Llegaron a las ruinas de lunargenta bajo el oscuro y protector manto de la noche. Avalon no soltó en ningún momento el brazo de Darkwind, y cuando tuvieron que pasar por delante de un control, le dejó las uñas clavadas y le hizo sangrar incluso mientras se escondían y lo pasaban con extrema cautela.
La vieja muralla estaba cubierta de grietas y agujeros y la naturaleza lo había aprovechado para colarse y conquistar aquella zona. A lo lejos, entre las hierbas descuidadas y altas, quedaba la estatua de un fundador sin cabeza; algunas casas cuyo tejado había volado y se encontraba metros más allá. Solo quedaban en pie e intactas una fuente en el centro de la plaza conocida como "Plaza Alalcón", rodeada de bancos y pequeños puestecillos ambulantes, y una posada en un extremo de ésta.
En cuanto a vida, algunos elfos sanguinarios vigilaban aquel lugar, o hacían negocios con los pocos aventureros o viajeros se dejaban caer por ahí. Las calles empedradas y abandonadas eran patrulladas aún por centinelas arcanos, viejos golems que vivían gracias a la magia arcana que recorría cada centímetro de sus cuerpos. Y escondidos entre el resto, los auténticos y nuevos dueños de la ciudad: ladrones de poca monta cuyo líder se escabullía por alguno de esos hogares destrozados.
Aunque a Darkwind le apetecía quedarse para pasar el resto de la noche descansando después de la carrera que le habían obligado a dar, Avalon no le dio aquel gusto. Continuaron huyendo sin que el joven cazador pudiera saber la razón concreta. Y cada vez que le preguntaba a su compañero, Avalon le chistaba y no le respondía, o le obligaba a ir más rápido semiacuclillado por detrás de las casas.
Cuando estaban a punto de cruzar el portalón –que ya había desaparecido y solo quedaba de él un amplio hueco –para salir de la ciudad en ruinas, Avalon le obligó a esconderse entre unos matorrales cerca del camino adoquinado.
El corazón estaba latiendo tan frenéticamente que, de seguir así un segundo más, se le escaparía del pecho. Miraba a todos lados, inquieto y temiendo que los soldados aún les persiguieran. Estaba preocupado por Lethe, que no había vuelto con ellos, y tenía en la cabeza los gritos de los soldados ante el ataque de un animal salvaje. La mezcla de todas esas vivencias, eran para Darkwind un coctel explosivo cuya guinda se presentó en forma de elfo sanguinario cubierto parcialmente por una armadura destrozada y llena de sangre que corría al encuentro de uno de los guardias elfos que custodiaban aquella zona.
- ¡Ayuda! ¡Ayuda! –gritaba el soldado recién llegado y visiblemente malherido -¡Un renegado nos atacó en el bosque! ¡Ha acabado con mis compañeros!
Se desmayó antes de poder decir más, pero cuando el guardia elfo se arrodilló junto a él para tomarle el pulso, le susurró algo más antes de perder el conocimiento totalmente, y que llegó a oídos de Darwind y Avalon:
- Dos se escaparon… Vinieron hacia aquí… ¡Detenedlos!
Darkwind, más asustado aún de lo que ya estaba, miró a Avalon, que no perdía su semblante grave. Recibió otro fuerte tirón y se vio llevado en volandas fuera de la ciudad. A sus espaldas, alguien los vio, el guardia que había acudido a la llamada de auxilio del soldado, e intentó darles el alto saliendo en su persecución:
- ¡Renegados! ¡Alto ahí!
Darkwind miró atrás una sola vez, a la par que el guardia silenciaba de repente. Vio una mueca de horror en el rostro del guardia, que elevó la vista al cielo, hacia donde un punto de luz, lo que parecía ser una estrella fugaz, se precipitaba y antes de que se diera cuenta, caía sobre él con exactitud y una pequeña explosión que cegó a Darkwind.
- ¡Vamos, hijo! –le gritó Avalon sin mirar atrás, pero sabiendo perfectamente lo que había ocurrido -¡No te entretengas! ¡No lo mires directamente y corre!
Darkwind obedeció, volviendo a fijar su vista al frente, a la desenfrenada carrera. El joven elfo, a causa del destello de la explosión, veía pequeñas lucecitas en sus ojos, pequeñas manchas en el paisaje que le dificultaban aún más el paso, pero que no le quedaba otro remedio que sobreponerse.
Ahora corrían a campo abierto. Avalon por fin se atrevía a
mirar atrás de vez en cuando, comprobando que nadie les perseguía,
pero no bajaba el ritmo. Llevaba el chico en volandas, y de cuando en
cuando, se les cruzaba en su camino algunos animales salvajes que
emprendían la estampida asustados al verles. En todo momento podían
ver la muralla que se extendía desde las ruinas de la Plaza Alalcón
hasta la Ciudad de Lunargenta. El camino se cortaba abruptamente por
una franja de barro, de tierra muerta, en la que no quedaba ni un
atisbo de naturaleza y si algunos esqueletos de viejos guerreros que
habían muerto en aquella zona y no lo sabían, por lo que andaban
buscando guerra con cualquiera que se atreviera a pasar por allí.
Avalon los obvió totalmente, aunque el asustado chico dio un
bote y un grito cuando les vio. De sus huesos aún colgaban pedazos
de armadura y piel de lo que antaño fueron, pero las cuencas de sus
calaveras estaban bien a la vista y totalmente vacías.
Guió al chico casi pegado al muro de piedra hasta encontrar un diminuto hueco por el que colarse sin que los guardias de la puerta les pudieran ver, consiguiendo entrar así en la gigantesca y pudiente ciudad.
Avalon tardó poco en orientarse: era una gigantesca plaza con una fuente alargada en el centro de estanques escalonados. Un centinela arcano hacía guardia, pero estaba muy lejos de donde se encontraban, bajo los toldos de un pequeño puesto. Sin salir de las sombras, los dos elfos se deslizaron con el mayor sigilo del que eran capaces hasta el enorme edificio que coronaba la plaza. Darkwind retículo un poco, dudando de si estaría bien colarse en aquella suntuosa construcción. Sin embargo, Avalon no le dejó elección, volviendo a dar un tirón de él y llevándoselo consigo.
Si el exterior, de mármol puro y exquisita construcción élfica, era imponente; el interior no sería para menos. Ricas alfombras y sedas cubrían giganescas estancias donde aunque lo buscases, no podrías ver bien el techo de lo lejos que estaba. Además, Todo estaba impregnado del olor de la opulencia y la riqueza.
Avalon condujo al joven por la estancia de entrada y se coló en una contigua, apartando las cortinas azules que cedían el paso.
Y por fin, la carrera se detuvo. Avalon dejó escapar el brazo del chico, que estaba amoratado allí donde el elfo le había apresado. Darkwind se masajeo el moretón mientras contemplaba, impresionado, la nueva estancia en la que se encontraban.
No había paredes. Eran estanterías que llegaban hasta el infinito techo. Estaban llenas de libros, botellas transparentes con siniestro contenido –desde pócimas, hasta masas uniformes -, compendios de todo tipo y varios manuscritos. Allí, pese a que la decoración igual de rica que en el resto de edificio que llevaba visto, el perfume era bien distinto. Tal que así, que era como si hubieran dejado pasar un cesto de frutas, lo cual lo afeaba todo. La razón, la procedencia de aquel olor, era la única persona que aparte de ellos estaba en la habitación.
Se volvió hacia ellos, sin prisas. Avalon no se inmutó, pero Darkwind se estremeció al ver de quién se trataba…
Piel verdosa, en estado de descomposición. En su rostro apenas quedaba piel, pudiéndose notar perfectamente su calavera, y sus ojos eran amarillos brillantes de forma antinatural. Vestía con una túnica larga, y andaba medio encorvado. Sus manos eran las que estaban en peor estado, con las uñas muy crecidas y descuidadas y con algunas moscas revoloteando atraídas por el olor de la carne muerta.
- ¡Por fin! –silbó Avalon aliviado y para nada asustado ante aquel ser -¡He llegado lo más rápido que he podido! Y no me ha quedado otro remedio que traer al chico –señaló con un movimiento de cabeza.
- Avalon, a eso se le llama secuestro… -la voz de aquel ser estaba llena de reverberaciones, y parecía surgir del mismo averno.
- ¡Pero si lo dejaba allí, los soldados le habrían torturado! ¡O algo peor! –se defendió Avalon. Se giró después a Darkwind, que temblaba de pies a cabeza y sudaba a chorros, entre el esfuerzo de la carrera y el miedo por aquella intimidante visión -¡Dejad que os presente! Éste, es nuestro nuevo amigo Darkwind –el elfo cogió al cazador por los hombros, atrayéndole hacia sí -. Darkwind, te presento a otro renegado, que jamás abandonará su causa.¡Ni siquiera después de morir! Le llamamos "Zombiefeliz"… -hizo un dramático gesto con la mano para señalar al no-muerto.
Darkwind no pudo más. Sus sospechas se vieron confirmadas. La impresión –y el cansancio –pudieron con él, y se desmayó allí mismo, a los pies de Avalon. Éste se quedó algo sorprendido, y miró sin saber muy bien qué hacer a Zombiefeliz.
- Avalon, deberías ducharte de vez en cuando. Así se desmayarán menos… -le reprendió Zombiefeliz.
