Darkwind emprendió una desconcertando huida a través del bosque sin ser consciente de que Lethe iba tras él. Ni siquiera se había preocupado de recoger su arco, y tampoco lo echaba mucho de menos. Solo corría sin desviarse entre la marabunta de árboles y arbustos hasta salir a un claro. Lethe no se atrevió a continuar, por lo que se limitó a observar agazapada entre la maleza.
El chico la había conducido hasta una pequeña y sencilla aldea. Apenas había dos o tres edificios de dos plantas de piedra bien tratada y mármoles, conviviendo en armonía con la naturaleza que los rodeaba. Un grupo de montañas cerraban el valle, escuchándose las olas rompiendo contra la tierra y el fluir del agua del manantial sobre el cual se elevaba una gran torre de plataformas conectadas mediante empinadas rampas. Varios elfos sanguinarios se movían de aquí para allá, y todos se quedaron mirando con una extraña expresión en la cara al recién llegado Darkwind. Una de las elfas, de melena rubia y ojos verdes tan característicos como las orejas y con una toga roja salió a su encuentro.
- ¿Qué haces aquí, Darkwind? Te recuerdo que tu presencia aquí es… -le dijo la mujer en tono autoritario.
- ¡Tengo que ver a mi padre! ¡Es muy urgente!
- Tu padre está ahora mismo reunido –a la elfa no le hizo mucha gracia que Darkwind la hubiera interrumpido -. Si sabes lo que te conviene, márchate, Darkwind. Este no es tu sitio y tu tarea no será tan importante como para interrumpir los deberes de tu padre…
- Déjale, Magistrix Erona –cortó una voz.
La elfa acalló en el momento y se hizo a un lado, inclinándose con cortesía ante el individuo que se acercaba. Tras él, media docena de elfos embutidos en armaduras le seguían. Era como ver a un Darkheald adulto y con túnica morada, con la seriedad y la madurez marcadas en el rostro sin reflejar ni una sola arruga. Su porte, además, inspiraba respeto. Se trataba de algún alto mandatario seguro.
- Padre, tengo que hablar en privado con usted –Darkwind se acercó un paso, pero se vio obligado a detenerse cuando una lanza de uno de los soldados se elevó hasta la altura de su garganta -. ¿Qué es esto?
- Son las tropas de Lunargenta, Darkwind –le explicó su padre –Buscan a dos fugitivos que podrían representar una grave amenaza para el continente entero…
- ¡¿Qué?! –preguntaron la Magistrix Erona y Darkwind con el mismo gesto de sorpresa.
- …Y lo peor, es que uno de ellos es un elfo sanguinario –el padre bajó la cabeza con pesar -. ¡Incluso creen que ha podido refugiarse aquí! Así que harán un registro…
- ¡Pero Vigia! –objetó Erona -. ¡No puede permitirlo! ¡Romperían nuestra intimidad, y…!
- ¿Acaso tenemos algo que ocultarles, Magistrix?
La elfa tragó saliva, tragándose las palabras y negó con la cabeza.
- Pues entonces, podemos permitirnos esta intromisión. Mi pueblo no tiene nada que esconder, y mucho menos a un traidor a la raza como ese Avalón.
Darkwind dio un respingo del que, por extraño que pareciera, nadie se percató. Con una orden, los soldados se dividieron y entraron cada uno en una casa distinta para registrarla. Darkwind observó como se entrometían en las vidas de sus vecinos sin pudor alguno, sin llamar a las puertas y sin dejar un solo rincón libre de sus miradas.
- Erona –la Magistrix se inclinó ante el Vigilante para acatar sus ordenes –Acompáñales cuando decidan subir a la Academia Falthrien –señaló con un movimiento de cabeza a la gran torre que destacaba por encima de todo. Espérales a la entrada.
- Si, Vigia.
La elfa se alejó tras lanzarle una amenazadora mirada a Darkwind, que se quedó a solas con su padre. El joven se había quedado ensimismado viendo como esos soldados llegaban a arrastrar fuera a los habitantes para poder registrar a fondo sus hogares.
- Dudo que sean peores que las tropas –le susurró su padre mirando el espéctaculo -. Hijo, aunque no hayas terminado tu prueba de madurez, lo mejor es que esta noche permanezcas en la aldea. A las tropas no les parecerá buena idea que te marches después de todo el revuelo que están causando solo por unos renegados.
- ¿Renegados?
- Me han dado ciertos detalles, pero no demasiados. El mundo se está volviendo loco, y Lunargenta con él… Vete a casa y descansa hasta mañana por la mañana. Será entonces cuando puedas retomar tu prueba de madurez en el bosque.
Darkwind quiso responderle, pero el Vigía ya se marchaba de vuelta a su hogar, la casa más al fondo del valle, donde un par de soldados entraban y salían llevándose consigo algunas pertenencias que tiraban por ahí con la excusa de poder buscar mejor.
Al joven le pareció increíble el asalto que se estaba llevando a cabo ante las narices de todos y que su propio padre había permitido. ¿En que estaban pensando los dirigentes de Lunargenta? Un soldado se acercó a la entrada al bosque y se sentó en una valla, montando guardia. La aldea quedaría sitiada hasta la mañana siguiente.
Darkwind no tenía ni idea de porqué sucedía todo aquello. Buscaban a un renegado llamado Avalón, aquel que le salvó en el bosque. Pero, aunque se había llevado un buen susto, Avalón no le hizo daño. No le había parecido en absoluto un traidor ni un peligro, sino más bien lo contrario. Se sentía en deuda con él tras haberle salvado, por lo que tenía que acudir lo antes posible a avisarle. Tenía que escapar de la aldea y buscarle en el bosque, pero a la luz diurna resultaría imposible.
El chico caviló su plan meticulosamente y cruzó una mirada con el guardia que vigilaba la entrada al bosque antes de dirigirse a su casa, donde en el poco tiempo que le llevó todo aquello, ya habían puesto todo patas arriba y era incapaz de reconocerla. La furia le embargaba, pero no podía hacer nada. ¡Ni siquiera había conseguido pasar su prueba de madurez! Así que se tragó su voluntad y buscó un rincón donde descansar hasta que cayera la noche.
