Miraculous, les aventures de Ladybug et Chat Noir y sus personajes son propiedad de Thomas Astruc y Zag Entertainment.

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Palabras: 2241.

06.- Frágil

Jagged estaba sentado en el sofá enfundado en su pijama amarillo. Era sábado por la noche y eso, por norma general, significaba que estaba de concierto o que salía de fiesta, pero no estaba de humor. Llevaba unas semanas desanimado y falto de energía. Según Bob lo que le pasaba era que llevaba demasiado tiempo sin acostarse con nadie. Él sabía que no tenía nada que ver con ligues vacíos de una noche, aunque no pensase decírselo.

Llamaron a la puerta de su suite sorprendido miró la hora en la pantalla de su móvil, eran las diez de la noche. Descartó que pudiera ser Bob, nunca iba hasta allí tan tarde. Se levantó dispuesto a abrir, sujetó la maneta y se detuvo. ¿Y si Bob le había enviado a alguna chica? No quería tener que lidiar con eso. Volvieron a llamar y él entreabrió. No era ninguna chica de compañía, tampoco ninguna modelo. Era Penny con un pequeño vestido rojo con uno de los tirantes roto, los zapatos de tacón en la mano y el maquillaje corrido. El corazón le dio un vuelco, abrió del todo y se hizo a un lado, ella entró tiritando.

—Penny, ¿estás bien?

Se sintió estúpido por preguntarle algo tan absurdo cuando era más que evidente que no lo estaba. Ella se sorbió la nariz y asintió.

—Lo siento, no sabía a dónde ir.

—No seas boba, mi puerta siempre está abierta para ti, de hecho, tienes la llave. —Se dio cuenta de que no llevaba el bolso—. ¿Te han atracado?

—No, yo...

—Espera, tienes frío, ¿verdad? Estás temblando. Voy a traerte algo más abrigado.

Se metió en su vestidor y hurgó entre su escasa ropa mundana. Encontró un jersey de lana blanca, era la mar de calentito y suave, era grande, se sentiría cómoda con él.

Ella se había sentado en el sofá, Fang había abandonado sus cojines, trepado al sofá y apoyaba la cabeza sobre sus muslos. La mano de Penny daba palmaditas distraídas en su cabeza mientras miraba a algún punto indeterminado de la pared frente a ella.

—Toma, ponte esto.

Sus dedos se encontraron sobre la lana, a Jagged le sorprendió lo fríos que los tenía. Empujó con suavidad a Fang para que se apartase y ella pudiera ponerse el jersey y calentarse. Penny era una mujer fuerte, sin embargo, en ese momento, poniéndose un jersey que le quedaba enorme, tiritando y con el maquillaje hecho un desastre se veía frágil y vulnerable. Sintió una intensa oleada de rabia subiendo desde su estómago y ardiéndole en el pecho.

—Cariño, ¿qué te ha pasado? —preguntó tratando de sonar calmado cuando ella volvió a sentarse.

—Tenías razón —susurró. Iba a preguntarle en qué, pero tras un largo silencio añadió—: sólo quería acostarse conmigo.

—¿Te refieres a Laurent?

Ella asintió y se tapó la cara con las manos.

Unos meses atrás Laurent, el presentador estrella de los concursos de televisión, le había dado su teléfono a Penny y le había pedido salir a cenar. Ella no le había rechazado, aunque le había dicho que sería difícil teniendo en cuenta su agenda. Laurent le había contestado que esperaría lo que hiciera falta y una sonrisa había decorado su rostro. Jagged había leído sus intenciones, además conocía su fama de cerdo mujeriego. Le había advertido a Penny que tuviese cuidado y ella había reído prometiéndole tenerlo.

—¿Te ha hecho algo? —inquirió recordando el tirante roto del vestido.

—No, sólo me he asustado un poco. Me ha llevado a cenar —musitó en un hilo de voz—, después hemos ido a tomar algo a un reservado y se ha puesto un poco insistente para que subiera con él a la habitación que tenía reservada en el hotel. Cuando le he dicho que no, se ha enfadado y ha intentado meterme la mano por debajo de la falda. Cuanto más le decía que no y que parase más insistente se ponía. He salido corriendo de allí, me he enganchado con la maneta de la puerta y se me ha roto el tirante.

»Lo siento, me ha dado miedo que me siguiera hasta mi casa, por eso he venido aquí.

—No tienes que disculparte ni justificarte, puedes venir siempre que lo necesites. Tranquila, aquí estás a salvo.

Lo sabía, por eso en medio del caos en el que se había convertido su cabeza, sus pasos la habían llevado hasta allí. Al lado de Jagged siempre se sentía segura.

—¿Quieres tomar algo caliente?

—Una infusión me iría bien.

Jagged la dejó en el sofá y se metió en la pequeña cocina de la suite. Rebuscó entre los tarros de infusiones hasta dar con una que le preparaban especialmente para ayudarle a controlar su ansiedad, le iría bien para calmarse. Puso agua a hervir, prepararía para él también o acabaría saliendo a buscar a aquel cabrón para estrangularlo. Vertió el agua caliente en dos tazas, añadió una bolsita de infusión por taza, las acomodó junto con un tarro de miel en la bandejita que siempre usaba Penny. Sintió que era irónico aquel cambio de papeles.

—Si quieres algo más pídemelo, ¿entendido?

—Sí.

La observó ponerle un par de cucharadas de miel a la infusión y escurrir la bolsita para dejarla a un lado. Apretó la taza entre las manos, sollozó.

—Cariño, ¿quieres hablar de ello?

—Me siento ridícula, Jagged —musitó echándose a temblar de nuevo—. Creía que le gustaba, pero sólo quería echar un polvo. No sentía ningún interés real por mí.

»Creía que, tal vez así podría... Dios mío, soy patética.

—No lo eres. Eres fantástica.

La dejó llorar y murmurar cosas sin demasiado sentido mientras se acababa la infusión caliente hasta que parecieron acabársele las lágrimas y sólo quedó la amortiguada sensación de una tregua quebradiza.

Jagged se levantó del sofá asegurándose de no hacer ningún movimiento brusco que pudiera romper aquella pausa en su llanto. Cuando regresó vio que Penny había soltado la taza, que llevaba rato vacía, sobre la mesita como si ya no le consolase su calor y peso.

—Deja que te ayude a sentirte mejor, cariño. —Penny apenas se movió para mirarle cuando se sentó a su lado de nuevo—. Ese maquillaje es el que hace que te sientas ridícula y patética, vamos a deshacernos de él, ¿de acuerdo? Cierra los ojos.

Ella obedeció. Jagged empapó un pedazo de algodón con la loción desmaquillante que fabricaban en exclusiva para él en una farmacia y que olía a jazmín. Deslizó el algodón con suavidad por sus párpados y mejillas borrando los rastros de su llanto.

—Nunca he entendido por qué usas maquillaje —le susurró—. Tienes una piel suave y radiante, no tienes ningún rasgo feo que disimular, ni nada que necesite realzarse. Eres preciosa al natural.

—No lo soy.

—Dices eso porque te sientes mal. Estás triste. Estás enfadada. Y te saboteas a ti misma porque te estás castigando con algo que no es tu culpa.

—Soy de lo más normal.

Abandonó el algodón sucio en la bandejita y le acarició el pelo con suavidad.

—Perfecta —declaró, Penny abrió los ojos y él le sonrió, le tendió la mano—. Ven conmigo, cariño.

Quiso decirle que dejase de llamarla cariño, que le dolía, pero no lo hizo. Tomó su mano y aceptó el leve tirón con el que la ayudó a ponerse en pie. Jagged la llevó al vestidor, se detuvieron ante los espejos y se encontró mirándose a sí misma desde todos los ángulos posibles.

—Mírate —pidió quedándose a su espalda, le pasó los brazos por encima de los hombros y le sujetó la cara con suavidad—. Mira esos bonitos ojos castaños grandes y brillantes, llenos de vida; las facciones delicadas que llevan de un rasgo al siguiente sin brusquedad, como la corriente de un riachuelo; el rubor natural en tus mejillas; el tono perfecto de tus labios. El cuello largo y grácil y... este jersey tan feo no ayuda a que veas el resto, pero tienes una figura esbelta envidiable, con esa cintura estrecha y las piernas largas.

—Jagged...

—¿Qué ocurre?

—¿Por qué no puedes quererme? —preguntó y le temblaron los labios.

—¿Quién ha dicho que no te quiera? —replicó sorprendido por aquella pregunta.

—No hablo de cariño o afecto.

—¿Quién ha dicho que no te quiera? —repitió. La había entendido desde el principio.

—Tú.

Frunció el ceño. No recordaba haber hablado de aquello nunca con Penny y, aún menos, decirle que no la quería.

—Si es algo que he dicho estando dormido no deberías de hacerme caso.

La realidad le golpeó en la cara. Nunca se lo había dicho a ella, pero repetía una y otra vez que no estaba enamorado de nadie. Lo hacía porque no quería a nadie metiéndose en su vida o en la de la persona a la que quería. No había pensado que eso pudiera llevarla a pensar que no la quería porque se pasaba la vida llamándola cariño y siendo ridículamente cercano con ella. La soltó y ella se giró despacio para mirarle directamente a los ojos.

—Las estupideces que digo en la tele no cuentan. ¡Claro que te quiero! Cómo podría no quererte.

—Jagged...

Leyó su intención de cerrar la distancia con sus labios, la sujetó con suavidad para que no pudiera hacerlo. No porque no quisiera besarla, si no porque no era el modo adecuado de que ocurriese.

—No. Escúchame, cariño. Ahora mismo no estás bien. Estás triste, estás enfadada, estás asustada, te sientes traicionada y estás en todo tu derecho ¡faltaría más! Así que no vamos a tener esta conversación ahora, lo haremos cuando te sientas mejor. Sea por la mañana o dentro de un año, quiero que estés bien para hablarlo, que tengas la cabeza clara, que no quede ningún espacio para la duda o para que sientas que me estoy aprovechando de la situación.

»Te quiero ahora y lo voy a seguir haciendo al salir del vestidor. No hay prisa.

—Será mejor que me vaya a casa.

—Quédate, usa la cama, yo dormiré en el sofá.

Penny se encorvó levemente, de nuevo la vio frágil. Se dejó llevar hasta la cama, dócil, como si hubiera perdido toda la fuerza de voluntad, como si ya nada le importase. Jagged la arropó y permaneció sentado a su lado hasta que su respiración se acompasó poniendo en evidencia que se había dormido.

Sería tan fácil meterse en esa cama, besarla hasta el amanecer y dejar que pasase lo llevaba tanto tiempo deseando. Pero también sabía que si lo hacía se arrepentiría, que estaba hecha polvo y aquel sentimiento de desamparo la empujaría a aceptar las migajas que le ofreciesen. Daba igual que lo que él quisiera darle no fueran migajas, tampoco que no sintiera lástima por ella, al final, lo que pesaría sería el haber dejado que ocurriese cuando más vulnerable se sentía.

Jagged le acarició el pelo y la besó en la frente antes de dejarla a solas.

Hacía tiempo que no dormía en el sofá, pero era cómodo. Lo único malo sería que Fang treparía para compartir el espacio. Recogió la bandejita con las tazas, las lavó, se deshizo del algodón manchado de maquillaje que desprendía un intenso aroma de jazmín y regresó al sofá dispuesto a dormir o, al menos, a intentarlo.

Cerró los ojos. Se dio cuenta de que estaba demasiado enfadado como para conciliar el sueño. Cómo había osado ese hijo de puta a intentar forzar a Penny. Cómo había tenido la desfachatez de tratarla como si fuera un objeto de usar y tirar. Pobre de él que se atreviera a acercársele o a decirle algo. No iba a perdonárselo en la vida. Como le viera cerca de Penny iba a matarlo.

Un súbito peso hundiendo el sofá a su lado le hizo soltar un bufido.

—Fang, no.

—No soy Fang.

—¿Necesitas algo?

—¿Puedo dormir contigo?

Jagged pegó la espalda al respaldo dejándole el máximo espacio posible a su lado. Ella aceptó la muda invitación a estirarse y se acurrucó contra él.

—Sabes que aquí estás a salvo, ¿verdad?

—Sí, lo sé. Me siento como una niña tonta asustada porque cree que hay un monstruo en su armario.

Conocía esa sensación. Al contrario de lo que muchos creían, Jagged, era una persona insegura. A veces, a oscuras estirado en la cama, los escenarios que se dibujaban en su mente le aterraban. Antes de conocer a Penny se levantaba, se ovillaba en un rincón contra la pared e hiperventilaba hasta que lograba calmarse de nuevo; al conocerla y tras presenciar uno de aquellos episodios de pánico en directo ella le había dicho que podía llamarla si volvía a ocurrirle, que daba igual la hora y él había aceptado la oferta. La llamaba, hablaban y al volver a cerrar los ojos el mundo parecía mucho más amable y seguro. En alguna ocasión, durante las giras, Penny usaba su copia de la llave y se sentaba a su lado hasta que pasaba. Así que si existía alguien que comprendiese lo que era estar aterrado por el monstruo que no existe era él, no le parecía una tontería.

—Bueno, si ese monstruo se asoma le diré a Fang que lo ataque. —Penny rió y le sonó un poco más entera, algo más como la Penny de siempre—. Cierra los ojos, cariño. Esta noche seré yo quien cuide de ti.

Se quedó dormida casi al instante y Jagged poco después. A su lado el mundo siempre era más fácil.

Fin

Notas de la autora:
¡Hola! Me ha atacado la inspiración en el autobús yendo a trabajar y he tenido que escribirlo. No sé muy bien de dónde ha salido, pero aquí queda.
Nos leemos.