kagome vio extrañada como su padre salía de la habitación tan solo unos minutos después de haber entrado. Si bien su tía hablaba con su madre, no eran amigas ni mucho menos. Ellas se trataban con respeto y sus conversaciones eran por puro formalismo.

— ¿Qué sucedió?—. Le preguntó en voz baja.

Este tenía el ceño fruncido y miraba hacia la habitación que acababa de abandonar, como no muy convencido de dejar sola a su esposa. Al escuchar a su hija a sus espaldas giró hacia ella, la tomó del brazo y la llevó hacia la cocina.

—Tu tía dijo que… —. Él miró nuevamente hacia la puerta para asegurarse de que nadie escuchara su conversación. —Sesshomaru debía trabajar en silencio y que yo podía arruinar la sesión—. Finalizo.

— ¿Sesión? ¿Cómo qué sesión?

—No lo sé—. Dijo Taiki colocando una mano sobre su frente. —Él sacó una cadena con una medalla extraña con forma de medialuna de su bolsillo y la puso en la mano de tu madre, dijo que era para que la medalla se impregnara de su energía, y luego no entendí nada, ni que paso; pero tu madre, ella… fue como si sus ojos se movieran con rapidez. Me asusté. Intente ir hacia ella. No pude—. Bajo su mano hacia su boca y presionó con fuerza, su rostro mostraba la misma confusión que había en el rostro de su hija. —Debería volver.

— Aguarda—. Dijo Kagome, deteniéndolo al ver que Taiki intentaba volver a la habitación. —Tal vez él puede ayudarla, no perdemos nada con intentar, papá. Además; tía Kagura está con ellos.

— No puedo quedarme aquí sin saber qué es lo que pasa. Sin hacer nada.

— Pues entonces pon la mesa, eso te distraerá. Mientras tanto iré a vestir a Souta, que seguramente estará jugando y la ropa debe seguir sobre su cama—. Ella pasó por al lado de su padre, sin darle tiempo a pensar y le dio un abrazo. —Tranquilo papá, mamá estará bien.

Él asintió dudoso y pensativo, y ella fue hacia las escaleras en busca de su hermano.

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Naomi estaba sentada a la mesa, disfrutando de la cena que su hija había preparado. Sus ojos parecían haber vuelto a la vida, y aunque la alegraba inmensamente el verla así, Kagome no dejaba de preguntarse cómo Sesshomaru lo había logrado.

— Está delicioso, cariño—. Dijo Naomi mirando a su hija, quien no había podido quitarle los ojos de encima desde que al bajar las escaleras la vio sentada, ella sonreía apenas, pero lo hacía.

— Me alegra que te guste mamá.

Su padre se había ubicado del lado derecho de su madre, tomando su mano para besarla con ternura a cada oportunidad. Su hermano se había sentado a su izquierda, la abrazaba y le sonreía, él realmente la había extrañado. En cambio, ella no había tenido otra opción, el único asiento disponible se encontraba frente a su madre y justo al lado del hombre que le quitaba el aliento. Ella vio de reojo como Sesshomaru se inclinaba hacia ella.

—Tu madre tiene razón, la cena es... deliciosa.

Kagome no quería verlo, aun así sintió su voz como una caricia, como si ésta tuviera vida propia y tocará lentamente la piel expuesta de su cuello de forma erótica, obnubilando sus sentidos, consiguiendo que las voces de todos a su alrededor se apagaran. Ella separó levemente sus labios para tomar un poco más de aire, y sin poder evitarlo, inclinó su cabeza exponiendo su cuello hacia él, mientras sus ojos se cerraban.

"Deseas sentirlo entre tus piernas."

La voz de Kikyo se escuchó tan fuerte y clara como aquella vez hacía más de dos semanas atrás, logrando que Kagome se sobresaltara, saliendo de esa especie de trance hipnótico. Se acomodó en su asiento con disimulo. Para su sorpresa, Souta la observaba extrañado al verla actuar de esa forma, pero no dijo nada. Mientras el resto parecía no haber notado nada raro en su comportamiento vergonzoso. Ella aclaró su garganta y se acomodó en su asiento nuevamente, nerviosa, intentando disimular.

No fue hasta que sus nervios se calmaron y que se sintió lo suficientemente segura de que sus piernas no flaquearon, que finalmente se puso de pie para recoger la mesa.

Vio a su padre, madre y hermano seguían igual, sonriendo y abrazándose como si no se hubiesen visto en años; sin embargo, su tía Kagura, sentada a la cabecera de la mesa, la miraba con recelo. Sus labios rojos esbozaron un intento de sonrisa.

Kagome le devolvió la sonrisa con sinceridad. Sin embargo; todo pareció moverse en cámara lenta, Kagura giró su rostro hacia Sesshomaru, logrando que ella siguiera su mirada.

Él parecía una estatua, con sus manos en puños, sus ojos fijos en la mesa, concentrando su visión en algún punto perdido en la nada.

Se sintió hechizada por un instante, un hombre demasiado hermoso, tan perfecto en todo, incluso el color rojo que parecía teñir el centro de sus ojos era atrapante. Entonces, Kagome sintió como si su corazón delator golpeara con fuerza justo cuando él inclinó su rostro hacia ella para sonreír de lado.

— Deberías llevar los platos a la cocina—. Dijo Kagura en voz alta y autoritaria.

Apartó la mirada de Sesshomaru con rapidez y vergüenza. Asintió de modo automático hacia su tía y se alejó dispuesta a desaparecer. Estaba asustada por haber sido descubierta y porque Kagura ya no sonreía.

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— ¿Te molesta si utilizo el baño de tu habitación?

Kagome lavaba los platos cuando oyó la voz de Sesshomaru a sus espaldas. Lo miró no entendiendo la pregunta.

— Tu padre dijo que el baño principal se descompuso y que mejor te pidiera permiso a ti para usar el tuyo.

Se quedó en silencio un momento, ella había limpiado y utilizado el baño principal hacía unos treinta minutos, ¿cómo era posible que ahora estuviera descompuesto?

— Si te molesta puedo…

— No, no me molesta, es solo que… —. Sus palabras salieron atropelladas por los nervios. —No sabía que estaba fuera de servicio—. Finalizó con más calma. Seco sus manos con el repasador amarillo que tenia sobre la mesa y con timidez le hizo señas para que la siguiera.

Nadie, excepto su familia, había entrado en su habitación jamás y los nervios por saber que él entraría, le provocaba temblores de pies a cabeza.

— Es pequeño—. Dijo ella al entrar.

— Disculpa, no te oí—. Habló aún de pie en el marco de la puerta.

— ¡Oh!—. Exclamó girando hacia él. —Puedes pasar—. Señaló hacia la puerta color blanco que se encontraba al otro extremo. —Dije que el baño es pequeño.

— Está bien, no pienso quedarme mucho tiempo ahí dentro—. Sesshomaru entró lentamente, examinando cada rincón, poniendo aún más nerviosa a la joven que no apartaba sus ojos de él. —Siendo honesto, creí que las paredes serían color rosa y que habría muñecas en la cama.

Ella alzó un poco sus cejas, no sabía si era extraño que él hubiera estado imaginando cómo sería su habitación o que estuviera hablándole tan casualmente, como si existiera confianza entre ellos.

— Si hubieses entrado cuando tenía 5 años, así habría sido, pero ahora me gusta el color verde.

Sesshomaru sonrió de lado, fue una sonrisa enigmática, casi inexistente, que la desarmó al instante mientras la miraba intensamente. Su voz relajada, su olor, su cercanía, parecía llenar todo el espacio, y como si todo eso fuera poco, la habitación se volvió aún más pequeña. Esta comenzó a llenarse de un humo verde que olía exactamente como su perfume y la acarició lentamente de pies a cabeza, causándole sensaciones aún desconocidas por ella.

Él se acercó y olfateó descaradamente su cuello con fuerza. —Si—. Dijo en una exhalación, mientras se acercaba a su oído. —Voy a follarte con fuerza hasta que dejes este mundo—. Delineo con su dedo índice la mandíbula de la joven con delicadeza. —Y no te imaginas cuanto voy a disfrutar el tener mi miembro entrando y saliendo de tu dulce cuerpo. Te prometo que vas a gemir como una perra en celo pidiéndome más y más.

Toco el cabello negro y lo enredo entre sus largos dedos, tambien lo olió. Con una sonrisa llena de satisfacción, salió de la habitación.

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Kagome no supo cuánto tiempo estuvo inmóvil en ese mismo sitio, pero cuando bajó las escaleras, ya no había nadie. Sus padres y hermano dormían, Kagura y Sesshomaru se habían marchado.

Continuará…