**Este capítulo es todo un flashback**
9. Batalla
El calor en la fragua era insoportable.
Atareado en la petición que su jefe le había encomendado, el herrero del poblado había derretido las copas de platas que habían conseguido en el último asalto y se preparaba para realizar un par de anillos.
Fue en ese momento que accedió a su hogar el vitki, acompañado del jefe.
—Bienhallado, Erik— saludó, al ver al herrero, que moldeaba la plata—. ¿Has terminado el encargo que te solicité?
El herrero dejó de golpear con el pequeño martillo el material y se golpeó el pecho.
—Estoy en ello— respondió con su voz hosca—, necesitaré saber la medida de los dedos de las manos de tus hijos.
Acercándose para atestiguar el trabajo, el jefe sacudió la cabeza con aprobación y se mesó la larga barba blanca. El vitki hizo lo propio y susurró unas palabras, quien abrió los ojos súbitamente y se cruzó de brazos.
— ¿Eso es posible?— preguntó en voz alta.
—Así es, mi señor— indicó el druida vikingo—. Puedo realizar el conjuro para que ambos queden atados de por vida, cuidando el uno del otro. Pero solamente puede hacerse ahora mismo, mientras la plata esté caliente.
A un gesto del jefe, Erik dejó de moldear las joyas y permitió que el vitki se sentase a su lado, entregándole las herramientas.
Con habilidad, talló las ruñas en la moldeable plata mientras recitaba una serie de versos en voz baja, casi como un siseo imperceptible.
Cada vez que tallaba una, ésta runa se iluminaba con un resplandor rojizo, apagándose inmediatamente.
—Tiene buenas dotes de orfebre— se aventuró a decir el herrero, quien se calló súbitamente cuando su jefe le ordenó silencio.
Tras un largo rato, finalmente las runas se hallaban inscritas en el metal argénteo y Erik procedió a rematar la faena, con las instrucciones finales.
Una vez listos, se los entregó al jefe quien arrojó una bolsa de monedas a sus pies, en compensación por el delicado trabajo.
Fuera de la herrería, el padre de Minos y Lune preguntó al druida por más información al respecto. Y a pesar de lo que había escuchado y de la severa advertencia, el jefe regresó a su hogar.
Allí le esperaban su mujer y sus hijos, que cenaban copiosamente los restos de un venado.
—Esto es para vosotros— informó, arrojando las alianzas sobre la mesa.
Su mujer recogió una entre sus finos dedos y lo deslizó, pero le quedaba holgado.
—Para ti pediré que hagan otro anillo con gemas— replicó su marido entre risotadas—. Estos son para nuestros hijos, venga, ponéoslos.
Minos miró con recelo las joyas y sin pensarlo, se lo caló en el dedo corazón de su mano derecha.
—En el índice— le hizo rectificar su progenitor—, tenéis que llevarlo ambos en el dedo índice de vuestra mano derecha.
— ¿Qué tienen de especial?— preguntó Lune, extrañado por la insistencia de su padre en que lo llevaran puesto—. No son más que dos anillos con una inscripción en ellas…
—Es para identificar nuestros cadáveres si morimos en batalla, idiota— espetó Minos entre risas, al ver la cara de espanto de su hermano.
El menor lanzó una mirada interrogativa a su padre, esperando una explicación.
Echándose hacia atrás en su silla de madera, el hombre se mesó la larga barba blanca, emitiendo una sonrisa un tanto siniestra.
—Vuestro destino estará siempre unido si portáis estos anillos— declaró el jefe—. Os servirán de mucha utilidad en el reino más allá de la muerte, que espero que sea en una batalla. Si los conserváis, seguiréis vivos para siempre. Si uno de los dos se lo quita…vuestra existencia se desvanecerá y no seréis recordados.
Minos parecía satisfecho con la respuesta, no así Lune quien exigió más información respecto a estar vivos para siempre.
—Lune, parece mentira que tú seas el inteligente de los dos— respondió con una risotada su padre, recibiendo un golpe en la cabeza por parte de su mujer—. ¡Ay!
—No insultes a tus vástagos— recriminó la madre—. Significa que cuando llegue vuestra hora, seguiréis vivos y atados en vuestro propio destino. Y ahora, a dormir los dos, mañana habrá más preguntas. ¡Vamos!
Los dos jóvenes se marcharon apresuradamente de la cocina, dirigiéndose a sus respectivos catres.
Minos se quedó dormido enseguida sobre el lecho de paja, no así su hermano quien pensaba sin cesar.
Por la puerta entornada, aún se veía el refulgir de la hoguera, por lo que sus padres aún no estaban durmiendo.
Sigilosamente se levantó de puntillas y caminó con cuidado para no despertar a su hermano.
Entre las sombras, se agazapó y puso el oído alerta al escuchar a sus padres conversando.
—Mujer…mañana me los llevo por vez primera a un asalto, y quiero que ambos estén bien. Si tienen que morir, que sea porque Odín los reclama para servirles en el Ragnarok…
Y a continuación a su madre.
— ¿Pero eres consciente de que si muere uno, el otro muere en el acto?— gruñó ella—. ¡Te quedas sin hijos!
—Aún eres joven y hermosa, puedes darme más vástagos— respondió su padre entre risas—. Sólo hago esto porque Lune no es tan fuerte como Minos…y no quiero que las Valkyrias le rechacen por no considerarle apto.
—Mi cuerpo ya da síntomas de agotarse, ten en cuenta que han pasado casi 24 años desde que los traje al mundo— murmuró en voz baja la mujer—, y no sé si seré capaz de aguantar otro embarazo…los últimos no fueron fructíferos…
Lune acarició el anillo que adornaba su dedo y frunció el ceño.
— ¿No soy fuerte, eh?— musitó airado—. Pues vas a enterarte de lo que valgo.
Y con esta idea fija, regresó a la habitación que compartía con su hermano y se agachó sobre un pequeño saco de cuero que colgaba del cinturón de Minos. Rebuscó con los dedos y recogió una pequeña muestra de un objeto carnoso.
—Sangre de Sleipnir— susurró, guardándose el hongo entre sus ropajes.
A continuación, se recostó sobre la paja y quedó dormido.
Al día siguiente, el poblado era un hervidero de nervios, de guerreros despidiéndose de sus seres queridos, de parejas recogiendo las armas para ir a batallar juntos. Tanto hombres como mujeres conformaban un fuerte y aguerrido ejército.
Y entre ellos, Lune y Minos, aunque era el mayor quien se mostraba entusiasmado con la idea.
—Que Odín os proteja— dijo su madre, acariciando a sus hijos—. Minos, llevas la espada. Lune, tú el hacha. Recordad, no os separéis bajo ninguna circunstancia, ¿de acuerdo? Y si morís en batalla, que las heridas sean en el pecho y no en la espalda, no me decepcionéis.
Con esta advertencia, los chicos se despidieron de su madre y se unieron al padre, que aguardaba por ellos.
A la caída de la noche, todos emprendieron el camino en busca del objetivo planeado durante varias semanas.
—Nos dirigimos al pueblo bajo el mando de Thorstein— murmuró el padre a sus hijos—, debo cobrarme la venganza por el asesinato de Leif…pero vamos a dar un rodeo para tomarlos por sorpresa, ya que los vitkar auspiciaron que permanecían alertas ante la posibilidad de represalia. Nada puede fallar, moveos con las sombras de la noche…
El pequeño ejército siguió adelante, atravesando la negrura de un frondoso bosque, en lugar de seguir por los caminos convencionales.
Se movían con sigilo, hasta que en la retaguardia alguien exclamó "¡Nos atacan!".
Entonces se desató el caos.
Las tropas lideradas por Thorstein habían detectado su presencia antes de que les pudieran ver, y alertados por los vigías, decidieron adentrarse por el bosque, persiguiéndoles.
Por todos lados reinaba la confusión, y a veces era difícil distinguir amigo de enemigo, debido a la oscuridad de la arboleda.
Minos se había lanzado a proteger a su padre, quien batallaba con valentía a pesar del desastre. Ambos son espadas, se dedicaron a cercenar brazos y cuellos de todo aquel que viniera a por ellos.
Por su parte, Lune había quedado paralizado de terror cuando se percató de que varios guerreros del poblado enemigo habían detectado su presencia, en parte por la blancura de sus níveos cabellos.
— ¡Lune!— gritó Minos, al divisar el destello de sus cabellos blancos, pero sin poder dejar de blandir su espada.
Lo que no esperó era que su hermano agarrase una lanza, la clavase en el suelo, y tras decir algo en un idioma que no llegó a reconocer, se metió algo en la boca.
Los efectos fueron instantáneos. Ni siquiera Lune hubiera podido imaginar que masticar amanita muscaria iba a llenarle de un vigor tan poderoso y un deseo irrefrenable de aniquilar todo lo que se pusiera por delante. Desgarró la ropa que llevaba puesta y se lanzó, hacha en mano a cumplir su objetivo.
El frenesí de sangre fue brutal. Lune se había convertido en un berserker y no dejaría de matar hasta que los efectos se disipasen.
Lamentablemente, ni siquiera sufrir heridas le detenía, por lo que seguía arrojándose junto con su hacha golpeando escudos, brazos, cabezas y toda parte de cuerpo de todo ser vivo que se cruzase en su camino.
Minos sólo podía verle en la distancia y miró su saquito de cuero. Estaba vacío.
—¡Maldito sea!— gruñó, antes de hundir la espada en la garganta de un enemigo.
—¡Ve a por tu hermano!— escuchó decir a su padre, quien golpeó con su escudo a un guerrero en toda la cara, para apartarle de su camino—. ¡Tenemos que retirarnos, son demasiados!
—¡No voy a poder!— informó su hijo—. ¡Se ha transformado en un berserker!
Y ya no escuchó más a su padre, a pesar de que seguía viéndole pelear.
Sin saber cómo actuar, Minos decidió que lo más sensato sería golpear a su hermano para dejarle inconsciente y cargarlo para llevarlo de vuelta al poblado. Sin embargo, aquello sería difícil, puesto que a ojos de un berserker, todo el mundo es considerado enemigo. Incluido su hermano.
No tardó en encontrarle encaramado a una pila de cuerpos desmembrados, mientras se ensañaba con un cadáver bajo sus piernas.
Un espectáculo demasiado grotesco y extraño en Lune, siempre tan comedido y retraído.
—¡Eh!— le llamó Minos—. ¡Lune!
Su hermano alzó la cabeza y retiró el puñal con el que estaba ensañándose. Lo mordió entre sus dientes y giró el hacha entre sus manos.
Ambos se quedaron quietos, mirándose uno a otro. Un sudor frío recorría las sienes del mayor.
Esperaba que su hermano se arrojase sobre él para matarlo, sin embargo, se quedó quieto como analizando la situación. Como si entre la nublada conciencia sanguinaria del berserker surgiera una voz que le advirtiera "cuidado, ese no es enemigo".
El resplandor de la luna mostró las enormes heridas abiertas en el torso musculado de su hermano. De ellas brotaba la sangre, pero no parecía que fuera a doblegarse.
Fue un segundo.
Minos juraría tener la vista fijada en Lune. Que no lo había perdido de vista.
Pero al parpadear, su hermano menor estaba en la misma posición. Hasta que su cuerpo cayó pesadamente, desplomándose contra el suelo.
Y tras él, emergió una figura, que apresuradamente retiró su arma, una daga, de la espalda de su hermano.
No gritó. Ni siquiera el asesino de Lune parecía haber advertido su presencia hasta que tuvo a Minos encima y que no dudo en atravesarle con su espada. Y para provocar más dolor, giró el arma sobre sí misma.
Una vez concluido el trabajo, saltó para colocarse al lado de su hermano.
Con el cuerpo entre sus manos, ya era demasiado tarde. Ni siquiera tenía los ojos abiertos para verle por última vez.
—No…Lune…tú no…— gruñó Minos, enfadado, aguantando las lágrimas—. No debiste…
Agarró la mano derecha inerte de su hermano, cuando se percató de que las runas brillaban. Y no sólo las del anillo de su hermano, sino que las suyas propias.
Minos sintió que su dedo quemaba, pero todo aquel dolor pasó rápidamente.
Lo único que recordó después fue despertar en una llanura inerte, sin vida.
—Bienvenidos a mi reino, valerosos guerreros— dijo una voz, con acento extranjero.
El hermano mayor aún seguía sujetando a su hermano, y pudo comprobar que respiraba acompasadamente.
No entendía lo que pasaba y tampoco es que pudiera divisar algo.
—¿Quién habla?— preguntó Minos, extrañado por aquel lugar—. ¿Dónde estamos?
Pudo escuchar una risa siniestra que hacía eco alrededor.
—Soy Hades y estáis en el Inframundo heleno.
