La noche llegó, pero desde luego no como él esperaba. Entre el jefe de los guardias y la Magistrix Erona estalló una violenta discusión. Sus voces pronto se elevaron hasta el infinito, y aunque todo el pueblo se hallaba ya resguardado bajo el amparo de sus techos, supieron cual era el motivo de semejante enfrentamiento:

- ¡No puedes entrar en la Academia Fahren y ponerla patas arriba así como así, soldado!

- ¡Puedo y debo hacerlo, magistrix! ¡Esto no es asunto tuyo!

El resto de soldados aguardaban a una orden definitiva. Darkwind obvió las voces, y bajo la luz de la luna, salió de su casa por la puerta trasera. A sus espaldas, colgaba una mochila donde guardó lo justo y necesario para viajar. No pensaba quedarse allí ni un segundo más, y tenía que encontrar a Avalon y Lethe para advertirles de que los estaban buscando… y enterarse del porqué.

Todos los soldados estaban ocupados con la discusión, y no quedaba nadie por las calles. Para evitar inmiscuirse, todos los vecinos habían cerrado a cal y canto puertas y ventanas, así que nadie fue testigo de su huida. Se marchó pensando en volver pronto, pero tenía una incómoda sensación que le hacía pensar que no volvería nunca. Aún así, lo hizo. Consiguió llegar a los primeros árboles que abrían el bosque, y pronto sus pies quedaron ocultos por la maleza.

De noche, el bosque cambiaba completamente. Las copas de los árboles dejaban pasar los rayos de la luna, que montaba escalofriantes juegos de luces y sombras que le hacían ver fantasmas y criaturas de la noche donde solo había ramas o animales salvajes buscando un escondite, más asustados de Darkwind, que él de ellos.

Sin embargo, una desagradable punzada en la nuca le acompañaba, lo cual le hacía girar la vista de cuando en cuando sin ver nada. Alguien observaba sus movimientos, escondido, agazapado, y sin hacer ruido. Aligeró el paso, intentando recordar el camino que había seguido para alejarse del claro donde dejó a Avalon y a su mascota. Y poco tardó en perderse…

Las horas pasaban, y no conseguía dar con ellos, ni siquiera con el claro. La sensación de ser observado se acrecentó, tanto o más que su propio miedo de ser devorado por alguna criatura nocturna. Los ruidos se hacían más audibles que durante el día y más amenazadores. Los animales que durante el día se veía casi obligado a cazar habían desaparecido, y ahora correteaban alimañas de todo tipo.

Entonces los vio. Entre unos matorrales, unos ojos ambarinos le observaban. La pupila rasgada se había clavado en él fijamente, señalándole como su próxima caza. Tembloroso, buscó su arco de repuesto en su mochila, con tan mala fortuna que se le cayó parte del contenido al suelo. Al ir a recogerlo y volver a mirar a la zona donde vio aquellos terroríficos ojos, éstos habían desaparecido. En su lugar, se escucharon unos pasos acercándose. Una multitud cargada de armaduras y que gritaban algo que no alcanzaba a comprender. ¡Los soldados! ¿Se habrían enterado de que él había estado con los renegados? Darkwind dio por hecho que si, y dejó allí mismo su mochila con todas las cosas para poder emprender la huida sin carga alguna. Tuvo poco tiempo para correr. Al saltar por enciam de unos matorrales torpemente, cayendo de bruces contra el suelo, su cara se encontró a un palmo de la de un gigantesco felino de grandes colmillos y ojos rajados y amarillos. Se aferró a un clavo ardiendo, y con un susurro, quiso reconocerla:

- ¿Lethe?

Las fauces del felino se curvaron. Casi parecía una sonrisa, acompasada de un suave ronroneo. Era ella. ¡Había encontrado a Lethe!

- ¡Tenéis que salir de aquí! ¡Los soldados os buscan! ¿Lo entiendes? –agregó al darse cuenta de que intentaba comunicarse con un gato gigantesco.

No obstante, y para su sorpresa, Lethe pareció entenderlo. Sin hacer ni un solo ruido, rodeó al chico y mordió con cuidado su camisa. Tiró de él, ayudándole a incorporarse, y le guió por entre los árboles hasta el improvisado campamento de Avalon. Éste estaba sentado sobre una roca, esforzándose por encender un fuego. Cortó abruptamente un bostezo al verles llegar.

- ¡Hombre! ¡Darkwind! ¿Has cenado ya? –le saludó ajeno a todo lo que estaba ocurriendo.

Darkwind le iba a responder, le iba a contar todo, pero recibió un fuerte empujón de Lethe cuando pasó corriendo junto a él para buscar a su amo. Le gruñó un par de veces, y con solo eso, le dio a entender su mensaje al dueño. Avalon tomó un semblante acorde con la situación. Miró a Darkwind.

- No podemos dejarle aquí, Lethe. Si le encuentran, podrían interrogarle. Y tu sabes cómo trabaja esa gente –dijo de forma despectiva.

Lethe volvió a gruñir, mirando al joven elfo.

- ¡No les diré nada! ¡Lo prometo! –se apresuró a jurar Darwind por temor a que le silenciasen la boca de manera violenta. Aquella situación cada vez le parecía más irreal e increible.

- No podemos arriesgarnos –Avalon se levantó, recogiendo su espada y su escudo y cargándose una bolsa en un hombro –Dejaremos esto tal y como está. Lethe, encárgate de entretenerlos. ¿Podrás? –el felino asintió con un gesto total y desconcertantemente humano -¡Nos encontraremos en las ruinas de Lunargenta!

Sin esperar respuesta de Darkwind, Avalon le cogió del brazo y tiró de él. El chico se sorprendió por la tremenda fuerza de aquel elfo, que se lo llevó consigo a rastras. Miró una sola vez atrás, cuando Lethe ya desaparecía en la oscuridad de la noche y entre los matorrales. Antes de haber recorrido apenas un par de metros, se escucharon los aullidos de terror y dolor de los soldados, junto a un coro de gritos:

- ¡Dios mío! ¡¿Qué clase de monstruos es este?!

- ¡Me ha mordido! ¡Me ha mordido en el cuello!

- ¡Cuidado con el oso!

No tuvo tiempo de oír más. Darkwind tuvo que concentrarse en correr para alcanzar el ritmo de Avalon y procurar no tropezarse con ninguna rama ni raiz que hubiera por el camino que habían tomado.

Atrás quedó la aldea, los soldados, y aquella vida que siempre le había parecido sosa, aburrida e insoportablemente lenta y acaparadora. ¡No sabía cuánto la iba a echar de menos conforme avanzaran en aquel laberinto de árboles, matorrales e injusticias!...