Estaba durmiendo a mi lado, con su respiración tranquila, sus ojos apretados suavemente, sus labios entreabiertos y su mano entrelazada con la mía. Estaba ahí, justo a mi lado, en una cama de una sola persona. Ahí. Sus piernas enredadas con las mías, y prácticamente estaba tumbado encima de mí. Y todo se sentía tan bien. Era una tortura de alguna manera, pues llevaba enamorado de él más años de los que podría admitir, y siempre había sido así. Siempre demasiado cerca. Siempre demasiado intensos entre nosotros. Pero no tanto como a mí me gustaría. Así que no lo suficiente.
Y todo lo que podía pensar sin alejar mi vista de él es acariciarlo. Conocerlo de todas aquellas maneras en las que no lo hacía. Pasar mi mano por su pelo y hacerle cosquillas para ver como fruncía su ceño y su nariz hacía aquel gesto que me encandilaba por completo, rozar suavemente sus brazos hasta llegar a su barriga y ver como él despertaría poco a poco para después, seguramente, golpearme suavemente y gritarme que dejara de hacer eso. Mi cabeza gritaba con esos pensamientos.
Quería hacerlo.
Quería hacerlo con demasiada intensidad.
Pero no lo hice.
Los amigos no piensan eso. Los amigos no se aman. Y, por el contrario, los amigos tampoco se abrazan como nosotros hacemos. No duermen juntos prácticamente todas las noches para horas más tarde, despertarse con sus cuerpos enlazados. Los amigos no se besan solo para practicar. Los amigos no hacen ese tipo de cosas. Siempre me había preguntado si era perjudicial nuestra relación tan dependiente, y siempre me había dicho a mí mismo que no, incluso si me hacía daño, pues yo lo necesitaba. Y sabía de sobra que él también me necesitaba.
Pero quizás, ¿quizás era tiempo de alejarnos un poco?
Y mientras él seguía allí, con su cabeza escondida en la almohada, yo me ahogaba en pensamientos sobre alejarme de la persona más importante de mi vida.
