6. El tributo de Lune
Fuera del Inframundo, en la superficie terrestre, la noche había llegado. No había siquiera Luna para iluminarla ni estrellas para guiar el camino a los perdidos.
Un manto de nubes mantenía el cielo en penumbra, a excepción de la pequeña lamparita que emitía una suave luz incandescente por debajo de la puerta de la señorita Pandora.
Mientras Radamanthys caminaba, escuchó al pesado reloj de péndulo marcando las doce menos cuarto, avisando con la melodía casi completa.
Al llegar frente a la puerta, llamó suavemente. Como ella no respondía, repitió la llamada y anunció su visita.
— ¿Ocurre algo Radamanthys?— preguntó ella desde el interior de su habitación—. Debe ser algo grave para que interrumpas mi momento de ir a dormir…
—Señorita Pandora, ruego disculpe mi atrevimiento, pero necesito una información— respondió el juez—. Es importante.
Sólo escuchó un resoplido tras la puerta, seguido de un ruido de sábanas moverse y unos pasos amortiguados por la alfombra de su habitación.
Unos segundos después, apareció la joven en la puerta, anudando el cinto de su bata y parpadeando con sueño.
—Espero que sea importante de verdad como para hacerme levantar de mi cama— dijo ella, un poco molesta—. ¿Qué sucede?
El inglés se rascó la nuca y asintió.
—Es que quiero saber por qué nuestro señor Hades permitió a Lune ser juez del tribunal de los muertos, a pesar de que ya éramos tres.
Pandora parpadeó un par de veces más y se llevó la mano a la boca para bostezar.
— ¿Y esa historia no te la puedo contar mañana?— contestó ella con un mohín disgustado.
—Señorita Pandora, Lune y Minos están peleándose día y noche por disputas internas, retrasando nuestro ejercicio como jueces y creando conflicto allá por donde van— replicó seriamente el Wyvern—. Dígame al menos qué pasó, puesto que usted es confidente del señor Hades.
La joven suspiró y sacudió la cabeza, saliendo de su dormitorio y pidiendo que el hombre la siguiese hasta la habitación contigua, donde se hallaba un salón comedor, y al fondo, unas butacas frente a la chimenea, apagada recientemente y que aún humeaba.
Pandora indicó al juez que se sentara en una de las butacas, al tiempo que ella misma tomaba asiento.
El juez lanzó una mirada de reojo al pasar por delante del mueble donde guardaba las bebidas alcohólicas de alta graduación, pero pasó de largo mientras se acomodaba en la butaca, dispuesto a escuchar.
—La historia de Lune está intrínsecamente ligada a la de Minos— declaró la joven, habiéndose percatado de aquello que distraía al Wyvern—, gracias a los anillos que ambos portan. Desconozco cuál es su poder, pero está claro que algo tienen que ver con el hecho de que ambos estén aquí, en el Inframundo. Y cuando ganó la batalla, Minos pidió que Hades le adjudicara una armadura a Lune.
—Eso ya lo sabía— apostilló el Wyvern—, fui testigo de aquel combate.
Pandora asintió y se frotó los brazos.
—Hades puso una única condición, que Lune sobreviviera a las heridas del combate— murmuró pensativa—. Si lo conseguía, significaba que realmente tenía deseos de ser guerrero a su servicio. Si claudicaba, entonces su alma hubiera ido a los Campos Elíseos. En cualquiera de los dos casos, seguiría junto al señor Hades.
A Radamanthys este hecho le pareció sorprendente.
— ¿No lo quería condenar a un sufrimiento eterno?— preguntó extrañado—. ¿Por qué haría eso?
—Bueno— respondió la joven—, es el único de entre todos sus guerreros que le ha rendido un tributo especial al fallecer.
— ¿Un tributo especial?— volvió a preguntar el inglés—. Todos hemos pagado un precio por servir a Hades, ¿por qué sería tan especial el de Lune?
Pandora sonrió levemente.
—Porque era la primera vez que alguien le dedicaba tantos muertos en combate, renunciando a los dioses de su propio folklore. En otras palabras— dijo la joven—, el poder de Hades se nutre de los muertos. Por ello, arrebatarle los fallecidos que hubieran ido a Helheim o a Valhalla, fue todo un orgullo para nuestro señor.
El Wyvern se recostó en la butaca y pensó unos momentos.
—Así que fue eso…— murmuró frunciendo el ceño—. Él realizó el mismo tributo que Aiacos y yo…je— dijo socarronamente—, tiene guasa… ¿y cómo es que Minos fue entonces declarado juez del Inframundo, si Lune era suficiente? ¿Tan solo porque ganó frente a su hermano?
Los ojos de la joven se cerraban suavemente e inclinó la cabeza a un lado.
—Lune tiene mucha fortaleza— declaró la joven—, pero su rasgo más brillante es la inteligencia. Por el contrario, Minos tiene una fuerza descomunal, pero su defecto más patente es la impaciencia por entrar en combate, sin medir sus pasos. Y a Hades, este rasgo, no le agrada. Sabes bien que a él no le gusta que sus guerreros entren en combate a no ser que sea estrictamente necesario…
— ¿Y por qué confía en Minos, sabiendo que él estaba destinado a otro lugar?
Pandora abrió los ojos violáceos y volvió a frotarse los brazos.
—Porque su destino está ligado a los anillos que poseen. Minos realizó una promesa. Y esto es todo lo que sé al respecto— dijo ella, siseando—. Hace frío…
Radamanthys se incorporó de la butaca y se acercó a la joven, tomándola de la mano para ayudarla a incorporarse del asiento.
—Está bien, señorita Pandora— dijo diligentemente—, es hora de descansar y no la importunaré más. Muchas gracias por la información.
La joven fue acompañada por el juez hasta la puerta del salón, cuando ella se giró.
—Radamanthys— murmuró, mirando a su acompañante—, confío en que con esto arregles las desavenencias entre los dos. Por nuestro bien.
—Sí, señorita Pandora— contestó él rápidamente, mientras ella se daba la vuelta de nuevo y se dirigía a su habitación.
—Y sí, puedes tomar un whiskey— dijo ella, abriendo la puerta—. Sólo acuérdate de cerrar la puerta cuando te marches.
Tras meterse en su cuarto, el juez volvió la cabeza hacia el mueble de las bebidas alcohólicas y sonrió ladinamente.
Mientras tanto, en el Inframundo, Aiacos se hallaba en mitad del camino que comunicaba la Caína con el tribunal de los muertos, tapándose los oídos.
Frente a él, Minos era sujetado con los tentáculos de la armadura de Raimi de Gusano, tratando de deshacerse de ellos y blasfemando improperios contra su hermano.
Y Lune hacia lo propio, gritando de todo y agitándose entre los poderosos brazos de Gordon de Minotauro.
Por todos lados había salpicaduras de sangre, e incluso Aiacos había recibido un fuerte golpe de su compañero Minos cuando había acudido raudo a separarles mientras los hermanos peleaban.
— ¡Malnacido!— espetó el espectro de Grifo, escupiendo sangre—. ¿Así es como me agradeces que cuidara de ti mientras estabas convaleciente? ¡Esto no va a quedar así!
— ¡Y tú te has aprovechado de mi todo lo que has querido y más!— rugió Lune, sacudiéndose de encima a Gordon, quien recibió un latigazo cuando trató de ir a volver a sujetarle—. Déjame, no voy a partirme más la cara con él, no merece la pena…voy a volver al trabajo.
El Balrog se sacudió la túnica y dio media vuelta, tratando de caminar con soltura, pero la cojera era inevitable. Minos le había herido en la refriega.
— ¡Eso!— exclamó su hermano, rompiendo los tentáculos de Raimi y riéndose al mismo tiempo—. ¡Huye del campo de batalla, que eso se te da muy bien! ¡Qué vergüenza de hijo, diría padre! ¡Qué vergüenza!
—Minos, ya— cortó Aiacos, cuando divisó la figura del Wyvern saliendo al encuentro—. Hombre, al fin apareces…
Radamanthys frunció el ceño y miró la escena.
Tal y como le acababa de relatar Valentine, puesto que Lune se limitó a guardar silencio pese a su lamentable estado físico en el tribunal, vio a Gordon y a Raimi con cara de circunstancias, a Aiacos con el rostro serio y a Minos jadeando con sangre goteando de su boca.
—Tengo las órdenes de Pandora de parar esto— indicó el Wyvern—. Por las buenas, o por las malas. Tú decides Minos.
El noruego escupió más sangre y alzó el rostro.
—Entonces haz que se ponga este anillo— dijo sacándoselo del bolsillo, y tirándoselo a su compañero—. Si puedes…
El inglés recogió la joya al vuelo y lo miró de cerca.
—A ver si eres capaz de hacer que no renuncie a sus orígenes— espetó el Grifo—, como hemos hecho nosotros tres.
Dicho esto, se pasó el dorso de la mano por la barbilla, limpiándose los restos de sangre.
