1. Dos anillos

El templo de Ptolomea era la guarida del juez de Grifo y de algunos de sus espectros a su cargo. Entre ellos, su hermano.

En él, Lune se hallaba en su habitación, con los ojos entrabiertos, metido en su cama. Tumbado boca arriba, miraba al techo con resignación.

Apenas había podido pegar ojo en las horas asignadas a su descanso, las cuales medía gracias a un reloj, ya que si tenía que fiarse por el aspecto del firmamento del Inframundo, nunca sabría si era de día o de noche. El brillo purpúreo y grisáceo era constante, provocando más sombra que arrojando luz en los páramos.

Personalmente, a Lune le hubiera gustado que hubiera diferenciación entre las horas del día. Aprovechar la luz del sol para poder trabajar sin tener que recurrir al fuego fatuo espectral para leer la vida de los que llegaba al tribunal. Y por la noche, contemplar el brillo de las estrellas. Ese resplandor mortecino constante le provocaba mal humor.

A pesar de ello, rara vez se aventuraba a subir al castillo de Heinstein, no porque no le apeteciera, sino porque las actividades que tenía que realizar le ataban prácticamente para siempre al reino de los muertos.

Si acaso, alguna vez subía por orden de la señorita Pandora o Radamanthys, ya que ambos eran los que solían mantener la vigilancia en el castillo.

De los tres, el que más tiempo permanecía en su lugar era Aiacos. Si bien permanecía recluido en el templo de Antenora, sin tan siquiera hacer vida en común con sus vasallos.

El espectro de Garuda era un hombre solitario y un poco huraño, a decir verdad. Si alguna vez tenía el permiso de salir fuera, huía de Alemania y se refugiaba en las montañas de su país de origen. Eso sí, era siempre puntual en sus regresos.

Aún así, sus subordinados le seguían, más por temor a sus represalias que a otra cosa. Si bien aparentaba frialdad, Aiacos era conocido por poner a prueba a todo aquel que se hallara bajo su responsabilidad. Si no lo consideraba digno, lo ejecutaba sin más miramientos. Sin tan siquiera pestañear o sentir lástima por el desdichado.

En muy contadas ocasiones cruzaron palabra alguna. Pero Lune mostraba respeto ante su presencia. En ocasiones, sentía que ambos tenían algo en común y de ahí su carácter.

Radamanthys, por el contrario, era el que menos tiempo permanecía en el Inframundo. Ni siquiera en su templo, la Caína, que era más bien el refugio de sus subordinados.

El inglés prefería disfrutar del enorme castillo y de las exquisiteces que ofrecía el mundo terrenal. Había instalado en una de las habitaciones su despacho, y desde ahí controlaba todo lo que acontecía tanto fuera como dentro de la fortaleza, regulando el tránsito hacia el reino de los muertos.

Además, el espectro de Wyvern se había ganado a pulso el respeto de sus subordinados, quienes admiraban a aquel imponente hombre, gran estratega en las guerras y con una fuerza incomparable.

No era sólo el cabecilla de ese tercio del ejército de Hades, sino un líder indiscutible que trataba a sus subordinados como compañeros de armas, y no como meros peones.

Lo malo es que aquella actitud provocaba envidias en algunos espectros, ya que consideraban que no era más que favoritismo hacia él, por ser el guardaespaldas de la señorita Pandora. Y su carácter, ciertamente benévolo hacia sus aliados, se tornaba en el más cruel de los desprecios hacia aquellos que no gozaban de su confianza. Y se encargaba personalmente de hacer pagar con creces la afrenta recibida, de un modo u otro.

Para Lune, Radamanthys era un buen líder y lamentaba no pertenecer a su escuadrón. Quizás desde aquella vez que le escuchó alabar su trabajo y constancia, defendiéndole de uno de los típicos dardos que su propio hermano lanzaba sin pudor.

En cuanto a su hermano…Minos caminaba entre ambas realidades a sus anchas, entrando y saliendo según le viniera en gana, sin sentirse sujeto a ninguna actividad en concreto.

Su misión era juzgar a los muertos en el tribunal, pero según sus palabras, su talento natural se desmerecía en un trabajo tan aburrido.

—La burocracia no es lo mío— le dijo una vez, cuando le pidió o más bien, le obligó a aceptar ser su ayudante y sustituto—. Valgo más que para estar sentado durante horas escuchando a los muertos contarme sus penas— prosiguió, quitándose la armadura de Grifo—. No quiero juzgarles, quiero llevarles al juicio.

En aquella ocasión, Lune no había tomado sus palabras en serio. Quizás porque aún no entendía a qué se refería exactamente y que simplemente le estaba echando en cara a su hermano, una vez más, que ese trabajo era para pusilánimes. Como él.

Y mientras daba vueltas en el colchón de su cama, el espectro de Balrog suspiró contrariado al reconocer que su propio hermano era capaz de cualquier cosa con tal de saciar su sed de guerra.

Alzó el brazo derecho y lo observó con detenimiento.

Tenía musculatura definida. El bíceps era ligeramente más grande en su brazo derecho que en el izquierdo, simplemente porque era diestro y usaba el látigo con esa mano. Y no eran pocas las ocasiones que tenía que hacerlo.

Movió el brazo ladeándolo para tocar el tríceps, igualmente reforzado por el uso continuado de la fuerza.

Deslizó los dedos de la mano izquierda por el antebrazo, palpando el músculo braquiorradial, endurecido, y siguió hasta su mano. Agitó los largos dedos, suavemente. Como si tocara un piano en el aire. Cerró el puño y abrió la palma varias veces.

Sonrió para sí mismo, pero al ver el anillo en su dedo índice, la sonrisa desapareció instantáneamente.

Inspiró con fuera y dejó exhalar un resoplido.

Con cuidado, retiró la joya plateada. A pesar de los días pasados, aún conservaba la marca de la quemadura que su hermano había provocado en él.

No era la primera vez que lo hacía.

De hecho, aún cuando no llevara el anillo, una marca rojiza alrededor le recordaría de por vida su situación de subordinación respecto a su hermano.

Sujetó entonces el anillo entre sus dedos y repasó con el pulgar las runas inscritas en él, así como la simbología asociada al futhark, proveniente de tiempos remotos de los pueblos nórdicos y germánicos.

Y los dos provenían de la aristocracia Noruega. Nada que ver con la actual, que se limitaba a asistir a eventos estúpidos y representar al pueblo noruego, llenándose los bolsillos y viviendo de las arcas municipales de los contribuyentes.

Aquellos no eran reyes, eran caraduras que no peleaban, sólo eran muñecos de paja que vivían con lujos imposibles para el resto de habitantes.

En ese sentido, siempre le dio la razón a Minos.

Antiguamente, la aristocracia noruega peleaba en el campo de batalla, liderando los ejércitos y manchándose las manos blandiendo hachas, lanzas y espadas.

Obteniendo su riqueza de lo incautado al enemigo y repartiéndolo entre sus vasallos, dependiendo de la valentía demostrada en combate.

Los viejos tiempos…

Lune hizo girar el anillo entre sus dedos y miró a través de él.

Forjado siglos antes, sus runas toscas le daban un carácter muy rústico, pero a él le gustaba así. Un símbolo de unión entre ambos hermanos, otorgado por su padre para que estuvieran unidos siempre, más allá de la muerte, como una cadena invisible.

Escuchó entonces un ruido en la puerta de su cuarto en Ptolomea y sin esperar a que le diera permiso, Minos entró como un huracán.

Enmarcó a su hermano mayor en la circunferencia del anillo. Su rostro no delataba felicidad alguna.

— ¿Qué haces todavía en la cama?— preguntó el espectro de Grifo—. ¿No te dije que me sustituyeras cuando me marché?

De su mano salieron unos hilos que cruzaron la distancia que los separaba y sujetaron el anillo que tenía entre las manos el menor.

Al atraerlo hacia sí, Minos torció una sonrisa.
—Si crees que quitándote el anillo vas a impedir que castigue tu holgazanería, lo llevas claro— siseó entre risas, al tiempo que lo lanzaba al aire y observaba su movimiento, para atraparlo al vuelo.

Seguidamente lo mantuvo entre sus dedos y lo hizo rodar entre sus dedos pulgar e índice, comparándolo con el que llevaba él.

—No me hago responsable de lo que te suceda si te lo quitas— dijo arrojándoselo a Lune—. Vístete, que vamos al tribunal. Hay trabajo que hacer.

El espectro de Balrog recogió el anillo y lo depositó en la mesa, incorporándose de la cama con parsimonia.

Recogió unos vaqueros oscuros y una camiseta sin mangas negra, para ponerse encima parte de su armadura, exceptuando las alas.

Por último, se echó encima la toga y sacó su abundante cabellera gris, pensando en si debería atarla en una coleta o dejarla suelta.

Decidió atársela rápidamente y salió de su habitación, sin olvidarse del látigo.

Al ir a cerrar la puerta, se percató que no se había puesto el anillo.

— ¿Quieres venir ya?— resopló hastiado su hermano, desde el fondo del pasillo, quien ya se había colocado la toga.

Rápidamente, Lune entró en su cuarto de nuevo y recogió la joya, ajustándosela al dedo índice de la mano derecha.

Juntos, los dos hermanos siguieron su camino hacia el tribunal.


Notas:

Como ya comenté en el prólogo, los comentarios los responderé por aquí y no por privado, tal y como hacía antiguamente, salvo en los casos que pueda contactar por otros medios. Sé que es un poco tedioso y que hay que esperar a que actualice para responder, pero de momento lo dejaré tal cual. Siento las molestias que esto pueda generar.

Geminis heart: Muchas gracias por tu comentario y por leer la introducción. Sí, Minos es bastante cruel. ¡Un saludo, feliz semana!

Beauty-amazon: Me apetecía muchísimo realizar un fic dedicado a Lune (curiosamente, no está en la lista de personajes para seleccionar) y no podía dejar de lado la relación de su armadura con los personajes que creó en su día JRR Tolkien. Fue un hermoso homenaje el que le hizo Kurumada, fanático del famoso escritor. Muchas gracias por pasarte en esta nueva aventura y dejar un comentario. ¡Un saludo y ten una buena semana!

A los que se pasen y sigan la historia, espero que os guste de principio a fin. No sé cuántos capítulos tendrá, pero trataré de no extenderme mucho.

¡Gracias a todos y feliz semana!