Disclaimer: D. Gray-man no me pertenece.


Etapa de ejecución*

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Contra todo pronóstico, Komui los envió a dormir una vez entraron en la casa, en lugar de quedarse en vela recuperando el tiempo perdido, como él creyó que sucedería.

No creyó que lo necesitaría tanto.

Le dio las buenas noches a Lenalee y a su hermano antes de echarse en la colchoneta que el mayor le dio para que durmiera porque, por supuesto, no le iba a dejar dormir con Lenalee -y como era un total despropósito mencionarle que ya lo habían hecho varias veces (dormir juntos), lo dejó así-.

Decir que no supo nada más de sí mismo hasta la mañana siguiente habría sido un eufemismo, porque cuando despertó, el sol ya estaba tan arriba en el cielo que fácilmente podría ser pasado el mediodía. Con un bostezo largo y profundo, se levantó preguntándose cómo es que nadie le despertó antes.

No es que no agradezca las horas extras de sueño.


La cocina estaba desierta cuando pasó por ahí, así que pidió permiso más al aire que a alguien en particular cuando tomó una fruta de la cesta sobre la encimera y salió por la puerta por la que entró la noche anterior, solo para encontrar el mismo barrio vacío de anoche, ahora lleno de personas que iban y venían con alguna ocupación.

Sonrió de lado ante la escena tan doméstica como inesperada.

Sin embargo, lo que sea que pasó por su cabeza, no estuvo demasiado tiempo ahí; un sonido curioso llamó su atención un par de metros más allá, en donde uno de los pobladores dejó caer la carga que traía consigo en una carretilla, y muchísimas papas estaban esparcidas por el suelo al rededor.

—¿Necesitas ayuda con eso, viejo?— se ofreció con una sonrisa amistosa, pero agachándose a recogerlas aún sin esperar respuesta.

—Gracias, chico— le dijo el hombre, una vez que todas las papas estuvieron en su lugar—, fuiste de gran ayuda. Ten— y le tendió varias de ellas a las manos.

Sorprendido, Lavi las recibió como pudo, despidiéndose con un gesto del agradecido señor de las papas. De seguro iba a venderlas en el mercado.


Lavi se sorprendió de lo amistosas que eran las personas de ese humilde vecindario. Recibió media docena de huevos por ayudar a atrapar a una gallina fugitiva, una hogaza de pan recién horneado cuando le ayudó a un anciano con dolor de espalda a trasladar un enorme saco de harina e incluso un ramillete de flores amarillas de una linda señorita a la que sujetó para evitar que cayera al suelo luego de haber chocado con ella accidentalmente.

Un grupo de niños le llamaron 'hermano mayor' cuando le pidieron que jugara con ellos luego de que su pelota de trapo llegara a sus pies de casualidad, y le aplaudieron cuando hizo un truco con ella sin que tocara el suelo.


Ya antes de caer la tarde, cuando iba de vuelta con todos sus obsequios en los brazos, casi el pueblo entero le había saludado al pasar, refiriéndose a él por su nombre, como si hubiera nacido y crecido junto a ellos en vez de haber llegado apenas la noche anterior.

Lo más curioso de todo es que no recordaba haberse presentado con alguno de ellos.

Solo supo que mientras caminaba, ya con las manos ocupadas, una anciana de semblante solemne se detuvo frente a él y le miró como si estuviera tratando de ver a través de él. Lavi se quedó quieto, esperando pacientemente a que la anciana hiciera lo que sea que estaba haciendo.

Lavi hace el amago de sonreír y preguntarle que qué se le ofrecía cuando es interrumpido por la voz igualmente solemne y clara de la anciana:

—Así que tú eres Lavi— sonrió de forma enigmática como solo una anciana como ésa podría hacerlo—. Un placer conocerte, jovencito— le dijo con una palmadita suave en la mejilla para, acto seguido, seguir con su camino.

—Uhm…— el pelirrojo la vio irse tan tranquilamente como había llegado, no sabiendo exactamente qué acababa de pasar.

Ciertamente, no sería la primera vieja extraña que se encontraba (el viejo panda era bastante extraño por sí mismo). Pero sí una de las que encabezaba la lista.

Con un encogimiento de hombros, se dispuso a retomar su camino.


—Ésa era Hevlaska— la acotación de Lenalee vino tan de pronto y tan de cerca junto a su hombro, que Lavi sintió que casi se sale de su propia piel del susto—. Al parecer, es realmente anciana; nadie sabe su edad. Algunos incluso dicen que tiene más de ciento veinte años.

—¿Sí?— preguntó él, recuperándose a medias del ataque al corazón que casi le provocó la niña, ¿de dónde es que apareció?—, yo no habría dicho que tiene más de cien.

La carcajada de Lenalee le hizo sonreír.

Verla por primera vez en el día le produjo una sensación de plenitud en el pecho, su presencia llenando el agujero que no sabía que tenía. Sus manos estaban llenas de mercadería; una mata de hierba buena, una calabaza y un par de tomates. Su cabello corto tenía pequeñas trenzas llenas de florecillas silvestres.

De alguna forma, ese ambiente le sentaba bien a Lenalee, casi como si siempre hubiera pertenecido ahí.

—También dicen que es un excelente juz de carácter, y al parecer, te ha dado el visto bueno.

Lavi deseó entonces, con todo su corazón, que eso fuera cierto, con una sonrisa que le supo amarga.


—¿Cómo es que nadie me despertó?

—Mi hermano dijo que te dejáramos dormir. Dijo que te vendría bien.

—Uhm.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—¿Te vino bien?— preguntó como si fuera una obviedad.

Lavi lo pensó un segundo, recordando lo bien que se sentía al despertar.

—Sí. La verdad es que sí.

Lenalee sonrió abiertamente, y Lavi tuvo que controlar el latido de su corazón.

—Me alegro.


—¡Chico, necesito ayuda!— la puerta de entrada de la casa se abrió de manera abrupta, dejando a ver a un hombre adulto cuya cara a Lavi le sonaba un montón, ¿cómo era que se llamaba?

Lenalee fue la primera en reaccionar, irguiéndose sobre la encimera de la cocina en donde ambos estaban apoyados antes de la interrupción.

—¿River? ¿Qué sucedió?— oh, sí, Rivera: el mejor amigo de Komui.

—Es tu hermano— dijo el otro como toda respuesta.

—¿Qué?— ella pareció congelarse en su sitio ante la mención de su hermano en problemas.

Fue Lavi quien la sacó de su estupor, tomándola de la mano e instándola a salir.

—¡Vamos, andando! River, dinos dónde.

El aludido asintió; su tono no dejaba lugar a réplicas. El grupito trotó hasta el centro del vecindario, donde un gran kiosco hacía las veces de salón comunitario, por lo que le dijeron.

Todo estaba a oscuras cuando llegaron y tanto Lavi como Lenalee miraron en todas direcciones con desespero, intentando distinguir algo en la penumbra.

—¿River, qué…?— pero ni Lenalee alcanzó a terminar su pregunta, ni los ojos de ninguno, a acostumbrarse a la oscuridad, porque la plaza central se encendió de pronto con grandes hogueras y otras cientos de linternas de papel dispuestas sobre sus cabezas.


—¿Eh?

En cualquier otra circunstancia, Lenalee se habría reído de la expresión de comleta perplejidad que puso Lavi, de no ser porque ella misma estaba igual de perpleja.

Casi la totalidad del barrio estaba en torno al kiosco, y otros cuantos junto a largos mesones repletos de comida de los cuales únicamente ahora se había dado cuenta.

Confundidos, buscaron explicaciones con una sola mirada a River a su lado, quien no tuvo reparos en silbar al cielo, haciéndose el tonto. Lo que, por supuesto, bastó para llegar a la conclusión de que fueron cruelmente tomados. Un rubor apareció en las mejillas de Lenalee, y Lavi resopló con cansancio y resignación por la vergüenza y un poco por el susto injustificado. Sin embargo, tras un segundo, pequeñas risas comenzaron a salir, encontrando lo divertido de la situación por sobre lo bochornoso.

—¡Lenalee!— la voz melosa y escandalosa de su hermano mayor se hizo presente en forma de un gran hombre con los brazos abiertos, emocionado y contento.

Ya tenían al autor intelectual de todo este teatro.

Komui claramente estaba esperando una felicitación por todo esto y vaya decepción que se llevaría. Lavi sonrió ante la idea.


—¡Pero, Lenalee, esto lo hicimos para ustedes!— berreó Komui, aferrado a la cintura de su hermanita.

—¡Y te lo agradezco, pero no tenías que matarnos del susto en el proceso!

—Pero si ése no fui yo, ¡fue River!— alegó, apuntando con un dedo acusador a su mejor amigo.

—¿Qué?— el aludido casi se atragantó con lo que estaba comiendo—. No me metas en esto; yo solo seguía órdenes.

—¡River: traidor!

—¡Hermano!


—¿Puedes creerlo? Fue este chico el que trajo a Lenalee a casa— le dijo un hombre a otros dos, dándole una fuerte palmada en la espalda que casi le sacó el aire.

—¿De verdad? Ya me parecí que eras un buen sujeto, luego de que me ayudaste a atrapar a mi gallina hoy— le dijo otro, sorprendido de que estuvieran hablando de la misma persona.

—Y yo que creí que eras solo un vagabundo, con las fachas con las que andas— rio el último, haciendo reír a los demás.


Lavi casi ni se inmuta al oír cómo aquellos hombres reían y bromeaban a su costa. Todos parecían contentos de tenerla entre ellos, a Lenalee. Al principio, los tiempos no le calzaron, porque, según la última información que le dio su abuelo antes de morir, Komui no vivía aquí al momento del asalto; así que, en rigor, Lenalee nunca conoció a estas personas.

De seguro Komui no dejó de hablar de su hermana perdida en todos esos años, al punto de que todos los vecinos ya la sentían como una más.

Sonrió con amargura ante la idea, sintiéndose miserablemente responsable de ello; Lenalee podría haber sido parte de esa comunidad o cualquier otra desde hace tanto tiempo, se no ser por las acciones de su abuelo.

Ver a Lenalee, por casualidad o por capricho, al otro lado de la plaza, rodeada de mujeres, solo reafirmó esa idea arraigada en su cabeza.


Una palmada seca en la espalda le quitó el aire sin previo aviso, proveniente de uno de los hombres que charlaban y reían a su alrededor.

—Mira, chico, parece que vienen por ti— le dijo, apuntando a un grupo de mujeres que venían hacia él, cada una con un lato colmado de comida en las manos.

Sin saber exactamente porqué, le sobrevino una sensación de pánico frente a la expectativa que nunca tuvo cuando debió enfrentarse a los marineros.

—¡Pero mira nada más qué guapo es!— dijo una.

—¡Y tan caballeroso: Emilia me dijo que evitó que cayera al suelo cuando tropezó!— exclamó otra, el resto hizo un gesto de madre enternecida.

—Qué lastima que esté tan delgado— acotó otra, tocándole el abdomen.

—Oh, sí. Lenalee dijo que muchas veces pasaba hambre por su buen.

—¡Eso se arregla: prueba esto, querido!— saltó otra, ofreciéndole una cucharada de guiso que, honestamente, olía espectacular.

—¡Y algo de esto también!— un tenedor con un trozo de carne se acercó a él.


No es que no disfrutara de la atención (Dios de testigo; cuánto tiempo quiso caerle bien a las ancianas en lugar de a los marinos) o de la comida, pero Lavi cree que ya es demasiado, cuando ve retirarse a la primera línea de mujeres con platos vacíos, y avanzar a la segunda, con otros nuevos rebosantes de comida en sus trabajadoras manos.

En silencio, le envió a Lenalee una mirada se auxilio, quien la recibe con claridad aún cuando se encontraba al otro lado de la plaza.


—Pensé que eras bueno con ese tipo de cosas— rio ella mientras caminaban más tarde de vuelta a casa.

—Sí, también yo— sonrió con cansancio el otro, incapaz de estar en desacuerdo—. Pero tampoco puedo decir que me arrepienta: ¡ese estofado estaba delicioso!

—¿Sí?

—Claro, podría comerlo por el resto de mi vida.

—Entonces será mejor que aprenda a prepararlo.

Las rosas de Lavi cesaron, su andar se detuvo. Pudo ver su reflejo en los ojos honestos y determinados de Lenalee mientras el peso de sus palabras se sentaba entre ellos.

Una sola mirada le bastó para saber que Lenalee estaba siendo seria.

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*La etapa de ejecución en un contrato, es aquella en que se llevan a cabo las obligaciones asumidas, tal como se establecieron.

Este capítulo vino luego de un loqueo muy grande que tuve en sus momento sobre cómo rayos iba a terminar este fic, ahora que el objetivo principal se había cumplido. Las escenas cortas dicen relación con una cotidianeidad que quería reflejar en este capítulo.

Espero que les haya gustado.