Solo lo había escuchado reír una vez, y ni siquiera había sido una verdadera sonrisa. Así que mientras caminaba a su lado por la transitada calle del centro, con la gente entrando y saliendo de las tienes y demás recintos, solo podía pensar en una cosa: hacerlo sonreír. Reír a carcajadas hasta ver ese brillo en sus ojos azules, profundos e inmensos, y hacer que esa mirada perdida, como si no tuviese sentido seguir aquí, viviendo, se fuese lejos. Él me contaba que dentro de una semana tendría examen de contabilidad, y que no le apetecía estudiar, y yo mi mente solo podía procesar la palabra sonrisa.
Quería hacerle sonreír. Era lo que más quería en ese momento. Volver a sentir como mi pecho revolotea al verle hacer esa simple mueca.
Así que lo hice.
—Deberías enseñarme.— Salió de la nada. Las palabras surgieron de mi boca sin pasar por el control del cerebro, solo expulsadas abruptamente. Él me miró sorprendido, y después de lo que parecieron siglos, sonrió. Pero lo que se escondía detrás de sus ojos, seguía ahí, y eso no me llenó por completamente.
—Oh, teme, puedo enseñarte tantas cosas...— Lo miré, parando en seco. Necesitaba mi sonrisa, por él. Por mí. Y ni sabía el porqué la necesitaba tanto, pero quería esa sonrisa. Quería hacerle feliz.
—Tú puedes enseñarme lo que quieras, dobe.— Y después de guiñarle con algo que la gente normal describiría como picardía, lo escuché sonreír. A carcajadas. Tapando su hermosa sonrisa con la mano, y doblándose literalmente hacía adelante. Él sonreía y sonreía, y no sabía en qué momento yo me había unido a él. Pero hasta ahora, ese momento ha sido el mejor recuerdo de mi vida. Algo que atesoraré por siempre.
Porque ese vacío se había ido. Aunque solo por unos segundos, me sentía completo.
¿Cómo ese sonido podía hacerme tan feliz?
