M: ¿De verdad estamos hablando de lo que te dije antes? –Me responde, no muy convencida-.
H: Si no recuerdo mal… era un marido, hijos, un perro y una casa con una valla blanca. Así que, de esa lista, lo más fácil es el perro. –Sonrío, como si fuera obvio-. Según tengo entendido, para tener hijos hay que esperar nueve meses, más el tiempo que se tarda en que una mujer se quede embarazada. Pero, para eso, la gran mayoría quiere casarse primero. Con lo cual, entre declaración, noviazgo, pedida de mano, preparativos de boda y la boda… ¿Un año? Y por último, la casa. No puede ser cualquiera. Tiene que ser una casa de la que te enamores, y sientas que la quieres para criar a tus hijos. Como poco… le echo dos meses. ¿No? –Vuelvo a sonreír, sabiendo que la estoy convenciendo-. En definitiva: nueve meses de embarazo; más… uno en lo que se tarde con la concepción; más lo que se tarde en pasar de novio a marido y llegar a la boda… como mínimo, un año; más la búsqueda de la casa, que he calculado de dos meses…
M: Según tus cálculos, serían dos años. Eso, de una forma aproximada. –Me sonríe-.
H: Exacto. Y como tu cumpleaños es el viernes, y estamos a martes… Lo único que me daría tiempo a darte para esa fecha sería el perro y…

Me paro. ¿Cómo le aseguras a la mujer que quieres, que la quieres, si ya se lo has dicho antes y parece no creerte? Claro, sin asustarla o que se sienta presionada. Y no hablo de una mujer cualquiera. Hablo de Mac. Mi mejor amiga, mi compañera, mi confidente,… es mi todo. Ella es la que me acompañó a buscar a mi padre, la que me encontró cuando caí al agua la noche antes de su boda,… Ahora, al pensarlo, me parece increíble que una mujer piense en su mejor amigo la noche antes de la celebración de su matrimonio, con otro hombre. ¿No es ese el día más feliz de su vida? ¿Será que no quería al canguro? Y si no le quería, ¿por qué aceptó casarse con él?

M: ¿Y…? –Me interrumpe-.
H: Bueno… -Me paso la mano por la nuca-. Ya sabes… podría pedirte… salir. –Digo, al final-.
M: ¿Me estás pidiendo una cita, Harm? –Sonríe-. ¿O me estás pidiendo que demos un paso más?
H: Pensándolo bien… -Suelto, y veo como la decepción sube por su cara hasta sus ojos-. Sería lo segundo, porque ya hemos tenido citas entre nosotros, aunque no las habíamos llamado así. Además, antes de que el almirante me llamase, recuerdo que te había invitado a cenar a mi casa. Y eso, yo lo considero una cita. –Sonrío ampliamente. Si, por eso soy un brillante abogado. Nunca antes había semejante discurso-. Te quiero, pero no quiero ir muy deprisa.
M: Eso ya me lo has dicho. –Me sonríe, con una dulzura que me cala el alma-.
H: Pero ahora que lo sabes, no me canso de decírtelo.
M: Debo decir que ese lado romántico tuyo me sorprende, flyboy. –Vuelve sonreír-. Y, si yo recuerdo bien, habíamos quedado a las ocho y media, en tu apartamento. No te preocupes, que llegaré puntual.
H: Siempre lo haces.

Mac mira hacia fuera y al girarme, veo pasar a nuestro jefe hacia la puerta de entrada, no sin antes sonreírnos. Hay veces que ese hombre me da miedo. Ocasiones como esta. Casi me come antes y ahora, sonríe. Verdaderamente necesito un manual de instrucciones para entender reacciones como esta. Tragando saliva, vuelvo mi vista hacia Mac y la sonrío.

H: ¿Me haces ahora la lista, o vuelvo un poco más tarde?
M: Eh… la hago ahora y dentro de un rato te le llevo. ¿De acuerdo?
H: Si… claro… no hay problema. Por cierto, ¿Cuándo has subido las persianas?
M: Cuando Chegwidden te medio ordenó, medio gritó, que fueras a su despacho.
H: Ah… -Le digo, confundido-. No me había fijado, cuando he entrado…
M: Será la costumbre. –Me sonríe-. ¡Hasta luego, comandante!
H: Si, hasta luego.

Salgo de allí, y vuelvo a sentir las miradas de todo el equipo sobre mí. ¿Será que Mac les ha dicho algo de mi declaración? No, no creo. Desecho rápidamente esa idea, y al entrar en mi despacho soy yo el que ahora baja las persianas y cierra la puerta. Si no, no creo que pueda trabajar, y aún me queda resolver que hago de cena para Mac.