Disclaimer: La historia no me pertenece, historia adaptada del libro Corazones Encadenados (Capitulo 5 - Sacrificio)
Kristen había escapado de Robert ahora hacía un año, sintiendo que podía ser una debilidad para su futuro. Pero nunca esperó el sacrificio que él hizo por ella. Uno que conmocionaría su alma y destruiría las raíces de todas sus creencias.
Su sexualidad, su corazón y todo por lo que había luchado en los últimos seis años serán sometidos a prueba cuando una misión la lleve a la granja de Robert y a su cama. Allí aprenderá el verdadero sentido del hambre, del amor... y también el engaño y las mentiras que han gobernado su vida durante tanto tiempo.
Cualquier cosa que merezca la pena tenerse merece también un sacrificio. Kristen está a punto de averiguar si puede pagar el precio, y arriesgar no sólo la herencia que debería ser suya, sino también su corazón frente al hombre que todavía puede contener el fuego que arde en su alma.
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Capítulo 2
Una rabia rara, desconocida controló a Robert mientras liberaba a Kristen de las ataduras de las muñecas y la sacaba rápidamente de la mesa. Logró quedarse en silencio, apenas, apretando los dientes y echándole una bata por encima que recogió de una mesa cercana.
Pero ella lo estaba incitando. Antes de que él pudiera envolverla alrededor de sus hombros, ella se la quitó de las manos y la arrugó con deliberada provocación. Un lento, provocador movimiento que lo hizo querer gruñir debido a la necesidad que se elevaba como una bestia hambrienta en sus entrañas.
—Bien, bien, bien y yo que pensé que el dicho de que "a los granjeros les gusta sucio" era solamente un cuento de viejas —dijo ella burlándose fríamente—. Qué vergüenza, Rob. Sólo piensa en lo decepcionado que estará Papá.
Él era consciente del silencio de la sala, de los ojos que los miraban. En circunstancias diferentes, realmente no le habría importado un cuerno, pero esto no era sexual. Para ser honesto, tenía ganas de colocarla sobre sus rodillas y azotar su culo de un modo que no tenía nada que ver con el placer, y mucho con afirmar su control sobre ella.
—Considerando que mi papá ayudó a fundar este pequeño club lejos del hogar no creo que estuviera decepcionado —espetó mientras los ojos de ella se ensanchaban sorprendidos—. Pero dudo que el tuyo sienta lo mismo.
Ella entrecerró entonces sus ojos, el color verde oscuro brillando con una oleada de cólera mientras él la agarraba del brazo y comenzaba a sacarla de la habitación. Recordarle a su padre no garantizaba ganar ningún punto a su favor, pero en este momento, le importaba una mierda. Había jugado a su juego durante un año, y ya era hora de cambiar las reglas, así como el equilibrio de poder.
—No soy una de tus estúpidas vacas —gruñó ella mientras intentaba clavar sus talones desnudos en el suelo y luchar contra su agarre—. ¡Maldición, déjame ir!
—Incluso mis estúpidas vacas saben lo suficiente como para no discutir con el toro al mando, Kris —apretó sus dedos alrededor de su delgada muñeca y la encaminó por las escaleras—. Sigue resistiéndote ahí atrás y quizá te enseñe por qué lo saben.
Ella se detuvo solamente un segundo, pero pareció resistirse un poco menos hasta que él cruzó el umbral de su cuarto y cerró de golpe la puerta detrás de ellos. Que Dios le ayudara, estaba en tal estado de excitación que era todo lo que podía hacer para abstenerse de lanzarla a la cama y follarla hasta la extenuación.
Durante todo un maldito año ella había estado bailando justo fuera de su alcance, con sus provocadores ojos verdes riéndose de sus intentos de arrinconarla, sus morritos torciéndose en una satisfecha sonrisa que decía "atrévete" cada vez que él le advertía que no la iba a dejar escapar siempre.
La sonrisa se había ido, la risa en sus ojos se había desvanecido por la cólera, y las pecas de sus mejillas y nariz eran claramente evidentes bajo la pálida carne de su cara.
—No tienes ningún derecho a arrastrarme así —ella se enfrentó a él con el pelo cayendo en desorden por su espalda, los rizos tentando a sus dedos a agarrarlos y acercarla a él…
Mala dirección, se regañó él a sí mismo. Pensamientos así le no conseguirían respuestas y probablemente terminarían por hacer daño a su causa ahora mismo, más que ayudarla.
—Asumí el derecho —gruñó, cruzando los brazos sobre el pecho para obligarse a no tocarla—. Lo que debería haber hecho hace un año.
Su labio superior se levantó en un gruñido silencioso que hizo que su polla reaccionase con un latido feroz de hambre. Ella lo había mantenido tan condenadamente caliente a lo largo de los meses pasados que la erección era casi constante.
—Oh, acaba con eso, Robert —ella agitó una mano negligentemente antes de apretar el cinturón de su bata con un tirón controlado—. La actitud de macho ya no está de moda. ¿No lo sabías?
Pero él podía ver la cólera temblar a través de su cuerpo, brillando en sus ojos. Igual que podía ver los pequeños y duros pezones bajo la seda de su bata y el rubor de excitación en su cara. Podría estar enfadada, no tenía duda, pero no podía esconder su lujuria tampoco.
—Nunca pasa de moda, Kris —le recordó con suavidad engañosa—. De otra manera, las pequeñas damas dulces como tú no tendrían ningún modo de desahogarse.
Cerró con llave la puerta, despacio, mirándola con cuidado mientras oía el chasquido de la cerradura. Su pulso latía con renovada velocidad en un lado de su cuello, mientras sus pupilas se dilataban lo suficiente como para asegurarle que no estaba calmada. Pero tampoco estaba asustada, él podía verlo en ese obstinado y altanero gesto de su barbilla. Estaba excitada. Sus pechos se alzaban y bajaban cada vez más rápido, su cara estaba enrojeciendo con un suave y delicado rubor que lo estaba volviendo loco
Maldición si ella no fuera tan jodidamente hermosa. No realmente bella, pero jodidamente hermosa con su pequeña nariz coqueta, sesgados ojos de gato y todo aquel glorioso pelo castaño cayendo alrededor de sus hombros. Se enfrentaba a él como una pequeña diosa enfurecida, segura de su propio poder y su determinación.
—Mi "desahogo", como tú lo llamas, es problema mío —le recordó ella, en un intento de volver a su fría altivez pasada—. No necesito tu interferencia.
Por supuesto que no la necesitaba. Por lo que él había visto abajo, él era una debilidad que ella estaba decidida a mantener oculta. Pero había visto el calor, el hambre —maldición, la lujuria— que brillaban en aquellos ojos brillantes verdes cuando él la cogió desprevenida, luchando por su liberación. Él había sido el detonador. El hambre había sido por él. La necesidad había azotado su cuerpo por él.
Robert no estaba mal preparado en el campo de la lujuria, o de las mujeres. Sabía desde su primer encuentro, un año antes, que Kristen era diferente, especial. Al menos, para él. Le había atraído como ninguna otra mujer, a pesar de su escudo de distante desinterés; había sabido que había algo allí. Y estaba seguro ahora.
—Necesitabas mi interferencia abajo —indicó mientras metía las manos en los bolsillos de los pantalones.
Le picaban las palmas por la necesidad de tocarla, de atraerla contra él y de probar la textura sedosa de su piel. El deseo rabiaba por su sangre, tensando su cuerpo y recordándole cuánto tiempo había pasado desde que había tomado a alguna otra mujer. La necesidad de ella había incluso sobrepasado su interés en tener cualquier otra.
—Me sorprendiste —ella se encogió de hombros intentando ocultar su reacción anterior—. Me encendió. Después de todo, somos familia.
Ella le echó una perversa y burlona mirada con un deje de amargura que reconcomió su alma. Quiso envolverla en sus brazos. Quería protegerla del dolor que podía ver en sus ojos. El impulso repentino de protegerla, más que de follarla, era sobrecogedor.
Robert resopló.
—Estate malditamente feliz de que no seamos familia, Kristen — le advirtió—. Porque si lo fuéramos, rompería más de una jodida regla antes de que acabe la noche.
Algo destelló en sus ojos. ¿Pesar? ¿Dolor? Fue tan breve que él no pudo averiguar la causa.
—No estarás rompiendo ninguna regla, Robert —su voz era firme, el borde de acero que siempre lo retaba a ver lo lejos que podía hacerla doblegarse resonaba en su voz—. Cualquier escalofrío que tuvieras abajo será lo único que consigas de mí.
Ahí estaba el dolor. Estaba casi oculto, casi ensombrecido por el borde frío de la determinación. Ella no estaba dispuesta a ceder una pulgada. Robert sonrió con lenta y fácil confianza. Eso estaba bien, sin embargo, porque él tenía bastante más que una pulgada para darle.
—Ah, no lo creo, Kris —avanzó hacia ella entonces, estrechando sus ojos mientras ella tragaba fuertemente y comenzaba a retirarse—. Ya ves, nena, he esperado casi doce meses para averiguar exactamente cuál era tu punto débil y como usarlo en mi propio provecho. Lo he encontrado esta noche, y que me condene si dejo que te escapes de mí ahora.
—Para, Rob —algo en su voz le hizo hacer justo eso. Se detuvo a poco más de un pie de ella, mirándola silenciosamente. Esperando.
—Esto no puede pasar —dijo ella entonces, intentando cubrir el pesar de su voz con acerada demanda—. Tienes que entender esto. Lo que viste abajo es todo lo que quiero. Todo lo que necesito. Cualquier cosa que estés ofreciendo, no puedo aceptarla, no la aceptaré. No tienes más opción que asumirlo. Ahora.
Robert sacudió su cabeza mientras sus labios se curvaban burlonamente. Dio un paso hacia ella, arrinconándola contra la pared en la que se había refugiado mientras sus manos enmarcaban su cara. Lo asombró ver lo pequeña y delicada que era su felina cara entre sus manos. Sus dedos se deslizaron a los lados de su pelo mientras la sujetaba quieta frente a él, con las yemas acariciando la fresca y sedosa textura.
—Hay opciones, Kristen —dijo—. Y además, hay determinación. Puedes también dejar de luchar, porque no te dejaré ir ahora. Fue mi nombre el que estaba en tus labios cuando tu cuerpo corcoveó en la liberación. Vi el hambre en tus ojos y lo sentí en los estremecimientos que atormentaron tu cuerpo. No puedes ocultarte de ello más de lo que yo puedo.
—No —ella agarró sus muñecas con las manos mientras lo miraba fijamente, sus ojos no más llenos de cólera, dolor o pesar, sólo cansancio, y el cansancio perforaba el corazón de él—. No puedo, Rob. Incluso aunque quiera, incluso aunque lo que has dicho sea cierto, no puedo aceptarlo. Porque si lo hago, perderé todo. No hay nada ni nadie que merezca el riesgo que estaría asumiendo.
Su padre. Robert quiso maldecir al hombre por el injusto trato a su hija, por el dolor, la cólera y por aquel maldito cansancio. Pero ella iba a tener que aprender que había más en los sueños, más en las necesidades, que la satisfacción vacía que se permitía.
—No te dejaré ir —le dijo otra vez.
Antes de que ella pudiera responder, bajó su cabeza, tomando sus labios abiertos en un beso que les sorprendió ambos. Llamas corrieron por su cuerpo a la velocidad de la luz, haciendo que sus músculos se apretaran con hambre mientras su erección amenazaba con reventar la cremallera que la mantenía a raya.
Y Kristen estaba afectada. Después de su primer jadeo sorprendido, sus uñas pellizcaron sus muñecas, pero su lengua encontró la suya con una velocidad y un hambre que le hizo estrangular un gruñido salvaje. Coló los dedos entre los largos rizos de su pelo, sintiéndolos enroscarse alrededor de sus manos mientras él inclinaba más hacia atrás la cabeza de ella y comenzaba a beber de la pasión que estallaba por su cuerpo.
Era como un narcótico, ambrosía, era el baile más sensual, más erótico de labios y lenguas que él alguna vez había conocido. Se comieron el uno al otro, ambos escasamente preparados para los repentinos fuegos que hicieron erupción a través del otro.
Ella podría lanzar negaciones hasta que el infierno se helara, pero aquí no podía ocultarse. Bajo sus labios, no podía mentir, no podía rechazar el placer que reventaba por sus cuerpos como una tormenta de fuego de los sentidos. Y él no le dejaría hacerlo si lo intentara.
Robert obligó a una mano a soltar su pelo, bajándola a su espalda y levantándola contra él mientras la presionaba contra la pared. Al instante, sus rodillas sujetaron sus caderas, un grito asustado estalló de su garganta cuando él presionó su polla contra la almohadilla caliente, mojada de su coño.
—Siente esto —gruñó contra sus labios, mirándola con ferocidad—. Estás tan condenadamente mojada que empapas mis pantalones. Tan caliente que me quemas vivo. ¿Y esperas que yo acepte un no por respuesta?
Sobresaltada, drogada con la pasión, sus ojos se ensancharon mientras él encajaba su erección contra ella.
—No —ella tragó fuertemente, sacudiendo su cabeza en negación a pesar del flujo de acalorado líquido que humedecía sus pantalones—. No puedo, Rob…
—Ah, pero podrás —le aseguró él misteriosamente—. Te lo advierto ahora, nena. La próxima polla que se deslice dentro de ese pequeño culo apretado tuyo será la mía. El próximo hombre que te tocará, probará, sostendrá, seré yo. Sólo yo, Kristen. Hasta que reconozcas la fiebre que nos quema vivos a ambos, ningún otro hombre te tocará.
Su feroz empujón contra su pecho lo hizo retroceder. De mala gana, la liberó, viendo la hirviente furia pulsando en su mirada mientras ella lo enfrentaba.
—No eres mi dueño —ella luchaba por regular su respiración, por detener el deseo que pulsaba duro y caliente dentro de ella, como si fuera él—. No te dejaré dictarme este camino.
—¿Ah no lo harás? —le preguntó él, casi estremeciéndose ante el oscuro, brusco tono de su propia voz—. Demasiado tarde, cariño. Conozco tu debilidad, y conozco tu hambre. Y Kris… —la observó más de cerca ahora-. Conozco tus secretos. No pienses ni por un minuto que no usaré cada arma que pueda encontrar para tenerte. Sería un error que no creo que quieras cometer.
Ella inhaló profunda, duramente, el rubor de la excitación desvaneciéndose cuando comprendió que ahora él muy probablemente sabía mucho más de lo que ella quería que supiera.
—Todavía soy virgen —se irguió con orgullo mientras en sus labios se dibujaba una leve sonrisa burlona de triunfo. Pero sus ojos estaban oscuros de dolor—. Y a no ser que incurras en la violación, no ganarás, Rob. Ni tú ni mi padre.
La amargura en su tono tensó el corazón de él. Podía ver la sospecha en sus ojos, el miedo de que él de algún modo trabajara para ayudar al triunfo de su padre. Nada podía estar más lejos de la verdad.
—Tu padre puede irse directamente al infierno. Y no, Kristen, no me va lo de la violación —finalmente dijo con cuidado—. Pero estaré dentro de ti. Tarde o temprano, de una u otra manera, te lo prometo. Puedes mantener tu virginidad, pero que me condene si te dejo seguir huyendo. No más.
Se alejó de ella, sabiendo que si no se marchaba ahora, podría llegar a hacer algo que ambos terminarían por lamentar. Su control era más inestable que nunca, su hambre más profunda que la que podría haberse imaginado.
—Robert, esto no funcionará —le advirtió ella otra vez mientras él abría la puerta del dormitorio, deteniéndose en la entrada—. Tienes que olvidar lo que has visto esta noche.
Él se volvió, sonriendo un poco como burlándose de sí mismo ahora.
—¿Tengo que hacerlo, Kris? —le preguntó, con tono reflexivo—. Te diré algo: cuando puedas mirarme sin dejarme ver los recuerdos en tus ojos, entonces hablaremos de lo que puedo o no puedo olvidar. Y entonces discutiremos como infiernos se supone que tengo que dejarte ir, joder.
Porque a pesar de los obstáculos a los que sospechaba se iba a enfrentar poseyéndola,Robert tenía el presentimiento de que nunca conseguiría sacársela de la cabeza ahora. Y si no conseguía eso, ¿cómo se suponía que iba a romper los hilos que se estaban tejiendo en su corazón?
