2. Juicio

Los dos hermanos caminaron en silencio hacia el tribunal, atravesando los templos de los otros dos jueces, quienes se unieron a la comitiva, vistiendo igualmente las túnicas.

Mientras que los jueces mantenían la mirada al frente y comentaban por lo bajo algunos aspectos a tomar en cuenta en la sesión matinal, Lune se había quedado un poco rezagado, con la vista puesta en el suelo.

Al entrar en el tribunal, los tres se sentaron cada uno en una mesa. Minos en la central, a su derecha Radamanthys y a su izquierda Aiacos.

El espectro de Grifo lanzó una mirada reprobatoria a su hermano, quien entró tras ellos en silencio y fue a sentarse a su diestra.
—Dame el libro— ordenó el mayor, recogiendo el libro de los muertos que Lune le tendía, abriéndolo por la primera página en blanco que vio.

Por su parte, el espectro de Balrog llenó el tintero y dejó escapar un suspiro, al tiempo que fruncía el ceño.
—Las cosas se piden por favor— gruñó por lo bajo—, y no mandando.

—Pues aprieta el culo cuando venimos aquí— espetó Minos, que se quedó súbitamente en silencio cuando escuchó el carraspeo proveniente de su compañero Garuda.

Tras unos segundos que los dos hermanos terminaban de colocar los útiles sobre la mesa, el noruego hizo un gesto con la mirada a Radamanthys, quien ordenó a los esqueletos abrir las puertas del tribunal.

Con cierta parsimonia, los soldados rasos de Hades se dirigieron hasta las enormes compuertas y entró el primer desdichado al interior.

—Quédate ahí— ordenó Minos, escudriñando al recién llegado, que se frotaba las manos en un gesto de nerviosismo incontrolado—. ¿Nombre y apellidos?

—Berg— respondió el aludido, mirando con terror a los tres jueces, posando su vista de un lado a otro, sin saber qué pasaba.

— ¿Berg qué más?— insistió el noruego, impacientándose—. Contesta a mis preguntas enteras, no una parte.

—Janes-Janesmith— tartamudeó el muerto, temblando aún más—. Berg Janesmith.

Minos escribió el nombre sobre la página en blanco del libro y aguardó unos segundos hasta que empezaron a aflorar las palabras que conformaban la vida del ajusticiado.

Indicó a su hermano que leyera también, mientras él alzaba la vista de nuevo.

—Bien señor Janesmith— empezó a decir Minos—, ¿es usted de Pembroke, Virginia?

—Sí— respondió rápidamente Berg—. Aunque nací en Fairlawn, pero siempre he vivido en Pembroke, tras una mudanza cuando era bebé.

—Ya…— murmuró Minos, quien se inclinó hacia su izquierda—. Aiacos, puedes comenzar el interrogatorio.

El nepalí asintió con un leve cabeceo y comenzó a realizarle preguntas al muerto.

Mientras Berg contestaba, los dos hermanos repasaban el libro, buscando las referencias que sus respuestas. Resaltadas en rojo, los pecados cometidos por el ajusticiado.

Cada vez que esto sucedía, Minos sonreía ladinamente. Cualquier mentira, cualquier pecado que osasen saltarse, éste se reflejaba en el libro de los Muertos, sin posibilidad de escapatoria.

— ¿Podrías repetir la última respuesta?— preguntó el juez de Grifo, alzando la vista del libro.

Berg ladeó la cabeza hacia los dos hermanos y tragó saliva.
—Que en el año 2001 cumplí una condena por robo con intimidación. Estuve dos años en la cárcel. Me rebajaron la condena por buen comportamiento ya que encontré la paz en la religión. Y me hice pastor de mi propio camino que el Señor misericordioso tenía para mi. Sólo he seguido los pasos de nuestro Señor.

— ¿Encontraste la paz y te consideraste líder para crear tu propia religión?—espetó Minos, cortante, esperando la respuesta del condenado, quien abrió los ojos sorprendido—. No sólo has cometido robo sino que además eres un hereje. Tu condena va a ser doble.

Lune frunció el ceño y volvió a leer el párrafo en rojo.
—Minos— dijo llamando a su hermano—, tan solo se resalta la herejía…

Su hermano torció la cabeza para mirar al Balrog.
— ¿Qué estás diciendo?— siseó, incómodo.

—Mira— señaló las palabras Lune con el dedo—, el libro sólo menciona como pecado la herejía por ser pastor de una religión no acorde con nuestros dioses.

Minos cerró el libro de golpe y se giró en la silla para confrontar a su hermano directamente.
— ¿Me vas a decir tú cómo debo juzgar a la gente?— preguntó malhumorado—. No cruces la línea.

El menor volvió a abrir el libro y señaló de nuevo el párrafo de la discordia.
— ¡No me grites, que estoy a tu lado! Por mucho que te fastidie, los delitos redimidos en vida del acusado no deben repetir condena aquí— dictaminó el Balrog—. Señor Janesmith— se dirigió a Berg—, será usted sentenciado a vivir en un sepulcro en llamas, en el Sexto Círculo, por el pecado de la herejía.

Y agarrando el mazo, dio un golpe en la mesa.

Nada más dar el golpe, el hermano mayor se incorporó de la silla, tirándola hacia atrás y de un gesto, sus hilos amarraron a Lune.

— ¡Cómo te atreves a desautorizarme delante de todos!— gritó, completamente fuera de sí—. ¡Jamás vuelvas a rectificar mis juicios ni darme lecciones de nada!— y un hilo retorció la mano que aún sujetaba el mazo, cayendo sobre la mesa mientras su hermano aguantaba las ganas de aullar de dolor—. ¡Nunca más! ¿¡Me has oído!? ¡Y tú!— espetó, lanzando una mirada hacia el acusado—. ¡Estás condenado por herejía y por robo, pasarás temporadas en el Sexto Círculo y en el Primer Giro del Séptimo Círculo!

Tanto Aiacos como Radamanthys se incorporaron de la mesa rápidamente y fueron a sujetar a los dos hermanos.
—¡Basta los dos!— recriminó el Wyvern, soltando a Lune de los hilos que le ataban a los dedos de Minos, que era separado por Garuda —. ¡Vergüenza debería de daros!

—Salid fuera, cada uno por un lado— ordenó Aiacos, dirigiendo a Minos a la puerta principal del tribunal, dando la orden de cerrar las puertas—. Vamos.

Por su parte, el espectro de Wyvern se llevó a Lune por la puerta trasera.

Una vez fuera, el inglés se cruzó los brazos y lanzó una mirada reprochadora a Lune.
—¿Te parece normal ese comportamiento?— comenzó a disparar el juez—. Estoy bastante harto de tener que estar en medio del fuego cruzado entre vosotros. Ni Aiacos ni yo podremos seguir escondiendo estas broncas por más tiempo, porque hasta la señorita Pandora me ha preguntado si hay algún problema entre tú y tu hermano.

El Balrog se mordió la lengua y dio varios pasos en círculo. Se pasó la mano por la frente y resopló.
—Yo sí que estoy harto— dijo señalando la puerta, en la dirección que debería estar su hermano—. ¿Crees que me hace gracia todo esto? ¿Crees que no me jode estar a la gresca continua con él?— bufó frunciendo el ceño—. Si tuvieras que aguantar sus continuas pullas y ataques dudo que te quedases de brazos cruzados.

—En cualquier caso, este es un tribunal para juzgar a los muertos, no para que tu hermano y tú estéis continuamente peleando— terció el inglés—. Deberíais realizar vuestro trabajo dejando aparcadas vuestras diferencias, como buenos profesionales.

—¿Y cómo lo hago, si a la mínima que le digo algo me salta a la yugular?— exclamó el noruego, con los ojos enrojecidos—. Lo que le pasa es que le jode que la señorita Pandora me concediese el honor de ejercer de juez con vosotros. No lo soporta y por eso no deja de atacarme. Me echa en cara que si estoy aquí vivo es gracias a él. Gracias a esto— dijo alzando el dedo índice y mostrando el anillo al Wyvern, quien asintió con un leve cabeceo.

—No le falta razón— espetó Radamanthys, provocando una mueca de sorpresa en el Balrog—. Estás en las filas de Hades gracias a él y sigues vivo y formando parte del ejército por él— recalcó—. Él consiguió la armadura de Grifo de manera legítima, él era más fuerte que tú. Y sabes lo que le sucedió tanto al rival de Garuda como al mío, que tras ser vencidos, fueron enviados al Tártaro sin opción a ingresar en el ejército. Ese era tu destino. Si estás vivo, y portas la armadura del Balrog, es porque Minos intercedió ante Hades para que pudieras quedarte con nosotros. No olvides eso nunca— dijo ajustándose las mangas de la toga—. Y ahora regresemos dentro, hay mucho trabajo por delante.

Radamanthys regresó al interior del tribunal, mientras que Lune se quedó fuera unos segundos.

—¡Soy la Estrella Celestial del Talento!— gritó fuera de sí el Balrog—. ¡Fueron mis habilidades las que me permitieron quedarme aquí y no mi hermano!

En el otro extremo, fuera del tribunal por la parte frontal, Minos se retiraba la toga con furia y la arrojaba al suelo. Tras él, Aiacos trataba de darle alcance.
—Si te marchas ahora no me quedará más remedio que informar a la señorita Pandora del abandono de tus obligaciones como juez— indicó el nepalí—. Y sabes de sobra lo que eso implica.

El juez de Grifo frenó sus pasos, sin volver el rostro.
—Prefiero mil veces que Pandora me torture a tener que aguantar las impertinencias de Lune.

—Es tu hermano— replicó Garuda—; ¿tan incapaces sois de llegar a un acuerdo?

Minos dejó escapar una risa tosca.
—¿Y porque sea mi hermano tengo que llegar a un acuerdo con él?— replicó con sorna—. Es un desagradecido, tenía que haber permitido que Hades acabara con su vida…

—Nos hubiéramos perdido a un excelente juez y sustituto— dijo el nepalí, pensando en todas las veces que Lune se quedaba solo en el tribunal juzgando a los muertos—. No desdeñes a tu hermano, porque sin él, estaríamos ahogados de trabajo.

—¿Y?— preguntó Minos, dándose al fin la vuelta para encarar a su compañero—. Podría haber colocado a otro en el mismo puesto que ocupa él. No es más que un cretino debilucho, que se piensa que porque se sabe todo el reglamento puede ir dictando las normas sin más.

—Reconoce al menos que, precisamente, tiene ese talento— pidió Aiacos, recogiendo la toga que su compañero había arrojado al suelo segundos antes—. Tú representas la fuerza, tu hermano la sabiduría.

—¿Me estás llamando imbécil a la cara?— dijo desafiante el Grifo, preparando una postura de ataque, pero el nepalí sacudió la cabeza.

—Lo que quiero decir es que Lune hace que no cometamos errores de juicio. Recuerda quiénes están en los Campos Elíseos— dijo refiriéndose a los dioses de la Muerte y el Sueño—. Si hubiera una sola persona mal enjuiciada, no dudarán en ejecutarnos. Gracias a tu hermano, lo estamos haciendo bien— terminó, sacudiendo la toga y arrojándosela a su compañero, quien la atrapó al vuelo—. Cómete tu orgullo por una vez y regresemos al tribunal, que hay mucho que hacer.

Y el espectro de Garuda regresó al interior del templo.

Minos se quedó fuera unos minutos. Gruñó de rabia y se colocó la toga de nuevo.
—Si no fuera por la promesa que le hice a nuestro padre y este anillo…— dijo mirando la joya.

Finalmente se encaminó hacia el interior del tribunal.


Notas:

andromedaaiorossayita: muchas gracias por los comentarios dejados en el fic. Espero que te esté gustando. Sí, Minos debería mirarse en un espejo por el tema de la holgazanería XD ¡Un saludo y que tengas buena semana!

Soy un poco despistada, pero no me olvido de M. quien fue el precursor de este fic. Gracias por estar siempre atento y por todas las conversaciones que tenemos tan buenas. Gracias también a Vic y Raix por vuestro apoyo y por el amor compartido por los espectros, aunque nuestra debilidad sea el Unicejo (y en honor, sigue saliendo). Y también gracias a T. por tus palabras y apoyo, que no decaiga nunca. Seguiremos en la brecha, al pie del cañón y sin miedo, le pese a quien le pese.

¡Hasta la próxima actualización!